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Archive for the ‘Por la madre patria’ Category

Algunos de mis sueños más recurrentes tienen que ver con sobrevuelos por regiones desconocidas que sin embargo me resultan familiares. Caseríos medievales, poblados de gente sencilla y trabajadora, volcados sobre ensenadas de mares traidores o a la ribera de vigorosos ríos, como desperdigados por alguna mano poderosa y arbitraria. Si no fuera porque mis creencias me lo impiden, habría aceptado ya que en alguna vida anterior viví en esos lugares.

Mis indagaciones me han llevado a confirmar que las imágenes que sueño corresponden a esa región noroeste del litoral gallego llamada a costa da morte, nombre que produce escalofríos, pero que en realidad proviene de la antigua creencia de que ese lugar era el finis terrae, el fin del mundo, la puerta del más allá, lugar del ocaso, donde el sol se hunde inexorablemente en el mar. Pero también se dice que el nombre atañe al hecho de que a lo largo de la costa se exhiben cruces que recuerdan las víctimas de los múltiples y frecuentes naufragios que se producen en esa ribera desmedidamente recortada, albergue de tormentas y tempestades invernales que las leyendas y mitos han inmortalizado.

El primer “contacto real” con la imágenes de esos sueños lo tuve cuando por pura casualidad vi en la televisión por cable un programa sobre Galicia, realizado precisamente en el formato de sobrevuelo. No pude evitar entonces un profundo sentimiento de arraigo cuando las imágenes mostraron a los oleiros de Buño en plena acción creando sus bellas piezas de alfarería. ¡Quizá yo mismo fui uno de ellos!, pensé en ese momento.

Cómo no respirar el aire salino de Malpica de Bergantiños, cómo no estremecerse con el humor agrio que exudan sus marineros agolpados en el puerto, cómo no errar por entre las callejuelas que cuelgan sobre las rocas, cómo no disfrutar de las vistas del mar desde la parte alta de la zona vieja. ¿Acaso no viví por esos lares? Cómo no admirar el santuario de San Adrián do Mar, si las imágenes de sus romerías se llenaban de un significado secreto, cómo no sentirlo mío si la mirada larga que llega desde sus ventanas hasta las Islas Sisargas se me quedaba extasiada para darle paso a los pulsos de mi corazón. Cómo no confirmar con la sola mención que Beo, Cores y Nemeño son lugares conocidos y transitados. Tal vez viví allí, tal vez me hice matar por una mujer en alguno de ellos, tal vez fue en uno de esos puertos que embarqué para siempre en algún buque fantasma, quién sabe. Cómo no detenerse a orar en la iglesia románica de Mens, donde quizá fui monje superior en tiempos medievales. Cómo no atreverse a subir de nuevo al Monte Branco y disfrutar desde la cima el espléndido encuentro del río Anllóns con el mar que resuena como un bello apareamiento erótico. Cómo no impresionarse con los acantilados de O Roncudo que esconden entre sus quiebres a tanto muerto y a tanto náufrago que todavía cree estar vivo. Cómo no sentir en toda su dimensión ancestral la excitación del origen que causa la vista del Dolmen de Dombate. Cómo no caer en la tentación de pasar unas horas en las bellas y tranquilas playas de Cabana, si sus arenas parecen infinitas.

A medida que avanzaba el documental, me internaba en sus imágenes y me conmovía con la afinidad y la añoranza que me causaba su repaso. Aparecían sobre la pantalla, pero era como si lo hicieran en mi habitación, las dunas de la laguna de Traba que recuerdan que el agua no muere sino que viene y va, va y viene como van y vienen los hilares que mueven las mágicas manos de las palilleiras de Carmiña, cuyos encajes seducen a los hombres. Cómo no adentrarse en el Castillo de Vimianzo, recorrer sus laberintos y enfrentar alguna aventura romántica. Cómo no detenerse en Corcubión a probar los mariscos y el magnífico pescado. Tal vez esas grandes manos mías, y que no sirven para nada en una universidad, hayan sido hechas a golpe de herencias genéticas para la pesca fuerte, para el trabajo duro. Cómo no visitar el Castelo do Cardeal y admirar el Pazo de los Condes de Altamira. Cómo no, finalmente, llegar para quedarse en Fisterra, cómo no volver a sorprenderse con la imagen del sol poniéndose sobre las aguas del Atlántico, cómo no volver a fascinarse con los rocosos acantilados que allí, como en ningún otro sitio, luchan impetuosamente con las aguas del océano. Cómo no ir al castillo de San Carlos y luego parar, para morir, en las playas de Mar de Fora, Langosteira o Estorde,

Y entonces vino la ocasión de un segundo contacto, este más real: la posibilidad de visitar la costa de la muerte, aprovechando un viaje que por motivos de trabajo debía hacer a Madrid.

Dicho y hecho: lo soñado entre tinieblas, lo visto en una mala televisión, se desplegaba ahora ante mis ojos, a medida que avanzaba por las carreteras, caminos y playas que, tras haberme unido a una excursión turística, podía ahora apreciar en su esplendor, y bajo un sol que sus habitantes calificaban de extraño para la época, pero que para mi era como un regalo maravilloso, pues los velos que mis sueños tendían y los efectos del tubo catódico sobre la visión del documental se habían desecho gracias a la luz extraordinaria de ese sol impertinente.


Mi viaje culminó con la visita a Santiago de Compostella, ciudad bella, llena de callecitas laberínticas que conducen irremediablemente a la catedral. Cumplía así y talvez en el orden histórico correcto, con el ritual católico, tras haber hecho el ritual pagano.

La visita a Santiago me dio la certeza de que la región de Galicia había sido una especie de zona de experimentación católica en la que se ensayaron (y se ensañaron) las estrategias medievales de cristianización de lo pagano. Menciono aquí al menos tres ejemplos. El primero tiene que ver con lo que hoy todavía se llama la peregrinación religiosa y la peregrinación profana.

Hay mucha gente de la que hace el Camino de Santiago que después de llegar a la Catedral y de saludar al Santo sigue hasta Finisterra, el sitio que antes del cristianismo era el que merecía la peregrinación de los europeos. Hasta allí llegaba la gente porque se creía que era el fin de la tierra, y esa sensación se percibe hoy todavía. Al menos a mí me causó mayor emoción llegar al fin del mundo que conocer la supuesta tumba de un santo que uno no sabe si en realidad murió por esos lares. Está claro que la intención lograda fue la de darle un sentido cristiano a esas adoraciones paganas, asunto que en su momento tuvo toda la legitimidad, fue en realidad una manera de ordenar los sentimientos, de configurar una especie de identidad, la identidad europea.

Aunque hoy, cuando hasta la misma noción de identidad está en crisis, cuando las grandes ideologías se derrumban, me pregunto ¿para qué sostener la caña? En todo caso me resultó totalmente anacrónico.

Un segundo ejemplo de eso que he llamado la sagacidad católica es el siguiente: en Galicia ha existido siempre mucha espiritualidad cuya fuente es esa cercanía con el fin del mundo que comenté antes. Una de las cosas que los Gallegos desarrollaron dentro de su folklore fue la imagen de la ánimas en pena, o almas que no van directamente al cielo o al infierno, sino que se quedan vagando en la tierra. Era la manera de soportar la desaparición de los cuerpos que se tragaba el mar, debido a los naufragios, a las salidas fallidas a alta mar y todo eso. Hay pues una tercera posibilidad que la iglesia acoge y cristianiza, reconvierte esa idea típica en la idea del purgatorio, lugar de transición entre el cielo y el infierno.

Y fueron, ni más ni menos, los doctores de la iglesia cristiana medieval, los encargados de desarrollar la estrategia discursiva del número tres. Ya no sólo era cielo e infierno, sino también un tercero: el purgatorio. Ya no sólo era el primer advenimiento de Cristo, humilde y difícil, frente al segundo: glorioso y apoteósico, sino un tercero: el advenimiento personal, la apertura de cada quien a la presencia “cotidiana” de Cristo. Esa necesidad tan típicamente cristiana de reconvertir todo lo pagano, de cambiarle el sentido, llevó al descubrimiento de una estrategia discursiva y retórica que definitivamente disparó el pensamiento occidental. Después ya todo es extensión de de esa lógica, no dos, sino tres, no sólo padre e hijo, sino espíritu santo, etc.

El otro caso gallego es el del botafumeiro, esa bella palabra que usan los gallegos para indicar el dispensador de incienso en las iglesias: el aparato que bota fumo, humo, el botador de humo, botafumeiro. Una de las cosas que quería ver en la Catedral era el botafumeiro porque supe de él en uno de los primeros artículos que hablaban de la ciencia del caos o de las catástrofes. Resulta que el botafumeiro es como un gran péndulo cuyo movimiento debe regirse entonces por la ley de oscilación de Foucault, pero han ocurrido accidentes en la Catedral de Santiago de Compostela documentados que indican que no siempre se cumplió la ley de oscilación pendular. Eso llevó a varios científicos a examinar las catástrofes del botafumeiro y a constituir toda una física particular llamada la física del botafumeiro.


Y tuve la fortuna de verlo en funcionamiento, pues no en todas las misas lo ponen a marchar. No puedo negar que es toda una maravilla ver ese gran péndulo oscilando y botando humo, la gente se emociona, y cuando termina su oscilación, cuando ha dejado de moverse sobre nuestras cabezas, se habla de lo que significa ese humo invadiendo el gran recinto de la catedral y subiendo hacia la cúpula, se habla del humo como símbolo de nuestro agradecimiento a Dios y se lo designa como imagen de nuestra comunicación con Él y todo eso. Pues bien, resulta que el botafumeiro se lo inventaron los curas de Santiago para mitigar los olores nauseabundos de los miles de peregrinos que llegaban después de semanas de caminata sin baño y atestaban la Catedral. El botafumeiro es un gran dispensador de humos aromáticos, humos que también son de desprecio y de repugnancia. Y una manera de hacer que esa estrategia tan mundana, incluso tan vergonzosa, tan pagana, tuviera aceptación era llenándola de ese significado espiritual que hoy todavía se expresa en las misas de la Catedral. Una viveza, una más de las vivezas cristianas.

Pero Galicia, estoy seguro, sigue siendo sobre todo tierra de paganos, gente con una espiritualidad que va más allá de los ritos católicos, que conserva y explora sus mitos, sus leyendas, sus alternativas culturales; tierra indómita, pero tranquila…

Santiago de Compostela, Costa da Morte, 2004
Bogotá, 2006

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Ese sábado, ante mi nocivo estado de aburrimiento, Winston, mi anfitrión en Madrid, decidió invitarme al preestreno de una obra de teatro que dirigía un amigo suyo. Nos citamos frente a la estación Cuatro Caminos a las ocho de la noche, para tomar juntos desde allí el metro hacia Tirso de Molina. A pocas cuadras, por una paralela a Huertas, uno de los tantos teatros de la zona anunciaba efectivamente el lanzamiento. Aunque había dejado de llover, empezó a hacer frío, así que resolvimos entrar a la antesala, donde la típica galería de fotos de la obra de teatro brindaba una estupenda anticipación de lo que veríamos un poco más tarde. Comencé a recorrer el salón en círculo, en busca de detalles por los distintos retratos, mientras mi amigo, ansioso, caminaba por el pasillo, primero hacia la calle y luego de regreso.

Pronto hubo tal gentío que el lugar se tornó sofocante. En medio del tumulto y del bullicio que se fue formando, mientras yo seguía mirando folletos y promociones de la rica vida cultural madrileña, vi con alarma cómo Winston saludaba a sus amigos con dos besos, uno en cada mejilla, a medida que iban llegando. Cuando me tocó el turno, y como suele sucederme cuando no estoy seguro de las costumbres, simplemente saludé como sé hacerlo en casa, es decir, evitando lo de los besos; besos que habría estampado con gusto a cualquier muchacha, pero que, según mi entender, “no tenía por qué” darlos a los cuatro varones que ahora me presentaba Winston.

Aunque olvidé su nombre, recuerdo que la obra estuvo buenísima: una serie de historias encadenadas que terminaban cerrando un círculo de conflictos y develando relaciones insospechadas entre los personajes. Recuerdo también que ya en la sala empecé a incomodarme con las actitudes decididamente afeminadas de esos otros personajes: mis nuevos conocidos. Víctor, quien se sentó al lado de Winston, justo a mi derecha, empezó a cuchichear no sé qué cosas al oído de mi anfitrión, quien se reía con un desparpajo poco varonil y totalmente extraño para mí. El tema de conversación entre ellos se desvió muy pronto de los comentarios acerca de la performance de los actores y se dirigió hacia los detalles más recientes sobre reallities y novelones de la TV. De modo que mi malestar crecía en la medida en que no lograba concentrarme en la obra. Pero el ambiente a mi izquierda no era mejor. Carlos y Luis se habían tomado de la mano y Luis posaba su cabeza tiernamente sobre el hombro de su novio, mientras él le acariciaba el mentón y le pedía atención a la producción teatral. El cuarto hombre estaba una fila adelante y de vez en cuando volteaba su cabeza hacia atrás, para comprobar lo que hacían sus amigos, dejando una estela de olores dulzones como efecto de sus repentinos y teatrales movimientos.

Hacia las once, hambrientos, salimos a la calle. Carlos, quien resultó ser un comerciante colombiano, propuso ir al recientemente inaugurado restaurante de comida árabe rápida. El camino sirvió para conocer algo más de los amigos de Winston. Así me enteré de que Víctor era azafato de Iberia, que tenía mi edad y que su novio lo había dejado hacía poco, de modo que estaba en pleno duelo, lo que explicaba su excitación y su verborrea. Carlos y Luis eran pareja desde hacía un par de años y esperaban contraer matrimonio muy pronto y pasar la luna de miel en Cartagena de Indias, por supuesto. El otro, a quien prefiero llamar el otro, pues no recuerdo su nombre, fue bastante parco conmigo. Estaba más preocupado por ondear su largo cabello, por lucir sus zapatos de moda y por saber qué haríamos después de cenar que por mostrarse amable con el sudaca.

Se plantearon varias opciones. Winston insinuó ir a Malasaña, donde se celebraba no sé qué despedida. Carlos y Luis propusieron ir a “El Tabaco”, un bar en Gran Vía a donde suele ir con frecuencia (fue el argumento) Almodóvar. Pero la insistencia casi chillona de El otro produjo sus resultados y terminamos todos enfilados hacia la calle Apodaca donde tendría lugar la inauguración de un Salón de Belleza.

Es innecesario apuntar que yo en todo aquello no era más que un invitado de piedra, y que tenía serías intenciones de volver al apartamento, pero la amabilidad y la compasión de mi anfitrión me dieron fuerzas para mantenerme al lado del grupo e incluso para intentar integrarme. Supe por boca de Wisnton de la “ele” que se forma sobre el mapa del centro de Madrid cuando sigue uno el recorrido de la marcha madrileña. Una ele que comienza en Moncloa y culmina precisamente en Huertas.

Moncloa abarca la zona que va desde la Plaza de España hasta llegar casi a la Ciudad Universitaria. Es un sector elegido por muchos estudiantes para vivir por su cercanía a la Ciudad Universitaria y por eso allí se concentra la marcha que podríamos llamar juvenil o más exactamente universitaria. Hacia el este se encuentra Malasaña, una de las zonas clásicas para salir por la noche. La gente que va por esta área se autodenomina ‘malasañera’ y por lo general está entre los 17 y los 25 años, pero hay para todos los gustos. Las calles del barrio convergen en la Plaza del Dos de Mayo, donde el ambiente de los bares es animado y da albergue a una variedad de estilos que va desde los puristas del rock hasta las últimas modas. Adyacente a Malasaña se encuentra el barrio de Chueca, uno de los más genuinos y cosmopolitas de la zona. Durante los años ochenta fue el sitio de mayor actividad de la ‘movida’, pero en los últimos años se ha vuelto una de las zonas gay más concurridas, convirtiendo a Chueca en uno de los sitios más excitantes de la noche madrileña. Dicen que es el Soho madrileño y allí se encuentra precisamente la calle Apodaca. Para qué hablar de Gran Vía, el sector al sur de Chueca que le empieza a dar forma de ele a la marcha. Más bien hablar de Huertas a donde se llega desde Gran Vía atravesando Sol. Es un barrio antiguo y tradicional donde existen numerosos comercios y sobre todo establecimientos para ir de tapas, cervecerías, restaurantes y bares. La zona esta situada entre el Paseo del Prado y la calle Atocha. La plaza de Santa Ana se destaca dentro del conjunto como un espléndido lugar de reunión. Por lo general los bares de la zona son pequeños, pero muy animados y abundan los locales tradicionales. Es la zona Yuppy por excelencia.
Fascinado todavía por el devenir guía turístico de mi anfitrión no me di cuenta de que habíamos llegado a Apodaca. El Otro empezó a brincar ante la inminencia del arribo y yo me puse realmente nervioso. Allí es, allí es, gritaba y los demás lo seguíamos entre divertidos y curiosos. Salón Apodaca, rezaba el aviso en tubos de neón sobrepuesto sobre el gran ventanal que daba a la calle y desde donde, efectivamente, se podía advertir la tremenda fiesta que había adentro. Saludos escandalosos se esparcieron cuando el dueño del lugar, quien se veía excitado y muy contento, abrió la puerta. Winston, Carlos, Luis, El otro, todos, estallaron en risas, ademanes, aspavientos y cumplidos, en un espectáculo totalmente asombroso del que apenas pude separarme un poco, pues cuando iba a dar el paso hacia atrás, Jonatan, el dueño, un hombre rubio de acento extranjero, alto y de muy buna estampa, me agarró de los hombros, dijo algunas palabras que no entendí muy bien y acercó su rostro al mío.
No tuve más opción, lo juro, que darle un beso en la áspera mejilla izquierda a Johnatan y en seguida el otro en la oscura mejilla derecha antes de entrar al Salón, arrollado por esa marea de contorsiones y exóticos modales que continuó con más frenesí adentro. Jonatan literalmente brincaba de un lugar a otro, ofreciendo vino, panecillos e invitando a todo el mundo a acomodarse, repartiendo besos en mejillas y bocas, mientras yo entraba en pánico. Por más que lo intenté, mis piernas y mis brazos se mantenían paralizados. Sólo mis ojos tenían algo de movimiento, así que, arrinconado, esperé infructuosamente la recuperación de la calma, hasta que Winston, quien unos minutos después apareció milagrosamente y se percató de mi estado, se apiadó y prometió salir en unos minutos.

Al otro día, durante el paseo que Winston y yo dimos por El Rastro, donde Carlos tiene un par de almacenes de antigüedades, mi anfitrión no hizo más que reír y burlarse de lo que me había sucedido en la noche anterior y yo tuve que admitir que mi metrosexualidad no tenía nada de envidiable, que seguía siendo el mismo machista de siempre. Cuando entramos al almacén de Carlos, Luis salió a saludarnos. Con toda naturalidad, lo juro, mi primer impulso fue estampar los dos besos de rigor a Luis, quien los recibió sin alharaca. No sé por qué, pero esta vez no tuve la sensación de aspereza. Tal vez, y finalmente, algo había aprendido.

Madrid, 2003
Bogotá, 2004 – 2005

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Salgo de la estación Moncloa e ingreso al Parque Oeste (o Parque de la Bombilla) con la sensación de que es la última vez que lo hago.

Por eso disfruto cada paso, cada aroma, cada imagen. Hace algo de frío, pero no llueve. Veo a los jóvenes madrileños con su caminar apurado y su desparpajo y siento de pronto una gran ternura. El deseo de retener en mi memoria estos instantes impone por momentos una especie de visión en cámara lenta. Hay en todo caso una suerte de cruce de ritmos que se acrecienta a medida que avanzo por los senderos del Parque: el mío, determinado por la ansiedad del momento, y el de los demás, indiferente a mis sentimientos, definido por la rutina del día a día.

A mi derecha el Palacio Presidencial de la Moncloa, con su imponencia y su misterio. A mi izquierda, la avenida del Arco del Triunfo. Triunfo de quién, me pregunto, conciente de mi ignorancia, pero emocionado por una especie de contacto intuitivo y solidario con el flujo de la agitada historia española. Al fondo, la Avenida Séneca que conduce a Senda del Rey, la calle por la que debo caminar para llegar a la sala donde ha de estar todo preparado para defender mi Tesis de doctorado. Y hacia el norte, la ciudad universitaria con sus grandes edificios y su bulla juvenil. Autobuses rojos y autobuses verdes transitan por las avenidas, mientras la gente apura el paso a la hora de cruzar la calle o espera paciente y disciplinada la señal para hacerlo.

También los árboles mezclan el rojo y el verde. Es el comienzo de un invierno que será moderado. Al otro lado de la avenida se encuentran los llamados Colegios Mayores, especie de centros universitarios en otras épocas, hoy residencias estudiantiles. Cada uno corresponde al nombre de un país suramericano. Miro con cierta curiosidad y simpatía el Colegio Mayor de Colombia. Al frente de la puerta, el busto de Miguel Antonio Caro, personaje prohispánico de finales del siglo XIX, muy querido en estos ambientes, pero ya con poco significado para los colombianos de hoy. Los andenes están repletos de hojas secas que hago crujir con un placer inesperado. A mi espalda oigo que para un autobús. Juego a adivinar si es un vehículo municipal o si recoge pasajeros para fuera de la ciudad. Lo veo pasar hacia la avenida Valladolid. La aparición de varios edificios semejantes entre sí anuncia mi destino final: la Facultad de Filología. Cruzo primero por el recinto de la Biblioteca en plena remodelación, y entro luego al lobby del edificio que he visitado tantas veces. El ascensor me lleva hasta el sexto piso.

En la sala 612 está todo listo: el proyector con el cual espero ayudarme en la exposición de mi Tesis, la mesa desde la que haré la “defensa”, y la del Tribunal, amplia y larga, pero decorada con una austeridad impactante, con sus 5 sillas altas; todo dispuesto estratégicamente al fondo de la sala. Mi Director está ya en una de las sillas dispuestas para el público y para sorpresa mía me presenta a alguien que asistirá al evento.

La verdad, estoy tranquilo. Sé que el trabajo realizado es bueno y que mi viaje desde Bogotá, culminación de un proceso de más cinco años, no será en vano. Con esa seguridad comienzo la exposición, después de haber escuchado de labios del Presidente del Tribunal la secuencia del procedimiento y la presentación de los otros miembros, entre los cuales distingo a uno que ha sido por varios meses un corresponsal abierto y cordial. Me han dado veinte minutos y creo haberlos aprovechado bien. Al terminar, miro furtivamente a mi director y percibo su gesto de aprobación.

Entonces comienzan las intervenciones de cada uno de los miembros del Jurado. Empieza el conocido mío. Escucho sus amables adulaciones con orgullo, pero en seguida viene una serie de críticas al trabajo que le lleva media hora argumentar. Yo anoto en mi libreta cada cosa e imagino los contra argumentos, un poco sorprendido de la capacidad que ha tendido el profesor para ver cosas donde en realidad no las hay. Con la intervención del segundo jurado, quien sigue el mismo esquema: adulación corta, exposición larga de críticas, visualización de detalles inesperados, a veces, arbitrarios, mi estado de ánimo pasa de la sorpresa a la inquietud y con ello sumo ya cinco emociones. Pero no serán las últimas. El tercer jurado con saña maligna y oratoria anacrónica me hace sentir rabia, y el cuarto con sus puntos de vista sesgados, humillación. Pero será el quinto jurado quien, al lanzarse en emboscada franca, tras rebuscar algo que decir, hace estallar mi alma en mil sobresaltos que por poco se traducen en la expresión de improperios.

Durante las cuatro horas que ha durado el asunto, he bebido unas dos jarras de agua y garrapateado unas diez hojas, de modo que el anuncio altanero que hace el presidente del tribunal de los escasos diez minutos que tengo para responder a las inquietudes de los jurados, me hunde en el terror. Logro sobreponerme y vuelvo a la calma. Recojo rápidamente todo en tres bloques de preguntas a las que respondo con sorpresiva eficacia y miro al director, quien vuelve a hacerme el mismo gesto de antes, sólo que esta vez me confunde. El presidente le permite la palabra al director, y él me apoya decididamente, aunque que ya no sé si por los méritos de mi trabajo o por pura compasión. Entonces se nos pide que abandonemos la sala para la deliberación final del Tribunal.

Afuera, a manera de consuelo, la testigo que ha presenciado con paciencia todo el debate, me cuenta la experiencia de una amiga suya en una situación académica similar: las oposiciones, o exposiciones que se hacen con motivo del otorgamiento de una cátedra titular en la universidad. En este caso hay también un tribunal, pero son dos los expositores: los finalistas de un largo y tortuoso proceso de selección de profesores que aspiran al cargo. Y estos expositores tienen que oponerse, es decir, demostrar cara a cara la superioridad de cada uno, en una especie de arena intelectual sangrienta en la que los miembros del tribunal hacen el papel de azuzadores o banderilleros. Pues bien, el cuento de la testigo es que su amiga no fue capaz de soportar la presión y cayó en el llanto abierto y en la justificación personal, creando una atmósfera absolutamente patética. La verdad, la anécdota no es que me tranquilice mucho. A esa hora llego incluso a creer que seré reprobado. Con toda la cortesía de la que soy posible, me retiro hacia los servicios, pues la ingestión de tanto líquido presiona mi vejiga insoportablemente.

Entro al baño, haciendo memoria de la secuencia de mis emociones: tranquilidad, seguridad, orgullo, sorpresa, inquietud, rabia, humillación, sobresalto, indignación, terror, calma, confusión, intranquilidad. Todo sin contar la melancolía, la ternura y la nostalgia de mi paseo previo al arribo a la sala del tribunal. Mientras satisfago mis necesidades fisiológicas veo como cada uno de los miembros del tribunal llega al baño a hacer lo mismo que yo hago y recuerdo entonces la manera como también se fueron vaciando las jarras de agua dispuestas en la mesa de los jurados. Me demoro a propósito para no encontrármelos en el pasillo que separa el baño de la sala.

Unos minutos más tarde, se nos pide el acceso a la sala. Es la hora de la sentencia. Después de un corto preámbulo, el presidente anuncia que el jurado ha decidido otorgar la calificación más alta a mi trabajo: el suma cum laude. Se añaden ahora la perplejidad y el agradecimiento a la saga de emociones del día. Todos me dan la “bienvenida al club” y me llaman entonces “Doctor”. Entiendo así dos cosas: 1) que más que una defensa intelectual, la defensa de tesis ha sido una defensa emocional y 2) que el encuentro en el baño no ha sido más que una anticipación de lo que se estuvo fraguando en la sala del tribunal: la confirmación de que todos, aún antes de la sentencia, somos iguales. Seres humanos con las mismas condiciones fisiológicas, pero también con las mismas aspiraciones. Ser doctor es, por eso, ser igual a otros doctores; curiosidades de la cultura humana que necesita superponer condiciones sobre condiciones para dejar en claro al final que somos humanos demasiado humanos.

Afuera, el paisaje no ha cambiado. Recorro las conocidas calles de regreso hacia Moncloa, pero esta vez lo hago con celeridad y ya sin ninguna emoción. En mi mente no tengo otro propósito que llegar a mi aposento para refugiarme allí hasta el otro día.

Madrid, Pamplona, noviembre de 2002
Bogotá, 2004

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Azules eran los ojos de mi benefactor, azul, profundamente azul, el cielo de Sevilla en aquella primavera, de azul se había teñido el Guadalquivir, azules eran los ojos de América y azul es el color de Venus, el planeta ligado a la feminidad y de donde ella aseguraba que provenía.

Todo, como en una confabulación, se había juntado para conducir a nuestro encuentro: las dificultades superadas, casi en forma mágica, para mi viaje a España, el encuentro forzado de Paquita, mi anfitriona en Sevilla, la estancia prolongada de América en la capital andaluza.

En efecto, el viaje que por motivos académicos hice a España en la primavera de 1997 estuvo precedido de dificultades poco menos que absurdas que de pronto se resolvieron de una manera igualmente extravagante. Recibí la noticia de que la universidad me había negado el apoyo económico diez días antes de la fecha que tenía prevista para viajar a Madrid a cumplir con la obligación de sustentar los trabajos de seminario de mi doctorado. Y a pesar de mi ira infinita y de mi impotencia, a los pocos días me había resignado no sólo a perder el viaje mismo, sino a lo que eso implicaba: malograr el curso y así la oportunidad de mi formación a alto nivel.

Esa resignación, que seguramente se manifestaba en mi rostro con una máscara de tristeza, fue percibida en el aula de clase por uno de mis alumnos, el aventajado Roberto Gil. Le conté a Roberto lo que me pasaba y él, como si no hubiera nada de drama en todo aquello, simplemente me dijo:

– No te preocupes, yo te regalo el pasaje, no puedes perder ese viaje

La verdad no supe al comienzo si era una broma de mi alumno. Una persona que apenas conocía, que no tenía ningún compromiso conmigo, que, al contrario, podría estar resentida como producto de la natural tensión que se desarrolla entre profesor y alumno, me lanzaba aquel salvavidas sin más ni más, sin demandas o contraprestaciones. Extraordinario, sencillamente extraordinario.

– Mira –me explicó Roberto–, por mi oficio yo viajo mucho y tengo pasajes que puedo utilizar cuando quiera en la forma que quiera, para quien quiera, sin que eso signifique costos adicionales o dificultades para mí. Sólo quiero ayudarte, nada más.

Y efectivamente, dos días después tenía en mis manos un tiquete Bogotá-Madrid-Bogotá a mi nombre sin haber girado un solo peso. En ese momento sólo pensaba en la oportunidad que me daba la vida, en ese regalo que por ser inesperado y no contener empeños resultaba valioso, muy valioso para mí. Así que, cómo dudar, cómo pensar en algo distinto que ir a España, cumplir mis responsabilidades, hacer turismo y disfrutar de mi primer viaje a Europa.

Un último obstáculo se atravesó, tal vez como una señal que no quise advertir. Debía estar en el aeropuerto a las cinco de la tarde y por eso había decidido ir en la mañana a la Universidad. Hacia las tres de la tarde fui por mi automóvil al parqueadero, con el tiempo justo para llegar a mi casa, recoger el equipaje y dirigirme a El Dorado. En ese momento, me di cuenta que había dejado las llaves olvidadas dentro del carro. Intenté de todo: probar otras llaves, romper un vidrio, introducir una ganzúa, pero nada, a las tres y media y ya desesperado llamé a mi mujer con la esperanza de que ella cargara un duplicado, pero tampoco. Lo peor es que el bendito pasaje estaba en la guantera y ya no sabía qué hacer. Estaba en estas, cuando un colega llegó al parqueadero y después de enterarse de mi percance sacó, como por arte de magia, un gancho de ropa de su propio automóvil, y en menos de un minuto abrió la puerta de mi carro. Así logré llegar a tiempo y ya no pensé más en dificultades u obstáculos, sino en la aventura académica y turística de mi viaje.

Al final de mi primera semana y después de haber cumplido mis asuntos en la Universidad, decidí llamar a mi amiga Francisca Noguerol, profesora de literatura latinoamericana en la Universidad de Sevilla, a quien había conocido en algún congreso, pero a quien no había logrado contactar desde Bogotá. Pronto supe por qué: estaba preparándose para presentar oposiciones al cargo de profesora titular en Salamanca. Es más, cuando llamé desde Madrid, la encontré por puro azar, pues estaba en su departamento de paso, recogiendo unos enseres para trasladarse a casa de sus padres, donde se iba a enclaustrar durante las dos semanas que todavía tenía para preparar sus exámenes. No obstante y ante la imposibilidad de atenderme personalmente, Paquita me hizo una propuesta irresistible: que fuera a quedarme en su departamento en Sevilla y que disfrutara de la ciudad que estaba bellísima, según sus tentadoras palabras. No me aseguraba su compañía, pero sí la de algunos de sus alumnos, incluida una chica colombiana, que seguramente me podrían servir de guías en mi visita. Yo acepté sin pensarlo dos veces.

El apartamento de Paquita, apartamento de soltera, era perfecto: pequeño, pero bien dotado, situado en el centro de la ciudad y en todo sentido espléndido. Me había dejado las llaves con el portero del edificio y yo me instalé enseguida. Aprovechando el magnífico clima salí inmediatamente a reconocer los alrededores, que no podían estar mejor. Apenas a unas horas de mi arribo a Sevilla, después de haber disfrutado de la magnífica experiencia de haber viajado en el AVE, la dicha me embargaba por completo.

Según lo convenido, nos vimos al otro día en la universidad, donde me presentó a dos de sus alumnas; una chica colombiana, cuyo nombre he olvidado y a otra mexicana de nombre América quien me miró con sus ojos azules y su bella sonrisa como si ya nos hubiéramos conocido. Esa tarde anduvimos los tres por varios de los sitios conocidos de Sevilla, como la Plaza España, la misma Universidad y algunas otras zonas históricas. Como la compatriota tenía que asistir a clases, América se ofreció a acompañarme a conocer al otro día lo mejor y más reconocido de Sevilla y para ello nos citamos en algún lugar del centro.

Al parecer, América era una mujer de mucho recorrido, pues conocía varias ciudades europeas, incluida Paris, de la que hablaba como si fuera su segunda tierra natal. Llevaba como tres meses en Sevilla y esperaba viajar todo ese año por España, financiada por un padre generoso que desde Veracruz, al otro lado del océano, no hacía sino complacer a su hija consentida. Después de planear el recorrido del otro día, que tenía que ser intenso, pues al siguiente debía regresar en la tarde a Madrid, nos despedimos, no sin volver a recibir el efecto de su mirada azul, entre seductora y cómplice.

El día siguiente comenzamos muy temprano el recorrido, primero por el barrio San Antonio, que tanto se parece a nuestra Candelaria o a nuestro Corralito de piedra; fuimos después a la Giralda y a la torre del reloj y nos dejamos leer la suerte de una gitana que a la salida de alguna iglesia nos predijo larga amistad. Nos trasladamos en seguida al centro para irnos de tapas y dejamos para la tarde la visita a los Alcázares, a la iglesia de la Macarena, a los restos de la muralla y el paseo por el Guadalquivir. Hacia las seis de la tarde, cuando ya varias personas nos habían confundido como pareja, desembarcamos en el muelle e hicimos un largo y romántico recorrido a lo largo del río, buscando un restaurante para cenar. Ya estaba planeado el recorrido del otro día: visita al recinto de la Feria Mundial y a las ruinas romanas, con lo que completaría así el objetivo de conocer lo mejor de Sevilla. Sólo faltaba una cosa: acudir a la cita con Paquita, quien nos había invitado hacia las nueve de la noche a tomar una copa de vino en alguno de los bares cercanos a la universidad.

A esta altura, América había pasado de ser una simple alumna de Paquita a la más perfecta y bella guía turística del mundo, primero y, después, a una virtual pareja mía, para terminar convertida en la mujer que quería amar para toda la vida. Durante la velada con Paquita, América no hacía más que confirmar con su mirada y con su sonrisa aquella secuencia y fue así como terminamos los dos durmiendo en el apartamento de mi amiga, donde hicimos el amor como si lleváramos años de habernos conocido. Nada más hermoso que despertar y encontrarme con sus bellos ojos azules totalmente abiertos, mirándome, como primera imagen del día. Me había enamorado, perdidamente.

América, desnuda, preparó café, mientras yo desde la cama espiaba sus movimientos, fascinado. Llevó las dos tasas a la cama y mientras tomábamos la mágica infusión me confesó:

– Jaime, ¿sabes por que las cosas han salido tan perfectas?
– ¿A qué te refieres América?
– Si, la superación de las dificultades de tu viaje, el encuentro suertudo de Paquita, nuestro maravilloso tour, la rapidez con la que nos conectamos, la bella noche que acabamos de pasar, el futuro que podríamos construir…
– Espera un momento, ¿cómo sabes lo de mi viaje?
– Tú me lo contaste tontito –me tranquilizó América, sólo para soltarme enseguida–: aunque no lo habría necesitado.
– ¿Qué? –le pregunté un poco extrañado
– Si –me contestó ella–. Yo sabía todo esto, sabía como iba a culminar, incluso puedo vislumbrar qué puede ser de los dos si seguimos juntos
– Estás bromeando, ¿cierto?
– No. Es el poder de los que venimos de Venus a ayudar a la gente aquí en la tierra.

Por supuesto, me quedé pasmado, pero para no parecer un tonto le pregunté si lo que quería decirme era que ella era extraterrestre

– Si, Jaime, lo soy, y aunque todavía no se me ha revelado mi verdadera misión en la tierra sé que tú tienes que ver algo con ella

No recuerdo bien cómo reaccioné o cómo se desarrolló después la conversación, pero ella me propuso que la llamara dos horas después, tiempo durante el cual debía decidir si yo quería seguir viéndola después de su revelación. Tiempo que ella aprovecharía para darse un baño, cambiarse de ropa y preparar el resto de recorrido por Sevilla que habíamos planeado. Fueron dos horas terribles, no sabía qué pensar, ¿me decía la verdad? ¿Era una broma? ¿Estaba loca esa mujer? Lo cierto es que también tomé un baño y decidí, más como un reto que por otra cosa, llamar a América para completar el recorrido.

Fuimos a los sitios previstos, nos comportamos como novios y no hablamos de Venus, ni de nada de lo dicho en la mañana, pero mi ansiedad crecía, así que finalmente le dije

– Te creo América, creo lo que me haz dicho y quiero hacer parte de tu plan o de tu misión
– ¿Incluso estarías dispuesto a ir conmigo a Venus?

Dudé un momento, pero al fin confirmé que sí, que iría con ella a donde fuera

– ¿Y tu mujer y tus hijos?
– Tendrán que entender –respondí completamente enajenado
– Bueno, lo siguiente es vernos en Madrid

Lo que vino después fue la locura total: nuestra despedida en la estación del AVE, los días en Madrid esperando que llegara América, su visita, el amor, mil veces el amor, la nueva y desgarradora despedida por mi regreso a Bogotá, las promesas, los planes para vivir juntos, las insoportables doce horas del regreso, las cartas, los emails, las llamadas a escondidas, el desespero, el infierno de la post infidelidad y finalmente la conciencia de que todo había sido una insensatez, el doloroso reparo familiar, la resignación que no el olvido, la decisión de no volverme a comunicar y finalmente la vuelta de las aguas a su curso.

Hoy todavía no sé qué sucedió exactamente en aquellos días en Sevilla, no se sí América estaba loca o si era realmente una extraterrestre, no volví a saber de ella. Al recordar, el asunto parece más un sueño que una experiencia real. De lo que sí estoy seguro es que habría sido imposible evitar nuestro encuentro y que sólo yo estaba predestinado para ser el beneficiario de aquel extraño pero maravilloso suceso, que no sé cuántos puedan preciarse de contar.

Jaime Alejandro Rodríguez
Madrid, Sevilla, 1997
Bogotá, 2004 – 2005

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