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Archive for the ‘Por Argentina’ Category

A propósito de la confirmación de mi viaje a Buenos Aires para finales de julio próximo, he redactado, en clave de conversación apócrifa, estas anécdotas del maravilloso viaje por La argentina en 1896., sacadas con urgencia del arsenal de mi memoria. En la imagen de la izquierda, un retrato mío de la época, a modo de comprobación de que el paso de 25 años explica perfectamente el deterioro. Son recuerdos pasados por el tamiz de la ficción que no corresponden entonces estrictamente a lo sucedido (por lo demás ya tan lejano que no es posible presentificarlo), sino más bien al tono que fue adquiriendo la supuesta conversación con mi imaginario interlocutor.

Malargüe insólito

En Malargüe, un pueblito en el sur de la provincia de Mendoza, sucedieron cosas muy curiosas. Llegué allí en plenas vacaciones de invierno, de modo que el campamento estaba prácticamente vacío y el ingeniero que me recibió y sirvió de tutor de mi pasantía hizo todo a regañadientes, como si yo hubiera llegado a incomodarlo. Nunca confié en él a pesar de que no hizo nada que pudiera calificarse de agresivo. Era más bien su modo de mirar y de hablarme lo que me llenaba de prevenciones. Me instalé en un pabellón que normalmente alberga a cuatro personas pero que debido a las circunstancias tuve para mí solo, lo que amplificaba la sensación de soledad. En los extremos de la construcción quedaban las habitaciones y en el centro los servicios comunales: baños, cocina y estar, pero permanecer allí sin compañía me hacía sentir muy extraño. Salíamos hacia las siete de la mañana a la planta de producción donde debía desarrollar el entrenamiento al que había sido asignado, y que quedaba a unos dos kilómetros del campamento; regresábamos al medio día, cada uno a su habitación a preparar el almuerzo y hacia las dos volvíamos al trabajo, para retornar a eso de la seis de la tarde. Así por largos veinte días. El silencio y la clausura eran tan abrumadores en las frías noches del campamento que en varios momentos tuve la impresión de que me estaba volviendo loco. El único consuelo era la radio que no sintonizaba sino una emisora local y de la cual se adueñaba el cura todo el día para convertirla en una extensión de su púlpito.

Así que no fue de mi tutor de quien pude ser amigo, sino de un muchacho de la administración, un poco más joven que yo, quien desde el comienzo fue muy amable, llevado tal vez por la compasión de verme tan íngrimo. Gracias a él pude salir de la sensación de haber llegado a un pueblo fantasma. Si bien Malargüe es muy pequeño, tiene una vida llevable, con todos los servicios, incluida una discoteca donde tenía lugar la fiesta de los jóvenes de cada fin de semana y a la que fui un par de veces con mi amigo Daniel. También de su mano conocí las impresionantes montañas de los alrededores y el famoso centro internacional de esquí de Las Leñas, que por aquella época estaba en su esplendor, así como la Laguna de Llancanelo y hasta el observatorio de rayos cósmicos, dos de sus atracciones más famosas. A la larga entonces no la pasé tan mal en aquél lugar argentino y eso me animó a pasar sin aviso por la cabaña del ingeniero, justo una par de horas antes de partir para el aeropuerto. 

Cuando llegué, no vi a nadie por allí, así que dudé entre regresar a mi cabaña o entrar. Pero como la puerta estaba abierta, me decidí por esto último y fui hasta el final del corredor hacia la sala donde tampoco encontré a nadie por lo que, atrevido, impertinente, entrometido, indiscreto, bruto, abrí la puerta de la habitación, sólo para ver al ingeniero de rodillas chupando la verga de un muchacho que reconocí enseguida como uno de los operarios de la planta. Petrificado, los vi desde la puerta; ellos también me vieron, pero apenas si se inmutaron. Alcancé a ver el rostro aindiado del ingeniero que salió de la habitación cuando partí presto y completamente impresionado hacia mi cabaña y, claro, no fue él quien me condujo al aeropuerto sino algún otro empleado de la planta que disculpó al ingeniero por haber tenido que atender una urgencia.

Todavía tengo pesadillas con aquella imagen inesperada. Se presenta en medio de mis sueños tranquilos con variantes y eso me atormenta. A veces el ingeniero arremete contra mí, a veces soy yo quien vulnera al joven operario, a veces estamos los tres y nos turnamos, es horrible. La cara de indio del ingeniero siempre está presente con sus ojos de hielo y su sonrisa sardónica y en ocasiones se vuelve gigantesca hasta copar toda la habitación, es insoportable. Después de viejo y todavía con estos temores adolescentes que quien sabe cómo interpretaría un loquero. A lo mejor es alguna mariconada mía por allá profunda, por eso mejor me la guardo, ¿no crees?

Con esos amigos para qué enemigos

Hablando de mariconadas, te quiero contar, a riesgo de que me creas poco varón, con la que me salió Oscar, el compatriota que me llevó a pasear por la avenida Santafé el día de mi llegada a Buenos Aires. Habían pasado ya un par de meses y yo la verdad es que todavía no tenía afinada la capacidad para reconocer maricones que hoy, a punta de fiascos ya tengo, o si no me hubiera dado cuenta de la gran loca que era el colombiano, una loca escondida detrás de su apariencia de ejecutivo, detrás de su barba cerrada, detrás de una voz de locutor. Si lo de la percepción homofóbica hubiera estado perfeccionada no hubiera aceptado la oferta de compartir su apartamento, por más colgado de plata que hubiera estado, por más aburrido de las rigideces de doña Raquel, por más cansado que hubiera estado de las prepotencias de mis compañeros argentinos de habitación. Pero no, me hubieras visto allí de lo más fresco, pasándome al apartamento y hasta aceptando, ingenuo, bruto, pendejo, dormir en la misma cama doble con el Oscar, por aquello de no pasar la noche en el incómodo sofá de la sala, mientras llegaba la cama que había adquirido, cosa que tardó más de lo debido. Mucho idiota. La primera noche, normal. Pero ya en la segunda, sentí que el compañero se acercaba demasiado, cosa a la que le di alguna explicación ligera, pero en la tercera (y la bendita cama nada que llegaba) ya se atrevió a tocarme el pirulí. Y ahí si se me salió todo la homofobia de la que era capaz y armé el escándalo allí mismo; escándalo del que tuve al final un beneficio inesperado y fue que me quedé yo solo con el apartamento, gracias también a la terrible amenaza que le lancé a la mañana siguiente del incidente y que de verdad estaba dispuesto a cumplir, lo que obligó al pobre Oscar a pernoctar en un hotel la cuarta noche y otras más, y a mudarse a otro apartamento bien lejos del que me albergó en Palermo Viejo por varios meses. Fin de la luna de miel.

Amores y plutonio


Pero no todos los chascos fueron de este tipo. Hay un par muy más graciosos y menos dramáticos. Sucedieron ambos en Córdoba. A mí llegada a esa bella y hospitalaria ciudad, tuve que escoger un hotel para los quince días de mi estadía y después de varias vueltas y de sopesar las posibilidades económicas, me instalé en un hotel del centro, de fachada republicana muy bonita y en apariencia bueno y limpio, pero la verdad es que resultó de lo más incómodo y asqueroso. Todo era viejo, no sólo la fachada sino incluso las cobijas, raídas y olorosas a moho. Así que al otro día inicié un nuevo tour en busca de un mejor hotel y esta vez mi criterio de selección fue una fachada moderna. Pasé toda la mañana en esas y ya un poco cansado me decidí por uno al que había entrado una hora antes. Me registré y recibí de la administradora dos preguntas. Una, si iba estar acompañado y la otra, cuánto tiempo me iba a quedar. Me parecieron normales y contesté que sólo y por dos semanas. Sin embargo, las respuestas debieron parecerle extrañas a mi interlocutora porque volvió a hacerlas y ante mi reiteración sólo miró a su asistente, quien levantando sus hombros dio a entender que nada se podía hacer. Quedé algo inquieto, pero pronto mis aprehensiones pasaron a un segundo plano, pues subí a la habitación y me encontré con un cuarto amplio, luminoso, limpio, de buen olor y con un balcón que me ofrecía una bonita vista. Como había perdido tiempo, dejé mi equipaje y salí presto para el laboratorio donde me esperaba un arduo trabajo. Esa noche, después de recibir a modo de saludo un gesto algo extraño del encargado nocturno del hotel, subí a la habitación y caí como una piedra. Me despertó un grito de mujer que parecía obedecer a una visión terrorífica. Se sucedieron los gritos un par de veces más, cada uno más intenso que el anterior y después vinieron unos jadeos, pero esta vez de un hombre que parecía estar ahogándose. Hubo un silencio y entonces escuché más jadeos, sólo que a una distancia mayor, como si provinieran de otra habitación. Pasé la noche en vela acosado por estos sonidos extraños y continuos y a la mañana comenté a la administradora lo sucedido. Vi el intento en su rostro de contener la risa, hasta que no pudo más y entonces me preguntó si en verdad no me había dado cuenta de que me había instalado en un hotel de paso, cuyos clientes habituales eran parejas urgidas de amor. No puede ser, le dije alarmado y avergonzado, pero ante la perspectiva de iniciar un nuevo recorrido de búsqueda le pregunté si resultaría muy extraño o incómodo que a pesar de eso me pudiera quedar y  ella dijo que ningún problema, que era mi decisión, que nada me lo impedía, y nos echamos a reír un buen rato. La verdad es que nos hicimos amigos y ella y su asistente, una chica joven muy guapa, se convirtieron en mi compañía, en mis confidentes y en mi guía por la hermosa ciudad argentina.

El otro asunto tiene que ver con el trabajo que yo desempeñaba. Como parte de mi entrenamiento, debía visitar la central atómica de Atucha. Junto con otros dos colegas, fuimos el día señalado hasta las impresionantes instalaciones nucleares, donde conocimos en detalle toda la parafernalia tecnológica de la que estaban tan orgullosos los militares. Pasamos por oficinas, gigantes consolas de control y laboratorios, y finalmente nos llevaron, con todas la medidas de seguridad del caso, incluida la aparatosa indumentaria antirradiación, a la sala del reactor nuclear. Pero justo antes de ingresar al corazón mismo de los reactores, el joven ingeniero guía nos entregó un breve folleto con lo que, sugería, eran las indicaciones en caso de accidente nuclear. Una primera rareza es que en la contraportada del folletito aparecía, completa, la oración del Padre Nuestro; la otra era que en el pie de la portada, en letra minúscula, se leía la siguiente exhortación: “Ábralo sólo en caso de incidente nuclear”. Mi curiosidad sin embargo fue mayor que esta advertencia y lo que encontré en la primera página fue el siguiente título: “Hijo de puta, le dije que sólo en caso de incidente nuclear”. Avergonzado, cerré el folleto y miré de reojo a uno de mis colegas que también había hecho lo mismo. Entonces los tres pasantes miramos al ingeniero, quien estalló en risa y luego nos explicó que era la manera que ellos habían encontrado para bajar la tensión natural que producían siempre estas visitas. Un poco drástica la estrategia pero realmente efectiva.

Sí, ese viaje a la argentina estuvo lleno de historias, todas de tipo formativo, fue mi verdadero ingreso a la madurez del mundo adulto y en ese sentido contribuyó a la pérdida definitiva de mi inocencia

Papa criolla, curuba y cocacola

Papa criolla, curuba y cocacola, sería un buen título para lo que te voy a contar ahora, si algún día te animas a publicarlo. Es parte también de los aprendizajes que me ofreció ese viaje por argentina. Hacia la segunda semana, después de haber conocido las delicias de la, para mí, desconocida pero a la larga escasa gastronomía argentina, de haber probado el bife chorizo, la milanesa, las empanadas, las picadas y los asados, pero también los alfajores y las pastas, hubo un día, en que sentí que algo en mi organismo se quebraba, como si nada pudiera satisfacer mis necesidades, como si los alimentos que ingería pasaran derecho sin entregarle a mi cuerpo sus nutrientes. Todo comenzó a hacerme daño y a los pocos días entré en colapso, tuve por varios días escalofríos, fiebres, diarreas y vómitos, dificultades para respirar, y por eso me llevaron al médico, quien al revisarme llegó a la conclusión de que había hecho un cuadro de abstinencia, pero como no tenía antecedentes de abuso de drogas o de alcohol, el asunto quedó en pura observación y la verdad es que a los pocos días todo volvió a la normalidad.

La explicación de ese curioso episodio llegó por vías inesperadas, a través de los sueños, que en las circunstancias de mi experiencia eran el único y más expedito camino hacia la verdad. Un día desperté ansioso en medio de un sueño en el que compartía un verdadero banquete de comida local con mis seres más queridos. Y de ese banquete, los alimentos que más se desacataban, los que yo comía desaforadamente, eran la papa criolla, el jugo de curuba y, entrometida, metiche, foránea, la bendita cocacola.

La papa criolla es un pequeño tubérculo redondo de color amarillo y sabor arenoso que se puede preparar cocida o frita y la curuba es una fruta indescriptible en palabras, de un sabor ácido y algo amargoso que generalmente se mezcla con leche. La cocacola, es todo lo contrario, no necesita ser presentada, como diría un mal animador de programas de televisión. Pues bien, la falta de esos tres alimentos, los dos primeros por física inexistencia en argentina y el último por lo elevado de su costo, había hecho que mi organismo reaccionara de esa forma tan radical. No tuve necesidad de que lo ratificara el médico, simplemente mi conciencia y sobro todo mi cuerpo lo supieron y ese fue el mejor tratamiento. Mi organismo soportó la prueba, salí airoso, pero tuve que resignarme a suplir con otros menos exóticos, menos placenteros, lo que no me daban, lo que me habían proporcionado por más de veinticinco años, mis  alimentos criollos.

La ganancia de todo esto estuvo en el hecho de haber encontrado en el maravilloso y barato vino argentino el mejor sustituto de la bendita pero foránea, metiche, cocacola.

El vinoducto

A propósito de vino, ¿sabías que en la ciudad de Mendoza, por la época en que viajé existía un vinoducto? Si, un vinoducto, es decir, una tubería que conectaba entre sí varias bodegas vinícolas y por las que circulaba lo que para mí era la auténtica sangre de la ciudad: el vino.

Mendoza es una ciudad tranquila, de gente tranquila, famosa por ser el centro vinícola del país.  Fue el destino elegido por los inmigrantes europeos que querían conservar una de sus tradiciones familiares más arraigadas: la elaboración de vino. Gracias a los privilegios naturales de suelo y el clima, Mendoza pasó a ser el territorio donde esa tradición se mantuvo y, como sabes tal vez, ha logrado el reconocimiento internacional por la excelencia de sus vinos Cuando arribé, después de haber estado por varias semanas en Buenos Aires, fue como haber llegado a casa. Sentí enseguida la diferencia en el trato, mucho más cercano y definitivamente menos prevenido que el de los porteños, asunto que los mismos mendocinos promocionan como una de sus idiosincrasias y como estrategia para atraer turistas. Excelente combinación: el mejor vino y la  cordialidad a flor de piel, más allá de la particular belleza de sus mujeres y la hermosura de sus paisajes.

Obviamente una de las cosas que hice a poco de llegar allí, fue pagar por un tour que prometía de todo: en un día, conocer la mejores bodegas, visitar algunos viñedos cercanos y probar lo mejores vinos. Pasamos por bodegas tan famosas como Valentín Bianchi, San Telmo, Trapiche, Norton, Giol, Lagarde, Goyenechea y Chandon. Todas de una gran calidad, inmensas, y en cada una nos dieron a probar lo mejor, pudimos aprender un poco del arte de la enología y hasta nos animamos a hacer amigos. La verdad es que como  a la quinta bodega y por efectos del famoso efecto in vino veritas ya éramos familia.

La curiosidad de la bodega Giol, que fue durante mucho tiempo la más grande de las bodegas en cantidad de litros elaborados, fue la del vinoducto, un mecanismo utilizado para garantizar eficiencia en el fraccionamiento y distribución de sus vinos. Tenía una longitud cercana a un kilómetro con un diámetro aproximado de cuatro pulgadas y conectaba tres bodegas. Sus planos se remontan, según nos dijeron  a 1952 y tenía tramos tanto subterráneos como aéreos. Estos eran los que causaban expectación, pues al estar desplegados públicamente la sensación era que podían ser vulnerados con facilidad. Y no faltaron las anécdotas de nuestro guía sobre borrachitos y también delincuentes que se aprovechaban de esa circunstancia. También nos mostraron cómo funcionaba el tal vinoducto. Se conectaba una manguera desde un primer tanque de almacenamiento hasta la boca de la tubería y luego, mediante una bomba, el vino era conducido hasta una pileta de varios miles de litros, subterránea, que estaba allí mismo en la vinería, y desde allí era conducido a otras piletas en otras bodegas y, finalmente, envasado.

Más de una fantasía se podía derivar de esa maravilla. La que hacía más rápidamente consenso entre los conocedores del secreto era la de conectar cañerías individuales a cada casa para garantizar, al modo como se hace con las cañerías de agua, con algún sistema de conteo bien diseñado, con tarifas claramente establecidas y con buen apoyo técnico, el consumo diario de vino en cada casa; asunto que bien visto se podría tratar como un servicio público más y que quedó ahí flotando en la mente de todos los que habíamos el hecho el tour, ya afectados por la cantidad de licor ingerido, como una posibilidad que nada parecía tener de descabellada, y que a lo mejor alguno podría concretar.

Un bello fantasma en Montevideo

Para terminar, déjame contar el viaje a Montevideo, si, fue chistoso y a la vez impresionante. Yaneth, mi mujer, acababa de llegar a Buenos Aires, después de varios meses sin vernos, así que había que aprovechar aquellas tres cortas semanas que iba a estar conmigo antes de volver a Bogotá. Estancia que a la larga fue la verdadera luna de miel, pues mi partida intempestiva a la Argentina, a poco de habernos casado, nos impidió vivir normalmente los primeros meses de reciéncasados.  Podrás imaginar la ansiedad y la emoción de nuestro encuentro. Como tenía huéspedes en mi apartamento de Palermo, si, el mismo que me dejó Oscar después de nuestro “affaire”, renté una habitación en un hotel de Chacarita para pasar nuestra primera noche juntos en Buenos Aires. Vino, cena especial en la suite, música, lágrimas de felicidad y amor mucho amor durante una noche que nos pareció cortísima. Al día siguiente nos trasladamos al apartamento y después de caminar por los alrededores, de mostrarle todo lo que podía mostrarle de la bella Buenos Aires, la invité a comer asado en un restaurante que tenía visto desde hacía días y luego fuimos al centro, a la plaza Sanmartín, lugar literario, cuya importancia para mí conocía muy bien Yaneth y nos conmovimos con el recorrido por el puerto de la boca, por caminito, por plaza de mayo y luego por la casa rosada. Su emoción y su curiosidad confirmaron que no estaba equivocado con la visión de  la ciudad que le había adelantado en las mil cartas de amor que le había enviado desde cuando nos separamos: Buenos Aires era una ciudad maravillosa, mágica, encantadora.

Mis dos huéspedes, compañeros de trabajo que conocían a la negrita (como le decíamos cariñosamente a Yaneth) fueron a la vez mis cómplices en esas tres semanas que se fueron convirtiendo casi sin querer en las vacaciones que no había tenido en mitad de mi pasantía. Fuimos los cuatro a Mar del Plata, paseamos los cuatro todo lo que había que pasear por Buenos Aires y finalmente hicimos lo que ninguno de nosotros había hecho todavía: pasar a la banda oriental del Rio de la Plata, visitar el maravilloso país del Uruguay, admirar sus campiñas, pasear por su capital y atrevernos a tocar el frio mar del famosísimo puerto de Punta del Este. Pero fue en Montevideo donde nos sucedió lo maravilloso.

Después de atravesar el Rio en el famoso Ferry que lleva pasajeros de una orilla a otra, de un país a otro, de  Buenos Aires en Argentina a Colonia en Uruguay, tomamos un autobús que nos llevó a Montevideo y le pedimos al taxista que nos condujo al centro que nos recomendara un hotel barato, pero decente para pasar allí las dos noches que teníamos planeadas dedicarle a Montevideo. Fuimos a parar a un hotel en pleno corazón de la capital, pero no muy lejos de las playas, un hotel de fachada antigua al estilo inglés, pero muy limpio y muy bien atendido y al parecer inmenso en su interior. 

Debido a que, según el administrador, el hotel estaba casi lleno no nos pudieron dar habitaciones contiguas, tal y como lo habíamos solicitado, de modo que nos citábamos a la hora de las comidas y de las salidas en el lobby del hotel. Y fue la primera noche, cuando Yaneth y yo avanzábamos por el corredor desde nuestra habitación a las escaleras con destino a la primera cita con nuestros amigos, cuando comenzaron a suceder cosas raras. Lo primero que advertimos fue que los huéspedes con los que nos cruzábamos en los corredores y con los que nos encontrábamos en la cafetería y en los restaurantes eran todos hombres y mujeres mayores. Algún plan especial para gente de tercera edad, nos dijimos como respuesta de consolación, pero entonces caímos en la cuenta de que todo, decorados, cuadros, estilo de las puertas, picaportes, todo, parecía llevarnos al pasado, a un  pasado por lo menos decimonónico. Y sin embargo todo era limpio, fresco, recién pintado. También nuestros amigos habían tenido la misma impresión y entonces uno de ellos se atrevió a contarnos algo extraño que le había sucedido.

Justo a unas dos puertas de la habitación que tenía asignada, había visto salir a una mujer vestida con ropas anacrónicas. Ella, en lugar de ir hacia la zona de los ascensores fue directamente hacia él y al cruzarse pudo percatarse de que se trataba de una mujer joven, rubia, de ojos verdes rasgados, felinos (el adjetivo es suyo), espléndidamente maquillados, que se fijaron enseguida en él al mismo tiempo que su boca grande y carnal le sonreía sin censura ninguna, la típica sonrisa de la mujer porteña. El saludo que emitió le comprobó que era porteña por el acento, su voz un poco ronca, pero espléndida (los términos, insisto, son suyos), era envolvente y el perfume discretamente dulzón, completaba la seducción con la que la escena se hizo fantástica. No se atrevió a voltear la mirada, sino unos segundos después del cruce de miradas y ya no la vio a pesar de que el corredor hacia el fondo era largo. Debió entrar a alguna habitación intermedia, dedujimos, pero quedamos todos maravillados con la imagen, que a todos nos enamoró, de esa mujer fantasmal.

Después de cenar fuera, volvimos los cuatro al hotel y subimos a la primera planta a beber unos tragos antes de dormir. En las mesas del bar había sólo ancianos, pero que se comportaban como jóvenes, reían y hacían ademanes un poco estrafalarios y lo más raro era que no parecía que se percataran de nuestra presencia, sólo los meseros nos atendían, pero fuimos incapaces de preguntarles nada.

Al otro día, para el desayuno se repitió la escena: el comedor estaba lleno de ancianos joviales que no nos miraban a pesar de que fuimos un poco más atrevidos esta vez, saludándolos. Nuestro amigo, el del encuentro fantasmal, aseguraba que durante la noche había oído música antigua y sintió ruidos como de baile justo abajo de su habitación, pero divertidos, echamos la culpa a un pequeño exceso suyo en la bebida. La verdad es que todos habíamos escuchado durante la noche ruidos como de risas y algunas veces gritos efusivos como de exaltación, que sin embargo no nos habían impedido tener un plácido y reparador sueño que nos diera la energía necesaria para realizar todas las caminatas que habíamos planeado hacer en nuestro último día en Montevideo

Durante el desayuno del otro día notamos que nuestro amigo no pronunciaba palabra y entonces lo interrogamos. Nos contó entonces que había descubierto lo que sucedía. Según él, la mujer de traje anacrónico con la que se había vuelto a cruzar la última noche le contó que estábamos en medio de una ceremonia especial de fantasmas que se daba allí en el hotel, razón por la cual  nos había sucedido todo aquello. Una especie de convención de gente antigua pero ya muerta que se reunía cada año a celebrar el aniversario de la fundación de ese hotel que en su época albergó las más famosas fiestas de la ciudad. No sabíamos si el hombre se nos había vuelto loco o nos estaba jugando alguna broma porque lo que dijo, lo dijo con toda la seriedad del caso. Lo cierto es que nos quedamos boquiabiertos y no le preguntamos por detalles a pesar de la gravedad del asunto. Más bien callamos y no volvimos a hablar de ello. Con el paso de los días, la anécdota se fue convirtiendo en un recuerdo privado de cada uno y no volvió a salir a flote. Se mezcló, se diluyó hasta trocarse en un bello secreto, que ahora, te revelo como un regalo especial, en medio de los acontecimientos banales de nuestro maravilloso viaje por la república oriental del Uruguay.

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Leí Santa Evita con un sentimiento de fascinación que creía haber superado. Por entonces, ya no creía en privilegiados o maestros y sin embargo, leer a Tomás Eloy Martínez me recordaba, con la contundencia de un cuchillo bien clavado, que los hay, que hay personas privilegiadas que son capaces de embrujar con la palabra. Ese primer párrafo de su novela, por ejemplo, anunciaba ya la magia de su verbo:

“Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir. Se le habían disipado ya las atroces punzadas en el vientre y el cuerpo estaba de nuevo limpio, a solas consigo mismo, en una beatitud sin tiempo y sin lugar. Sólo la idea de la muerte no le dejaba de doler. Lo peor de la muerte no era que sucediera. Lo peor de la muerte era la blancura, el vacío, la soledad del otro lado: el cuerpo huyendo como un caballo al galope”.

Política, historia, cultura popular, relato policíaco, Santa Evita era un texto que juntaba todo en una amalgama deliciosa que me obligó a hacer algo que ya no hacía con mucha frecuencia: leer el libro todo y de un solo golpe. Y al final, ninguna duda: estaba ante la obra de un maestro.

Muchos fueron desde entonces los encuentros con el escritor argentino, incluido alguno personal, de lejos, en algún congreso y siempre me quedaba con la misma certeza: se trataba de un hombre honesto, especial, incansable, ejemplar.

Todavía expongo los descubrimientos que Martínez me regaló en uno de sus ensayos (La batalla de las versiones narrativas) en el que el autor observaba cómo los novelistas latinoamericanos empezaban a atender los asuntos históricos con la conciencia de que historia y novela usaban la misma herramienta: la palabra escrita, para formatear la memoria de la gente, sólo que una, la historia, lo hacía siguiendo el principio de verdad (la pretensión de verdad), en tanto la novela seguía el principio de ilusión. La convergencia de verdad e ilusión quedaba así dispuesto a la competencia del lector, quien se convertía no sólo en el depositario del conocimiento y de la conciencia histórica, sino en el responsable de sus derivaciones. Pero había también una advertencia terrible al final del artículo que no ha dejado de atormentarme: la de que el poder de hoy no lee, inmerso en sus deberes y proyectos tecnocráticos se hace cada vez más inmune al efecto humanista de la lectura, lo que implicaba una profunda reflexión sobre la función cultural de la novela.

En algún momento fue colaborador de nuestra modesta revista (los Cuadernos de Literatura, #15 de 2002) con un magnífico texto en el que exponía sus propuestas para un periodismo del siglo XXI y que se reducían a tres acciones: humanizar, humanizar, humanizar la palabra, acercarla al hombre común, solidarizarse con su drama y alejarse así de las terribles garras del poder.

Leì también, además de su imprescindible Novela de Perón y de sus estupendas columnas en varios periódicos, incluido El diario colombiano de El Espectador, una última novela: El vuelo de la reina en la que denuncia las relaciones absolutamente detestables entre política y periodismo.

Se fue un maestro, un hombre ejemplar y se siente el vacío aquí en el alma

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Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y de los amigos. Se está en continuo desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, los sueños, el mar, el cielo y todo tiende hacia lo eterno o a lo que imaginamos de la eternidad.

Cesar Pavese

Hijo de desplazados sale desarraigado

Creía que todo había comenzado en el año 1986 con mi primer viaje fuera del país, pero no. Ese deseo casi desesperado por conocer otros ámbitos, por escuchar otras voces que llevo muy adentro desde niño tiene en mi caso un origen profundo y complejo que se conecta paradójicamente con el dolor de tanta gente desplazada de su hogar a lo largo de la historia de tanta violencia en mi país.

De niño escuché muchas veces el relato del nomadismo forzado que tuvo que sufrir mi madre cuando era apenas niña; una experiencia dolorosa que ella siempre describía con algo de nostalgia y mucho de fantasía, fantasía que la chiquita de entonces usaba a modo de defensa mental y que la adulta seguía insuflando para hacer significativo lo vivido. Pero la verdad es que no hay nada más absurdo que huir todo el tiempo de enemigos mortales e invisibles, nada tiene menos sentido que convertir la vida entera en una eterna zozobra. Sin embargo ella insistía en la imagen de un padre aventurero que por puro capricho emprendía correrías por los pueblitos más perdidos de los llanos orientales.

En mi mente infantil, se fueron formando estampas maravillosas de esas correrías, y también admiración por ese abuelo nómada que murió en forma insensata aunque en su propia ley. Imaginaba una niña delgada, tímida, pero valiente que seguía a pie el camino que su padre y su abuela realizaban a caballo o en mulas desde Cumaral hasta Aguazul y desde allí hasta Barranca de Upìa para seguir hasta Yopal y luego de vuelta a Cumaral o a Restrepo o a Medina, en una travesía que duraba meses y que podía convertirse en una auténtica pesadilla por efecto de la persecución de esos personajes malvados, llamados en el relato maravilloso de mi madre, los chulavitas.

El abuelo era un liberal extremista que en noches de tragos podía hacerse matar en defensa de unos ideales prestados que apenas podía comprender, pero cuya bravura le dio ese prestigio de hombre duro y medio loco que lo señaló hasta el día su muerte, una muerte estúpida ocasionada por la fanfarronería del viejo, quien ese día, empecinado en demostrar que solo un liberal verraco como él podía atravesar a puro nado ni más ni menos que un embravecido Humea, no contó con el efecto acumulado de un almuerzo opíparo y unos malos tragos de chirrinche que lo traicionaron a mitad de camino y le causaron ese ahogo inesperado, ese calambre maldito que lo condujo a la fatalidad.

Mi madre jamás se lo perdonó: en menos de nada se había quedado huérfana por culpa del padre loco. Seis meses antes, en medio de otra borrachera, el abuelo había pateado a la abuela que esperaba entonces un niño, el noveno de la prole, y esos golpes de borracho le causaron la muerte. Ahora, a orillas del Humea, ella apenas si podía tener conciencia de lo que significaba ser una huérfana, pero empezó a sentir una desolación y una vergüenza y una rabia que ya nunca la abandonaron. La imagen del abuelo se hizo oscura en su memoria, pero yo me quedé con la figura del loco aventurero que levantaba carpas y hacia viajes largos huyendo de unos enemigos mortales e invisibles, ganados por alguna imprudencia majadera.

De niño, mi padre me regaló algunas de las imágenes más terribles de Bogotá. Ese otro nómada forzado, fue testigo y sobreviviente de El Bogotazo. La historia del Ignacio de mi novela, la he escuchado muchas veces, y es la de mi propio padre. Llevaba apenas unos días viviendo en Bogotá, proveniente del campo. Su padre, quien trabajaba como secretario de un juzgado, le había prometido la gestión de alguna oportunidad de trabajo en la ciudad, una de las cuales era la posibilidad de vincularse a la policía o al ejército. Dos días después, en pleno nueve de abril, perdió el contacto con su familia y vivió las terribles experiencias transferidas en la novela a probables imágenes de la guerra de hoy. Poco tiempo después, fue reclutado inexcusablemente para la guerra civil que se extendió por todo el país y que hoy no acabamos de clausurar. Fue allí en esa Bogotá convulsionada que conoció a quien, años después, sería mi madre.

Así que soy hijo de desplazados, y lo que se vive todo el tiempo al lado de los desplazados es una terrible melancolía por el lugar de origen. Mis padres vivieron siempre con esa nostalgia que se expresaba menos como tristeza que como infelicidad, una infelicidad que se convertía en deseo de cambiar de lugar, en incomodidad por todo, en constante frustración. Fue algo extraño, pues por un lado, a causa de toda una propaganda ideológica que hacía del campesino un ser inferior, se había instalado una especie de vergüenza por el origen y por el otro lado vivíamos la tragedia de tener que habitar un lugar que nadie les había preguntado si querían habitar.

Y en mi conciencia infantil se fue configurando el pensamiento de que había que cambiar, había que huir, aunque no se supiera bien de qué, tal vez del vecino que se había convertido en enemigo o del amigo que de pronto nos había traicionado o de la ciudad que se había hecho insoportable, huir, cambiar de lugar, viajar, conocer otros lugares, con la promesa nunca cumplida de encontrar algo parecido a ese rincón del que fuimos desterrados.

Te busco de Celia cruz:

De viaje por otros mundos

Pero el desarraigo tiene sus ventajas, siempre y cuando se viva sin el dolor y el resentimiento inevitables del desplazado. Una de ellas es la capacidad de adaptación, la flexibilidad con la que se vive no sólo respecto a la tierra, sino con respecto a todo lo que ata: el trabajo, las relaciones, los conocimientos. Y de esa flexibilidad he tenido que hacer gala desde 1986, año durante el cual hice mi primer viaje fuera del país, es decir, desde el momento en que por fin me asomo a la respuesta de una pregunta fundamental: ¿hay en realidad otros mundos? ¿Se puede vivir de otra manera? ¿Cómo son esos otros mundos?

En junio de 1986, viajo a Buenos Aires y vivo lo que sería una correría de más de seis meses por La Argentina, que me llevaría a lugares como Córdoba, Mendoza, San Rafael, Malargüe, Bariloche, Mar del Plata, Montevideo y Punta del Este: todo un banquete de viajes, lugares y gentes que marcarían definitivamente mi vida. Una correría que, bien miradas las cosas hoy en retrospectiva, no termina, pues después de ese primer viaje maravilloso, he tenido (y digámoslo ya: he buscado) la oportunidad de visitar más lugares, de reconocer otros mundos, de relacionarme con otras gentes, con su singularidad, con su propia cultura: y ello ha permitido comprender mejor qué soy como individuo y como integrante de esa comunidad que ha predeterminado mis horizontes: la comunidad de colombianos, porque los otros mundos nos son sino eso: espejos en los que vemos reflejados lo que somos.

La llegada a Ezeiza, el 29 de junio (día de la final del campeonato mundial de fútbol) no pudo ser más curiosa: el aeropuerto estaba prácticamente vacío y cuando pasé por la aduana, el funcionario de turno me hizo seguir adelante sin siquiera sellar mi pasaporte (asunto que después me complicó un poco la vida), pero con una sonrisa abierta que contradijo la imagen que me habían anticipado colegas que antes habían hecho el viaje: la de unos porteños antipáticos y desconfiados especialmente con los cabecitas negras, es decir, con los turistas suramericanos. Yo, un poco desconcertado, recogí el equipaje y me dirigí en taxi a Núñez, donde me esperaba la dueña de un apartamento en el que se alojaban varios estudiantes. A poco de haberme instalado, recibí la llamada inesperada de un compatriota que se había enterado de mi llegada y que me invitó a pasear por las calles cercanas del barrio. Frente a una Quilmes negra, me enteré que la selección de fútbol había ganado el campeonato mundial y por eso la ciudad era una fiesta total. Eso explicaba la extraña atmósfera en Ezeiza y justificaba el carnaval (un poco peligroso para mi gusto) que habían armado ya las patotas de hinchas que celebraban la segunda copa y que se prolongaría por varios días.

Muchas cosas sucedieron en ese viaje y que vale la pena relatar en extensión (cosa que hago en otro espacio), pero me interesa sobre todo recordar el ambiente festivo y abierto que impregnaba al país y sus gentes. No era para menos: se vivía la esperanza que el retorno de la democracia había instalado después de la terrible noche de los gobiernos de facto que se sucedieron desde 1976 hasta 1983. Escuchaba por doquier historias que daban cuenta de la guerra sucia desatada. No había nadie que no hubiera sido tocado de alguna forma por el proceso: algún amigo o pariente desaparecido o muerto, algún otro exiliado, otro obligado al silencio o a la colaboración. Pero todo parecía ahora distinto y especialmente se notaba en el ámbito cultural. Florecían de nuevo el teatro, el rock en español, el cine, la canción popular y la literatura. Retornaban algunos de los más famosos exiliados y Sábato había asegurado el Nunca más en ese bello país que otrora fuera la quinta potencia del mundo.

Me impresionaba la cantidad de revistas que podía conseguir, la gran actividad cultural no sólo en Buenos Aires, sino en Córdoba y en Mendoza. Recuerdo todavía con emoción la llegada de Vuelta argentina, la revista que había fundado Octavio Paz y la lectura de los cuentos de Daniel Moyano, especialmente uno (“El relato del halcón verde y la flauta maravillosa“) que narraba en forma metafórica el terror que representaban los Ford Falcon, autos en los que se movilizaban los oscuros agentes de la policía que secuestraban y desparecían “subversivos” (un término que se aplicaba inicialmente a los guerrilleros y que se fue ampliando hasta abarcar a cualquiera que no coincidiera con la idea arbitraria de lo que esperaba la junta militar que fuera el ciudadano argentino). No olvido mis compañeros de estudio y de trabajo, ni las correrías por el sur, ni al caleño, ni las extrañas vivencias en Montevideo, ni el apartamento en Palermo Viejo. No olvido la fiebre del futbol, ni el sorprendente sabor del vino argentino, ni la llegada de Yaneth y nuestra primera noche juntos, después de varios meses de separación, en un hotel de Chacharita; no olvido el tango, no olvido la Boca, ni el Caminito, ni el Rio, nada de ello se olvida, aunque la vida no me haya dado la oportunidad de volver.

Volví a Bogotá y me enteré enseguida de dos cosas: que el Banco de la República había emitido una nueva denominación (el billete de veinte mil pesos) y que Guillermo Cano el director del periódico de oposición acababa de ser asesinado por la mafia, dándose inicio a uno más de los oscuros ciclos de violencia del país.

Sólo diez años después volví a salir del país, de modo que por mucho tiempo, el viaje a la Argentina fue la única referencia de esos otros mundos que tanto me fascinaban. Pero desde 1997 y hasta la fecha he visitado muchos lugares en viajes con motivos académicos, patrocinados casi todos por la Universidad Javeriana y algunos de los cuales han sido asunto de registro en este blog (y corresponden a la sección: Otros ámbitos). He aprendido que no hay que cruzar fronteras para instalarse en otros mundos: “por acá no más”, en nuestro propio país, incluso en nuestra propia ciudad hay mundos diversos, desfases temporales, subculturas a veces incomprensibles. He aprendido que viajar no sólo es desplazarse geográficamente, hay “otros viajes” que generan los mismos efectos del contacto directo con otras gentes: aprendizajes y experiencias inéditas. He aprendido que nuestra vida, especialmente nuestra faceta sentimental, es un eterno viaje, una eterna formación, una constante mudanza.

Llanos orientales, 1936 – Buenos Aires, 1986

Bogotá, 2009

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A medida que se acercaba manejando por la ruta 40, Soler iba reconociendo cada uno de los lugares que su memoria afectiva había fijado a manera de hitos en ese trayecto que lleva de Mendoza a San Rafael en Argentina. Le gustó la idea de estar regresando como si no hubiera transcurrido el tiempo. La empresa donde Soler trabajaba y en la cual yo hacía mi pasantía, había solicitado su presencia en el Complejo, así que exacto un año después de su traslado volvía a una ciudad cuyo grato recuerdo empezaba ya a empañarse de nostalgias.

A través de la ventanilla, los golpes secos del aire empezaron a hinchar su ánimo. Dejó que se colaran los aromas para entregarse al juego de los recuerdos con olor. Descubrió en el espejo que un auto atrás le pedía espacio para pasar. Lo concedió. La ruta estaba prácticamente vacía (el tránsito congestionado, me dijo, no llegaría sino hasta dentro de dos semanas, cuando el inicio de las vacaciones de invierno ocasionase el viaje intempestivo y furioso de turistas).

Volvió a fijarse en el retrovisor, esta vez llevado por la curiosidad de examinar su rostro. Pese a la débil luz de la tarde, podía observar claramente las grietas de su piel. Con alguna broma se refirió a lo que resultaba la inevitable evidencia de su próxima vejez. Buscó el encendedor para prender un cigarrillo. No lo encontró en la chaqueta. Abrió la guantera, tampoco. Por fin lo palpó en uno de los bolsillos delanteros de su pantalón.

— Por un momento pensé que tenía una erección —me dijo, y volvió a reír, decidido a dejarme en claro que lo de su vejez inminente no le preocupaba

Al llegar a San Rafael, Ingresamos a un paseo de álamos, abandonamos luego la monótona ruta 40 y tomamos la avenida Balloffett. Soler aminoró la marcha para advertirme del curioso espectáculo de unos habitantes que preferían maniobrar bicicletas, y se dejó abatir por el ajeno esplendor de las muchachas. Los recuerdos estrujaban su mente. Apagó la radio. Pasó despacio por los lugares vinculados a su afecto. Estaba cansado, pero no habría de instalarse en el hotel sin antes visitar el barrio donde vivió durante su anterior estadía. Así que sin preguntarme si estaba de acuerdo, siguió de largo hacia la parada del tren metropolitano, cumplió con el ritual de saludar el monumento a los inmigrantes y se devolvió por la avenida Balloffett. Entramos al barrio y Soler se detuvo frente a una casa grande de apariencia antigua. Doblegado por una extraña inquietud dejó caer su cabeza sobre el volante y empezó a contarme su historia

***

Pintorreada, como si hubiera preparado una máscara horrenda para su rostro, vistiendo ropas en desuso, la vieron deambular por las calles del centro hacia el norte. Por supuesto, nadie la reconoció. Dicen también que la gente se apartaba para darle paso y que los chicos se burlaban o la agredían, mientras ella continuaba, inalterable, su recorrido.

Algunos días antes de la noticia, los vecinos de Pami advirtieron su ausencia. Durante las últimas semanas, había vuelto a demostrar una actitud huraña y cada vez se hacía más arriesgado intentar contacto con ella. El primer síntoma de la regresión fue el deterioro del jardín. Pensaron que se encontraba enferma y acudieron a visitarla, pero ella los despidió con frases agresivas y les exigió intimidad. De modo que no volvieron a insistir. Pasaron varios días sin que nadie le hablara. Después ni siquiera volvieron a verla. Se preocuparon. Entonces lamentaron no tener la dirección o el teléfono de aquel hombre joven, que tiempo atrás, la visitaba. Aparte de él no tenían la más mínima idea de quién podría dar razón de ella y no quisieron inquietarme. Esperaron.

Cuando alguien comentó, durante una cena comunitaria, la nota del periódico donde se discutía el incremento en el número de enajenados que vagaban libremente por la ciudad, y donde también se reportaba, como ejemplo, el caso de una anciana extraviada, los vecinos de Pami comprendieron que algo grave le había sucedido.

Pami era la única habitante de los viejos tiempos. La gente que vivió los primeros años del barrio había muerto ya o se había trasladado a sectores más progresistas. Así la trataron siempre, como la anciana de la casa grande. Nunca conocieron a ciencia cierta nada acerca de su origen o de su historia. Suponían que era alguna solterona rica y extravagante. Además, desconcertaban aquellas visitas misteriosas hechas con incalculable frecuencia por un muchacho de aspecto físico semejante a ella. Único suceso que alteraba la rígida clausura de la anciana.

El azar quiso que yo me convirtiera en el exclusivo portador de sus secretos. En razón a mi trabajo, fui trasladado transitoriamente a la ciudad por un periodo de seis meses. Así que viajé solo y me instalé en una casa de unos parientes de mi mujer, ubicada en el mismo barrio de la anciana. Al cabo de unas semanas ya había vencido la nostalgia y me sentía como un paisano más. Fue entonces cuando conocí la historia de Pami.

Todo se inició como un reto: pese a los años, el barrio nunca adquirió el aspecto decadente de otros, antiguamente esplendorosos. Este conservó el nivel de lo tradicional. Los nuevos habitantes no tenían la alcurnia de los primeros, pero trataban, a toda costa, de evitar su degradación. Me comprometí a integrar aquel esquivo personaje a las actividades de la comunidad. Para la primavera, organicé la cruzada de las flores y con ese pretexto visité a Pami.

La mujer, para quien había preparado toda una retahíla de argumentos fue, para mi sorpresa, en extremo amable. Pronto nos hicimos muy buenos amigos y llegué a sacrificar por ella varios fines de semana, destinados previamente a mi familia.

Mujer solitaria y de pocas palabras, Pami cargaba la pena de haber sucumbido ante el amor. Demasiado apegada a su madre —una inmigrante y viuda de la gran guerra—, en su juventud Pami fue presa fácil de un romance deshonesto. El nacimiento de su hijo coincidió con la muerte de su madre. Se deshizo del niño y decidió vivir sola y apartada en la vieja casa. Ahora, en medio de su amarga soledad senil, deseaba recuperar un pasado ya irreversible.

Me bastaron pocos encuentros para ganar su afecto. Incluso logré establecer lazos de relación entre ella y sus vecinos. De ese modo comenzó a ceder en la obsesión de su vejez. Sin embargo, no logré que modificase el ambiente de su casa; deteriorada, aunque limpia, todo en su interior era oscuro, antiguo y oloroso. Ni un solo espejo colgaba de las paredes. No había televisor ni tampoco ninguna otra de las comodidades modernas. Solamente una radio muy antigua, casi una reliquia, que escuchaba a todas horas, con una regularidad compulsiva.

Creo que tuve el privilegio de ser el único invitado a la casa grande. Creo también que ella sólo a mi me brindó su verdadero cariño, porque, cuando supo que yo debía volver, cayó en un mutismo impenetrable. Le hice, no obstante, prometer que seguiría cuidando de su jardín y yo me obligué a retornar. Nunca lo hice… ni siquiera le escribí cartas, y para cuando llegó la Navidad tampoco la tuve en cuenta en el reparto de tarjetas. Ya podrá usted imaginarse, ingeniero, cómo me sentí cuando me contaron lo suyo.

Según el periódico, Pami se presentó a una casa del barrio Norte. Llamó a la puerta y preguntó por un nombre desconocido para los moradores del lugar. Ella insistió, asegurando que la persona por quien preguntaba, no sólo vivía allí, sino que era el dueño de la casa. Aunque compadecidos, los inquilinos aceptaron de mala gana su inspección. En realidad los datos de Pami coincidían. Habló de estar acudiendo a una cita y luego se instaló en la sala. No se movió de allí hasta cuando llegó la policía. Volvió a repetir la historia de la cita y mostró una pequeña tarjeta donde, en efecto, aparecía la información que ella sostenía: dirección, teléfono, nombre y fecha. Alguien entonces reconoció aquel apellido impreso: el antiguo dueño, muerto un par de años antes. La fecha de la cita coincidía con la del día excepto por el año. Pami afirmaba, sin embargo, haber visto al hombre y haber hecho los arreglos del encuentro la semana anterior. No hubo duda de su trastorno.

Cuando me contaron aquella absurda historia, recordé algunas confidencias. Pami me habló de los encuentros con su hijo (el extraño hombre que los vecinos veían llegar con frecuencia a la casa) y me confesó un terrible tormento: jamás se perdonó el haber evadido nuevas entrevistas con él. Vivió amargada, esperando en vano su retorno. Pero él había impuesto como condición que Pami lo visitara a su casa. Un intento, a su manera, por reformar el modo de existir de ella, de estimular sus intereses en la vida. Pami, sin embargo, insistía en la clausura. Consideraba el deterioro de su aspecto físico como un justo castigo del destino y se negaba a salir de su casa más allá de lo necesario. Se sentía infeliz e indigna en efecto. Por eso jamás cumplió la cita. Por eso nunca se enteró de la muerte de su hijo…

***

Soler aclaró la voz. Intentó decir algo más, pero calló. Se escuchó el chirriar de llantas de un automóvil que trataba de evitar a un ciclista. Quise hacer algún comentario a la historia que Soler acababa de referirme, pero la visión de su rostro, sudoroso y congestionado, me detuvo. Me paralizó también el brillo de sus lágrimas.

Luego, se hizo el silencio no sólo en la cabina del auto, sino en las calles de alrededor. En seguida, Soler puso en marcha su coche y fuimos a instalarnos al hotel

No pude dormir en toda la noche recordando mi última visita a casa de Soler, allá en Mendoza, tras el funeral de su único hijo. Cómo olvidar esa apariencia antigua, oscura y olorosa que impregnaba toda su casa. Cómo dejar de recordar la extraña manía de su mujer de escuchar la radio a toda hora.

Mendoza, San Rafael (Argentina), 1986
Bogotá., 1987 – 2005

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