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Archive for the ‘Johanes Kepler’ Category

Sé que estás ahí, Susana, te he oído, he escuchado el inconfundible sonido que hacen tus pies cuando caminas sobre las hojas secas. Has venido a cuidarme a pesar de mis estrictas instrucciones  No lo puedes negar. He visto tus ojos azules en mis sueños iluminando los senderos oscuros por los que suelo perderme en las horribles pesadillas que ahora me atormentan cada noche. He visto tu rostro asomarse por la ventana de esta habitación apestosa donde recuesto mis dolores. He oído tu risa de niña ingenua retumbando en las paredes como un eco desquiciado que perfora mi cabeza. He gritado que pares que no rías más y tú, como siempre, obediente hasta la sandez, dejas de hacerlo, pero cuando ya no te oigo, me hundo en la tristeza más grande y entonces te llamo, te llamo a voces y tú no llegas, no te acercas, no me acaricias, me abandonas y te reprocho ahora que no estés junto a mí, cuidando estos achaques de viejo, pero ya no me oyes, ya no me oyes,  no me oyes, Susana y entonces parece que enloquezco, veo a mi madre aquí, entrando por la desvencijada puerta que aísla esta habitación, la veo acercarse y es como si la viera aquella tarde nefasta, recién salida de su celda de tortura con esa cara demacrada que le acentuaba su facha de  bruja, con esos ojos desorbitados y ojerosos, la pobre, con esa boca reseca  y hundida en medio de una quijada tan grande que parecía otra cara, pero al aproximarse  no es ella, se transfigura en Bárbara, es Bárbara la que se  allega mirándome con sus ojos de loca de arriba hasta abajo, como reprochándome no se qué cosa, la misma cosa que siempre me reprochó en silencio y que nunca supe qué era exactamente. Me mira, se ríe, sale, vuelve a entrar, me atormenta.  No sé qué es lo que no le gusta de mi, nunca me lo dice, poco me habla a pesar de lo dicharachera que es, no me habla, solo me mira, me examina, me dice con su ojos que soy culpable de algo, de sus tristezas, tal vez, de sus desencantos, de su vida malograda, quizás. Ella nunca me comprendió como tú, Susana,  mi  pequeña, mi refugio… y pensar que estuve a punto de elegir a otras…

Deben ser ya las cinco, atardece aquí en Regesnburg, ciudad mezquina  e impasible a pesar de su gran alcurnia; llueve y las temperaturas han descendido más de lo acostumbrado para estas fechas, el desastre flota en el aire, lo huelo, lo percibo en cada bocanada; sobre la piedra de las calles veo el agua que se encharca y se pudre casi inmediatamente, veo la gente corriendo para guarecerse y es como si sólo actuara para alguna mala comedia, el cielo está oscuro y no hay que ser astrólogo para saber que las cosas no van a cambiar por muchos días y que cuando lo hagan va a ser para empeorar, nieve, frío atroz, tal vez muerte, nos espera un duro invierno, ¿nos espera? ¿Por que hablo es plural? Estoy solo, nadie aquí se ha percatado de mi presencia, nadie sabe quién soy yo, la miserable residencia donde me albergo, donde he tenido que parar más días de los necesarios a causa de este malestar inesperado, está llena de gentuza que sólo está de paso, con sus afanes, con su arrogancia, como si su vida fuera la más importante de todas, como si sus asuntos fueran a transformar el mundo, nadie sabe quién soy yo, el servidor de Dios, el agrimensor de sus cielos, su intérprete, su mejor mediador; son días de locura, son días de guerra, son días sin Dios.

kepler-viejo3Estoy viejo, no sólo son estos dolores insoportables en el pecho que confirman que mi cuerpo se deteriora a grandes pasos, es la miopía que avanza sin piedad y me sumerge en un mundo de sombras impredecibles, es mi rostro que ha perdido la firmeza de otros días, son mis manos que ya no asen las cosas sin temblor, es, sobre todo, mi alma que ya no encuentra paz, ni siquiera con las oraciones. Algo se avecina, pero no sé qué es, quizá una crisis médica, o tal vez la locura, esa locura de familia que no ha perdonado a ninguno de sus miembros, tal vez es ella que llega con el rostro de la enfermedad, la muy ladina, eso es, quiere atacarme, traicionera, como lo hizo con el pobre Heinrich, muchacho precoz, inteligente y vivaz, cuya vida debió ser la mía, a él debieron becar, al pequeño de la familia, y no a mí, a él debieron apoyar, por su capacidad, por su inteligencia por su fervor religioso, pero no, la locura llegó a su voluntad siendo un niño y sólo lo abandonó a su muerte. Heinrich, mi querido hermano, sé que de alguna manera la vida me entregó tu posta y por eso prometí llegar hasta el final, hasta ese final al que tú habrías llegado tan fácil, tan rápido, si no te hubieran cegado las luces del terror, si no te hubieran enloquecido las voces de tu talento. Por eso y porque Dios me confirmaba con sus infinitas señales bondadosas la tarea que debía emprender para remediar lo que la vida malogró, hice lo que hice, me jugué lo que me jugué, y ahora que me encuentro en este trance puedo ofrecerles a ambos, a mi Dios geómetra y a mi hermano querido, el balance  de mi obra; solo espero poder llegar al final de este día, recuperar por fin mis fuerzas y arribar a Estrasburgo, donde la suerte tiene que cambiar.

Si al menos estuvieras tú a mi lado pequeño Johanes, querido hijo, ¿por qué tuviste que partir tan pronto? Han pasado casi veinte años desde tu muerte en ese fatídico año del 1611, ha corrido tanta agua y sin embargo cada día de mi vida te recuerdo, y la memoria de tu corta vida es como una bola de fuego que nace en mi cabeza y pasa hasta mi pecho y se queda allí dando vueltas, rebotando, causando dolor, un dolor que no curan  las hierbas, ni la magia, ni siquiera el paso del tiempo, porque es el dolor de la ausencia que no tiene remedio, Eras tan parecido a mí, eras la miniatura de mi ser, su espejo inocente, eras la oportunidad de ser más que lo que pude llegar a ser, por tus capacidades, por tu obediencia, por tu genio, porque estabas a mi lado, porque me entendías y me mirabas trabajar con esos ojos llenos de alegría y de entusiasmo. Cómo jugábamos, cómo bromeábamos, como si fuéramos realmente amigos y qué raro era todo eso, incluso para tu madre Bárbara que no entendía por qué su Johanes tenía que parecerse a su padre, por qué tenía que ser otro bicho como su padre, pero ella no podía comprenderlo, yo te quería formar, te quería alistar en el ejército de los intérpretes del mundo, y tú y yo sí lo sabíamos, tú y yo, sin muchas palabras de por medio, éramos cómplices de un secreto que nadie más compartía. Hasta que enfermaste, extrañamente, enfermaste y en pocos días se fue apagando tu alma, y tu cuerpo quedó reducido a huesos y no pudimos hacer nada y no pudimos salvarte y te fuiste en una tarde como ésta, fría, lluviosa terriblemente triste. Si al menos estuvieras aquí a mi lado, hijo mío.

regensburg4Si pudiera alcanzar la ventana, podría ver los dos grandes símbolos de esta ciudad vanidosa, sede del imperio y por eso demasiado pretensiosa, podría ver la  Catedral de San Pedro y el puente de piedra que cruza el Danubio, Tal vez, con un poco más de suerte y algo de sol podría ver también los bellos vestigios de la Porta Praetoria que da entrada a la ciudad desde el flanco norte. Pero no, no tengo fuerzas, no recupero la energía que necesito para seguir adelante, Bernegger me espera y yo te he prometido, mi bella Susana, que después del fracaso de Sagan acabaría con este nomadismo infecundo que me pone a dar vueltas como un caballo ciego; Estrasburgo es la meta, unos días más y echo raíces definitivamente, es lo que mereces, es lo que merecen nuestros hijos, es lo que necesito, no más incertidumbres, no más errajes,  no más errores, por eso debes ayudarme, como has prometido, debes traerme unas pócimas para aliviar estos dolores y luego, tal vez mañana temprano o el siguiente día, continuaremos el viaje, falta poco, realmente falta poco y yo ya no estoy para andariego, mis hemorroides son una tortura cada vez que monto, no sirvo más, pero debo hacer este último esfuerzo, debo llegar como has dicho hace poco… pero ¿dónde estás Susana?, no estoy para juegos, no estoy para chiquilladas, ven de nuevo como hace un momento a mi cama, ven que te necesito, ven y ayúdame a recuperar el ímpetus, ven que quiero alcanzar la puerta de una vez, ven Susana, ven…

 Para qué dar más vueltas: atardece en Regensburg y yo me muero

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