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Posts Tagged ‘impresiones’

Esa soledad que se siente al alejarse de aquello que más quieres. De esa soledad implacable, que a base de convivencia acaba siendo una compañera de viaje refunfuñona, pero a la que te acostumbras. De esa soledad, habla y siente esta canción que me inunda de soledad.

Digamos que de la euforia a la melancolía median pocos escalones: Cuando la euforia deja de nublar al resto de los sentidos se percibe una ligera inquietud. Esta deja paso al realismo, que suele venir acompañado de cierta dosis de tristeza. De ahí a la melancolía sólo queda un peldaño más. En cambio, el camino inverso es mucho más corto. De la melancolía a la euforia sólo hay un paso: el que separa a tus ojos de los míos.

En esa distancia, tan corta y tan infinita a la vez, sólo me acompaña la soledad.

“Ya pasó
ya he dejado que se empañe
la ilusión de que vivir es indoloro.
Que raro que seas tú
quien me acompañe, soledad,
a mi, que nunca supe bien
cómo estar solo”.

(Soledad. Jorge Drexler)

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Noche de viernes, puercamente desprogramado. Decido ir al auditorio de Comfenalco de la calle cuarta a ver la película de Fellini; lo hago para no caer en la tentación del suicidio que provoca siempre la soledad de mi habitación en días como éste, fríos y lúgubres, y no tanto por la expectativa cinematográfica; es más: no sé cuál película presentan, sólo sé que se trata del ciclo sobre Fellini.

Llego, encuentro caras conocidas, risas hipócritas y lo más duro: parejas que se abrazan y se besan; las evado y penetro furtivo a la sala:”Y la nave va”.

Al comienzo, miro el filme sin placer, catatónico, pero después la trama me sumerge en el mundo que describe Fellini a la vez que siento crecer una aprehensión inexplicable en la medida en que descubro que todo no es más que una farsa. Efectivamente, la escena final, me lo confirma:


Salgo desconcertado y muy molesto, sin saber por qué: la película es buena, está claro su mensaje. Es tal vez la odiosa aparición del propio director al final, no sé.

Sólo diez años después sabré que he presenciado una muestra de posmodernidad, es decir, de la valentía de un artista empeñado en desestabilizar nuestras certezas del mundo, ofreciendo explícitamente los secretos del proceso de construcción de su propio mundo ficticio: un berraco, un genio lejos de mi alcance para aquella experiencia adolescente, pero con unas resonancias arrolladoras: mi propia visión del mundo ya no sería, ya no podría ser, desde aquella noche lúgubre de viernes, la misma que había venido sobrellevando con tanta superficialidad. Todo es mentira.

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Directo al alma

Por algún flanco débil, la música ataca

las fibras más sensibles de mi cuerpo

Burbujeante, mi piel vibra

mientras el sonido de la flauta se apodera del cuarto

y luego las voces del coro se presentan ante mis ojos.

Es cierto: veo las voces,

no los cuerpos de quienes las emiten,

y de su barullo armonioso surge

un par de alas: las del ángel

que de pronto vuela desde la canción

hasta mi cuerpo rendido.

Me envuelven, me levantan

y me sacan de la habitación

para llevarme a parajes no vistos.

Montañas, nevados, rios cristalinos,

gentes extrañas y bellas que pasan frente a mí

como si de un sueño se tratara.

Miro alrededor y descubro que las alas son mías

que el ángel está a mi lado y me guía

que su sonrisa es la de alguien conocido

que sin embargo no recuerdo.

Caigo, caigo suavemente,

sin miedo

y regreso a mi cama y duermo,

duermo feliz.

No quiero volver a despertar.

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¡Cómo olvidarlo! Cómo olvidar la cara de Abel (David Carradine), su desconcierto creciente a medida que va descubriendo verdades insospechadas e intolerables: la de su hermano suicida, la de su cuñada prostituta, la de su amigo asesino, la de un futuro horroroso. Si todo parecía tan normal y hasta soso en la vida de Abel y de pronto hay más de un secreto terrible con el que hay que convivir. Pobre Abel, se siente manipulado, se siente aturdido, se siente impotente: de un momento a otro todo se derrumba y lo peor es descubrir las horribles acciones de quienes ha creído sus allegados

Ver desde 1:45 a 1.57

De alguna manera entiendo la decisión final de Abel; escapar a la menor oportunidad, desaparecer entre la multitud. Pero también siento que es una decisión equivocada: ¿por qué no hacer algo por detener lo que vendría? Tal vez su perspectiva estaba tan limitada por el padecimiento personal, estaba tan humillado, tan oprimido, tan temeroso que le fue imposible hacer algo frente a lo que le fue revelado; ¿lo que estaba viviendo, lo que estaba sufriendo, le impidió apreciar la verdadera dimensión de los signos de lo que pronto sería una realidad : el advenimiento del nazismo, ese terrible monstruo de la razón?

¿Cómo prepararnos para leer los signos de la catástrofe en la vida cotidiana? ¡Cuántas cosas pasan frente a nuestras narices y no logramos configurarles un sentido histórico! ¿Acaso podemos imaginar el futuro de ese embrión inocente y fragil que se deja ver a través de la delgada cáscara del huevo de la serpiente?, ¿acaso podemos hacer algo?

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Funciona muy bien esta canción para momentos de autocompasión, que no son pocos, esos en los que nadie parece entender que nos sentimos mal, pues la apariencia, esa que hemos aprendido a manejar tan bien, dice otra cosa: sonrisas, excusas, nada de dejar notar la miseria. Krápula aprehende un sentido universal de lo heroíco popular que no necesita de la espectacularidad y se concentra más bien en lo sencillo, con lo que nos hacemos capaces de pasar por encima de las mentiras y de las injusticias; una especie de solidaridad que esa voz que afirma que sabe de nuestro dolor y de nuestra razón para vivir, confirma: ¿quién no necesita de esa voz solidaria, paternal a su vez, que nos dice que nada más vale que el amor, que todo lo demás es superfluo y que somos, cada uno a nuestra manera, heroes por el sólo hecho de echar pa´lante, y que si hay algo con qué remediar haber traído hijos al mundo, eso es el amor, un amor que se parece a la compasión, a esa compasión que dejamos de recibir cuando somos adultos, pero que necesitamos cada día como una droga infaltable?

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