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Archive for the ‘9. Reflexiones’ Category

La función cultural del autor ha tenido dos tratamientos: uno de tipo popular, lo encumbra al estatus de “figura”, es decir, persona privilegiada, con capacidades de percepción, de inspiración, de expresión tan especiales que hacen que ese encumbramiento genere un tipo de recepción de la obra sesgada por lo que podriamos llamar el efecto “figura”. Pero existe también el tratamiento académico que precisamente ha  deconstruído esa figura y la ha reducido al rol de mediador, una más entre las diversas dinámicas culturales.

La empresa editorial aprovecha sobre todo la dimensión popular del autor: a las empresas poseedoras de la tecnología del libro, que invierten en el libro, les conviene mucho una manera de entender la literatura como conjunto de figuras especiales cuya expresión se les vende a los lectores que finalmente cumplen el rol de consumidores de los productos de estas figuras; es una dimensión del mercado, tecnológica, de industria cultural que no es reciente, viene desde el siglo XIX cuando las primeras editoriales empiezan a extenderse y a masificar su producción. Es un asunto muy complejo que impacta todavía hoy al imaginario más general, que termina incorporando la idea de que hay una figura que es especial y privilegiada en su expresión y que nosotros los lectores lo que debemos hacer es acercarnos a su obra para tratar de entenderla, venerarla a veces, como una gran obra y frente a la cual sólo podemos hacer venias o comentarios marginales

Esa dimensión es fuertemente afectada cuando aparecen las nuevas tecnologías que ofrecen facilidades de publicación. A través de estos medios ya no es necesario pasar por la editorial, ni por el editor, ni por la revisión de nadie; ahora se puede abrir un blog sin que nadie le diga a uno cómo se debe hacer, casi sin controles de calidad. Eso crea un efecto, rompe con una manera de entender la expresión como el encargo a unas figuras especiales, capaces de percibir y de dar una expresión a la realidad en términos literarios. Desde el punto de vista técnico, cualquiera puede escribir y eso crea condiciones que generan dinámicas muy distintas: la dinámica de la calidad, por ejemplo, ya no pasa por la editorial que hasta hoy es la que decide qué tipo de libros y con qué criterios se van a publicar, porque está haciendo una inversión que tiene que recuperar. La calidad en los nuevos medios la decide en principio el autor en su convencimiento propio y posiblemente con base en el contacto con los criterios heredados de la tradición literaria. Pero también los nuevos lectores inciden, a través de los comentarios, en las revisiones, extensiones o nuevos pronunciamientos del autor del blog y lo hacen de una manera más directa, pues basta con hacer uso de las plantillas de edición de comentarios para que este aparezca inmediatamente. Esa eficacia del impacto, esa facilidad de publicar, hacen que el lector mismo se anime a convertirse en autor.

En síntesis, toda esa facilidad con la que se pueden ahora publicar las cosas destroza la dinámica de filtros de selección, de calidad, de sublimidad, establecidos por la “lógica” editorial que siempre ha basado su estrategia en mostrar como escasa la posibilidad de publicar (y por derivación de producir textos de calidad) y por eso establecen todos los filtros mencionados. Cuando la figura de la escasez del recurso desaparece, esos filtros desaparecen así como todas las dinámicas amarradas a esa lógica.

Ahora, es inevitable pensar y hasta sentir (en) el efecto “figura” cuando se tiene tan cerca a uno de esos “dinosaurios” literarios, que se han hecho entrañables (casi se diría inevitables) a fuerza de leerlos, de escuchar sus nombres, de verlos en las portadas de los libros, en los estantes de las librerías y hasta en los programas de radio y de televisión. Es un poco lo que sucedió con la visita que hiciera el escritor mexicano Carlos Fuentes el pasado 13 de febrero a Bogotá. De un lado la asistencia al evento de firma de libros obedeció al deber, a la oportunidad, de ver y al menos saludar a un tipo que a lo mejor nos deja este mundo en pocos días (¡¡Fuentes ya cumplió 82 años!!) ; pero de otro, es un impulso casi ineludible: saludar al maestro, al gran escritor, honrar la figura. Y como eso, como figura fue su tratamiento. La cantidad de gente reunida en la librería del Fondo de Cultura Económica, la infaltable entrevista para la televisión, la fila para pasar a la mesa y encararlo, la sensación de aura que contagia; todo estaba preparado para asegurar el efecto figura. ¡Ah! y también para asegurar una venta mínima de sus libros (?).

Pero; ¿hasta cuándo las editoriales aguantarán económicamente basadas exclusivamente en un efecto que se difumina cada vez, ya sea porque las figuras escasean, ya sea porque se están encontrando otras maneras de asegurar las ventas? Del autor ya nadie se preocupa o, por lo menos, se preocupan menos. El día que las editoriales encuentren maneras para deshacerse de la cada vez más insostenible estrategia del efecto figura, pues el autor será abandonado. Así como surgió, así como sirvió para una eficaz y prolongada estrategia de mercado, así el mercado lo desechará cuando la formula ya no funcione. Libros colectivos, wikinovelas, remixes, serán las formas que las editoriales capitalizarán muy pronto para encontrar quién haga contenidos (baratos) y quien los consuma (convencido tal vez de que ha participado como un “casi  autor”).

Tal vez esto no deba llenarnos de nostalgia ni de alarmas, pero si nos obliga a preparar adecuadamente un honroso réquiem por el autor. Un réquiem que se sume al del editor mismo, al del lector y tal vez al de la literatura o al menos al de la ficción.

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La conferencia con la que el poeta y profesor Carlos Fajardo Fajardo inauguró el primer semestre académico del 2011 del posgrado en educación y comunicación de la Universidad Distrital, me dejó a la vez impresionado e inquieto. Impresionado por la manera como Fajardo demuestra que lo sublime en arte no es, como lo afirmara Lyotard, una prerrogativa de lo moderno, sino que llega incluso hasta lo mediático (lo “sublime mediático”), siempre y cuando se admita que el hombre (moderno) necesita “sublimar” (atrapar, finitizar) aquéllo que lo sobrepasa: la naturaleza y la historia (hasta  ahí lo usual, lo consabido), pero también la condición sobrecogedora del mercado, de lo mediático y espectacular.

En efecto, el artista “sublima”, domestica lo que al hombre (occidental) sobrepasa y nosotros, los espectadores del arte, sentimos y admiramos (¿cómo dudarlo?) esa capacidad del artista y de alguna manera, también aliviamos nuestra pequeñez.

La pregunta, sin embargo, la que “por razones de tiempo” no le pude hacer a Carlos allí, en vivo, pero le hago ahora, es: ¿hay lugar para lo sublime en esta época en la que nos sobrepasa es lo tecnológico? Una respuesta lógica es sí, claro para eso está el artista, esa es su función, estaríamos entonces (lo ha dicho Fajardo, claro), ante una estética de la cibercultura; el artista hace alianza con la tecnología de punta y así domeña la nueva dimensión sobrecogedora y nosotros, los espectadores podemos sentirnos tranquilos (pequeños, pero tranquilos); hay manera, otra vez, como siempre, para inmanentizar lo trascendente, así la tendencia hoy sea la incapacidad para el sentimiento de lo sublime.

Pero, ¿y si hoy estamos ante una nueva posibilidad?

Lo sublime implica dos cosas: admitir que hay un trascendente (aunque éste sea histórico, mutable al parecer) y que hay seres privilegiados (los artistas) que son capaces de reducirlo, sea cual sea su faceta y que, por lo tanto, nosotros, los seres normales (¿incapaces?) tenemos la estética para aliviarnos.

Ahora, si seguimos a Lévy y su teoría de los espacios antropológicos, habríamos entrado a un cuarto espacio radicalmente inmanente en el que el imperativo no es ya el alivio que nos da el genio, sino la posibilidad de que cada quien tome el toro por los cuernos: la inteligencia colectiva. La inteligencia colectiva es una fuerza inmanente que nos permite asumir la terrible impotencia ante el frenético ritmo del cambio tecnológico, y que de otro modo nos aplastaría. La inteligencia colectiva, veneno y remedio de la cibercultura

Cito largamente a Lévy:

El cíberespacío como soporte de inteligencia colectiva es una de las principales condiciones de su propio desarrollo. Toda la historia de la cibecultura testimonia ampliamente este proceso de retroacción positiva, es decir, del automantenimiento de la revolución de las redes digitales. Este fenómeno es complejo y ambivalente. En un principio, el crecimiento del ciberespacio no determina automáticamente el desarrollo de la inteligencia colectiva, solamente le facilita un entorno propicio.

En efecto, comienzan a verse en la órbita de las redes digitales interactivas toda clase de nuevas formas…

– de aislamiento y sobrecarga cognitiva (estrés de la comunicación y del trabajo en la pantalla);

– de dependencia (adicción a la navegación o al juego en mundos virtuales);

– de dominación (refuerzo de centros de decisión y de control, dominio casi monopolistico de potencias económicas sobre importantes funciones de la red, etc.);

– de explotación (en ciertos casos de teletrabajo vigilado o de deslocalización de actividades en el tercer mundo);

– e incluso de tontería colectiva (rumores, conformismo de red o de comunidades virtuales. amontonamiento de datos vacíos de información, «televisión interactiva)

Después, cuando algunos procesos de inteligencia colectiva se desarrollan efectivamente gracias al ciberespacio, tienen notablemente por efecto acelerar de nuevo el ritmo del cambio tecnosocial, lo que hace tanto o más necesaria la participación activa en la cibercultura si uno no quiere quedarse atrás, y tiende a excluir de manera aún más radical a aquellos que no han entrado en el ciclo positivo del cambio, de su comprensión y de su apropiación. Por su aspecto partícípatívo. socializante, abierto y emancipador, la inteligencia colectiva propuesta por la cibercultura constituye uno de los mejores remedios contra el ritmo desestabilizador, a veces excluyente, de la mutación técnica. Pero, con el mismo movimiento, la inteligencia colectiva trabaja activamente en la aceleración de esta mutación. En griego antiguo, la palabra pharmakon (que ha dado la palabra castellana fármaco) designa tanto el veneno como el remedio. Nuevo fármaco, la inteligencia colectiva que favorece la cibercultura es a la vez veneno para aquellos que no participan (y nadie puede participar en ella completamente por lo vasta y multiforme que es) y remedio para aquellos que se sumergen en sus remolinos y consiguen controlar su deriva en medio de esas corrientes.

Hay entonces dos caminos: 1) el recurso a lo sublime que sería el camino tradicional, el que siempre hemos tenido a la mano, pero que deja las cosas como están: sobrecogimiento ante lo trascendente, domesticación de lo sobrecogedor por parte del artista y contemplación terapéutica por parte de los demás; y 2) la inteligencia colectiva como remedio a los sentimientos de aislamiento, dependencia, explotación,  dominación e incluso trivialidad (los nuevos síntomas, la nueva cara de lo trascendente)

Se trata en últimas, de los dos modos de la apropiación: la que hacen, la que han hecho siempre, los poderosos (sublimando), o la que podemos hacer nosotros, los mortales, el hombre común (mediante actos de inteligencia colectiva, mediante la conformación de colectivos inteligentes, participando).

Sólo con este último modo, las energías que hoy emergen en el ciberespacio pueden volver (bañar) nuestra cotidianidad…

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Se equivocan quienes creen que el ciberespacio es un invento de hace unos pocos años
En 1984, casi diez años antes del desarrollo de la telaraña informática que conocemos como Internet, el escritor William Gibson utilizó el término ciberespacio en su novela Neuromante, y lo hizo anticipando lo que efectivamente hoy reconocemos como esa realidad virtual que se encuentra dentro de los ordenadores y redes del mundo.

En 1987, la holocubierta, una instalación de realidad simulada con hologramas que anticipa las actuales tecnologías de realidad virtual inmersiva, fue vista por primera vez en el primer episodio de Star Trek: la nueva generación.

En 1996, Neal Stephenson, publica la utopía novelada “La era del diamante”, en la cual imagina “la cartilla”, un artefacto de texto dinámico que se adapta contantemente a la personalidad y a las necesidades cambiantes del usuario y que le ofrece simulaciones de la vida real como estrategia educativa.

Mucho antes, en 1941, el argentino Jorge Luis Borges había ya imaginado la novela hipertexto en su famoso relato “El jardín de los senderos que se bifurcan”. Allí se lee a propósito del libro laberíntico de Sui Pen: “La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Sui Pen, opta —simultáneamente— por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan”.

Y en 1963, Julio Cortázar anticipa la escritura interactiva con la publicación de su novela “Rayuela”, en la que aboga por una creación colectiva de la literatura


Escritores y artistas imaginaron e inventaron muchas de los artefactos y prácticas que hoy configuran la llamada ciberliteratura, pero escritores y lectores tradicionales no acaban de acomodarse al nuevo panorama.

En un relato de 1940, del escritor argentino Adolfo Bioy Casares que fue calificado de perfecto, Faustine es una mujer que habita una isla perdida a la que llega un fugitivo que escapa de su condena a muerte y de la cual este hombre se enamora, sin que ella reaccione a su devoción. Sorprendidos descubrimos que la bella y enigmática Faustine es apenas una imagen viviente, un simple producto de los experimentos de Morel, un científico que prefigura los investigadores de la técnica holográfica de hoy.

Un hombre administra una biblioteca singular, la biblioteca de babel: en ella se encuentra reunido todo el conocimiento.

Otro, inventa un procedimiento para desintegrar los libros en partículas elementales con las cuales se pueden ensamblar infinitamente los contenidos que antes estaban confinado a un objeto clausurado. Llama a este procedimiento los libros de arena.

Hace 70 años, Borges nos regaló este par de imágenes de lo que hoy conocemos como internet, la biblioteca universal y el libro digital o más bellamente, el libro de arena

Quizá la literatura tenga mucho más que anticipar y nos siga regalando bellas y sorprendentes imágenes e ideas para el futuro. Esa seguirá siendo su principal función. Pero hoy se han abierto para ella nuevas posibilidades culturales y de expresión y quizás así se esté cumpliendo su verdadero destino

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Muchachos: quizás hoy sea mi último día sobre la tierra. El deterioro ha alcanzado, por fin, órganos vitales. Es cuestión de horas, según ha dicho el médico. Así que espero acompañarlos muy pronto, donde quiera que estén ahora, para hacer el balance de las cosas que han sucedido en estos últimos tiempos. Tal vez, descarados, estén gozando de una cerveza fría, como en los viejos tiempos o, lo más seguro, de una ardorosa temporada de verano en los infiernos. Lo cierto es que la suerte que ustedes han merecido es la misma que me tocará padecer muy pronto. No existió diferencia esencial en nuestras vidas, no tiene por qué existir ahora en el más allá. La cuestión era, más bien, quién habría de llegar primero y qué ventajas tendría esa presteza. Me imagino por eso a Raúl preparando el camino y a Enrique pelando allá, sólo por llevarle la contraria. La suerte que tengo, creo, consiste en haber partido de último, en haber resistido un poco más que ustedes, muchachos, pues me evito así abrir trocha, actividad que, ustedes lo saben, nunca fue compatible ni con mi condición física ni con la espiritual.

De modo que también es la última oportunidad que tengo para notificarles (utilizando esta primitiva herramienta llamada escritura, propia de algunos de los más necios mortales que todavía habitamos la tierra) que hicimos parte de una raza en extinción: los últimos humanistas. Ni siquiera sé por qué lo hago, si ustedes ya debieron darse cuenta de tan flagrante hecho (o no habrían partido tan pronto, dejándome aquí como al último idiota). Creo que es una cuestión de consuelo (de tontos, si quieren), más que de revelaciones.

El asunto, muchachos, es que he descubierto que el fracaso de mi obra ha obedecido menos a mi propia incapacidad personal para producir resultados sublimes, que a la imposibilidad objetiva para hacerlo. Sin una confianza extrema en el poder de la escritura, sin una fe a toda prueba en el arte creador como una vocación sagrada, sin la seguridad en el poder visionario del escritor, sin la certeza de que la imaginación, la forma perfecta y la verdad del texto literario, constituyen una presencia inalienable, sin la apuesta por la superioridad epistemológica de la literatura imaginativa sobre la ciencia o sobre cualquier otra forma de discurso empírico, no hay posibilidad de llegar a resultados sublimes.

Pero hoy, por hoy, muchachos, a lo más que se puede llegar es a la basura que se produce todos los días en la televisión o en la publicidad. Nosotros los poetas y los novelistas nos encontramos a diario con circunstancias nuevas e impredecibles que están desalojando a la literatura (y sus valores) del mundo social en formas sumamente dolorosas y frustrantes. El mundo ha cambiado, pese a que nosotros pensábamos que lo estábamos impulsando con nuestros egos poderosos. Y ha cambiado de manera que ya no podemos reconocerlo, de manera que nunca esperamos y que probablemente ya no comprenderemos. El cambio es más poderoso de lo que habíamos pensado.

Por eso, muchachos, la literatura pertenece ahora a ese basurero de los sueños de la historia. Y nosotros que creíamos que estábamos haciendo una tarea importante, y nos portábamos, por eso, arrogantes y seguros, incapaces de percibir los signos verdaderos. Hoy me siento como aquél personaje de Borges (en su relato El muerto, ¿lo recuerdan?) al que por lástima (pues estaba condenado, y todos, menos él, lo sabían) le dejaron jugar a la soberbia y al poder. El pobre se sintió poderoso de verdad, pues su entorno se comportaba como respondiendo a la lógica de su autoridad. Hasta la mujer del verdadero Patrón fue su mujer, y los subalternos obedecían sin rechistar, y él no dudaba de su poder y de su influencia. Hasta que el Patrón (que él había creído muerto por sus propias manos) apareció y volvió a poner las cosas en orden. Y el desdichado fue ejecutado y enviado al basurero, de donde jamás debió salir.

¿No es eso lo que nos ha pasado, muchachos? ¿No nos creímos acaso siempre los patrones, los dueños de la verdad, mientras los otros, por lástima, leían nuestras páginas y nos hacían comentarios benévolos, y nosotros nos tragábamos entero el cuento?

La verdad, muchachos, es que durante los últimos años hemos vivido, sin darnos cuenta, una época de disturbios radicales: los valores del romanticismo y del modernismo han sido completamente trastocados. Al autor, cuya imaginación creadora se la tenía como fuente de la literatura, se le declara muerto o un simple ensamblador de diversos retazos de lenguaje y de cultura; los escritos ya no son más que collages o textos. A la gran tradición literaria se la ha descompuesto de diversas maneras. La propia historia queda descartada como pura ilusión. Se sostiene que la influencia de los grandes poetas no sólo no es benéfica, sino más bien una fuente de angustia y debilidad. Las grandes obras carecen de sentido: están plagadas de infinidad de sentidos, pues todo sentido es siempre provisional. La literatura, en vez de ser vehículo y modelo de experiencias, se la considera un discurso autoritario: la ideología de un patriarcado etnocentrista. La crítica, otrora la sirvienta de la literatura, ha proclamado su independencia e insiste en que ella es también literatura.

Como sobrevivientes del viejo orden, se nos vio desconcertados, refunfuñones y furiosos, pues para nosotros el cambio no era más que otra traición de los escribanos, a los cuales identificábamos a menudo (¿o no?) como un grupo de críticos radicales que practicaban la hermenéutica de la sospecha, y entre los cuales incluíamos a los estructuralistas y a los posestructuralistas; a todo proclamador del supuesto engaño de las concepciones tradicionales de la literatura, a todo promotor de una poética militante, destinada a atacar la sociedad burguesa, socavar su ideología y denunciar toda autoridad como ilegítima y represiva. Entre los escribanos englobábamos también a las feministas quienes denunciaban nuestra literatura como instrumento del dominio masculino. Pero también a los neomarxistas (otros más de la lista), para quienes la literatura era una institución capitalista, un aparato disfrazado de su hegemonía. Y, finalmente a los freudianos, para quienes la literatura era una forma de represión de la libido y de los instintos revolucionarios. Pero, muchachos: pese a nuestras pataletas y a nuestro discurso reaccionario, estábamos más empotrados en medio de ese mundo de escribanos, los verdaderos dueños del poder, quienes nos miraban con rareza y benévola compasión, pero que, a la hora de la verdad, a la hora de cortarnos el paso, actuaban sin la menor piedad.

La sospecha no sólo florece en las universidades o en las academias, y tú, Raúl, lo sabes muy bien; al fin y al cabo ésa fue la causa de tu desgracia. Hace parte de un cambio cultural mucho más profundo y extenso: no sólo las artes, sino nuestras instituciones tradicionales, la familia, la ley, la religión y el estado, se han descompuesto. Y la gravedad de estos cambios hacen que la muerte de la literatura romántica parezca baladí. Lo que pasa es que observar qué le ha ocurrido a la literatura como parte de la revolución social llamada laxamente posindustrialismo, que ha venido transformando la vida moderna en occidente, proporciona a la vez un marco histórico para entender el cambio literario y una escala que mide con precisión el papel interesante pero limitado que ha desempeñado en lo que está ocurriendo. Es cierto, muchachos, admitámoslo, la muerte de la literatura podría resultar interesante sólo por la manera esquemática y precisa en que representa cambios que suceden en otros escenarios (la familia por ejemplo) en formas más complicadas y menos obvias. Ofrece casi un ejemplo de laboratorio del modelo de cambio institucional (la extraña y compleja inversión de valores, por ejemplo) y del viraje paradigmático de nuestros tiempos.

De ese dramático viraje que nos ha dejado por fuera, conocemos los síntomas: la transformación de la economía manufacturera en una de servicios, el paso de un modo de almacenar y obtener información basado en la imprenta a un modo electrónico, de una economía de la escasez y el ahorro a la “sociedad de la abundancia” consumista, de una política de la representación a una política del activismo social individual y grupal, de una concepción positivista de los hechos a una concepción relativista de la imagen, de una aceptación de la autoridad a la libertad individual de elegir, y de una disciplinada autonegación del hedonismo, a la permisividad, la autoindulgencia y el culto del narcisismo.

Un dato más, muchachos: la pérdida de la confianza artística (del artista, del sentido de sus actos), empieza ya a reflejarse en las obras mismas, como en esa imagen terrible de la novela de Bernard Malamud: The Tenants, en la que la indiferencia del público y el sentimiento cada vez más fuerte de que el escritor no tiene nada que decir, sume al protagonista-escritor de la novela en el silencio. De ahí que los narradores seamos ahora tan proclives a inventar cuentos humanistas sobre cómo los literatos se encuentran con circunstancias nuevas e impredecibles que los están desalojando del mundo social.

La crítica literaria reconoció la muerte de la literatura y en el mundo de todos los días el asunto se nos complicó. La vieja literatura del romanticismo y el modernismo murió en parte por suicidio, en parte por asalto criminal. Se podrían echar culpas particulares, muchachos, pero es mejor entender esto como parte de un cambio cultural, de una alteración social más amplia.

Visto este contexto no resulta extraño que la literatura se derrumbe. No se sabe que será de ella en el futuro, a lo mejor desaparezca con la imposición de una cultura electrónica o a lo mejor quede reducida a un papel ceremonial o, en tanto acontecimiento histórico, quizás termine, como lo he dicho ya, en el basurero de los sueños de la historia.

Sigue habiendo la esperanza de encontrar función a esa manera distinta de escribir y pensar, pero por ahora, los intentos han caído en una simple acción propagandista de las causas de las minorías. Los nuevos enfoques parten del desprecio de la tradición y del acervo literarios: los escribanos muestran el vacío de los textos y del lenguaje literarios, los marxistas muestran cómo las obras literarias han sido utilizadas como instrumentos de poder. De esta manera a la literatura se la vacía de contenido para servir a causas sociales y políticas consideradas más importantes que los propios textos. Hay un valor de choque en estos ataques contra la integridad del texto y contra sus valores positivos, que hacen difícil que la literatura a largo plazo pueda considerase digna de leerse o interpretarse.

Es cierto, chicos, nos tocó vivir, en pleno, la fase apocalíptica del viejo orden literario que se desmorona sobre sí mismo en una época de cambio social, y nosotros apenas si nos dimos cuenta de todo eso. Basta hacer un balance sincero de cuánto estuvieron dispuestos nuestros mejores amigos a leernos. Tendrán que perdonarme este tono solemne que he utilizado, pero era la forma menos complicada de hacerlo. La urgencia del mensaje lo exigía. Y no podía quedarme callado. Tenía que decirlo antes de emprender el viaje definitivo. Sigan riéndose muchachos de mis frasesitas: no saben ustedes cuán grato es escuchar sus risotadas desde la eternidad. Ese es mi consuelo: pensar que allá podemos seguir riéndonos de todo.

Hasta muy pronto, muchachos.

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Acabo de leer esto en el blog de Babellia

“Un refugio, un lugar donde todo puede ocurrir, donde se puede reaccionar con violencia o sublimidad, donde es bueno sentir melancolía o temor, o incluso fracasar, o equivocarse, o amar a alguien, o desear algo profundamente, y no llamarlo por otro nombre, no sentir vergüenza por ello. Es un lugar para sentir profundamente”.

Es la respuesta de la premio nobel de literatura Tony Morrison a la pregunta ¿Y qué es la literatura?

Pero si no supiéremos la pregunta, la respuesta podría servir para describir el mismísimo ciberespacio, lo que confirma mi idea de que la literatura es una anticipo del arte de la cibercultura

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La vi un día, hará un par de años, de paso hacia mi clase y me sorprendió (esa cara de hombre en un cuerpo vestido de mujer). Me la encontré de nuevo, semanas después, en la cafetería y tuve mis dudas (¿hombre-mujer o mujer-hombre? cara de hombre eso sí, pero senos, ¡senos! a la vista). Meses más tarde, cuando se discutía la edición de la revista javeriana que iba a incluir el tema de diversidad de género y se mencionó el caso Baptiste, no me quedó ninguna duda: me había tropezado ni más ni menos que con un transexual que ahora era profesor de la universidad.

El asunto no habría pasado de ser una curiosidad si no es porque Liliana, una colega que conocía de cerca la historía de Briggite, nos narró algunos detalles del “caso” que  me dejaron estupefacto. Briggite o Luis Guillermo Baptiste es un hombre que se ha ido convirtiendo en mujer pero que no deja de ser hombre. De hecho convive con una mujer y tiene dos hijas y ha anunciado que pronto se casará con su compañera y que quiere hacerlo vestida de blanco.

Liliana nos ha persuadido de la posición políticamente activa de Baptiste-Briggite (“esa muchacho” como diría Pessoa), que según ella consiste en encarnar y asumir con todas sus concecuencias la diversidad de género; demostrar que la realidad no está hecha de blanco y negro, sino de grises muy variados; retar a quienes creen que la realidad sólo permite la  existencia de dos géneros, cuando hay toda una diversidad entre esos dos extremos tradicionales: el hombre y la mujer; hacer visible esa condición y reclamar su admisión no sólo personal, sino cultural y socialmente.

Según un reciente artículo,  Brigitte se declara feliz de su condición personal y profesional. Para ella la diversidad no solo está en las miles de formas de vida que habitan los ecosistemas colombianos y registra en sus investigaciones, sino que la encarna en su propia vida como la mejor manera de encontrar caminos posibles para existir:

“No podemos -concluye- seguir viendo al diferente como un bicho raro. No hay necesidad de clasificar o discriminar para saber cómo vivir”

En cuanto a la decisión de hacer pública su condición, el artículo nos da esta afirmación:  Salir a la luz pública fue un proceso gradual que continúa hoy como un aprendizaje diario. Más en un mundo donde muchos no comprenden que ella pueda tener dos hijas pequeñas y una compañera sentimental que la ha aceptado como es.

Y recoge quizá la más difícil de las convicciones: Con su familia ha construido un camino propio: “Brigitte siempre ha vivido con ellas”, dice con un cierto tono paternal.

Sé por testimonio de Liliana que Briggite es amorosa, que a las niñas no les falta “ambiente familiar”, pero me pregunto: ¿tenia derecho Briggite a traer al mundo (como se traen al mundo los niños, sin consultarles) a esas dos criaturas que ahora deben aprender a “soportar” una condición que si bien no debe ser mirada como rara o diferente (eso está claro), de hecho lo es y lo seguirá siendo por un buen rato? ¿Será suficiente el amor, la consciencia política, la claridad de la pareja procreadora? No estoy tan seguro, pues ser parte de una minoría excepcional, no por opción como lo ha hecho Briggite, sino por obligación, puede ser catastrófico. Aunque también, hay que ser justo, a lo mejor ellas serán mejores seres humanos al verse sometidas a esta situación.

Sabemos que el caso Baptiste tiene hoy un clima cultural favorable (la posmodernidad, que da para todo), que la decisión de Briggite ha sido exitosa (no fácil, exitosa), como quiera que su caso hasta será documentado por la serie Tabú, de la prestigiosa Natgeo…, pero… ¿y las niñas?

PD

En honor a un pluralismo justo y gracias a una lectora del blog, Laura Pardo (a quien agradezco su aporte), inserto el documental:  Señor (a) Baptiste, a espera de comentarios

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Pensé que sólo se hacían mashups con tecnología digital, incluso sé de experimentos de literatura digital que usan esta estrategia tecnológica (unión de varias aplicaciones aunándolas en una nueva con contenidos diferentes), pero ahora resulta que se puede hacer también con textos literarios. Una demostración de que estamos asistiendo a una “mashupización” de lo géneros, como antes se asistió a su novelización.

“No se trata simplemente de versionar a los clásicos, algo tan antiguo como la literatura misma, sino de hacerlo a medio camino entre la parodia y la gamberrada. La receta: mezclar obras cumbre con elementos de ciencia-ficción o terror”, dice el reseñista de la novela Orgullo, prejuicio y zombies, y agrega: “la clave del éxito de estos libros está en que rescatan elementos de la vieja literatura y los adaptan al mundo actual, a la velocidad de las imágenes del cine americano, la inmediatez televisiva, al vértigo de los videojuegos y a la urgencia de los mensajes verbales electrónicos”.

¿Cómo apreciar (que ya no calificar) estas nuevas expresiones? ¿Estamos obligados a escribir de esta nueva forma? ¿Seremos capaces de hacerlo?

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