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(El presentimiento)

Por Alicia Contursi

 

Sabes padre mío, lo supe al atardecer de ayer  -¿puedo decir ayer o fijar el tiempo es tan sólo una  ilusión más de la existencia, ya que el tiempo es un fluir, un devenir sin más?- lo supe, lo presentí. El momento ha llegado. Estoy dispuesta. Estoy fuera del tiempo y puedo convocarlo, conformarlo y plasmarlo.

Pero déjame decirte, déjame relatarte cómo fueron esas horas graves. Necesito desprenderme de esas sensaciones, permitir que esos vahos se alejen de mí.

Hécate presente, noche sin Luna, convocando al final  y a la ultimidad fecunda. La Diosa se hacía sentir, ominosa. Su presencia estaba por doquier. En el Sol que se ocultaba, largando rayos rojizos, ensangrentando las nubes. En mi garganta, en los ojos, en las manos tensadas. Como si  fuese a hundirme en un abismo. Subí a mi carro y conduje azuzando a las nobles bestias. El viento arremolinaba el polvo de las calles y seguí, haciéndolas ir más rápido todavía. Quería sentir el aire salado golpeándome el rostro para limpiarme de impurezas. Para borrar lo vivido. Para afirmarme en mi voluntad e independencia. Para alejar de mí la repugnante experiencia de ese hombre de instintos reprimidos y sucios, que se había atrevido a poner sus manos en mis pechos sin mi consentimiento. Intentaba someter mi cuerpo y también someter mi entendimiento. Quería que abjurara de mis creencias, de mi razón, de mi sagrado intelecto. Qué negara a Isis, a Atenea, a Sophia. Pretende decir que sus enseñanzas son de amor y lo único que hay en él es soberbia, lujuria y violencia.

Tú me formaste en mis ideas, querido padre. ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas cuando caminando nos acercábamos al Mare Nostrum, aspirando su aroma fuerte y vital y con los pies descalzos hundidos en la arena dorada me enseñabas a enfrentar las olas y a permanecer incólume ante los embates, gozando la cercanía de las ninfas y a Eolo susurrante? Llegó una oleada muy fuerte y pude resistirla, entre risas. Al retirarse dejó una conchilla blanca brillando entre la arena y la tomé entre mis manos. Sin querer me corté con ella. Aún puedo ver las carnes abiertas por el filoso borde. Lloré y me enjugaste las lágrimas y besaste mis manitas. Seguimos jugando y pude volver a tomarla. Era sólo una niña, pero me grababas en el alma las virtudes y despertabas en mí la fuerza de Artemisa.

Añoro esos días de calor, de dicha cuando estabas cerca de mí y te preguntaba por el mundo y me respondías, dulce y tierno pero también con el rigor de la Lógica y la Episteme. Espirales dibujadas en la arena, mensajes descifrados, triángulos y círculos, vuelo de pájaros en el horizonte, sabor a miel en los labios y tu figura señera, con el resplandor del Sol volviéndote fulgurante.

Mi pensamiento se desarrollaba, razonaba, discurría. Nos adentramos en las enseñanzas pitagóricas. Dibujaste un triángulo rectángulo y me enseñaste cuál era la hipotenusa. Proyectamos su cuadrado. No sé si te entendía con la mente o sólo con el corazón. Un día me hablaste del Topos Uranus. Mi intelecto infantil imaginaba un gran lugar, una inmensa casa y dentro nubes redondas o alargadas recortando las letras de los nombres de las Ideas. Llegué a verlas vívidamente. Te pregunté qué era Arqué. Te sorprendiste. “¿De dónde has sacado ese nombre, niña? Arqué es el principio de las cosas, aquello de dónde surge todo” “Vi ese nombre, padre, lo vi dibujado en el aire. Dime, ¿también las olas tienen su arqué?. Sí, también las olas, mi pequeña” “¿Y hay una Idea que reina sobre las otras?” “Sí, pequeña, flotando por encima de todas las Ideas está la del Bien.”

A veces cuando entro en la Biblioteca o en el Museo me siento en el Topos Uranus. Simplemente camino en ese templo que guarda los tesoros de los maestros y a veces acaricio los rollos. Prefiero los antiguos de papiro. Su olor me acerca más al agua. Los pergaminos me resultan más ásperos al tacto y pienso en los corderos. Un día te pregunté cuál era el arqué de los pergaminos. Cuando me lo explicaste lloré mucho. 

Me hacías sentir segura, certera. Nunca me abandonó ese sentimiento. Me diste una niñez feliz, aun sin mi madre, que se nos fue hace tanto. ¿Está contigo? Casi no la recuerdo. Tengo de ella tan solo un aroma fresco y unos pechos cálidos en donde me hundía confiada y arrobada. Su voz suena muy lejos y se va, perdiéndose cada vez más. Nunca te lo había dicho. Juntos la dejamos en el silencio de lo que no se habla. Cerramos un cofre y tiramos la llave en la inmensidad de la noche. Nunca tampoco te pregunté por que tuvimos que velarla cubierta de pétalos de rosas y largarla a las aguas, entregándola a Poseidón. Has venido quizás a contestarme esa pregunta… Creo que sí, pero aguarda. Todavía no. Deja que te relate esas horas.

Los caballos corrían casi desbocados -como Cirilo al acecharme-  y tuve que tomar con mucha firmeza las riendas para hacerles sosegar el paso al acercarnos a mi casa. Se lastimaron mis manos al tirar de los tientos. Por un momento creí que iba a soltar esos lazos que me unían al dominio de mi carro e iba a salir disparada. Sostuve la respiración. Aminoraron la marcha, y se detuvieron, sudorosos y extenuados. Bajé a acariciarlos y quitarles el peso del arreo.

El Sol se había terminado de ocultar y un resplandor grisáceo coloreaba uniformemente la incipiente noche. Brillaban estrellas y a su luz las formas se desdibujaban en un juego de sombras que  volvía inciertas las figuras. La servidumbre dormía y no quise despertarlos.

Guiaba a las bestias hacia el cobertizo sin saber que un augurio terrible me esperaba. Mi corazón casi se paralizó al entrever lo que luego comprobé: una paloma yacía ante mi puerta. No veía bien o quizás no quería ver. Tuve que acercarme y  tomar entre mis manos el cuerpo. Sí: una pequeña paloma blanca con algunas plumas grises estaba fría, yerta. Todavía me ardían las manos por el esfuerzo realizado durante la carrera y el plumaje duro me estaba lastimando aun más. Las alas inútilmente desplegadas marcaban su postrer vuelo, interrumpido. Su cuerpo enjuto y frío y el pico clavado hacia abajo en el aire como intentando horadar su propio corazón. Gotas rojas aparecían  cerca de su garganta, como dejando escapar un último zureo. Estaba congelada en el tiempo. Pensé que unas horas antes se movía, volaba, comía. La vida estaba en ella y desplegaba por tierra y aire toda su belleza, sus arrullos, su canto interior y su sino. Ahora en quietud, era solo una sombra de lo que había sido, clavada en un momento puntual sin más devenir que la podredumbre. Imaginé el ruido de sus alas batiendo en el final, desplegándose por última vez, inútilmente.

No pude dejar de sentirme identificada con el ave de Afrodita. En el Museo había visto especimenes semejantes pero ésta tenía algo distinto. ¿Qué estaban tratando de decirme los Hados? Que mi voz no iba a resonar más ante la plaza llena de estudiantes… que nunca más iba a proferir arrullos de amor… que todo lo que amaba iba a silenciarse… Pájaros agoreros. Quietud y silencio en las venas. ¿Era quizás yo esa paloma?

¿Hay entonces una Idea de la Muerte que se vuelve realidad existente o la muerte es tan sólo un momento más en el panta rei, como enseñaba el viejo Heráclito…?

Los caballos relinchaban, nerviosos. Les di agua y los guardé. Luego, casi trémula, enterré la paloma. No quise embalsamarla. Busqué un lugar mirando al Este, por donde al día siguiente aparecería el Sol. Quería que los primeros rayos la entibiaran. Cavé y ahondé con mis propias manos que empezaron a sangrar y así la entregué a Gea.

Entré a mi cuarto y ante la figura de la Madre Isis, iluminada por una lámpara de aceite, vi mis manos y mi túnica, sucias de tierra y sangre y lloré. Busqué una jofaina llena de agua y me lavé, ritualmente. Ya en mi aposento, sintiéndome en los brazos alados de la Diosa me quedé entre desvanecida y dormida por unos breves instantes. Ahí apareciste por primera vez, padre mío. Me turbé ante tu figura vívida. Te vi blanco y efímero. Encendí una candela y desapareciste. La noche estaba en todo su negro esplendor. La llama formaba halos que me hacían ver en la penumbra formas extrañas, sugerentes, atemorizantes.

El ruido de los golpes en la puerta me trajeron secamente al mundo físico y terminaron de despabilarme. Fui hasta la entrada de la casa. Uno de los servidores se levantó para ver quién llegaba a esas altas horas. Le dije que yo me ocuparía. Abrí una mirilla y reconocí a uno de los enviados de Orestes.

-¿Qué quiere el Gobernador de mí, a estas horas, buen hombre? le pregunté.

-Te envía este pergamino, noble señora. Dice que espere hasta tener una respuesta tuya.

Abrí la puerta no sin cierto temor. Podía ser una emboscada. Pero sólo estaba el soldado. La noche brillaba de estrellas. El aire era penetrante y traía efluvios marinos, insondables. Tomé el pergamino. El tacto me hizo recordar a los corderos y tu explicación cuando era pequeña.

Leí el mensaje que me enviaba mi amigo y protector. Las palabras de Orestes eran directas, entre oficiales y privadas. “Amada Hypatia: (nunca me había llamado amada por escrito) te ordeno como tu Gobernador y te suplico como tu amante que partas mañana apenas salga el Sol con mi fiel soldado Lucio rumbo a Constantinopla. Allá tengo amigos influyentes que te protegerán. Te daré un rollo para que les entregues y que sólo ellos deben abrir. Tu vida corre serio peligro. No puedo detener las artimañas del Obispo. Oscurece tu piel y cubre tu exquisita belleza y tus cabellos tras túnicas y mantos que te hagan parecer como una peregrina etíope o una judía conversa. En corto tiempo me comunicaré contigo. Buen viaje. Que tus dioses te sean propicios. Orestes”

Le respondí sin dilatar, llevada por el estado de angustia en el que había caído.

-Fiel Lucio, te espero mañana antes de la salida del Sol. Estaré preparada para partir. Díselo a Orestes.

 

Quedé una vez más sola ante la imagen de la Madre Isis. Algo no estaba bien.

 

¿Debía escapar, como una liebre asustada ante un lobo hambriento… ? En esto terminaría mi misión como directora de la biblioteca; ¿qué haría con mi corona de laureles, podría seguir llevándola? Mis estudiantes pensarían que todo lo que les había enseñado eran mentiras.

El instinto de conservación del que hablaba el Estagirita se manifestaba en mí con mucha intensidad.

Cirilo me aterrorizaba. El y sus sucias manos. El y sus imposiciones dogmáticas. Me quería destruir no sólo a mí, sino a todo lo que yo encarnaba. Ya había destruido templos, estatuas, prohibido ritos, declarado heréticos y matado a buenos hombres sólo porque no pensaban como él.. Utilizaba el poder a su favor y ventaja. 

Qué terrible sería el orbe en manos de esa gente.

Entre medio de esos pensamientos me quedé dormida.

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