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Archive for the ‘arte’ Category

La conferencia con la que el poeta y profesor Carlos Fajardo Fajardo inauguró el primer semestre académico del 2011 del posgrado en educación y comunicación de la Universidad Distrital, me dejó a la vez impresionado e inquieto. Impresionado por la manera como Fajardo demuestra que lo sublime en arte no es, como lo afirmara Lyotard, una prerrogativa de lo moderno, sino que llega incluso hasta lo mediático (lo “sublime mediático”), siempre y cuando se admita que el hombre (moderno) necesita “sublimar” (atrapar, finitizar) aquéllo que lo sobrepasa: la naturaleza y la historia (hasta  ahí lo usual, lo consabido), pero también la condición sobrecogedora del mercado, de lo mediático y espectacular.

En efecto, el artista “sublima”, domestica lo que al hombre (occidental) sobrepasa y nosotros, los espectadores del arte, sentimos y admiramos (¿cómo dudarlo?) esa capacidad del artista y de alguna manera, también aliviamos nuestra pequeñez.

La pregunta, sin embargo, la que “por razones de tiempo” no le pude hacer a Carlos allí, en vivo, pero le hago ahora, es: ¿hay lugar para lo sublime en esta época en la que nos sobrepasa es lo tecnológico? Una respuesta lógica es sí, claro para eso está el artista, esa es su función, estaríamos entonces (lo ha dicho Fajardo, claro), ante una estética de la cibercultura; el artista hace alianza con la tecnología de punta y así domeña la nueva dimensión sobrecogedora y nosotros, los espectadores podemos sentirnos tranquilos (pequeños, pero tranquilos); hay manera, otra vez, como siempre, para inmanentizar lo trascendente, así la tendencia hoy sea la incapacidad para el sentimiento de lo sublime.

Pero, ¿y si hoy estamos ante una nueva posibilidad?

Lo sublime implica dos cosas: admitir que hay un trascendente (aunque éste sea histórico, mutable al parecer) y que hay seres privilegiados (los artistas) que son capaces de reducirlo, sea cual sea su faceta y que, por lo tanto, nosotros, los seres normales (¿incapaces?) tenemos la estética para aliviarnos.

Ahora, si seguimos a Lévy y su teoría de los espacios antropológicos, habríamos entrado a un cuarto espacio radicalmente inmanente en el que el imperativo no es ya el alivio que nos da el genio, sino la posibilidad de que cada quien tome el toro por los cuernos: la inteligencia colectiva. La inteligencia colectiva es una fuerza inmanente que nos permite asumir la terrible impotencia ante el frenético ritmo del cambio tecnológico, y que de otro modo nos aplastaría. La inteligencia colectiva, veneno y remedio de la cibercultura

Cito largamente a Lévy:

El cíberespacío como soporte de inteligencia colectiva es una de las principales condiciones de su propio desarrollo. Toda la historia de la cibecultura testimonia ampliamente este proceso de retroacción positiva, es decir, del automantenimiento de la revolución de las redes digitales. Este fenómeno es complejo y ambivalente. En un principio, el crecimiento del ciberespacio no determina automáticamente el desarrollo de la inteligencia colectiva, solamente le facilita un entorno propicio.

En efecto, comienzan a verse en la órbita de las redes digitales interactivas toda clase de nuevas formas…

– de aislamiento y sobrecarga cognitiva (estrés de la comunicación y del trabajo en la pantalla);

– de dependencia (adicción a la navegación o al juego en mundos virtuales);

– de dominación (refuerzo de centros de decisión y de control, dominio casi monopolistico de potencias económicas sobre importantes funciones de la red, etc.);

– de explotación (en ciertos casos de teletrabajo vigilado o de deslocalización de actividades en el tercer mundo);

– e incluso de tontería colectiva (rumores, conformismo de red o de comunidades virtuales. amontonamiento de datos vacíos de información, «televisión interactiva)

Después, cuando algunos procesos de inteligencia colectiva se desarrollan efectivamente gracias al ciberespacio, tienen notablemente por efecto acelerar de nuevo el ritmo del cambio tecnosocial, lo que hace tanto o más necesaria la participación activa en la cibercultura si uno no quiere quedarse atrás, y tiende a excluir de manera aún más radical a aquellos que no han entrado en el ciclo positivo del cambio, de su comprensión y de su apropiación. Por su aspecto partícípatívo. socializante, abierto y emancipador, la inteligencia colectiva propuesta por la cibercultura constituye uno de los mejores remedios contra el ritmo desestabilizador, a veces excluyente, de la mutación técnica. Pero, con el mismo movimiento, la inteligencia colectiva trabaja activamente en la aceleración de esta mutación. En griego antiguo, la palabra pharmakon (que ha dado la palabra castellana fármaco) designa tanto el veneno como el remedio. Nuevo fármaco, la inteligencia colectiva que favorece la cibercultura es a la vez veneno para aquellos que no participan (y nadie puede participar en ella completamente por lo vasta y multiforme que es) y remedio para aquellos que se sumergen en sus remolinos y consiguen controlar su deriva en medio de esas corrientes.

Hay entonces dos caminos: 1) el recurso a lo sublime que sería el camino tradicional, el que siempre hemos tenido a la mano, pero que deja las cosas como están: sobrecogimiento ante lo trascendente, domesticación de lo sobrecogedor por parte del artista y contemplación terapéutica por parte de los demás; y 2) la inteligencia colectiva como remedio a los sentimientos de aislamiento, dependencia, explotación,  dominación e incluso trivialidad (los nuevos síntomas, la nueva cara de lo trascendente)

Se trata en últimas, de los dos modos de la apropiación: la que hacen, la que han hecho siempre, los poderosos (sublimando), o la que podemos hacer nosotros, los mortales, el hombre común (mediante actos de inteligencia colectiva, mediante la conformación de colectivos inteligentes, participando).

Sólo con este último modo, las energías que hoy emergen en el ciberespacio pueden volver (bañar) nuestra cotidianidad…

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