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Posts Tagged ‘novela’

En su última novela (Alfred y Emily), Doris Lessing cuenta la vida que pudieron tener ella y su familia, la que hubieran querido tener si hubiesen podido elegirla.

Es sabido que un hecho mínimo, a menudo imperceptible, determina nuestra suerte: abrir o cerrar una puerta, tomar hacia la izquierda o la derecha, responder o no al teléfono o leer o no una carta hacen que nuestra vida sea una y no otra. Lessing decidió volver atrás, a ese punto decisivo, y encausar a sus padres por una senda no tomada. Así en esta versión imaginada, Alfred busca y encuentra la felicidad en el campo, en la Inglaterra rural, y son sus hijos, no Alfred, quienes son al fin llamados a luchar por su patria en las infernales trincheras de la Primera Guerra Mundial; Emily se casa muy joven con un médico prestigioso (el amor de su vida en el mundo real), pero su vida será no la de un ama de casa, sino la de una mujer independiente que, sin tener hijos propios, ayuda a los hijos de los otros, lucha contra la crueldad a los animales, funda escuelas innovadoras y, durante la guerra, crea refugios para mujeres y niños. Las vidas soñadas de Alfred y Emily (los verdaderos padres de Doris) se entrecruzan pero no se unen. La versión histórica es menos feliz. Alfred pierde una pierna durante el combate, se casa con Emily, y juntos emigran a Rhodesia donde, con poco éxito, instalan una granja.

La reflexión:
Esto que hace la novela, ¿no termina acaso cosificándose en el libro mismo como objeto? Ya se sabe: la flexibilidad de resultados de un performance es función de la plataforma y el libro es la menos flexible de ellas, pues tiende a fijar la base semántica. El hipertexto, en cambio,  sobre todo el hipertexto dinámico, podría cambiar las cosas, pero también lo pueden hacer, a su modo, otras plataformas como los juegos de rol, la narrativa trasmediática, Narratopedia, Second life, y en general los mundos virtuales

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Leí Santa Evita con un sentimiento de fascinación que creía haber superado. Por entonces, ya no creía en privilegiados o maestros y sin embargo, leer a Tomás Eloy Martínez me recordaba, con la contundencia de un cuchillo bien clavado, que los hay, que hay personas privilegiadas que son capaces de embrujar con la palabra. Ese primer párrafo de su novela, por ejemplo, anunciaba ya la magia de su verbo:

“Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir. Se le habían disipado ya las atroces punzadas en el vientre y el cuerpo estaba de nuevo limpio, a solas consigo mismo, en una beatitud sin tiempo y sin lugar. Sólo la idea de la muerte no le dejaba de doler. Lo peor de la muerte no era que sucediera. Lo peor de la muerte era la blancura, el vacío, la soledad del otro lado: el cuerpo huyendo como un caballo al galope”.

Política, historia, cultura popular, relato policíaco, Santa Evita era un texto que juntaba todo en una amalgama deliciosa que me obligó a hacer algo que ya no hacía con mucha frecuencia: leer el libro todo y de un solo golpe. Y al final, ninguna duda: estaba ante la obra de un maestro.

Muchos fueron desde entonces los encuentros con el escritor argentino, incluido alguno personal, de lejos, en algún congreso y siempre me quedaba con la misma certeza: se trataba de un hombre honesto, especial, incansable, ejemplar.

Todavía expongo los descubrimientos que Martínez me regaló en uno de sus ensayos (La batalla de las versiones narrativas) en el que el autor observaba cómo los novelistas latinoamericanos empezaban a atender los asuntos históricos con la conciencia de que historia y novela usaban la misma herramienta: la palabra escrita, para formatear la memoria de la gente, sólo que una, la historia, lo hacía siguiendo el principio de verdad (la pretensión de verdad), en tanto la novela seguía el principio de ilusión. La convergencia de verdad e ilusión quedaba así dispuesto a la competencia del lector, quien se convertía no sólo en el depositario del conocimiento y de la conciencia histórica, sino en el responsable de sus derivaciones. Pero había también una advertencia terrible al final del artículo que no ha dejado de atormentarme: la de que el poder de hoy no lee, inmerso en sus deberes y proyectos tecnocráticos se hace cada vez más inmune al efecto humanista de la lectura, lo que implicaba una profunda reflexión sobre la función cultural de la novela.

En algún momento fue colaborador de nuestra modesta revista (los Cuadernos de Literatura, #15 de 2002) con un magnífico texto en el que exponía sus propuestas para un periodismo del siglo XXI y que se reducían a tres acciones: humanizar, humanizar, humanizar la palabra, acercarla al hombre común, solidarizarse con su drama y alejarse así de las terribles garras del poder.

Leì también, además de su imprescindible Novela de Perón y de sus estupendas columnas en varios periódicos, incluido El diario colombiano de El Espectador, una última novela: El vuelo de la reina en la que denuncia las relaciones absolutamente detestables entre política y periodismo.

Se fue un maestro, un hombre ejemplar y se siente el vacío aquí en el alma

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