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Con 20 años sin cumplir y tres días de haberse instalado en Bogotá, proveniente del campo, mi padre se enfrentó sólo y sin ninguna preparación posible a los terribles acontecimientos del Bogotazo

Su reiterado testimonio cuajó en una de las escenas de mi novela Debido Proceso y que volví a publicar en la versión e-book de mis Crónicas mundanas:

Ignacio

Acaban de llevárselo. Lo más seguro es que no lo vuelva a ver. No debería importarme, pero la verdad es que he quedado muy inquieto. Ahora que mis vínculos con el exterior se han deteriorado, ahora que me estoy quedando sólo, que ya no poseo la fuerza suficiente para salir de aquí, justo ahora, no podré hacer nada por Ignacio. Acaban de llevárselo. No han sido sino unos minutos de compañía y sin embargo padezco ya una congoja enorme por su ausencia, como si algún lazo imperceptible, lazo sanguinolento, se hubiera roto de golpe separándome de mi propia historia. Es como si Ignacio hubiera llegado desde otro tiempo, como si su recorrido por las calles de la ciudad hasta mi departamento hubiera tardado años y no horas. Tengo la sensación de que el chico me habló de otra guerra, de otra ciudad, de otro tiempo.

Ahora estoy seguro de mi intuición inicial: llegó huyendo del horror, de un horror de siglos, de un horror milenario. No estanto la guerra, o el disparo en la pierna o su juventud desecha en unas horas lo que me duele, sino su dolor inmemorial, eterno, que me conecta con su tragedia y con la que todos, de alguna manera, tendremos que sufrir ahora. Eso es lo que ha quedado rebotando en mi alma tras sus palabras, tras sus gestos, tras esos ojos tiernos que no sabían cómo llorar más: la seguridad de que Ignacio, siendo apenas un niño, ha sufrido ya lo que todos los hombres. Serían tal vez las cuatro de la mañana. Yo aún trabajaba en la corrección de unos de los fragmentos, cuando, después de algunos disparos, escuché sus gritos. Nada fuera de lo normal sise tiene en cuenta que este edificio se ha convertido en los últimos días en una especie de manicomio, con la gente abandonando los departamentos y volviendo luego por sus cosas.

Pero los golpes no cesaban y el eco de la puerta retumbaba tan fuerte, que resolví asomarme. Ahora sé que me llamaba a mí. Que necesitaba hablarme a mí, pero también que yo necesitaba escucharlo. Nadie salió a la calle, nadie lo amparó, tal vez por miedo, tal vez porque todos se han ido ya (es lo que presiento, es lo que tal vez ha sucedido sin que yo me percatara del todo). Entonces me paré del escritorio y me dirigí a la ventana y lo vi allí, arrastrándose, tratando de alcanzar de nuevo la puerta, y fue cuando alzó sus ojos. Una especie de fuego atravesó mi cuerpo. Bajé de inmediato y lo encontré tiritando sobre el frío cemento de los andenes, casi inconsciente.

Me costó mucho trabajo subirlo a cuestas los cinco pisos. Mis fuerzas ya casi no sirven para nada. Hasta teclear me causa esfuerzo. Lo acomodé como pude en el sofá, le llevé un café caliente, lo arropé, e improvisé un torniquete sobre la pierna herida. Entonces el chico reaccionó. —Es el horror, es el horror —me dijo, todavía en medio de su delirio. Lloraba y se sacudía algún peso imaginario de la cabeza. —Cálmate hijo, cálmate —le dije, tratando de sosegarlo. De pronto entró en shock y sufrió un impresionante ataque de convulsiones. Yo me asusté. Pero enseguida se hundió en una especie de sueño del que nunca estuve seguro que saliera. Así, dormido, empezó a hablarme de su tragedia. Apenas abrió los ojos un par de veces, para mirarme con la mayor naturalidad del mundo. No sé si en su excitación me confundió con alguien conocido, no sé si se hallaba en un estado de sonambulismo, no sé si me hablaba a mí en ese momento, no sé si existió, si en realidad estuvo conmigo, si Enrique era Enrique o era Raúl; no sé tampoco si todo ha sido un sueño. Lo único que sé es que en mi corazón ha quedado este vacío intenso que me ha obligado a encender de nuevo el computador para escribir la crónica de esa presencia intempestiva.

Me habló de una cita con su padre, de la tranquilidad de su vida en el campo —de donde vino, a mala hora, en busca de trabajo a esta ciudad imposible—, del ataque de nervios que sufrió cuando fue a la morgue a ver si encontraba a sus hermanos o a su padre que no se comunicaban con él desde el día que atacaron el barrio donde se había instalado, del amigo que mataron cuando el ejercito lo encontró saqueando una tienda de paños, del miedo de salir, de las horribles visiones que sufría todas las noches y del hambre que tuvo que soportar durante días. —Sólo teníamos arroz y panela y algo de chocolate que trajo Fernando antes de que lo matara el ejército. Estábamos sitiados. No podíamos salir más allá del barrio porque habíamos quedado entre los dos fuegos y la lucha por el espacio se hizo intensa.

Las pocas cosas de las que se enteraba sólo alimentaban una visión apocalíptica. El acoso del hambre y del miedo debió trastornarlo. Sólo así me explico que ese muchacho campesino, lleno de horror y sin la más mínima idea de la geografía de la ciudad, haya decidido salir de su barrio, cruzar la línea de fuego con una pierna herida y alejarse de su casa (que si bien debió parecérsele al infierno, era un lugar mucho más seguro que la calle). Pero lo hizo. Debió arrastrase kilómetros antes de detenerse.

—¿A quién buscabas, por Dios?
—A mi padre —me contestó con una sonrisa en sus labios. Fue una sonrisa angelical, llena de una dulzura urgente, como si estuviera seguro de haber llegado al lugar que buscaba.
—¿Y lo encontraste?
—Si, lo encontré. Estaba con mis hermanos y me esperaba.
—¿Y qué pasó con ellos? —Se fueron. Se fueron muy lejos de aquí, a nuestra casa, en el campo, y allá me esperan, me están esperando, quieren que vuelva, porque ya no desean vivir más acá. Ellos me van a enseñar todas las cosas que aprendieron y me van a querer y me van a llevar a pasear en sus autos…Ya deliraba.

Lo vi tan pálido que me asusté de nuevo, y Enrique sin llegar. Pero Ignacio sólo se quedó dormido, allí, sobre el sofá. Su rostro se tornó candoroso. Tras sus ojos cerrados seadivinaba una paz, la paz que había estado buscando. Estaba en el limbo y yo lo dejé dormir. Su pierna se amorataba. Quise aflojar el torniquete y enseguida brotó el chorro de sangre. Era como si tuviese dos Ignacios a la vez. Uno indiferente a la angustia de la muerte y el otro desangrándose. Y yo paseaba mi mirada de su rostro a su pierna, como si cruzara la frontera de dos países distintos. Luego, Ignacio empezó a murmurar.

—Ven aquí, ven aquí.

Al principio sin angustia, como llamando a alguien que estuviera su lado. Pero después empezó a sobresaltarse y luego comenzó a gritar y entonces se levantó bruscamente. Me miró con rabia: una mirada que sostuvo por un par de segundos —que a mí me parecieron un par de siglos— y sentí como si hubiera abierto mi alma de un tajo. Volvió a recostarse en el sofá, y allí, en posición fetal, se quedó hasta que al fin llegó Enrique y pudo llevárselo en su auto al hospital. Enrique ha prometido informarme de su salud, pero yo sé que ya no volveré a verlo. Iba en muy mal estado. Incluso creo que yano estaba vivo. Y la idea de que Ignacio se haya muerto en mi casa me ha dejado en este estado de máximo nerviosismo. Tal vez porque, de ser cierto, habría sido el primer muerto de esta guerra que me ha tocado. Siento, por eso, su ausencia, siento como si un hueco negro se hubiera instalado en medio de esta sala, en medio de esta escritura que ya no me consuela.

Tomado de la Novela Debido proceso (2000)

La tarde era soleada, seguro. Mi hermano gemelo y yo, tendríamos 4 años, jugábamos en la acera del jardín con algunos de los ladrillos que habían descargado el día anterior en la entrada de la casa para la obra de remodelación de las materas que comenzaría el fin de semana. Tal vez los ladrillos fueron al comienzo vagones de tren, naves espaciales o carros súper veloces, o simplemente piedras para construir casas y arreglar materas. Fueron aquella tarde eso y mucho más, seguro.
bombarderoAl comienzo, yo simplemente adhería a alguna de las metamorfosis que proponía mi hermano y me disponía a ampliar el horizonte y a asumir, consecuente, los efectos de mundo posible que se desplegaban con tanta facilidad ante mis ojos niños. Pero después, seguro, algunas veces, yo me retiraba del radio de influencia imaginaria de mi hermano y jugaba mi propio juego. La verdad es que no sé cuánto tiempo jugamos esa tarde soleada y particularmente larga, pero si recuerdo bien uno, el último, el que cerró la diversión: el del bombardero.

perritoPor el filo de la acera se acercaba un pequeño perro, blanco, de esos lanuditos, blanco de mota, pero también blanco perfecto; entonces, calculando bien su marcha para que la piedra cayera justo sobre su lomo en el momento en que pasara frente a mí, le lancé el ladrillo desde arriba. La primera reacción fue de alegría, de vanidad, por el acierto, porque me sentí un buen calculador, un gran bombardero, tenía 4 años. Pero enseguida vino el desconcierto: el pequeño animal salió corriendo horrorizado, chillando como una bestia y yo sentí culpa, por primera vez sentí culpa, seguro, 4 años, sentí que había hecho daño, que no todo era bueno, que podía hacer el mal.

Como un cuchillo afilado e implacable, el despertar de mi conciencia moral, 4 años, dividió para siempre el mundo entre lo malo y lo bueno, seguro.

LyotardHace casi treinta y cinco años Jean-François Lyotard  en su ya legendario “Reporte sobre el saber”: La condición posmoderna, anunció el fin de los grandes relatos. Siguiendo a Adolfo Vásquez, lector de Lyotard, el metarrelato es la justificación general de toda la realidad, es decir, la dotación de sentido a toda la realidad. (Sin embargo) Ninguna justificación puede alcanzar a cubrir toda la realidad, ya que necesariamente caerá en alguna paradoja lógica o alguna insuficiencia en la construcción (especialmente en la completitud o en la coherencia) y que desdicen sus propias pretensiones onmiabarcantes. (Es por eso que) El hombre postmoderno no cree ya en los metarrelatos, el hombre postmoderno no dirige la totalidad de su vida conforme a un solo relato, porque la existencia humana se ha vuelto tan enormemente compleja que cada región existencial del ser humano tiene que ser justificada por un relato propio, por lo que los pensadores postmodernos llaman microrrelatos.

El microrrelato tiene una diferencia de dimensión respecto del metarrelato, pero esta diferencia es fundamental, ya que sólo pretende dar sentido a una parte delimitada de la realidad y de la existencia. Cada uno de nosotros tiene diferentes microrrelatos, probablemente desgajados de metarrelatos, que entre ellos pueden ser contradictorios, pero el ser humano postmoderno no vive esta contradicción porque él mismo ha deslindado cada una de estas esferas hasta convertirlas en fragmentos. El hombre postmoderno vive la vida como un conjunto de fragmentos independientes entre sí, pasando de unas posiciones a otras sin ningún sentimiento de contradicción interna, puesto que éste entiende que no tiene nada que ver una cosa con otra. Pero esto no quiere decir que los microrrelatos no sean cambiables sin mayor esfuerzo, ya que los microrrelatos responden al criterio fundamental de utilidad, esto es, son de tipo pragmáticos.

Tras el fin de los grandes proyectos aparece una diversidad de pequeños proyectos que alientan modestas pretensiones. Aquí se insiste en el irreductible pluralismo de los juegos de lenguaje, acentuando el carácter local de todo discurso, y la imposibilidad de un comienzo absoluto en la historia de la razón. Ya no existe un lenguaje general, sino multiplicidad de discursos. Y ha perdido credibilidad la idea de un discurso, consenso, historia o progreso en singular: en su lugar aparece una pluralidad de ámbitos de discurso y narraciones.

Pero la verdad es que los deseos de totalización siguen vigentes y son alimentados por una especie híbrida de “pequeños” relatos con pretensión universal. Tres de esos relatos híbridos que han resonado con insistencia en este año 2012 que termina son: El fin del mundo, El plan extraterrestre y los universos paralelos.

Según el primer relato, estamos adportas del fin del mundo, previsto por los cálculos de la cultura maya, por el I ching y otras culturas.

Se trata de una renovación del relato apocalíptico, mediante el cual se plantea una suerte de muerte global o colectiva que nos confronta también a una suerte de destino inevitable. De una manera similar este relato, como en el clásico, plantea también que podemos sobrevivir a esa catástrofe si estamos preparados,  ya sea física o espiritualmente para afrontar el fin. El relato cristiano propone algo análogo: en el fin de los tiempos solo los justos irán al paraíso y gozarán de la vida eterna, los otros tendrán que afrontar el sufrimiento interminable del infierno. ¿Qué cambia? La fuente de legitimidad, que se hace profana. Son los hombres mismos (ancestrales), los que han calculado el momento y sobre todo el modo del fin, son los hombres (contemporáneos) los que corroboran dichos cálculos. Esa combinación produce un efecto de legitimidad para un relato que a su manera propone la totalización, en este caso del destino humano.

El segundo relato, el de los alienígenas como responsables del “proyecto tierra” es el sucedáneo de la vieja controversia entre evolución y diseño.

¿Es posible dar una explicación totalizante al misterio de la vida humana? Hay por lo menos dos: una de tipo divino plantea que el misterio se resuelve con la figura de un Dios creador, dueño de las claves del mundo, responsable del diseño del universo. Otra afirma una radical materialidad: del big bang, a la emergencia de la vida en la tierra y su evolución hasta la especie más avanzada: el homo sapiens sapiens y su eventual trascendencia a lo post-humano.

Pero la explicación alienígena es de nuevo “híbrida” en cuanto mantiene el escenario trascendente (algo o alguien superior al hombre lo crea, lo activa y/o lo dinamiza), pero ofrece a la vez la perspectiva materialista de que son seres materiales los responsables de ese diseño, que converge con la evolución si se quiere programada de la vida humana.

En efecto, de acuerdo con mi amigo Pedro Barbosa: Entramos en una nueva etapa de la aventura humana: la extensión del alcance del cerebro, mediante la transferencia a cerebros electrónicos del potencial de la Noosfera. Pero aún hay más y esto es lo novedoso: la informática y la robótica son un bien cultural y técnico, pero a la vez son la condición, el eslabón para un cambio en el comportamiento de la noosfera que la hará capaz de soportar la existencia de extraterrestres. Y no sólo se trata de las condiciones ambientales compatibles con la vida biológica, sino también, en términos de escala humana, las condiciones requeridas por el futuro de los viajes interestelares, única vía de salvación de la humanidad.

Hay una especie de destino, de sentido de la evolución: convertirnos en poshumamos, acercarnos a la condición de nuestros creadores, en eso consiste el diseño alienígena.

El tercer relato es el el de los universos paralelos, forma actualizada del relato de la posibilidad de otras vidas, presentes estas ya no en un horizonte de tiempo futuro (como en el relato cristiano del juicio final), sino aquí y ahora, universos simultáneos donde se desenvuelven todas las posibilidades que se configuran en el constante quiebre que significa tomar decisiones o dejar de transitar otros caminos.

Eso que en nuestro universo no se puede vivir porque la decisión tomada determina la trayectoria de vida, se vive paralela y simultáneamente en otro universo. De nuevo, esta visión que podríamos achacar de ficticia, imaginativa o escapista, encuentra en el formato científico una legitimidad: la teoría de las cuerdas o de las infinitas dimensiones del universo, y hacen de este relato, un híbrido entre ciencia e imaginación.

Tres pequeños relatos, cada uno ofreciendo sentido a un fragmento de nuestra existencia: la muerte, la creación y la posibilidad de otra vida; tres pequeños relatos con pretensiones de “grandeza”, “híbridos” como solo pueden ser los relatos en tiempos de posmodernidad.

Pero no son los únicos….

Capítulo que abre la Novela inédita de mi autoría: El cementerio de las ocasiones perdidas (2010).  Contiene 5 hipótesis sobre el significado del fin del mundo en el 2012.

Rubia, rubísima, de rostro angelical y cuerpo de diosa vikinga, Nohra Uhl se encuentra en Santiago de Compostela cursando varios seminarios del Máster de Humanidades Erasmus Mundos y se ha propuesto hacer un recorrido por todas las seis universidades que conforman el consorcio que, juntas, y beneficiándose de los estímulos del acuerdo de Boloña, hacen la impresionante oferta académica del programa. Ha pensado ir de Santiago a Lisboa, luego a Perpignan para seguir a Bérgamo, pasar a Sheffield y sólo entonces volver a Tubinga. Un periplo que le permitirá practicar los cinco idiomas y sobre todo vivenciar las fascinantes culturas latinas que tanto le interesan. Su novio, un latinoamericano aventurero que conoció en Alemania, hace el mismo recorrido pero al contrario, de modo que está previsto que NO se encuentren durante el año que durará el asunto, a menos que alguno de los dos afloje u ocurra algún incidente que los obligue a reunirse antes. Fernando será pues quien le colabore con el tema de los archivos desde Alemania.

Su atención académica se centra en la literatura de posguerra. Aunque en realidad no se interesa por toda la literatura (lo que la haría un personaje muy pedante, opuesto a lo que auténticamente es: una chica cansada de solemnidades y prepotencias, juguetona y bromista), sino por la de su abuelo Frank Schulze, quien no pasó de ser un escritor marginal al que muy pocos leyeron en su momento y al que nadie recuerda hoy.

La idea surgió como una picardía dirigida a vulnerar la autoridad del odioso profesor de narrativa contemporánea (invitado este trimestre por la universidad de Santiago a exponer su célebre cátedra en el marco del máster internacional), el muy vetusto señor Haendel, sí Haendel, como el músico. Resignificar la obra (diría en su atroz jerga el señor Haendel) de un escritor desapercibido menos por la dudosa calidad de sus novelas que por las injustas circunstancias de la vida. En eso consiste el proyecto. Aprovecharía, se dijo cuando se le ocurrió, la convergencia de varias situaciones a cuál más oportuna. En primer lugar la historia tantas veces repetida en las reuniones de familia de su abuelo, un frustrado escritor, resentido y por lo visto desdeñable para el canon; la tenencia reciente de su no poco voluminoso archivo epistolar y, claro, la conveniente distancia personal con el presunto narrador, favorecida por el asunto de los apellidos.

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El señor Haendel debe andar por los setenta y pucho de años, aunque la verdad parece algo menor. Ha viajado a Santiago desde Vancouver con su esposa, mujer mayor pero todavía con un rostro decente (seguramente beneficiado por sutiles, costosas y perfectas cirugías estéticas) que a su vez no deja a ninguna hora a su perra, una French poodle miniatura que duerme todas las clases el sueño de los justos sobre un cojín de tela a cuadros que la señora coloca sobre una de las sillas de la cátedra (la otra la usa ella), de modo que la escena es de lo más cómica, pero a la vez incómoda y si no fuera por el silencio y la inamovilidad casi inverosímiles de las dos hembras, se habría tornado ya insoportable. A pesar de la pomposa resonancia germana de su apellido, Haendel es mexicano, aunque de esos que de tanto viajar y de tanto codearse con la élite académica internacional ya se ha hecho cosmopolita (cuenta que fue amigo personal nada menos que de Paul Ricoeur y que se hospedó por un año en la famosa casa donde convivían los intelectuales del llamado círculo de Mounier en las afueras de París, conocida con el nombre de “Les Murs blancs”).

Sus clases son ágiles, preñadas de humor y articuladas sobre una curiosa mezcla de referencias académicas y anécdotas personales que las hace fluir, tanto como para no sentir la carga de las cuatro horas que dura cada jornada. En realidad lo de la atroz jerga es una de las muchas exageraciones concebidas por Nohra para atacar al pobre viejo que a esta altura de la vida lo que menos se propone es hacerse odioso ante nadie. Pero por alguna razón, y es cosa de temer, el viejo no le ha caído nada bien a la rubísima y guapa chica alemana, quien se ha empeñado en hacerlo quedar en ridículo ante los estudiantes de la cátedra.

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Por su apariencia, Fernando Piraquive es lo que dirían sus coterráneos un “indiecito”. Nació en un pueblo cercano a Lima y es indiscutible su fuerte ascendiente indígena. Consciente a muy temprana edad de la desgracia de su origen, se propuso salir del pueblito de mierda que le tocó en suerte y no para la capital o para alguna otra ciudad del continente, no, saltar el charco, ir a la tan promocionadamente acogedora Alemania y comenzar la vida, la de verdad. Y así fue. Con veinte años, dos pesos en el bolsillo y muchas ganas de llegar lejos, Fernando arribó hace tres a Múnich y después de aprender el alemán con una velocidad prodigiosa pasó, al año, a Tubinga, la famosa ciudad universitaria, donde empezó a estudiar economía. Nada de literatura o de cultura latinoamericana, nada de eso, ni más faltaba recibir clases sobre culturas indígenas de gente que a lo mejor ni siquiera ha pisado la tierra americana, no, él quería ingresar por la puerta grande al mundo contemporáneo.

Pero la vida es tremendamente irónica. Una vez en Tubinga, quienes estudiaban la cultura nativa americana lo asediaron, lo convirtieron en testigo, en conejillo de indias, en el personaje pintoresco que todos querían entrevistar y a pesar de todas las estrategias con las que intentó evitar los hostigamientos germanos, terminó pasando más tiempo en filología y humanidades que en economía. Fue de ese modo como conoció a Nohra.

La vio entrar un día a la cafetería de la Facultad, luciendo su bella cabellera dorada y exhibiendo con descaro un vestido de seda floreado y ondulante, francamente inoportuno para la aun tímida primavera, pero tan atrevido, tan llamativo, como para dejarlo con la boca abierta. La verdad es que Nohra lo había calculado todo: la hora de entrada a la cafetería, la puerta seleccionada, el shampoo de la mañana, el vestido y hasta la mirada entre coqueta y altiva que le lanzó al pobre indiecito, quien no sólo quedó flechado irreversiblemente, sino lisiado de por vida, a juzgar por el gesto que le quedó marcado desde entonces como consecuencia de la pérdida de simetría de su mordida dental.

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En casa de Nohra, por más que se intente lo contrario, las reuniones familiares terminan siempre cayendo en el tema del viejo Schulze. Es como una maldición, un karma. El tío Carl siempre se queja, ¿acaso no hay nada más notable en la historia familiar que las novelitas escritas por mi padre? Lo curioso es que esas novelitas no las ha leído nadie a profundidad o al menos eso parece por la reiterada repetición de fórmulas con las que se las describe: densas, incomprensibles, de locos, enredadas, sin trama, ilegibles. Ninguno habla de lo que cuentan o de las razones por las que a pesar de sus defectos se han hecho memorables. Y a decir verdad, Nohra nunca ha visto ninguna de esas novelas, es decir, no ha visto los libros físicos, y las razones que le dan sus familiares parecen tan absurdas como fantásticas: el viejo quemó sus ejemplares, las editoriales las recogieron, si, pero alguien debe tener algún libro, tal vez en las bibliotecas públicas o en algún puesto de reventa o en las colecciones privadas, imposible que hayan desparecido así de la faz de la tierra. Es que fue la voluntad del viejo, replica cerrando siempre el tema Erica Uhl.

Y Nohra se queda con ese sinsabor que la ha llevado a pensar a veces que todo esto no es más que un mito familiar, un invento, una manía colectiva, una forma de desembarazarse de esos incómodos silencios que se instalan cada vez con más frecuencia en las reuniones de familia.

***

Lo que fue llamado el nuevo comienzo de la literatura alemana, correspondiente al periodo de la segunda posguerra, tomó dos direcciones distintas. Por una parte se exigía la superación del pasado en cuanto al contenido y a la renovación del estilo que durante el régimen se había solidificado en frases y clichés. Otra parte de los autores se refugió en la interioridad, continuando así con la tradición romántico-burguesa y encontraron consuelo en la glorificación poética de la naturaleza. Debido a la escasez de papel, las ediciones eran de mala calidad, pero se publicaron tanto autores clásicos y extranjeros prohibidos como autores de una nueva generación de escritores. Tras el aislamiento cultural de los años anteriores las editoriales querian dar a conocer al público sobre todo los escritores alemanes modernos como Heinrich Böll, Wolfgang Borchert y más tarde Günter Gras y otros más jóvenes, pero también querían acercar autores extranjeros como Graham Greene y Jean Paul Sartre. El boom fue impresionante al principio, pero poco a poco se fueron filtrando de la hojarasca inicial los verdaderos autores.

Si esta última y terrible frase es cierta, la obra de Schulze podría haber hecho parte de la “hojarasca” de la primera tendencia, la de los escritores que querían superar el pasado tanto histórico como literario mediante la experimentación lingüística y narrativa. Eso podría explicar las críticas familiares y también la marginalidad del escritor. Igualmente justificaría el proyecto de la Uhl que busca develar las razones por la que el “canon” desechó a ciertos autores y consagró a otros; mostrar que la obra de Schulze  merece un segundo reconocimiento.

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Santiago la ha fascinado. Desde que llegó a la terminal de buses proveniente de Madrid, sintió que el aire no había cambiado, que las calles, la gente, los edificios la acogían como a una vieja conocida. Sus gestos y sus palabras fluían con la naturalidad del nativo. Prefirió por eso caminar las quince cuadras que la separaban de las residencias de la universidad, cargando su falsa mochila de peregrino. Prácticamente no necesitó el mapa que había descargado de Internet: vagó dejándose llevar por el instinto, ubicó rápidamente la Praza de paz y desde allí bajó por la Avenida Castelao, bordeando el Parque Iglesias hasta encontrar la Avenida do burgos das nacións, desde donde divisó el impresionante Auditorio de Galicia que tantas satisfacciones le depararía en esos meses.

Abrió la puerta que daba acceso al edificio y se identificó ante la encargada quien, como si hubiera estado esperándola, le indicó el número de la habitación asignada y la acompañó hasta su entrada. No comprendía por qué transitaba por todos esos lugares como si los hubiera conocido antes, pero tampoco se complicó buscando respuestas, simplemente respiraba el aire, caminaba hacia adelante y dejaba que el ambiente la guiara. Entró a la habitación, amplia aunque austera, se instaló rápidamente y salió enseguida a reconocer los alrededores. El parque Xixón, los edificios de las Facultades de la Universidad, el parador de Santiago cubierto con la nueva marquesina, las torres de San Francisco y finalmente la praza do obradeiro, donde  cumplió el primer propósito que se había hecho hacía años: contemplar sin afanes la impresionante Catedral.

Nohra disfrutará de cada recorrido, de cada museo, de cada recodo de las callejuelas de la ciudad medieval, de cada bar, de cada mirada, de cada cambio de luz, de cada olor, comprobando así que ha hecho la mejor elección para iniciar su recorrido.

***

Quienes la vieron llegar a burgos das nacións, creyeron que era una peregrina. Aunque Nohra no hizo ninguno de los caminos que conducen a Santiago, si llegó con la apariencia del peregrino, con mochila y todo, en la que guardaba eso que varias páginas de viajeros en la red le recomendaban: una camiseta de secado rápido,  un par de mudas de ropa interior, un par de calcetines (de esos que ayudan a que no salgan ampollas), gorra, chubasquero y un chándal de poco peso. Su equipaje incluía también un pequeño botiquín y productos de aseo de tamaño mini, toalla de nadador, chanclas para la ducha, tijerillas, hilo y aguja. Además, mechero, linterna, cantimplora, navajita y bolsas trasparentes de las que se usan para guardar comida en el congelador. Todo muy bien preparado.

Pero a Nohra no le interesó nunca hacer el camino de Santiago, tenía muy claro que el camino de Santiago no era sino la forma en que la iglesia católica acabó con la tradición europea más auténtica: el viaje al finisterra, al fin del mundo. Ese sería su viaje, su rito, no otro.

***

A Frank Schulze no se le ubica en ningún catálogo de literatura. La wikipedia reseña a un jugador de fútbol de los noventas, portero del Dynamo Dresden. Un inquietante dato de Linked in ubica otro homónimo en Argentina, pero su datos no coinciden con los del abuelo. Hay otro par de homónimos en el directorio telefónico de Tubinga, eso es todo. Como si de verdad nunca hubiera existido. Pero Nohra se ha propuesto recuperar el rastro, así sea para desenmascarar el juego familiar.

El viejo Schulze tuvo tres hijos, dos varones y una hembra, Ulrike quien se casó con Adolf Uhl, un ganadero del sur del país. Del matrimonio nacieron Nohra y Hans. Henrich Schulze, el mayor de los hijos de Frank murió joven y dicen que su prematuro deceso tiene algo que ver con la locura del abuelo, pero son puras especulaciones, como todo lo que gira alrededor del caso. Carl, el otro hijo, es un hombre soltero, callado, ya mayor y muy malicioso. Cuando habla, lo hace para salir con sarcasmos y críticas que avergüenzan y mortifican a todos. Sin embargo es el único confiable. Y a decir verdad, se ha establecido una suerte de complicidad entre el viejo y la joven y divertida Nohra. Cuando comienza el asunto de las novelas, Carl se instala indefectiblemente al lado de la sobrina y empieza a soltarle secretillos y bromas en la oreja.  Casi siempre terminan reprendidos por los demás, quienes se molestan con la rutina.

Una semana antes de partir a Santiago, en la reunión de despedida, Carl le ha prometido a Nohra que a su retorno a Tubinga le hará entrega del archivo epistolar del abuelo que todos creían perdido, pero que él ha conservado secretamente por años. Por eso, ahora que está empeñada en llevar a cabo su plan de desprestigio contra el señor Haendel, Nohra le ha escrito un mail a su tío para que le permita a Fernando revisar el archivo. Lo que está por verse es si el viejo y malicioso Carl le suelta el tesoro al indiecito.

***

En las afueras de la Facultad de Filología se escuchan unos gritos. Nohra entrega el libro que consultaba en la biblioteca y sale a ver qué es lo que pasa. Se sorprende cuando descubre que las, hasta hace sólo unos minutos, paredes blancas que resguardaban sin mancha la plazoleta del patio de parqueo están ahora embadurnadas con el lema de la protesta:

¡Viva a loita estudantil contra Boloña!

¿Qué es esto, qué pasa, usted sabe? le pregunta Nohra al chico que se acerca.

Si, es una asamblea contra Boloña

¿Boloña, la ciudad?

¿No, el acuerdo, no lo conoces?

No

El movimiento anti-Boloña lleva ya un año largo y aquí en Galicia es fuerte. ¿De dónde eres?

Alemana

¿Y allá no hay asambleas?

No sé, algo he oído, es que soy medio, cómo se dice, ¿desorientada?

Despistada…

Gracias

No quise…

Es broma, me contaba usted…

Sí, que estas asambleas se oponen al proceso que pretende imponer una política de mercantilización del mundo universitario. Buscamos el paro total para obligar a iniciar conversaciones con nosotros como representantes legítimos de los alumnos.

Habla usted como todo un…

¿Un qué?

Prefiero no equivocar palabras, disculpe

No te preocupes, no me molesta que me identifiquen como activista, es la palabra correcta. A propósito, mi nombre es Javier, estudio posgrado de comunicación

El mío es Nohra, filología

Espero que nos encontremos por ahí, ahora voy a integrarme, bye

Bye

Nohra se queda mirando la sentada de los estudiantes, escucha sus consignas, se sumerge en el ambiente festivo con el que interactúan y piensa que su vida no ha contado con mayores aventuras, ha sido más bien parca, casi se diría aburrida. Distingue a Javier entre la multitud y cree que le ha hecho un ademán de saludo. Tal vez ha llegado la hora…

***

Alba es el nombre de la perra de la señora del maestro Haendel. No es que sea una animal feo, ni tampoco odioso, pero eso de llevarlo a todas las clases se fue poniendo, por decirlo de alguna manera, pesado. Por un lado distrae, por otro produce una especie de lástima, finalmente crea una tensión absurda que podría evitarse. A veces se mueve, cambia de posición sobre el cojín, se muerde la cola o ataca furiosamente con sus dientes lo que podría ser una pulga, pero por lo general está quietecita como un muñeco de felpa. En alguna ocasión hubo que sacarla del salón para que hiciera sus necesidades, en otra tuvo pesadillas y empezó a mover sus patas y a ladrar, justo cuando Haendel daba una explicación sobre la literatura de posguerra.

Por eso Nohra propuso hacer una mini asamblea de los estudiantes del curso. La idea era sencilla y contundente: por más eminencia que represente el maestro, por más prerrogativas que se le quieran brindar, a Haendel se le puede conceder todo: consideración a su vejez, ternura por su heroísmo académico, admiración por su obra, lo que se quiera, menos contaminar el salón de clase con estas escenas absurdas. La propuesta no tuvo mucho eco, excepto en Darío Castro, el alumno más callado y más extraño que hay en la clase, quien al escuchar a Nohra se comprometió a conseguir el veneno, si, el veneno, dijo, y todos quedaron pasmados, estupefactos. No se volvió a hablar del asunto y Nohra entendió que ella no había nacido con alma ni sangre de activista.

***

Una buena noticia: Fernando recibió parte del epistolario de Schulze de manos de un mordaz y desconfiado tío Carl, presionado por la insistencia de Nohra, quien quiere cuanto antes poner en marcha el proyecto mediante el cual va a demostrarle a Haendel que no toda obra canónica representa lo mejor de su época y que hay obras olvidadas o desterradas del canon que deberían ser incluidas, así sea a destiempo, como en el caso concreto del desconocido escritor alemán de posguerra Frank Schulze.

Fernando se queja del trato recibido por parte de Carl. Es un maldito prepotente, le escribe a Nohra en el email remisorio, me ha dicho que me suelta sólo una parte porque quiere saber de viva voz si te ha llegado adecuadamente. Todo estuvo a punto de irse al traste cuando, Idiota, me puse a contarle que iba a escanear los documentos. Vieras en las que me puso el hombre para persuadirlo de que no los iba a estropear. Cuando terminé, miraba una y otra vez las hojas para ver si les había pasado algo. Es una bestia que no deja de lanzar improperios y ofensas, convencido tal vez de que no las entiendo, pero bueno, espero que puedas abrir los archivos, me cuentas.

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Son cinco cartas destinadas a él, escritas por un hombre que firma como Kresing. Una de ellas narra el encuentro de los dos en un seminario en Buenos Aires y aunque el tema es más bien académico, al final hay una especie de anuncio o de compromiso para un nuevo encuentro, sólo que no se menciona ni el lugar ni la fecha de esa nueva cita. Para la próxima vez que lo vea, le haré entrega de lo prometido, afirma Kresing y luego pasa a una escueta despedida. Las otras cartas parecen a primera vista más bien irrelevantes: datos sobre otros coloquios, reseña de algunas obras, noticias sobre colegas, presentación de avances en el trabajo intelectual, cosas como esas.

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Todavía con el sabor de la decepción que le ha causado la lectura de las primeras cartas, y después de haber eludido por tercera vez a Javier (respondiendo al raro impulso en ella,  siempre tan frentera, tan franca, tan fuerte, de evitar por vergüenza el encuentro), Nohra ha escuchado en la cafetería una historia y no ha podido evitar la curiosidad. Dos profesores conversan sobre un tercer colega, portugués él, conocido por su obra pionera en materia de expresiones vanguardistas. Con algo de preocupación, pero en tono más bien divertido, uno de ellos asegura que el tercero debía estar completamente chiflado para asegurar públicamente que todo ese carácter anticipatorio de su obra, que lo había llevado a la fama en su círculo,  tenía una sola explicación: la capacidad, que había recibido de los alienígenas a través de un implante, de adelantarse cognitivamente a su tiempo. Según el informante, este profesor estaba dedicado ahora a asuntos como las comunidades telepáticas, los contactos del tercer y cuarto tipo, el fin del mundo en el 2012 y otras materias más bien exóticas, poniendo en riesgo toda una brillante carrera, llena de reconocimientos académicos y científicos. El interlocutor, apenas se lleva la mano a la cabeza y reacciona con interjecciones y risita nerviosa.

Por alguna razón, Nohra siente que el asunto de la conversación se relaciona casi cómica y cósmicamente con el tema del abuelo escritor. ¿No existe para el caso Schulze una hipótesis semejante?, se pregunta, y siente de pronto que ha ocurrido en su interior una especie de condensación deíctica que se manifiesta ahora con el adelanto de la regla. Sale en pánico para el baño.

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¿Y si ella estuvo aquí? Nada más escatológico que imaginar su vagina abatida, nada menos estimulante. Pero es que los monstruos de la imaginación se disparan cada vez que Valencia entra al baño y se enfrenta a las ansiedades de su estreñimiento crónico. Tal vez por pura compensación, la angustia biológica da paso a la fantasía mental. Además, desde que está aquí en Santiago, el baño se ha convertido en una especie de refugio, de escape, ante las crecientes dificultades causadas por el déficit económico al que se he visto sometido por el perverso efecto de la burocracia europea. Pasa largos minutos alternando el esfuerzo físico con el embrollo mental en que se ha convertido el cálculo de posibilidades para sobrevivir sin el pago de la beca que le han prometido como profesor invitado. Unas cuentas rápidas: el costo de alquiler de una habitación de hotel tres estrellas está en promedio en 70 euros y en unas residencias universitarias 35, lo que quiere decir que el mes puede llegar a costar, sólo en hospedaje, más de 2000 euros, que es lo que el profe Valencia gana como salario en su país tercermundista. El asunto de la plata se le ha enredado por procesos administrativos y la prometida beca de sostenimiento no sólo no se ha hecho efectiva con la prontitud esperada, sino que el giro no acaba de llegar después de dos meses de estancia.

La verdad es que estaba preparado para seminarios, tertulias, conversaciones académicas, clases, debates, pero ahora cae en la cuenta (¿debía sorprenderse?) de que la realidad está gobernada por un discurso y una lógica burocráticos tanto o más duros que en su propio país, al que consideraba hasta hoy como uno de los más oficinescos del mundo. Y todo ha sido para peleas, malos entendidos, incomunicación. Si: el discurso burocrático no está hecho para el diálogo sino para el sometimiento, para el sometimiento de quienes lo diseñan, atrapados en sus términos, para sus voceros y custodios que se aferran a él con una energía perversa y, obviamente, para quienes lo sufren directamente.

Todos los días, Valencia mira el buzón electrónico con dos sensaciones, una de temor, pues sus reclamos sólo han producido la reacción desproporcionada de uno de los funcionarios, quien ha intentado por todos los medios hacerlo sentir culpable, no se sabe si de un error lógico o de un error moral, y entonces sólo espera recibir regaños de él; y otra sensación de impotencia y abandono, resultado de la estrategia final: el silencio. Ya ni siquiera son los regaños, es que ya no llegan ni mensajes, manifestación exquisita de la prepotencia. Pues bien, una consecuencia de su “varada” absurda en Europa, ha sido la reclusión casi permanente en su habitación, no sólo porque no tiene manera de hacer turismo por la falta de recursos, sino porque perdió todo deseo de hacerlo. Así que ha estado estas semanas frente al computador metido en la escritura, no de una novela, sino del plan de una novela. Retomó ese proyecto narrativo que llevaba ya varios años rumiando y el detonante ha sido la rubia alemana que asiste a la clase suya y a la del profesor Haendel.

Está seguro de que la chica lo trata con cierto coqueteo tan sutil como peligroso. La frecuencia de sus encuentros fuera del aula lo ha llevado a plantear la hipótesis de que las coincidencias están pasando el límite de la casualidad. La conversación que tuvieron al final de una de las clases, y en la que ella se quejó con verdadera saña del viejo Haendel, lo llevó a imaginar esta historia: Nohra (es el nombre que le ha dado para proteger el original), se ha empeñado en hacerle daño al viejo Haendel y para ello se ha propuesto debatirle sus teorías del canon. Pero a mitad de camino ha descubierto que su abuelo (un escritor de posguerra totalmente desconocido), decidió “borrar” su obra a pedido de sus tutores alienígenas, quienes le revelaron por fin la misión que le habían encargado como uno de sus contactados; misión que él había confundido en un principio. La reacción de su cuerpo ante la revelación ha sido el anticipo de la regla. Y ahora que Valencia, tan poco acostumbrado a esta manía posmoderna de los baños mixtos, ve dentro del retrete, a su lado derecho, en un depósito que resulta francamente pequeño, el cúmulo desbordado de toallas higiénicas y percibe el intenso aroma acido de tanta sangre femenina, se pregunta, con todo el derecho, si ella realmente ha estado ahí unos minutos antes…

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Pedro Barbosa es uno de los pioneros de la literatura cibernética. Ya en 1978, mucho antes que cualquier otro, publicó un libro que exploraba las tremendas posibilidades que había abierto la convergencia entre literatura e informática. Su famosa ópera cuántica es uno de los primeros artefactos que aprovecha el nuevo medio para hacer narrativa y poesía. Pero Pedro no es cualquier persona, es, ni más ni menos, un contactado, un ser que los extraterrestres responsables de la supervivencia de ese proyecto cósmico llamado planeta tierra han elegido en el intento por enderezar el dramático estado de deterioro de dicho proyecto. Su contacto, un ser metamórfico que se le ha presentado en cuatro ocasiones durante los últimos veinte años, siempre en lugares distintos y con apariencias diversas, lo ha mantenido informado de las señales del deterioro, pero también de las posibilidades de salvación, así como de las acciones que debe emprender. Pero aún más: desde hace quince años, Pedro vive con un elemento extraño en su cuerpo (bajo la piel del talón de su pie izquierdo). Ya se ha descartado que sea un cáncer y sus médicos le han sugerido no extraerlo, pues se encuentra demasiado ligado a la capa nervosa y dado que no molesta ni duele ni cambia, se puede considerar benigno. Pero Pedro ha investigado y sabe hoy que el corpúsculo no es un tumor, si no un implante, un artefacto que los extraterrestres han introducido en un lugar que tampoco es arbitrario. A diferencia de lo que se cree en algunos ámbitos, el implante no es un ship electrónico, sino un nódulo casi orgánico que estimula centros neuronales específicos, en este caso las zonas del cerebro responsables de la creatividad, lo que explica esa capacidad que ha hecho de Pedro un artista y un intelectual sobresaliente. Él sabe sin embargo que debe enfocar su capacidad creativa menos a insuflar su ego y más a mostrar los caminos que la humanidad debe seguir si quiere realmente sobrevivir como especie.

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Pedro está empeñado en borrar toda huella de su ego, es decir, de su obra. Se ha dado cuenta que ha empleado mal el don que le ha sido entregado, que se sumergió sin conciencia en la mierda de su vanidad. Tal vez sea un poco tarde para ello, pues sus publicaciones, sus reconocimientos, sus trabajos son ya tan extensos que sería imposible recogerlos todos. Eso lo amarga un poco, sobre todo ahora que sus antiguos colegas lo miran raro, le quitan la palabra o lo tildan abiertamente de loco. Es el precio. Pero eso no es más que un breve obstáculo incapaz de vulnerar la misión que ahora se ha impuesto: convertir al mayor número de personas a la nueva fe del proyecto alienígena.

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Valencia presiente que otros personajes de la historia (de la que quiere narrar y de la universal) han pasado por lo mismo: Hypatia, Kepler, Borges, Sábato, el mismo Lévy y, para no ir tan lejos, también Mónica Franco, una antigua amante que se creía venusina o Ana Contursi, una vieja colega que se chifló de forma irreparable.

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Como hipótesis funciona a la perfección: Schulze es un contactado. ¡Qué fascinante historia! Nohra se entusiasma y le escribe a Fernando. Ahora tiene un enfoque, una dirección, una clave para leer la correspondencia del abuelo y rastrear los elementos de una conjetura que, de comprobarse, serviría para todo, para explicar el misterio Schulze, para debatir la prepotencia de Haendel y sobre todo para enrarecer aún más las conversaciones de familia.

Se pone a desarrollar un primer ejercicio del que su conclusión es la siguiente: esa extraña frase de Kresing en la carta que le escribió a su abuelo: “para la próxima vez que lo vea, le haré entrega de lo prometido”, se puede interpretar como una clave de la forma como los contactos alienígenas brindan sus secretos a los contactados: paso a paso, dependiendo de los méritos del destinatario.

Nohra colma de palabras optimistas su mail a Fernando, le asegura (respondiendo al raro impulso en ella,  siempre tan parca, tan franca, tan fuerte, de expresar sus sentimientos de manera tan abierta),  su amor eterno. Pero apenas presiona el botón de envío, siente como si el teclado de su portátil hubiera empezado a arder y sobreviene a su mente el rostro sonriente de Javier.

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A mala hora le dio a Valencia por recontactar a Mónica. Arrepentido por lo que creyó que había sido un error, le escribió contándole lo que había ocurrido después de su despedida cuando él huyó despavorido y sin dejar huella ante lo que pensó eran alarmantes signos de locura de una Mónica que se creía extraterrestre. En la carta remisoria, Valencia le confesó a Mónica su proyecto narrativo (hacer una novela de contactados y extraterrestres). Pero la vieja le respondió dando muestras de que sigue deschavetada. Si ella es un contacto, el contacto que le tocó a él en turno,  es uno que escapó de algún manicomio interespacial, pues no sabe si es o no es, si tiene misión o no, en fin, un fracaso. Descartada como referencia para el relato. A lo mejor la Contursi…

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Esto se lee en la escaleta para el video que preparó Nohra Uhl como parte de su documental sobre Pedro Barbosa.

Introducción. A sólo cuatro horas en autobús desde Santiago queda la magnífica ciudad de Porto, famosa entre otras muchas cosas por sus vinos. Y una noche de vinos es lo que debe quedar registrado en las tomas de vídeo que darán cuenta del encuentro entre Valencia y pedro Barbosa.

El encuentro. El restaurante a donde llegan es pequeño pero acogedor. Unas breves tomas permiten reconocer las afueras y luego, al ingresar al saloncito reservado, la cámara se instala definitiva y displicentemente en una de las esquinas del recinto. Unas tomas registradas antes de la fijación, permiten reconocer a los dos acompañantes de Valencia: Barbosa, quien ofrece juguetonamente su cuerpo y su rostro a un primer plano. De talla más bien pequeña, los ojos y las pestañas parecen de muchacho, pero a la vez, la barba blanca en forma de candado le da el toque de maestro con el que seguramente quiere impresionar el profesor Barbosa. Completa el grupo el poeta Rui Torres, amigo de Valencia y quien hizo posible el contacto. Rui es un joven profesor de la Universidad Fernando Pessoa que trabaja con Barbosa desde hace unos años en proyectos tan avanzados como extraños que incluyen la exploración de las posibilidades del ciberespacio, la hipnosis lúdica para teatro y la telepatía. Es delgado y tiene una cara de jovencito que no coincide con su edad.

Después de la consabida lección gastronómica y cultural se decide al fin sobre la cena que consiste en caldo verde, unas francesinhas rellenas de varias carnes, cubiertas con queso y molho, y el infaltable vino de Oporto, mucho vino de Oporto.

La conversación. Un tema lleva a otro y aunque varias veces Valencia se sentirá perdido en los laberintos de la frenética argumentación de Barbosa (lo que debe  evidenciarse con tomas de primer plano a su rostro sorprendido), puede sacar en claro que el portugués está convencido de que los humanos hacemos parte de un proyecto evolutivo que ha llegado al umbral de un salto cósmico. Todo lo que se puede interpretar trágicamente como la llegada a una sin salida es para Barbosa la señal de que hemos alcanzado un límite, cuyo traspaso conducirá a una nueva etapa de la progresión. Si un día, afirma Barbosa ahora mirando la cámara, por efecto de cualquier desastre natural o incluso provocado, la tierra y los seres humanos llegan a desaparecer del universo, los seres mecánicos que hemos ido creando y a los que hemos delegado nuestro conocimiento y nuestro comportamiento inteligente, serán quienes nos continúen; ellos son los auténticos nómadas del espacio y los únicos herederos del legado de la civilización.

Entramos en una nueva etapa de la aventura humana: la extensión del alcance del cerebro, mediante la transferencia a cerebros electrónicos del potencial de la Noosfera. Pero aún hay más y esto es lo novedoso, esto es lo que se debe llevar usted como lección: la informática y la robótica son un bien cultural y técnico, pero a la vez son la condición, el eslabón para un cambio en el comportamiento de la noosfera que la hará capaz de soportar la existencia de extraterrestres. Y no sólo se trata de las condiciones ambientales compatibles con la vida biológica, sino también, en términos de escala humana, las condiciones requeridas por el futuro de los viajes interestelares, única vía de salvación de la humanidad.

Todo queda allí registrado: la teoría de la comunicación telepática, la teoría del gran salto cósmico y la idea de que existe toda una generación de contactados, destinados a llevar adelante de forma pionera dicho salto.

La despedida. Tras la promesa de seguir en contacto, Pedro reafirma su imperativo: prepararnos, cada uno a nuestra manera, para lo que será el dramático giro que se dará en el año 2012 al proyecto tierra.

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Esto lee en la escaleta para  el video que preparó Nohra Uhl como parte de su documental sobre Manuel Haendel.

Están en el hospedaje que les han preparado en las residencias universitarias, un pequeño apartamento de tres secciones, cómodo y bien amoblado. A la entrada, una sala amplia con televisor, estantes, escritorio y comedor. Al fondo, la alcoba y a un lado la cocina. Sobre una  de las sillas del comedor, la infaltable Alba que levanta la cabeza y mira hacia la cámara. Zoom perverso a la cara del animal y luego primer plano al cuerpo del profesor que se levanta de una de las sillas de la sala, dejando en la mesa auxiliar el libro que acaba de cerrar y lanzando un “quieta” al animal. Saluda cordialmente e indica a Valencia que se siente. La cámara se queda en una de las esquinas del salón desde donde se toma una buena panorámica del recinto y permanece allí mientras dura la conversación previa. Sólo cambia de foco cuando aparece en escena Mercedes, la esposa de Haendel, saliendo de la cocina y anunciando el plato para la cena: Fettuccine a la Alfredo. Como si se tratara de un tic, de vez en cuando, la cámara enfoca la caniche que duerme sobre la silla del comedor. Mercedes vuelve a la cocina y participa desde allí de la conversación inicial, que versa sobre asuntos bien banales, casi siempre corrigiendo al viejo.

Cuando pasan a la mesa, Valencia se atreve a lanzar la pregunta que lo ha traído aquí: ¿Cómo fue que resultaron viviendo en Les murs blancs? Mientras destapa la botella de vino blanco, Mercedes cuenta el asunto. Durante la segunda visita de Paul Ricoeur a la Universidad de Vancouver, donde  Manuel era por entonces Decano de Humanidades, y mientras los hombres conversaban al final de la conferencia inaugural de un congreso sobre la obra del francés, ella abordó a Cecil, la esposa de Ricoeur que parecía más bien aburrida en medio del coctail de bienvenida. Así se enteró de que la casa de los Ricoeur en el condominio de Monier estaría sola durante el año que duraría la pasantía de Paul en América, pues ya los hijos no se sentían a gusto allí. Como si de pronto hubiera tenido una iluminación, Cécil le propuso a Mercedes que se pasaran ellos, que era el mejor sitio, si, allí, a ese lugar ya mítico habitado por una verdadera pléyade de pensadores congregados alrededor de la figura de Mounier, el dueño original de la gran casa de Châtenay-Malabry, convertida ahora en copropiedad por el propio filósofo, quien logró así tener cerca a toda esa gente: Marrou, Domenach, Fraisse, Badoulene, los fundadores y colaboradores de Esprit. Claro es lo mejor para ustedes, Mercedes, se ahorrarán el hospedaje y podrán entrar en contacto con la flor y nata de la intelectualidad francesa.

Emmanuel es católico, le advirtió Cecil a Mercedes, pero la revista Esprit por él fundada no lo es. Algunos de sus colaboradores pertenecen a diversas iglesias; otros, a ninguna. Monier es un prodigio de ecumenismo, allí colaboran católicos, protestantes, judíos, socialistas, libertarios, de modo que ustedes no tendrán ningún problema para encajar. Manuel, que ha estado escuchando en silencio y se ha levantado hace un momento, se acerca y lee lo que está escrito en un trozo de papel que ha sacado mágicamente de uno de los libros del estante y que resulta ser la carta de respuesta de Monier que les llegó poco antes de partir a París a cumplir el intercambio pactado: “No se trata, señor, de saber si yo le invito, si yo le acojo a usted, pues partimos juntos y en plena igualdad humana. Si usted no es católico, pero está de acuerdo con nuestras posiciones fundamentales, tiene un lugar de primer orden en Esprit, tan esencial como el mío. Esprit faltaría a su misión si le diésemos motivos para dudar de eso. Bienvenido desde ya a casa”. Valencia queda pasmado al escuchar semejante declaración. La cámara no vuelve a moverse y la conversación decae hacia lo trivial, pero el botín ya está a bordo.

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Todo apunta al género de la comedia negra, del cual hay interesantes antecedentes en la literatura latinoamericana. Valencia recuerda ahora la novela “Donde van a morir los elefantes” de José Donoso que también se ambienta en una universidad. Se trata de una metáfora implacable sobre las relaciones conflictivas que los intelectuales latinoamericanos mantienen con la cultura norteamericana. Gustavo Zuleta, un profesor de literatura chileno, acepta una oferta para trabajar en una universidad del medioeste norteamericano. Mientras espera a su mujer y a su hijo recién nacido, Zuleta descubre los contrastes exasperados de la vida académica. De la mano de Ruby, una joven encantadoramente gorda y misteriosa, el protagonista se convierte en testigo de envidias, resentimientos y ambiciones de poder, de relaciones sexuales cruzadas e, incluso, de un asesinato múltiple.

Revisa sus apuntes y encuentra: “La comedia negra se apoya en lo más siniestro de nuestra humanidad para hacernos sonreír ante la adversidad. Su tono inquietante y subversivo corroe los valores establecidos con altas dosis de ironía y mala leche. Sus escenarios favoritos: la muerte, la enfermedad, el sexo, los tabúes vistos a través de la mirada irreverente del sarcasmo. La vida es un enorme escenario del humor negro. Ante una realidad sórdida y gris, nuestras pequeñas vidas serían mucho más mediocres si no pudiésemos reírnos de vez en cuando del absurdo que nos rodea. Esa es nuestra pequeña venganza, la sonrisa amarga”.

Todo encaja por ahora para Valencia y esto lo decide a seguir adelante.

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Hipótesis uno sobre el 2012. Valencia la escuchó en la cafetería de humanidades a donde va por lo menos tres veces al día con la esperanza de encontrar alguno de esos colegas prepotentes que no le paran bolas y así conversar unos minutos con alguien (o con algo) que no sea la imagen skype de sus amigos o familiares. A veces cree que no va a aguantar sin el contacto físico de alguien que pueda sacarlo de la sensación de que todo es un sueño. Un par de muchachos comentan los programas de History Chanell y Discovery sobre el fin del mundo que según todos los indicios se producirá el 22 de diciembre del 2012, es decir justo en tres años. Si esto es cierto, le dice uno al otro, no vale la pena tanta disciplina ni tanta planeación a largo plazo, hay que vivir al máximo los escasos mil días que quedan. Y escucha la más sorprendente de las deducciones juveniles. Debemos endeudarnos al máximo para obtener así los recursos que se requieren para llevar una vida plena, sin preocuparnos cómo lo vamos pagar, al fin y al cabo quién va a cobrar nada el 23 de diciembre del 2012.

Así que el fin del mundo es la oportunidad que nos dan para vivir a plenitud y además para defraudar al sistema financiero. Valencia no sabe si los chicos lo han dicho en forma irónica o en serio, con ellos no se sabe, pero le parece una hipótesis al menos original, casi un oxímoron.

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Hipótesis dos sobre el 2012. Valencia la ha construido como resultado de sus conversaciones virtuales con una colega antropóloga, quien ha estado pendiente de los programas de History Chanell y Discovery sobre el fin del mundo. Según la antropóloga, las multinacionales del entretenimiento, con o sin intención, más con intención que sin ella, están favoreciendo la nueva forma del terrorismo de estado: la promoción y reproducción de un estado constante de vigilia, miedo y negación. O mejor: de vigila ante el miedo que conduce a la parálisis y a la negación. Que los ciudadanos no tengan tiempo ni energía para la crítica, para la reflexión, para la participación, que estén pendientes de asuntos que impliquen todo su tiempo y su energía, casi que su supervivencia. Ya no se trata del choque directo, de la represión ideológica, de la cárcel o el hospital siquiátrico, sino de instalar el miedo en medio de la sala y de la alcoba. Hacerlo tema de conversación, dejarlo allí como quien deja sin querer queriendo una granada de la que nadie sabe como deshacerse.  No hay por qué sorprendernos de que allí donde el raiting de los programas de History Chanell y Discovery sobre el fin del mundo ha arraigado es precisamente donde se están desarrollando procesos políticos oscuros que permanecen así convenientemente invisibles, brumosos, impunes. No es gratuito que la gente en Colombia hable más por estos días de las predicciones mayas, chinas y de todo tipo, que de las manipulaciones perversas de un gobierno empeñado en perpetuarse en el poder.

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Venus existe. Es un pequeño y brillante planeta de nuestro sistema solar, demasiado cercano al sol, por lo tanto debe ser muy caliente, se considera un planeta hermano de la tierra por sus similares composición y tamaño; para mí siempre ha sido un referente casi mágico al que puedes recurrir tanto de día como de noche: “Lucero del alba o estrella de la tarde”, que mitológicamente ha sido identificada con la sexualidad femenina y el amor. Ahora comprendo cómo fue para ti esa intensa experiencia vertiginosa, y llevarte en el avión mi olor con toda la carga de la culpa que sentías, desde luego, no haber dejado de amar a los tuyos y no obstante, poder enloquecer y permanecer aún embrujado por la inexplicable experiencia que acabábamos de tener. En aquel lejano momento quise advertirte que siempre existe el riesgo de quedarte inevitablemente vinculado, tenías que saber que hay condiciones “extraordinarias” que pueden cambiarte la vida si tú te lo permites. He pensado en ello por todos estos años, no como una obsesión, porque no suelo obsesionarme, no tengo esa predisposición, al contrario, sé superarme a mí misma y dar el siguiente y los siguientes pasos de supervivencia, sabes que yo más que nómada soy sobreviviente. Eventualmente no puedo evitarte y apareces en algunos de mis pensamientos, entendí oportunamente que debíamos seguir sin voltear atrás, que me faltaban diez años de experimentar lo que a ti te daba un puerto seguro, un escritorio para escribir, un sentido para trascender y ahora que los tengo, no puedo evitar recordar esa aventura como un sueño para compartir, “el sueño que todos quisiéramos vivir alguna vez: ¡un viaje breve y fugaz a Venus!“

Al conocer tu percepción de nuestro encuentro predestinado o no, me siento cómoda de dejarte saber que en realidad eras el perfecto receptor de señales invisibles, de miradas cómplices, magneto de sucesos inevitables. Ése, lo sabes, es mi don, mi deber: encontrar al receptor.

Pues sí, existe Venus, pero yo aún estoy aquí en este mundo, envejeciendo contigo y el resto de los terrícolas, confundida con las otras mujeres de ojos azules, engordando como los viejos árboles de eucaliptos que necesitan del peso porque sus raíces son cortas y es la única forma de mantenerse en pie sobre ésta tierra.  Sigo sin tener clara mi misión, pero sé que siempre ocurren cosas extraordinarias por donde voy y de las que me gusta participar. Mis hijos creen que tengo algo de magia y mis amigas creen que mi marido esta embrujado. Todavía no se sabe bien si es posible que haya vida en Venus, los expertos han creído encontrar la presencia de nubes de agua y por lo tanto, esto confirmaría la posibilidad de que existan venusinas y porqué no, podría ser una especie más avanzada que la terrícola, incluso puede descubrirse en algún momento que transitan entre ambos planetas. ¡La ficción y la realidad están tan conectadas!  Lo cierto es que hay momentos tan intensos, eventos tan únicos, que inevitablemente evocan el recuerdo de Venus.

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Hipótesis tres sobre el 2012. La película que fue presentada en español como “Ultimátum a la tierra” (The Day the Earth Stood Still) y que ha tenido dos versiones, la de 1951 (dirigida por Robert Wise, con guión de Edmund H. North a partir de la historia de Harry Bates) y la de 2008, con dirección de Scott Derrickson, guión de Ryne Douglas Pearson y actuación de Keanu Reeves y Jennifer Connelly, contiene lo esencial de una tercera hipótesis. Klaatu, un alienígena, llega a la tierra con la misión de entregar a los hombres un importante mensaje. Sin embargo es tratado por los humanos como un ser hostil y se niegan a su petición de dirigirse a los líderes mundiales. Helen, una científica que aparentemente le cree, descubre que Klaatu es “amigo de la tierra” en un  sentido ambiguo. En realidad viene a destruir la humanidad con el fin de “reformatear” y salvar el “proyecto tierra” (desarrollar un hábitat cósmico que albergue la vida inteligente), pues los responsables alienígenas de  dicho proyecto consideran que la humanidad actual lo ha desvirtuado. Por circunstancias del viaje y de la acción del relato, Klaatu se ve sin embargo obligado a observar en detalle cómo viven los humanos y después de descubrir que no todos son como sus dirigentes, decide ponerse a favor de la humanidad, aunque parece demasiado tarde.

Si seguimos a Pedro Barbosa, se dice Valencia, la idea de un final del mundo para el 2012 podría coincidir con la hipótesis de un fin predeterminado, programado, por los responsables alienígenas del proyecto tierra, quienes al verificar que los resultados que habían esperado para un tiempo específico (el que culmina el 22 de diciembre  de 2012)  no solo no son buenos, sino francamente inapropiados, habrían decidido dar un golpe de timón al modo como la humanidad actual ha orientado la vida en el planeta y así darle una nueva oportunidad a este especial y frágil hábitat có(s)mico en vías de extinción.

El fin del mundo sería entonces un fin del modo actual de habitar la tierra que parece condenada a la destrucción por la mala actuación de sus habitantes. Todo lo cual parece demasiado radical y trágico pero que podría tener una especie de sentido práctico: hacer conciencia (vía terror, vía imágenes y posibilidades terroríficas) de que el modo actual de vida en la tierra no es el correcto, de que ha llegado la hora de reconducirlo globalmente. Una especie de llamado a un tabula rasa requerido para salvar a la tierra y a algunos de sus habitantes.

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¿Pero no cabría una hipótesis más? El asunto alienígena exige sobre todo algo parecido a la fe religiosa o, al menos, una forma distinta de atender las certezas a la que nos hemos acostumbrado en occidente por efecto de su proyecto científico y racional.  Se puede conversar mucho sobre el asunto, se pueden debatir argumentos a favor y en contra, pero lo que es comprobar su existencia y su veracidad no es posible. Sólo es posible creer en ello y tal vez jugar a una especie de seudo verificación de los hechos (presentar testimonios, mostrar imágenes ambiguas, cosas de esas). Pero como el propio mega  relato de la ciencia está en cuestión hoy, se ha abierto una vía legítima para admitir la realidad de fenómenos no comprobables pero adecuadamente presentados y sobre todo preparados para suplir lo que los sistemas tradicionales han dejado como vacío.

Y a lo que parece responder todo este cuento del proyecto tierra es al estado de cosas que quedó tras la desbastadora demostración que hiciera hace ya casi un siglo (en 1936) el anarquista Sébastien Faure, según la cual  Dios no existe y hay doce pruebas para ello, seis de la cuales apuntan a comprobar que el Ser creador no puede existir. Si la acción de crear es inadmisible, si el espíritu puro no puede determinar el universo, si lo perfecto no puede producir lo imperfecto, si el ser inmutable no puede haber creado, si Dios no pudo haber creado sin motivo, entonces ¿cómo explicamos nuestra presencia? Quedan dos opciones: el azar o el diseño. A esta última posibilidad responde exacta, precisa y puntualmente la hipótesis del proyecto alienígena. Alguien, en este caso alguien concreto, pero SUPERIOR, ha creado las condiciones de nuestra existencia y desarrollo.

Y sobre este punto final se puede construir la cuarta hipótesis. Toda la insistencia en el predeterminado fin del mundo en diciembre de 2012 obedece a reforzar la idea de que la trascendencia divina ha sido sustituida por una de tipo más cercano, pero trascendencia al fin y al cabo. La secularidad que instaló la modernidad ha sido desplazada hacia una neo trascendencia que garantiza nuestra sumisión a poderes externos, nuestra necesidad de consuelo.

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Hipótesis cinco sobre el 2012. No hay tal fin del mundo. Sencilla y escuetamente todo es una mierda inventada por la sociedad del espectáculo que quiere mantener pegados a los televidentes y también a los internautas a la pantalla. No hay nada que temer, no hay que hacer nada, no hay de qué preocuparse. Esto nos entretiene, nos da tema de conversación, nos permite escapar de las riendas del trabajo, en fin, nos aliena suave y deliciosamente.

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Darío Castro asistió a las clases de las dos semanas siguientes con bastante intermitencia, tanto como para alarmar a los coordinadores del programa, quienes lo llamaron a rendir cuenta por sus ausencias. Lo que se sabe es que después de la reunión renunció al Máster y regresó inmediatamente a su pueblo, sin dar muchas explicaciones. Ni siquiera tuvo el detalle de ir a despedirse de sus compañeros, aunque, a decir verdad, nadie esperaba semejante gesto del estudiante más raro del curso.

Pero el asunto no fue tan trivial. Los rumores que corren aseguran que en realidad Darío fue expulsado fulminantemente de la Universidad debido a faltas muy graves. Hay quien afirma incluso que se le achaca la sospecha de haber cometido crímenes nefastos, todo lo cual ha hecho que Nohra se sienta realmente perturbada, pues tras el incidente de la fallida protesta contra Haendel en la que Dario propuso envenenar a Alba, ella se sintió realmente acosada por sus miradas, por su comportamiento, por sus gestos que si bien nunca se concretaron en amenaza verbal o en alguna aproximación física indebida, si la prevenían al punto de evitar al máximo los encuentros con el compañero más raro del curso.

Nohra hace recuentos, examina circunstancias, revisa momentos y llega a la conclusión de que Darío es un psicópata y que a lo mejor preparaba el golpe contundente: una violación de la que ella misma podría haber sido la víctima. Y esta conciencia la hunde en la depresión a ella, tan fuerte, tan frentera pero tan débil, tan vulnerable…

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Para colmo de males, Fernando ha estado ausente por tres semanas, no se conecta y como en su casa lo detestan, nadie allá da razón de su paradero. Lo seguro es que ha dejado Tubinga, pero tampoco en Sheffield reportan su estadía, así que ha consultado en las otras universidades del consorcio y nada, se esfumó, desapareció, se lo tragó la tierra.

Es uno de esos periodos en que todo parece seco, sin sentido, absurdo. Ya ha pasado antes por circunstancias similares, así que Nohra se resigna, apaga su computador, levanta su mirada hacia el techo de su habitación y regresa mentalmente al día en que conoció a Fernando, allá en Tubinga, en la cafetería de la Facultad de Humanidades, pero hay algo en la percepción que no cuadra, no es la misma sensación de entonces, la imagen de los recuerdos sufre extrañas interferencias y Nohra no encuentra consuelo tampoco en la  evocación. De pronto vuelven los calores a su cuerpo, como antes, cuando escribió el último mail y el teclado pareció arder. Esta vez la imagen del rostro sonriente de Javier se posa sobre el techo, nítida, seductora.

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Fernando ha regresado victorioso a Tubinga. Está exultante y completamente transformado. Se sabe que ha estado en Ámsterdam haciéndose un cambio extremo. Tío Carl no ha dudado en escribirle una extensa carta a Nohra que no ha hecho más que confirmar lo que ya circula amplia e ilustradamente por las redes sociales: la imagen de las poderosas tetas de Fernando. Si: Fernando se ha puesto tetas. Y no sólo eso, se ha hecho una drástica cirugía de reconstrucción facial. Está irreconocible y para qué ocultarlo: bello (¿o bella?). Su cabellera negra que siempre llevó recogida en cola ahora luce brillante, esplendorosa. Sus ojos se ven más grandes, el defecto labial fue reparado y hasta las piernas parecen torneadas al mejor estilo. Pero lo verdaderamente espectacular es el par de tetas que Fernando exhibe orgullos@ por toda la red, incluso descaradamente. La verdad es que Nohra no se esperaba esto. Obviamente él(la) abandonó el proyecto académico y seguramente todo vínculo con su vida anterior, incluyéndola a ella. Son demasiadas cosas juntas, se dice Nohra. Que más esperabas, dice tío Carl, de seres acomplejados como esos sudacas. Y ella que siempre ha sido recia, fuerte, frentera, está más que desmoralizada.

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El encuentro se dio de la manera más inesperada. La Facultad de Comunicación y Periodismo anunció un ciclo de cine foro sobre películas latinoamericanas. La primera, una clásica: “Memorias del subdesarrollo”. Javier llegó temprano al auditorio que apenas si albergó a unos diez estudiantes desprogramados, entre ellos a Nohra quien llegó ya iniciada la sesión. Javier no está seguro de que ella haya llegado hasta su lado por coincidencia o porque de verdad lo localizó aún en la penumbra, pero lo cierto es que de pronto tenía a la rubia rubísima a su lado y eso le bastaba para compensar el aburrimiento que lo había llevado un jueves en la noche a la improvisada sala de cine.

Confundido por la sensación de que Nohra se insinuaba sutilmente, no pudo atender la película y estuvo imaginando todo el tiempo cómo llevársela a la cama. Cuando las luces se encendieron, y para su sorpresa, fue la propia alemana la que lo invitó a su habitación con la disculpa de enseñarle la colección de películas latinoamericanas de corte social que llevaba ya varios años recaudando. Pronto, las excusas fueron innecesarias. Bastó un abrupto “me gustas” para que Nohra se lanzara sobre su cuello y exhibiera todo su deseo. El camino a la habitación se vio interrumpido por detenciones destinadas a dar rienda suelta a unos besos y a unas caricias cada vez más fogosas. Tanto que el pobre Javier estuvo un par de veces a punto de venirse, lo que hubiera configurado el peor de los fiascos. Después de un guiño cómplice a la casera, el par de chicos entró a la habitación. Para entonces, la intención de ver vídeos había sido abandonada y el paso a la cama y al amor fue tan presuroso que ni siquiera hubo tiempo para el despoje total de las ropas y mucho menos para prender la lámpara de la habitación. Javier la besó con ímpetu y ternura y ella respondió con sollozos y más ímpetu. En la penumbra, Javier apenas imaginó el cuerpo perfecto, pero no le importó, lo que más robaba su atención era no defraudar a la chica, lograr que el primer encuentro fuera satisfactorio, así que su técnica fue esperar y sólo atacar cuando ella estuviera lista. Llegaron juntos al paraíso y estallaron en un grito unánime que los sorprendió y los  animó a un segundo embate, este ya sin pudores y pletórico de sexo obsceno. Agotados, durmieron un buen rato, tratando de recuperar tanta energía derrochada. Cuando las luces se encendieron, y para su sorpresa, Nohra le pidió a Javier que lo acompañara a su habitación, pues se sentía sola y deprimida y necesitaba compañía. Avergonzado por la ensoñación que acababa de tener, Javier aceptó, y durante un par de horas fungió como paño de lágrimas, a sabiendas de que eso lo convertía en al amigo de la alemana y lo alejaba de la posibilidad de hacerla su amante.

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Valencia piensa en su país. Las noticias no pueden ser peores, se sabe de la intención  que allí tiene el presidente de gobernar un periodo más, extendiendo así su política de acallamiento, de violación de los derechos humanos y de corrupción descarada. Conoce de la persecución que se ha emprendido contra todo el que expresa algún tipo de oposición, y en esa cacería de brujas han caído ya varios de sus colegas, que ahora viven la desgracia de los rencores del mandatario y su mala gente. Aquí en España algunos se han atrevido a denunciarlo, pero como si nada. El país de Valencia no es más que una república bananera, de la que no hay por qué sorprenderse. Nada nuevo para el estereotipo, que se maneja aquí, de naciones inmaduras e incapaces de sostener su democracia.

Valencia piensa en su país, en su gente y no sabe bien cómo definir lo que siente ahora que  está lejos, si calificar como una fortuna o como una desdicha esa condición de exiliado circunstancial.

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Afligido por el horizonte de una dictadura encubierta, Valencia piensa que puede poner en marcha otro relato a modo de exorcismo de sus angustias.  Ha imaginado a un hombre culto, viejo militante del movimiento estudiantil, académico, que de pronto ha caído en un infortunio moral profundo y que a sus cincuenta años se da cuenta de que nada tiene que perder. Su mujer ha muerto recientemente, nunca tuvo hijos, no tiene o no siente ninguna responsabilidad para con sus padres o sus hermanos y ha trabajado lo suficiente para ser considerado por sus colegas como un prepotente amargado sin remedio. No es un sicópata, más bien es un perfeccionista capaz de anticipar cada movimiento, cada jugada. Es el tipo perfecto para emprender la imperiosa y heroica tarea. Como un “durmiente” criollo, Ancízar, ese será su nombre, tiene a la vez un bajo perfil que le permite pasar desapercibido y las aptitudes para infiltrarse en los medios oficiales. Un golpe de suerte lo ha llevado a decidirse. Le acaba de ser ofrecido el cargo de subdirector del instituto lingüístico nacional. La aceptación de la oferta es el primer paso de un plan que lo llevará, según sus cálculos, al ineludible magnicidio.

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Así las cosas, Nohra Uhl ha perdido todo interés por su proyecto.

De cómo el pasado puede entenderse como deseo y el futuro como fuente.

Estas son algunas referencias utilizables para el estudio de la ciberliteratura latinoamericana


Proto hipertextualidades latinoamericanas


Sobre Borges el gran anticipador

Los estudios de Alfonso del Toro: sobre Borges:

El estudio de Antonio Pinedo Cachero sobre Caologías Borgeanas


El caso colombiano: dos escritores proto hipertextuales

Mario Mendoza: la Tesis de Maestría de Carolina Báez Peñuuela: Espacialidad, devenires y rizomas en la obra novelística de Mario Mendoza


Sobre ciberliteratura hispanoamericana y otras yerbas

Links compartidos de Claire Taylor


Algunas obras ineludibles


Sobre poesía electrónica y otras expresiones

Sobre Teatro electrónico latinoamericano
El capítulo Hallazgos, de la Tesis de Maestría de Wilson Escobar Ramirez: COMPONENTES ESCÉNICOS Y HERRAMIENTAS DE ANÁLISIS SEMIOLÓGICO DE LOS ESPECTÁCULOS TEATRALES MEDIADOS POR LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

A Manteles, Teatro La Candelaria: Bogotá-Colombia

Santos Inocentes. Mapa Teatro: Bogotá-Colombia

Automóvil Gris: Teatro Ciertos Habitantes: México

MusiCall: YLLANA e IMPREBÍS

Es como cuando te quitaron de niño tu juguete más preciado, se daño o simplemente no te lo compraron, tu alma se desgarra y vivirás con ese complejo para toda tu vida. Yo realmente no entiendo que es el amor, ni porque generamos esa dependencia absurda, lo que si sé es que te puede destrozar en solo un segundo, hacer recordar las innumerables conexiones neuroencefálicas que tu cerebro hizo, con cada color, sabor, aroma, textura o ambiente, una increíble destrucción de ti mismo, algo que se apodera de nuestra función psicológica y atrofia nuestra capacidad de ser racionales. ¿Qué significa esta descarga de feniletilamina que inunda nuestro cerebro? ¿Acaso es un castigo divino o nuestra sustancia de doping cerebral preferida? Sea lo que sea tiene una increíble acción en nuestro comportamiento físico, acelerando nuestras pulsaciones a 130 latidos por minuto, estimulando nuestros músculos para nuestra descarga más extrema de endorfinas en un orgasmo como ningún otro, el verdadero “Cupido” del amor. Vaya apología, por eso es que no podemos perdonar una pérdida de tan delicioso postre para nuestro cuerpo, aunque parece injusto dejar a un lado las especulaciones que la subjetividad nos permite crear, esas sin numero de respuestas automáticas que nuestro subconsciente genera, nuestro lado de debilidad que hacen de cada día algo diferente, algo que sobrepasa nuestra propia voluntad…

En esta obra, y siguiendo la tradición inaugurada por la novela burguesa  (Flaubert, Dostowesky,  Proust), Noteboom nos propone una visión radicalmente subjetiva de la realidad, esa que emana y debemos aceptar desde la voz interior de Arthur Daane, el protagonista del relato, quien al comienzo de la historia narrada deambula por un Berlín albino y extremadamente frío en busca de imágenes para su película soñada, pero sobre todo intenta llenar los vacíos de tiempo, esos momentos que enlazan un paso al otro en su caminar monótono, llenarlos con lo que el narrador llama “meditaciones instantáneas”: ocurrencias repentinas que van mutando de contenido casi tan imperceptible como maravillosamente.

Cito: “Él rió. Con esos pensamientos no había atravesado aún la Steinplatz. Era asombroso cuánto se podía pensar en unos cuantos metros… ¿De dónde provienen las ocurrencias repentinas?” (26). Como Faulkner antes (en Mientras yo agonizo), en esta novela, manifestación sutil de lo que Kundera denominó: “La llamada del pensamiento”, nos vemos obligados a reconstruir la acción externa por la acumulación de momentos interiores, que son a la vez los que revelan la inmediatez de la vida del personaje. Pero a diferencia de la novela burguesa que confía en la iluminación global del universo a través de la organización de los fragmentos del pensamiento, Noteboom sabe muy bien que no es posible dicha reconstrucción. Sólo es posible asombrarnos con la capacidad para pensar y discernir pues, como lo afirma esa otra voz de la novela, el coro (y de la que hablaremos más adelante): “somos los únicos seres en todo el universo que podemos conquistar la inmensidad del espacio y del tiempo, por la facultad del pensamiento” (53).

Pero hay una curiosa y sutil evolución de esa  “llamada del pensamiento” y es el vínculo de la novela con esa otra característica de la obra del holandés: su literatura de viajes. Si acudimos a la definición que el propio Kundera hace de las novelas de pensamiento, podemos observar en qué consiste dicha evolución: veamos. Dice Kundera: “Musil y Broch dieron entrada en el escenario de la novela a una inteligencia soberana y radiante. No para transformar la novela en filosofía, sino para movilizar sobre la base del relato todos los medios, racionales e irracionales, narrativos y meditativos, que pudieran iluminar el ser del hombre; hacer de la novela la suprema síntesis intelectual. ¿Es su proeza el fin de la historia de la novela, o más bien la invitación a un largo viaje?”.

Pues bien, en la obra de Noteboom, la última frase de Kundera se puede aplicar literalmente. Como se sabe, es una constante de la obra de este escritor la relación entre literatura de viajes y ficción o lo que es lo mismo, entre realidad y ficción, tal como se ofrece en el modelo de ficción posmoderna en el que, siguiendo a Javier Aparicio, este escritor “se mueve siempre como pez en el agua”. Ya desde El desvío de Santiago (libro de viajes de 1992, que vuelve a resonar en esta otra novela), Noteboom se ganó el reconocimiento como escritor viajero y cronista y mostró un estilo en el que el viaje (interior y geográfico) es pretexto para digresiones eruditas y especulaciones de todo tipo, muy a la manera de autores “como Sebad o Magris que eluden narrar historias y optan por especular con ellas” (Aparicio, 416).

Viaje y pensamiento, pensamiento que es viaje, viaje que sirve para pensar, todas estas combinaciones se desarrollan en la obra de Noteboom. Y parte del pensamiento que se despliega es del tipo metaficcional, es decir, reflexiones sobre al acto creativo que tienen quizá su mejor expresión y antecedente  en su novela Una canción del ser y la apariencia de 1998, en la que Noteboom concibe una conversación imaginaria entre dos escritores: uno temeroso de su oficio, angustiado ante la página en blanco, indeciso, y otro profesional, convertido en expendedor mercantil de historias. Allí se reflexiona sobre el papel del escritor en nuestra sociedad y se cuestiona el concepto mismo de realidad, cuando se afirma que la imaginación es una forma de realidad, pero también que la realidad es sólo imaginación: “No dudas de la autenticidad de tus personajes -afirma, muy a lo Borges,  el escritor pragmático-, sino de la autenticidad de ti mismo. Si puedes inventar a alguien, también alguien te ha podido inventar a ti”. Y en relación con la vida o impacto de lo literario afirma al final del texto: “Has convivido con unos personajes durante un año o dos, los has enviado a recorrer el ancho mundo. Ahora los has abandonado, los has dejado solos en una estación de tren…”

Pero también en esta novela aparece ya otro rasgo característico que va a evolucionar en El día de todas las almas: la tematización del lector (“¿Qué otra cosa era el lector -se dice en la novela mencionada arriba- sino el posible tema del relato?”). ¿Pero qué es lo novedoso en este caso? Pienso que dos asuntos: de un lado, la brevedad de esas interrupciones “meta ficcionales”, muy consciente Noteboom ya de que demasiadas interrupciones, o muy largas,  a la historia pueden afectar el efecto narrativo (y en este caso, hay una historia que contar antes que nada); y, de otro lado, la calidad de esas intervenciones:

“No, no os preocupéis -advierte el narrador-, no interrumpiremos en exceso esta historia. Cuatro o cinco veces a lo sumo, y siempre muy brevemente. Dejadnos” (54).

“Y ¿que quiénes somos nosotros? –se explica- Digamos que el coro. Un incierto organismo registrador que puede ver un poco más allá de vosotros, pero sin verdadero poder: aunque quizá pueda también darse el caso de que aquello que perseguimos solo nazca por obra de nuestro mirar” (54).

A la manera Brechtiana, este coro, no cuenta, sino que reflexiona sobre los límites de nuestra existencia humana y de nuestra observación de los hechos reales. Se dirige al lector, indudablemente, lo interpela, a veces de manara dura, y le hace ver cosas que la narración misma no puede ofrecer:

“Todo es al mismo tiempo real y una ilusión, y vvir con eso no es tarea fácil”

“No podemos hacer más –advierte este curioso narrador- de lo que hacemos, pues nuestro poder, si es que tenemos alguno, termina con la observación, con la lectura de pensamientos tal y como vosotros leéis un libro. Debemos seguir, pasamos páginas, oímos las palabras de sus pensamientos…”

Claro que también nos ofrece momentos de síntesis así como anticipaciones; este coro es una especie de confidente del lector que ofrece eso que el narrador seleccionado y por tanto limitado que nos cuenta lo demás, no puede hacer. Es también una suerte de descanso o tal vez de azotea de los acontecimientos que funciona como intermezzo que uno aprende a esperar y a valorar.

A diferencia de otras novelas de Noteboom, en esta obra, la reflexión sobre el proceso creativo no tiene como sujeto al escritor y por tanto no es la literatura su foco, sino la producción cinematográfica y más aún: lo que Omar Rincón llama, la condición video. En efecto, Arthur Daane es un documentalista cinematográfico de larga trayectoria que lleva varios años empeñado en un proyecto particular: tomar imágenes de lo que él llama la vida anónima, sin ningún orden, ni plan, con la esperanza de lograr al fin material para una película de expresión personal.

Esta situación tiene al menos dos implicaciones. De un lado, lo que podríamos llamar la extensión de la ciudad letrada, con la acogida que se le da a un cineasta como parte de la intelectualidad más fina y sutil, representada en este caso por el círculo de amigos que rodean a Daane, nada menos que un filósofo, un artista y una científica. Pero no sólo es que al cineasta se le permita hacer parte del club letrado más tradicional y exclusivo, sino que él mismo se comporta como un letrado, con su erudición, con su capacidad para reflexionar y relacionar referencias cultas y producir o proponer  ideas lúcidas.

La otra implicación es la de dar estatus creativo al trabajo del cineasta. Esto se logra con las reflexiones sobre la obra y la expresión cinematográfica, que no por casualidad se considera análoga a la escritura literaria.

En efecto, Daane se ha propuesto filmar lo anónimo, lo oscuro, es decir todo lo contrario a lo que dicta la “razón cinematográfica” que pide que el cine sea visto, y que hace decir  a la gente que hace cine cosas como: “allá tú si pretendes hacer de la penumbra tu especialidad, pero aquí no vengas con esas cosas y luego en la televisión, menos todavía”, o “hay recursos técnicos para mostrar o sugerir esa parte del día, pero tú no quieres usarlos”. Danne, sin embargo está interesado en esas horas entre la noche y el día o el día y la noche, con todos sus matices de gris:

“Lo más bonito era, pensaba, cuando ese gris tenía los colores de la película, el brillo enigmático del celuloide. Oscuridad que parecía gatear despacio hacia arriba desde el suelo o intentaba desparecer de nuevo en él, y en esa oscuridad todas las formas de luz posibles: la del sol que sale o desaparece. Sobre todo cuando éste no se veía porque era entonces cuando se convertía en algo fascinante” (61).

Expresión personal, proyecto sin meta y sin forma (“Si se le preguntaba qué hacía con todos esos metros  de película, no tenía respuesta convincente: no formaba parte de nada…”) que aleja a Daane de su labor oficial (documentalista) y lo acerca al perfil del artista incluso al de escritor:

“Él filmaba como un escritor va tomando notas, quizá fuera ese un buen símil. En cualquier caso lo hacia para sí mismo”

Esa decisión de filmar para sí mismo, entra en contradicción con lo que se espera de formas más industrializadas como el cine o el video.

“¿Qué se proponía entonces con ello? Nada por el momento. Conservarlo. Quizá fuera sólo por ejercicio como algunos maestros chinos o japoneses habían dibujado cada día un león para el futuro… Alguna vez podría filmar un crepúsculo como nadie lo había hecho. Y a esto se le añadía otro elemento: el de la caza. Cazar, coleccionar… llegar a casa con algo, así de simple era” (61).

Pero el símil con la escritura se agota quizá en lo técnico, pues a la hora de definir la intención creativa, se acude a la capacidad intrínseca del filme:

“Lo que le importaba a él era algo que no se podía explicar con palabras, desde luego no a otros, algo que él llamaba la inmaterialidad del mundo, que suponía la desaparición de los recuerdos sin dejar huella”.

La reflexión sobre el “proyecto” de Daane es rica e intensa, involucra a sus amigos letrados y define de alguna manera cierta universalidad del arte, esa manera de expresar sin los condicionamientos del mercado o de la industria cultural.

“Sólo después se había atrevido Arthur a comentarle  (a su amigo  Arno) su otro proyecto más secreto, todos esos fragmentos filmados en muchos años que, a primera vista, no guardaban una lógica, fragmentos en ocasiones  tan breves como el que había cazado esa tarde en la nieve… piezas de un puzzle gigante que quizá en un futuro consiguiera encajar” (72).

Y es que podría arriesgarse aquí que el equivalente al ejercicio creativo literario en un mundo en el que la imagen tiene el don de la ubicuidad, en un mundo fascinado por la reproducción visual, en este mundo de la hiper visualidad, es el video en su clave expresiva.

El video es la cámara, dice Omar Rincón, y la cámara es una máquina semiótica. El video promueve que haya una construcción personal a través de todas las posibilidades de producción y de creación que ofrece como tecnología y estética. El video no es una arte, como tampoco lo es la expresión escrita, pero como ella, es un medio que puede utilizarse para crear un producto artístico.

“La forma video, afirma Rincón, se caracteriza por ser fragmentada, por expresarse en condiciones de velocidad, por permitir diversidades audiovisuales y por responder a la necesidad del ser humano de hacerse visible en las sociedades de riesgo cultural”  (205).

Y al profundizar en las condiciones que marcan al video como narración, quizá podamos acercarnos a la obsesión de Daane por su proyecto. Siguiendo a Rincón de nuevo, el video está marcado por una estética imperfecta, en la medida en que es una mirada que cambia en cada exposición. Es también una narración improbable, un significado incierto, una condición flujo, es un proceso de devenir siendo. Pero el video, que curioso, no tiene como horizonte de pensamiento la autorreflexión y quizá esto explique la necesidad del “coro” en una novela que como la de Noteboom, narra al parecer siguiendo la condición video como  modelo; es entonces el coro el lugar donde se expresa la reflexión que solo puede hacerse con la palabra. Pero también, el video es una narración individual (y que cercano esto a la escritura), incluso una búsqueda  por fuera de lo mediático, una condición  de resistencia.

El video expresa la necesidad de involucrase personalmente en la producción de imágenes. Pero además, el video versa sobre la diferencia, inserta, dice Rincón, la posibilidad de la diferencia sensible, crea nuevas posibilidades de diálogo entre sujetos:

“El video, sugiere Rincón, es un espejo de cómo venimos produciendo referentes en la sociedad. El video es una representación de subjetividades: pone énfasis en el yo-sujeto-que-realiza y se pregunta ¿quién tiene derecho a representar a quién?” (212).

Quizá por eso Daane con su proyecto establece una fuga que no sólo lo aparta de la producción industrializada de imágenes, sino que le permite hacer crítica a otro tipo de producción de las mismas, y muy especialmente a las imágenes periodísticas, tanto de la prensa escrita como de la televisión. Y se propone por eso un proyecto artístico o por lo memos expresivo, es decir, un modo de captar y de intervenir las imágenes que ofrezca nuevos e innovadores sentidos, como ese de la penumbra y del anonimato que configura su proyecto secreto.

Nada mejor para el proyecto de Daane que esta definición de Rincón de “video expresión”: “Video como acto de comunicación, lugar de liberación y artefacto narrativo. No busca ser arte, sino expresión pura; su intención es develar como viene siendo cada uno; su potencial, posibilitar el becoming de cada ser-expresión. Aquí se busca constituir modos de expresión que pretenden dilucidar y comunicar las resistencias y los modos de subjetividad contemporánea” (212).

Y en ese proyecto hay, finalmente, poesía en el sentido de que no hay un propósito claro sino que en lugar de eso hay mera gratuidad, misterio en estado puro. Y nada mejor para mostrar ese carácter poético del proyecto que esta larga perífrasis de las reflexiones del narrador:

¿Sabía -Daane- con exactitud lo que quería? ¿Cuánto tiempo se concedía para llevar a cabo su proyecto? ¿Terminaría alguna vez? ¿O eso no importaba? ¿No era necesario  darle una forma precisa, una composición? Lo que le daba unidad a esas imágenes que encontraba y con las que trabajaba era el haberlas elegido y grabado. Así como para los poetas tampoco había ningún patrón fijo, excepto el hecho de que la mayoría partía de una imagen, una frase, un pensamiento que les había sobrevenido de repente y que habían apuntado sin comprender muy bien la razón, así él filmaba esas imágenes llevado por la pura intuición.

¿Sabía ahora con exactitud por qué, por ejemplo, había grabado ayer por la tarde esas escenas en la Postdamer Platz? Tal vez no, pero sí sabía que esas imágenes formarían parte de “ello”. ¿De qué?

Además, ésta no era una película por encargo, sino que la pagaba él  mismo, porque quería hacerla a cualquier precio, quizá como un poeta quería hacer un poema. Él hacía una película que no pedía nadie, igual que tampoco nadie pedía nunca un poema.

De otro lado, el hecho de que esta película tuviera que ver con el tiempo, con el anonimato, con la desaparición y con la despedida, no era algo que él hubiera buscado, era sencillamente así, se imponía. Pero no debía preocuparse sino más bien confiar en que surgiría al fin la claridad de ese caos. Y si salía mal, no tenia que rendir cuentas a nadie.

La ciudad letrada abre así sus puertas y da estatus de poesía, de arte, a la condición video, admite el video como expresión bajo el requisito de que el cineasta, se comporte y se comprometa como el artista. Sólo si trabaja, elabora, se aparta de las determinaciones del mercado, habla y reflexiona como un intelectual, sólo si se deja retratar desde la literatura, sólo si es visibilizado por la literatura, puede acceder a un lugar en la ciudad letrada.

Lo ha dicho ya Ana María Amar Sánchez: la literatura atiende el código masivo, lo lleva a su recinto sagrado, lo admite, sólo a condición de delatarlo, en una dinámica de seducción y de traición que pretende dar cuenta de “eso otro”, sin caer en la otredad total. En este caso, la novela de Noteboom da cabida al cineasta, a la condición video, los compara incluso con el poeta y con la poesía, pero no se convierte en video, ni si quiera en el guión de una posible película, sino que más bien refuerza la imposibilidad de otros medios para cumplir la función que ha cumplido hasta ahora la literatura. Lo ha dicho Carlos Fuentes:

“La novela ni muestra ni demuestra al mundo, sino que añade algo al mundo. Crea complementos verbales del mundo. Y aunque siempre refleja el espíritu del tiempo, no es idéntica a él”.

El día de todas las almas refleja el espíritu de su tiempo, pero no se identifica con él, más bien propone una diferenciación radical de doble cara: por un lado recurre, regresa (¡!), al coro como estrategia de auto reflexión (esa auto reflexión que no es posible en el video o en el cine) y, como decíamos al principio (la serpiente se muerde la cola), nos propone una visión radicalmente subjetiva de la realidad, esa que emana y debemos aceptar desde la voz interior de Arthur Daane, el protagonista del relato.

Por eso quizás, se me ha ocurrido por fin una posibilidad de novela que podría romper con la fascinación y el bloqueo escritural que ha producido en mí la atención a ese otro signo de nuestro tiempo que es la tecnología interactiva. Escribir la historia de ese otro hombre (también documentalista) que quiere dar cuenta de un Ulyses cibernético…  ya no hacer un documental interactivo como narrarlo, traicionarlo en la novela…. Pero esa es otra historia….