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Posts Tagged ‘desastres’

Sale del centro comercial pensando en lo mal que todo le ha salido durante su viaje a España. Desde la misma salida del aeropuerto en Bogotá, plagada de inconvenientes, tensiones y sospechas, hasta el maltrato del que fue objeto en varias de las ciudades por las que deambuló en busca de esas oportunidades que finalmente nunca encontró. Si, era casi vergonzoso un regreso tan prematuro, pero no había opción, los pocos pesos que trajo, hacía rato que se habían esfumado y los amigos que lo habían apoyado  no podían sostenerlo ya por más tiempo, de manera que la botella de Rioja iba a ser el último lujo, casi el único en esos dos meses de fracasos.

Atraviesa la avenida y se dispone a subir las escaleras hacia la calle que lo conducirá a su casa, cuando siente que atrás alguien lo hala con fuerza. Sudaca de mierda, escucha y él sólo atina a usar la botella en defensa propia. oye con horror cuando el frasco se revienta en la cabeza del agresor y ve asustado cómo el contenido del tinto se confunde con el color de la sangre, la suya y la del otro. Por su cabeza corren desquiciadas las ideas y las imágenes de las consecuencias del acto que acaba de cometer, pero más rápido corren sus piernas, escalera arriba hasta su casa, donde se refugia a la espera de lo peor.

Tras una noche horrenda, decide ir muy temprano al aeropuerto, donde todo fluye inesperadamente bien. Revisa los diarios y no encuentra noticia del suceso. Pasan los días, pasan los años, el asunto se va quedando atrás en el fondo de los recuerdos, hasta el día, maldito día, en que por pura casualidad escucha contar a  una vecina suya cómo perdió  en forma absurda a su hombre, allá en Santiago de Compostela, cuando desesperado por el fracaso de su viaje a España, cansado de deambular por ciudades que nunca le brindaron las oportunidades que soñó, decidió asaltar al primer transeúnte que vio aparentemente indefenso, con tan mala suerte que el otro le lanzó a la cabeza algo, una botella parece, que lo dejó en un coma de varias semanas del que apenas salió una vez para  narrar lo acontecido y morir.

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Está allí, en la oficina de su superior, convencido de que su discurso va a caer en el terreno infértil de la prepotencia.  Se le ve tranquilo, casi indiferente. Espera que el jefe cuelgue el teléfono y suelta su petición. La ha preparado durante los últimos días con la paciencia del artesano que sabe que su pieza saldrá perfecta. Mira directo a los ojos de su interlocutor y adivina sus respuestas. Comprueba que el otro no ha escuchado nada, que simplemente habla con las fórmulas del caso. Piensa en su niña recién fallecida, en la amenaza de abandono que al fin su mujer ha cumplido, en el oscuro futuro que le espera, pero no se siente desesperado, todo lo contrario, una especie de sosiego lo invade, envolviéndolo en un sopor dichoso del que no quiere salir.

Entonces, no es posible jefe, ¿no?, esté bien no esperaba otra cosa, pero quiero que sea entonces usted el testigo privilegiado de mi decisión. No,  no es la renuncia, tranquilo, o si, pero no al trabajo sino a esta puerca vida de la que usted hace parte. 

El disparo fue certero, atravesó la garganta y salió por el occipital, manchando de sangre y de sesos el bello retrato de familia que el jefe disponía en la repisa de su biblioteca. También esto lo había calculado Rafael

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