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Archive for the ‘2. Crónicas mundanas’ Category

Con 20 años sin cumplir y tres días de haberse instalado en Bogotá, proveniente del campo, mi padre se enfrentó sólo y sin ninguna preparación posible a los terribles acontecimientos del Bogotazo

Su reiterado testimonio cuajó en una de las escenas de mi novela Debido Proceso y que volví a publicar en la versión e-book de mis Crónicas mundanas:

Ignacio

Acaban de llevárselo. Lo más seguro es que no lo vuelva a ver. No debería importarme, pero la verdad es que he quedado muy inquieto. Ahora que mis vínculos con el exterior se han deteriorado, ahora que me estoy quedando sólo, que ya no poseo la fuerza suficiente para salir de aquí, justo ahora, no podré hacer nada por Ignacio. Acaban de llevárselo. No han sido sino unos minutos de compañía y sin embargo padezco ya una congoja enorme por su ausencia, como si algún lazo imperceptible, lazo sanguinolento, se hubiera roto de golpe separándome de mi propia historia. Es como si Ignacio hubiera llegado desde otro tiempo, como si su recorrido por las calles de la ciudad hasta mi departamento hubiera tardado años y no horas. Tengo la sensación de que el chico me habló de otra guerra, de otra ciudad, de otro tiempo.

Ahora estoy seguro de mi intuición inicial: llegó huyendo del horror, de un horror de siglos, de un horror milenario. No estanto la guerra, o el disparo en la pierna o su juventud desecha en unas horas lo que me duele, sino su dolor inmemorial, eterno, que me conecta con su tragedia y con la que todos, de alguna manera, tendremos que sufrir ahora. Eso es lo que ha quedado rebotando en mi alma tras sus palabras, tras sus gestos, tras esos ojos tiernos que no sabían cómo llorar más: la seguridad de que Ignacio, siendo apenas un niño, ha sufrido ya lo que todos los hombres. Serían tal vez las cuatro de la mañana. Yo aún trabajaba en la corrección de unos de los fragmentos, cuando, después de algunos disparos, escuché sus gritos. Nada fuera de lo normal sise tiene en cuenta que este edificio se ha convertido en los últimos días en una especie de manicomio, con la gente abandonando los departamentos y volviendo luego por sus cosas.

Pero los golpes no cesaban y el eco de la puerta retumbaba tan fuerte, que resolví asomarme. Ahora sé que me llamaba a mí. Que necesitaba hablarme a mí, pero también que yo necesitaba escucharlo. Nadie salió a la calle, nadie lo amparó, tal vez por miedo, tal vez porque todos se han ido ya (es lo que presiento, es lo que tal vez ha sucedido sin que yo me percatara del todo). Entonces me paré del escritorio y me dirigí a la ventana y lo vi allí, arrastrándose, tratando de alcanzar de nuevo la puerta, y fue cuando alzó sus ojos. Una especie de fuego atravesó mi cuerpo. Bajé de inmediato y lo encontré tiritando sobre el frío cemento de los andenes, casi inconsciente.

Me costó mucho trabajo subirlo a cuestas los cinco pisos. Mis fuerzas ya casi no sirven para nada. Hasta teclear me causa esfuerzo. Lo acomodé como pude en el sofá, le llevé un café caliente, lo arropé, e improvisé un torniquete sobre la pierna herida. Entonces el chico reaccionó. —Es el horror, es el horror —me dijo, todavía en medio de su delirio. Lloraba y se sacudía algún peso imaginario de la cabeza. —Cálmate hijo, cálmate —le dije, tratando de sosegarlo. De pronto entró en shock y sufrió un impresionante ataque de convulsiones. Yo me asusté. Pero enseguida se hundió en una especie de sueño del que nunca estuve seguro que saliera. Así, dormido, empezó a hablarme de su tragedia. Apenas abrió los ojos un par de veces, para mirarme con la mayor naturalidad del mundo. No sé si en su excitación me confundió con alguien conocido, no sé si se hallaba en un estado de sonambulismo, no sé si me hablaba a mí en ese momento, no sé si existió, si en realidad estuvo conmigo, si Enrique era Enrique o era Raúl; no sé tampoco si todo ha sido un sueño. Lo único que sé es que en mi corazón ha quedado este vacío intenso que me ha obligado a encender de nuevo el computador para escribir la crónica de esa presencia intempestiva.

Me habló de una cita con su padre, de la tranquilidad de su vida en el campo —de donde vino, a mala hora, en busca de trabajo a esta ciudad imposible—, del ataque de nervios que sufrió cuando fue a la morgue a ver si encontraba a sus hermanos o a su padre que no se comunicaban con él desde el día que atacaron el barrio donde se había instalado, del amigo que mataron cuando el ejercito lo encontró saqueando una tienda de paños, del miedo de salir, de las horribles visiones que sufría todas las noches y del hambre que tuvo que soportar durante días. —Sólo teníamos arroz y panela y algo de chocolate que trajo Fernando antes de que lo matara el ejército. Estábamos sitiados. No podíamos salir más allá del barrio porque habíamos quedado entre los dos fuegos y la lucha por el espacio se hizo intensa.

Las pocas cosas de las que se enteraba sólo alimentaban una visión apocalíptica. El acoso del hambre y del miedo debió trastornarlo. Sólo así me explico que ese muchacho campesino, lleno de horror y sin la más mínima idea de la geografía de la ciudad, haya decidido salir de su barrio, cruzar la línea de fuego con una pierna herida y alejarse de su casa (que si bien debió parecérsele al infierno, era un lugar mucho más seguro que la calle). Pero lo hizo. Debió arrastrase kilómetros antes de detenerse.

—¿A quién buscabas, por Dios?
—A mi padre —me contestó con una sonrisa en sus labios. Fue una sonrisa angelical, llena de una dulzura urgente, como si estuviera seguro de haber llegado al lugar que buscaba.
—¿Y lo encontraste?
—Si, lo encontré. Estaba con mis hermanos y me esperaba.
—¿Y qué pasó con ellos? —Se fueron. Se fueron muy lejos de aquí, a nuestra casa, en el campo, y allá me esperan, me están esperando, quieren que vuelva, porque ya no desean vivir más acá. Ellos me van a enseñar todas las cosas que aprendieron y me van a querer y me van a llevar a pasear en sus autos…Ya deliraba.

Lo vi tan pálido que me asusté de nuevo, y Enrique sin llegar. Pero Ignacio sólo se quedó dormido, allí, sobre el sofá. Su rostro se tornó candoroso. Tras sus ojos cerrados seadivinaba una paz, la paz que había estado buscando. Estaba en el limbo y yo lo dejé dormir. Su pierna se amorataba. Quise aflojar el torniquete y enseguida brotó el chorro de sangre. Era como si tuviese dos Ignacios a la vez. Uno indiferente a la angustia de la muerte y el otro desangrándose. Y yo paseaba mi mirada de su rostro a su pierna, como si cruzara la frontera de dos países distintos. Luego, Ignacio empezó a murmurar.

—Ven aquí, ven aquí.

Al principio sin angustia, como llamando a alguien que estuviera su lado. Pero después empezó a sobresaltarse y luego comenzó a gritar y entonces se levantó bruscamente. Me miró con rabia: una mirada que sostuvo por un par de segundos —que a mí me parecieron un par de siglos— y sentí como si hubiera abierto mi alma de un tajo. Volvió a recostarse en el sofá, y allí, en posición fetal, se quedó hasta que al fin llegó Enrique y pudo llevárselo en su auto al hospital. Enrique ha prometido informarme de su salud, pero yo sé que ya no volveré a verlo. Iba en muy mal estado. Incluso creo que yano estaba vivo. Y la idea de que Ignacio se haya muerto en mi casa me ha dejado en este estado de máximo nerviosismo. Tal vez porque, de ser cierto, habría sido el primer muerto de esta guerra que me ha tocado. Siento, por eso, su ausencia, siento como si un hueco negro se hubiera instalado en medio de esta sala, en medio de esta escritura que ya no me consuela.

Tomado de la Novela Debido proceso (2000)

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A propósito de la confirmación de mi viaje a Buenos Aires para finales de julio próximo, he redactado, en clave de conversación apócrifa, estas anécdotas del maravilloso viaje por La argentina en 1896., sacadas con urgencia del arsenal de mi memoria. En la imagen de la izquierda, un retrato mío de la época, a modo de comprobación de que el paso de 25 años explica perfectamente el deterioro. Son recuerdos pasados por el tamiz de la ficción que no corresponden entonces estrictamente a lo sucedido (por lo demás ya tan lejano que no es posible presentificarlo), sino más bien al tono que fue adquiriendo la supuesta conversación con mi imaginario interlocutor.

Malargüe insólito

En Malargüe, un pueblito en el sur de la provincia de Mendoza, sucedieron cosas muy curiosas. Llegué allí en plenas vacaciones de invierno, de modo que el campamento estaba prácticamente vacío y el ingeniero que me recibió y sirvió de tutor de mi pasantía hizo todo a regañadientes, como si yo hubiera llegado a incomodarlo. Nunca confié en él a pesar de que no hizo nada que pudiera calificarse de agresivo. Era más bien su modo de mirar y de hablarme lo que me llenaba de prevenciones. Me instalé en un pabellón que normalmente alberga a cuatro personas pero que debido a las circunstancias tuve para mí solo, lo que amplificaba la sensación de soledad. En los extremos de la construcción quedaban las habitaciones y en el centro los servicios comunales: baños, cocina y estar, pero permanecer allí sin compañía me hacía sentir muy extraño. Salíamos hacia las siete de la mañana a la planta de producción donde debía desarrollar el entrenamiento al que había sido asignado, y que quedaba a unos dos kilómetros del campamento; regresábamos al medio día, cada uno a su habitación a preparar el almuerzo y hacia las dos volvíamos al trabajo, para retornar a eso de la seis de la tarde. Así por largos veinte días. El silencio y la clausura eran tan abrumadores en las frías noches del campamento que en varios momentos tuve la impresión de que me estaba volviendo loco. El único consuelo era la radio que no sintonizaba sino una emisora local y de la cual se adueñaba el cura todo el día para convertirla en una extensión de su púlpito.

Así que no fue de mi tutor de quien pude ser amigo, sino de un muchacho de la administración, un poco más joven que yo, quien desde el comienzo fue muy amable, llevado tal vez por la compasión de verme tan íngrimo. Gracias a él pude salir de la sensación de haber llegado a un pueblo fantasma. Si bien Malargüe es muy pequeño, tiene una vida llevable, con todos los servicios, incluida una discoteca donde tenía lugar la fiesta de los jóvenes de cada fin de semana y a la que fui un par de veces con mi amigo Daniel. También de su mano conocí las impresionantes montañas de los alrededores y el famoso centro internacional de esquí de Las Leñas, que por aquella época estaba en su esplendor, así como la Laguna de Llancanelo y hasta el observatorio de rayos cósmicos, dos de sus atracciones más famosas. A la larga entonces no la pasé tan mal en aquél lugar argentino y eso me animó a pasar sin aviso por la cabaña del ingeniero, justo una par de horas antes de partir para el aeropuerto. 

Cuando llegué, no vi a nadie por allí, así que dudé entre regresar a mi cabaña o entrar. Pero como la puerta estaba abierta, me decidí por esto último y fui hasta el final del corredor hacia la sala donde tampoco encontré a nadie por lo que, atrevido, impertinente, entrometido, indiscreto, bruto, abrí la puerta de la habitación, sólo para ver al ingeniero de rodillas chupando la verga de un muchacho que reconocí enseguida como uno de los operarios de la planta. Petrificado, los vi desde la puerta; ellos también me vieron, pero apenas si se inmutaron. Alcancé a ver el rostro aindiado del ingeniero que salió de la habitación cuando partí presto y completamente impresionado hacia mi cabaña y, claro, no fue él quien me condujo al aeropuerto sino algún otro empleado de la planta que disculpó al ingeniero por haber tenido que atender una urgencia.

Todavía tengo pesadillas con aquella imagen inesperada. Se presenta en medio de mis sueños tranquilos con variantes y eso me atormenta. A veces el ingeniero arremete contra mí, a veces soy yo quien vulnera al joven operario, a veces estamos los tres y nos turnamos, es horrible. La cara de indio del ingeniero siempre está presente con sus ojos de hielo y su sonrisa sardónica y en ocasiones se vuelve gigantesca hasta copar toda la habitación, es insoportable. Después de viejo y todavía con estos temores adolescentes que quien sabe cómo interpretaría un loquero. A lo mejor es alguna mariconada mía por allá profunda, por eso mejor me la guardo, ¿no crees?

Con esos amigos para qué enemigos

Hablando de mariconadas, te quiero contar, a riesgo de que me creas poco varón, con la que me salió Oscar, el compatriota que me llevó a pasear por la avenida Santafé el día de mi llegada a Buenos Aires. Habían pasado ya un par de meses y yo la verdad es que todavía no tenía afinada la capacidad para reconocer maricones que hoy, a punta de fiascos ya tengo, o si no me hubiera dado cuenta de la gran loca que era el colombiano, una loca escondida detrás de su apariencia de ejecutivo, detrás de su barba cerrada, detrás de una voz de locutor. Si lo de la percepción homofóbica hubiera estado perfeccionada no hubiera aceptado la oferta de compartir su apartamento, por más colgado de plata que hubiera estado, por más aburrido de las rigideces de doña Raquel, por más cansado que hubiera estado de las prepotencias de mis compañeros argentinos de habitación. Pero no, me hubieras visto allí de lo más fresco, pasándome al apartamento y hasta aceptando, ingenuo, bruto, pendejo, dormir en la misma cama doble con el Oscar, por aquello de no pasar la noche en el incómodo sofá de la sala, mientras llegaba la cama que había adquirido, cosa que tardó más de lo debido. Mucho idiota. La primera noche, normal. Pero ya en la segunda, sentí que el compañero se acercaba demasiado, cosa a la que le di alguna explicación ligera, pero en la tercera (y la bendita cama nada que llegaba) ya se atrevió a tocarme el pirulí. Y ahí si se me salió todo la homofobia de la que era capaz y armé el escándalo allí mismo; escándalo del que tuve al final un beneficio inesperado y fue que me quedé yo solo con el apartamento, gracias también a la terrible amenaza que le lancé a la mañana siguiente del incidente y que de verdad estaba dispuesto a cumplir, lo que obligó al pobre Oscar a pernoctar en un hotel la cuarta noche y otras más, y a mudarse a otro apartamento bien lejos del que me albergó en Palermo Viejo por varios meses. Fin de la luna de miel.

Amores y plutonio


Pero no todos los chascos fueron de este tipo. Hay un par muy más graciosos y menos dramáticos. Sucedieron ambos en Córdoba. A mí llegada a esa bella y hospitalaria ciudad, tuve que escoger un hotel para los quince días de mi estadía y después de varias vueltas y de sopesar las posibilidades económicas, me instalé en un hotel del centro, de fachada republicana muy bonita y en apariencia bueno y limpio, pero la verdad es que resultó de lo más incómodo y asqueroso. Todo era viejo, no sólo la fachada sino incluso las cobijas, raídas y olorosas a moho. Así que al otro día inicié un nuevo tour en busca de un mejor hotel y esta vez mi criterio de selección fue una fachada moderna. Pasé toda la mañana en esas y ya un poco cansado me decidí por uno al que había entrado una hora antes. Me registré y recibí de la administradora dos preguntas. Una, si iba estar acompañado y la otra, cuánto tiempo me iba a quedar. Me parecieron normales y contesté que sólo y por dos semanas. Sin embargo, las respuestas debieron parecerle extrañas a mi interlocutora porque volvió a hacerlas y ante mi reiteración sólo miró a su asistente, quien levantando sus hombros dio a entender que nada se podía hacer. Quedé algo inquieto, pero pronto mis aprehensiones pasaron a un segundo plano, pues subí a la habitación y me encontré con un cuarto amplio, luminoso, limpio, de buen olor y con un balcón que me ofrecía una bonita vista. Como había perdido tiempo, dejé mi equipaje y salí presto para el laboratorio donde me esperaba un arduo trabajo. Esa noche, después de recibir a modo de saludo un gesto algo extraño del encargado nocturno del hotel, subí a la habitación y caí como una piedra. Me despertó un grito de mujer que parecía obedecer a una visión terrorífica. Se sucedieron los gritos un par de veces más, cada uno más intenso que el anterior y después vinieron unos jadeos, pero esta vez de un hombre que parecía estar ahogándose. Hubo un silencio y entonces escuché más jadeos, sólo que a una distancia mayor, como si provinieran de otra habitación. Pasé la noche en vela acosado por estos sonidos extraños y continuos y a la mañana comenté a la administradora lo sucedido. Vi el intento en su rostro de contener la risa, hasta que no pudo más y entonces me preguntó si en verdad no me había dado cuenta de que me había instalado en un hotel de paso, cuyos clientes habituales eran parejas urgidas de amor. No puede ser, le dije alarmado y avergonzado, pero ante la perspectiva de iniciar un nuevo recorrido de búsqueda le pregunté si resultaría muy extraño o incómodo que a pesar de eso me pudiera quedar y  ella dijo que ningún problema, que era mi decisión, que nada me lo impedía, y nos echamos a reír un buen rato. La verdad es que nos hicimos amigos y ella y su asistente, una chica joven muy guapa, se convirtieron en mi compañía, en mis confidentes y en mi guía por la hermosa ciudad argentina.

El otro asunto tiene que ver con el trabajo que yo desempeñaba. Como parte de mi entrenamiento, debía visitar la central atómica de Atucha. Junto con otros dos colegas, fuimos el día señalado hasta las impresionantes instalaciones nucleares, donde conocimos en detalle toda la parafernalia tecnológica de la que estaban tan orgullosos los militares. Pasamos por oficinas, gigantes consolas de control y laboratorios, y finalmente nos llevaron, con todas la medidas de seguridad del caso, incluida la aparatosa indumentaria antirradiación, a la sala del reactor nuclear. Pero justo antes de ingresar al corazón mismo de los reactores, el joven ingeniero guía nos entregó un breve folleto con lo que, sugería, eran las indicaciones en caso de accidente nuclear. Una primera rareza es que en la contraportada del folletito aparecía, completa, la oración del Padre Nuestro; la otra era que en el pie de la portada, en letra minúscula, se leía la siguiente exhortación: “Ábralo sólo en caso de incidente nuclear”. Mi curiosidad sin embargo fue mayor que esta advertencia y lo que encontré en la primera página fue el siguiente título: “Hijo de puta, le dije que sólo en caso de incidente nuclear”. Avergonzado, cerré el folleto y miré de reojo a uno de mis colegas que también había hecho lo mismo. Entonces los tres pasantes miramos al ingeniero, quien estalló en risa y luego nos explicó que era la manera que ellos habían encontrado para bajar la tensión natural que producían siempre estas visitas. Un poco drástica la estrategia pero realmente efectiva.

Sí, ese viaje a la argentina estuvo lleno de historias, todas de tipo formativo, fue mi verdadero ingreso a la madurez del mundo adulto y en ese sentido contribuyó a la pérdida definitiva de mi inocencia

Papa criolla, curuba y cocacola

Papa criolla, curuba y cocacola, sería un buen título para lo que te voy a contar ahora, si algún día te animas a publicarlo. Es parte también de los aprendizajes que me ofreció ese viaje por argentina. Hacia la segunda semana, después de haber conocido las delicias de la, para mí, desconocida pero a la larga escasa gastronomía argentina, de haber probado el bife chorizo, la milanesa, las empanadas, las picadas y los asados, pero también los alfajores y las pastas, hubo un día, en que sentí que algo en mi organismo se quebraba, como si nada pudiera satisfacer mis necesidades, como si los alimentos que ingería pasaran derecho sin entregarle a mi cuerpo sus nutrientes. Todo comenzó a hacerme daño y a los pocos días entré en colapso, tuve por varios días escalofríos, fiebres, diarreas y vómitos, dificultades para respirar, y por eso me llevaron al médico, quien al revisarme llegó a la conclusión de que había hecho un cuadro de abstinencia, pero como no tenía antecedentes de abuso de drogas o de alcohol, el asunto quedó en pura observación y la verdad es que a los pocos días todo volvió a la normalidad.

La explicación de ese curioso episodio llegó por vías inesperadas, a través de los sueños, que en las circunstancias de mi experiencia eran el único y más expedito camino hacia la verdad. Un día desperté ansioso en medio de un sueño en el que compartía un verdadero banquete de comida local con mis seres más queridos. Y de ese banquete, los alimentos que más se desacataban, los que yo comía desaforadamente, eran la papa criolla, el jugo de curuba y, entrometida, metiche, foránea, la bendita cocacola.

La papa criolla es un pequeño tubérculo redondo de color amarillo y sabor arenoso que se puede preparar cocida o frita y la curuba es una fruta indescriptible en palabras, de un sabor ácido y algo amargoso que generalmente se mezcla con leche. La cocacola, es todo lo contrario, no necesita ser presentada, como diría un mal animador de programas de televisión. Pues bien, la falta de esos tres alimentos, los dos primeros por física inexistencia en argentina y el último por lo elevado de su costo, había hecho que mi organismo reaccionara de esa forma tan radical. No tuve necesidad de que lo ratificara el médico, simplemente mi conciencia y sobro todo mi cuerpo lo supieron y ese fue el mejor tratamiento. Mi organismo soportó la prueba, salí airoso, pero tuve que resignarme a suplir con otros menos exóticos, menos placenteros, lo que no me daban, lo que me habían proporcionado por más de veinticinco años, mis  alimentos criollos.

La ganancia de todo esto estuvo en el hecho de haber encontrado en el maravilloso y barato vino argentino el mejor sustituto de la bendita pero foránea, metiche, cocacola.

El vinoducto

A propósito de vino, ¿sabías que en la ciudad de Mendoza, por la época en que viajé existía un vinoducto? Si, un vinoducto, es decir, una tubería que conectaba entre sí varias bodegas vinícolas y por las que circulaba lo que para mí era la auténtica sangre de la ciudad: el vino.

Mendoza es una ciudad tranquila, de gente tranquila, famosa por ser el centro vinícola del país.  Fue el destino elegido por los inmigrantes europeos que querían conservar una de sus tradiciones familiares más arraigadas: la elaboración de vino. Gracias a los privilegios naturales de suelo y el clima, Mendoza pasó a ser el territorio donde esa tradición se mantuvo y, como sabes tal vez, ha logrado el reconocimiento internacional por la excelencia de sus vinos Cuando arribé, después de haber estado por varias semanas en Buenos Aires, fue como haber llegado a casa. Sentí enseguida la diferencia en el trato, mucho más cercano y definitivamente menos prevenido que el de los porteños, asunto que los mismos mendocinos promocionan como una de sus idiosincrasias y como estrategia para atraer turistas. Excelente combinación: el mejor vino y la  cordialidad a flor de piel, más allá de la particular belleza de sus mujeres y la hermosura de sus paisajes.

Obviamente una de las cosas que hice a poco de llegar allí, fue pagar por un tour que prometía de todo: en un día, conocer la mejores bodegas, visitar algunos viñedos cercanos y probar lo mejores vinos. Pasamos por bodegas tan famosas como Valentín Bianchi, San Telmo, Trapiche, Norton, Giol, Lagarde, Goyenechea y Chandon. Todas de una gran calidad, inmensas, y en cada una nos dieron a probar lo mejor, pudimos aprender un poco del arte de la enología y hasta nos animamos a hacer amigos. La verdad es que como  a la quinta bodega y por efectos del famoso efecto in vino veritas ya éramos familia.

La curiosidad de la bodega Giol, que fue durante mucho tiempo la más grande de las bodegas en cantidad de litros elaborados, fue la del vinoducto, un mecanismo utilizado para garantizar eficiencia en el fraccionamiento y distribución de sus vinos. Tenía una longitud cercana a un kilómetro con un diámetro aproximado de cuatro pulgadas y conectaba tres bodegas. Sus planos se remontan, según nos dijeron  a 1952 y tenía tramos tanto subterráneos como aéreos. Estos eran los que causaban expectación, pues al estar desplegados públicamente la sensación era que podían ser vulnerados con facilidad. Y no faltaron las anécdotas de nuestro guía sobre borrachitos y también delincuentes que se aprovechaban de esa circunstancia. También nos mostraron cómo funcionaba el tal vinoducto. Se conectaba una manguera desde un primer tanque de almacenamiento hasta la boca de la tubería y luego, mediante una bomba, el vino era conducido hasta una pileta de varios miles de litros, subterránea, que estaba allí mismo en la vinería, y desde allí era conducido a otras piletas en otras bodegas y, finalmente, envasado.

Más de una fantasía se podía derivar de esa maravilla. La que hacía más rápidamente consenso entre los conocedores del secreto era la de conectar cañerías individuales a cada casa para garantizar, al modo como se hace con las cañerías de agua, con algún sistema de conteo bien diseñado, con tarifas claramente establecidas y con buen apoyo técnico, el consumo diario de vino en cada casa; asunto que bien visto se podría tratar como un servicio público más y que quedó ahí flotando en la mente de todos los que habíamos el hecho el tour, ya afectados por la cantidad de licor ingerido, como una posibilidad que nada parecía tener de descabellada, y que a lo mejor alguno podría concretar.

Un bello fantasma en Montevideo

Para terminar, déjame contar el viaje a Montevideo, si, fue chistoso y a la vez impresionante. Yaneth, mi mujer, acababa de llegar a Buenos Aires, después de varios meses sin vernos, así que había que aprovechar aquellas tres cortas semanas que iba a estar conmigo antes de volver a Bogotá. Estancia que a la larga fue la verdadera luna de miel, pues mi partida intempestiva a la Argentina, a poco de habernos casado, nos impidió vivir normalmente los primeros meses de reciéncasados.  Podrás imaginar la ansiedad y la emoción de nuestro encuentro. Como tenía huéspedes en mi apartamento de Palermo, si, el mismo que me dejó Oscar después de nuestro “affaire”, renté una habitación en un hotel de Chacarita para pasar nuestra primera noche juntos en Buenos Aires. Vino, cena especial en la suite, música, lágrimas de felicidad y amor mucho amor durante una noche que nos pareció cortísima. Al día siguiente nos trasladamos al apartamento y después de caminar por los alrededores, de mostrarle todo lo que podía mostrarle de la bella Buenos Aires, la invité a comer asado en un restaurante que tenía visto desde hacía días y luego fuimos al centro, a la plaza Sanmartín, lugar literario, cuya importancia para mí conocía muy bien Yaneth y nos conmovimos con el recorrido por el puerto de la boca, por caminito, por plaza de mayo y luego por la casa rosada. Su emoción y su curiosidad confirmaron que no estaba equivocado con la visión de  la ciudad que le había adelantado en las mil cartas de amor que le había enviado desde cuando nos separamos: Buenos Aires era una ciudad maravillosa, mágica, encantadora.

Mis dos huéspedes, compañeros de trabajo que conocían a la negrita (como le decíamos cariñosamente a Yaneth) fueron a la vez mis cómplices en esas tres semanas que se fueron convirtiendo casi sin querer en las vacaciones que no había tenido en mitad de mi pasantía. Fuimos los cuatro a Mar del Plata, paseamos los cuatro todo lo que había que pasear por Buenos Aires y finalmente hicimos lo que ninguno de nosotros había hecho todavía: pasar a la banda oriental del Rio de la Plata, visitar el maravilloso país del Uruguay, admirar sus campiñas, pasear por su capital y atrevernos a tocar el frio mar del famosísimo puerto de Punta del Este. Pero fue en Montevideo donde nos sucedió lo maravilloso.

Después de atravesar el Rio en el famoso Ferry que lleva pasajeros de una orilla a otra, de un país a otro, de  Buenos Aires en Argentina a Colonia en Uruguay, tomamos un autobús que nos llevó a Montevideo y le pedimos al taxista que nos condujo al centro que nos recomendara un hotel barato, pero decente para pasar allí las dos noches que teníamos planeadas dedicarle a Montevideo. Fuimos a parar a un hotel en pleno corazón de la capital, pero no muy lejos de las playas, un hotel de fachada antigua al estilo inglés, pero muy limpio y muy bien atendido y al parecer inmenso en su interior. 

Debido a que, según el administrador, el hotel estaba casi lleno no nos pudieron dar habitaciones contiguas, tal y como lo habíamos solicitado, de modo que nos citábamos a la hora de las comidas y de las salidas en el lobby del hotel. Y fue la primera noche, cuando Yaneth y yo avanzábamos por el corredor desde nuestra habitación a las escaleras con destino a la primera cita con nuestros amigos, cuando comenzaron a suceder cosas raras. Lo primero que advertimos fue que los huéspedes con los que nos cruzábamos en los corredores y con los que nos encontrábamos en la cafetería y en los restaurantes eran todos hombres y mujeres mayores. Algún plan especial para gente de tercera edad, nos dijimos como respuesta de consolación, pero entonces caímos en la cuenta de que todo, decorados, cuadros, estilo de las puertas, picaportes, todo, parecía llevarnos al pasado, a un  pasado por lo menos decimonónico. Y sin embargo todo era limpio, fresco, recién pintado. También nuestros amigos habían tenido la misma impresión y entonces uno de ellos se atrevió a contarnos algo extraño que le había sucedido.

Justo a unas dos puertas de la habitación que tenía asignada, había visto salir a una mujer vestida con ropas anacrónicas. Ella, en lugar de ir hacia la zona de los ascensores fue directamente hacia él y al cruzarse pudo percatarse de que se trataba de una mujer joven, rubia, de ojos verdes rasgados, felinos (el adjetivo es suyo), espléndidamente maquillados, que se fijaron enseguida en él al mismo tiempo que su boca grande y carnal le sonreía sin censura ninguna, la típica sonrisa de la mujer porteña. El saludo que emitió le comprobó que era porteña por el acento, su voz un poco ronca, pero espléndida (los términos, insisto, son suyos), era envolvente y el perfume discretamente dulzón, completaba la seducción con la que la escena se hizo fantástica. No se atrevió a voltear la mirada, sino unos segundos después del cruce de miradas y ya no la vio a pesar de que el corredor hacia el fondo era largo. Debió entrar a alguna habitación intermedia, dedujimos, pero quedamos todos maravillados con la imagen, que a todos nos enamoró, de esa mujer fantasmal.

Después de cenar fuera, volvimos los cuatro al hotel y subimos a la primera planta a beber unos tragos antes de dormir. En las mesas del bar había sólo ancianos, pero que se comportaban como jóvenes, reían y hacían ademanes un poco estrafalarios y lo más raro era que no parecía que se percataran de nuestra presencia, sólo los meseros nos atendían, pero fuimos incapaces de preguntarles nada.

Al otro día, para el desayuno se repitió la escena: el comedor estaba lleno de ancianos joviales que no nos miraban a pesar de que fuimos un poco más atrevidos esta vez, saludándolos. Nuestro amigo, el del encuentro fantasmal, aseguraba que durante la noche había oído música antigua y sintió ruidos como de baile justo abajo de su habitación, pero divertidos, echamos la culpa a un pequeño exceso suyo en la bebida. La verdad es que todos habíamos escuchado durante la noche ruidos como de risas y algunas veces gritos efusivos como de exaltación, que sin embargo no nos habían impedido tener un plácido y reparador sueño que nos diera la energía necesaria para realizar todas las caminatas que habíamos planeado hacer en nuestro último día en Montevideo

Durante el desayuno del otro día notamos que nuestro amigo no pronunciaba palabra y entonces lo interrogamos. Nos contó entonces que había descubierto lo que sucedía. Según él, la mujer de traje anacrónico con la que se había vuelto a cruzar la última noche le contó que estábamos en medio de una ceremonia especial de fantasmas que se daba allí en el hotel, razón por la cual  nos había sucedido todo aquello. Una especie de convención de gente antigua pero ya muerta que se reunía cada año a celebrar el aniversario de la fundación de ese hotel que en su época albergó las más famosas fiestas de la ciudad. No sabíamos si el hombre se nos había vuelto loco o nos estaba jugando alguna broma porque lo que dijo, lo dijo con toda la seriedad del caso. Lo cierto es que nos quedamos boquiabiertos y no le preguntamos por detalles a pesar de la gravedad del asunto. Más bien callamos y no volvimos a hablar de ello. Con el paso de los días, la anécdota se fue convirtiendo en un recuerdo privado de cada uno y no volvió a salir a flote. Se mezcló, se diluyó hasta trocarse en un bello secreto, que ahora, te revelo como un regalo especial, en medio de los acontecimientos banales de nuestro maravilloso viaje por la república oriental del Uruguay.

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Degradee

Miras la hora. La esperabas mucho más tarde, pero te apresuras de todos modos a leerle el documento, invadido por una conjunción, no sólo rara sino imposible, de felicidad y lucidez. Cuando terminas, ella quiere abrazarte, pero de inmediato echa su cuerpo hacia atrás y te mira como quien ve a un loco. ¿Cómo pedirle que sienta lo mismo? Tu felicidad en realidad le es ajena y la lucidez es su estado menos habitual, dada su tendencia más al caos que al orden, más al desenfreno que a la discreción.
– Este viejo se enloqueció del todo, dice, saliendo del asombro, mientras seca las lágrimas con el envés de sus manos-. ¿Cómo ha sido capaz de planificar todos esos detalles? Yo estaría hundida, yo le habría delegado eso a otro, pero no, usted tiene que hacerlo todo, controlarlo todo. ¿Quién lo entiende? Ahora si se chifló. Me largo antes de que me pesquen.
Margot tiene razón, lo que pasa es que desde que decidiste dejar los asuntos en orden encontraste en esa actividad, pragmática y sombría a la vez, una especie de oportunidad para evadir el futuro que te acecha, y por eso te has obsesionado hasta el punto de parecer feliz.
Haz cerrado el plan con tanta precisión que al exponérselo a Margot lo has hecho como si le relataras a tu editor el final perfecto de una de tus novelas. Ella ha querido ser solidaria, lo sabes, sin embargo no ha tardado en sentir fastidio de tu actitud y por eso ha salido así de la habitación, jurando que es la última vez que la verás y que no irá al funeral ni reclamará nada de lo que le has asegurado en la última versión del testamento que acabas de leerle. No le haces ningún reproche. Es sólo uno de sus arranques. Lo más seguro es que vuelva la próxima semana, como lo ha hecho sagradamente durante los últimos seis meses desde que contrataste sus servicios.
Dejó la puerta abierta, pero no tienes ánimos para ir a cerrarla, un poco por el desconcierto que te ha causado su ímpetu y sobre todo porque un aroma de lo más agradable que viene de afuera, mezcla de floral y campiña, ha empezado a colarse en la habitación, llenándola de sosiego. Permaneces un rato más contemplando el escenario del desastre.
Poco a poco el departamento alquilado se pobló con esos fetiches que fueron acumulando. Todo comenzó con el delicado estuche que ella misma trajo para depositar los preservativos que te obligaba a usar sin falta, después vinieron las velas aromáticas que prendían justo después del amor en un ritual de purificación que se hizo fácilmente imprescindible. Trajiste, lo recuerdas, una diminuta cava para guardar las botellas de vino que degustaban siguiendo sus indicaciones y ella adornó la chimenea con utensilios y pequeños cachivaches. Cuando te diste cuenta, habías convertido el austero y frio ambiente de los primeros encuentros en todo un hábitat personalizado del que dependías cada vez más para alcanzar el placer. Hablaban incluso de la posibilidad de vivir juntos, de casarse, de ser felices de verdad. Pero la sombra del inevitable y próximo final se erigía como un muro contra el que se estrellaban todas las quimeras y entonces las palabras se tornaban hirientes, directas y tú tomabas a la fuerza a Margot, quien sólo entonces te sabía complacer.
Hace frío, te sientes cansado. La tarde es joven. Aún así, te guardas entre las cobijas y dejas que el sueño te lleve por sus laberintos.
Según los médicos, tienes todavía unas semanas antes de que el cáncer acabe de estallar, una expectativa de vida que podrías ampliar si resolvieras por fin entrar en tratamiento. Pero no: has decidido no hacerlo y pese a todo, al deterioro creciente, a los fuertes dolores que cada vez se hacen menos tolerables, te has mantenido, viejo chiflado, en tu determinación. Consideras una fortuna no haber tenido hijos y aunque te duele la suerte de Sara, te consuela el hecho de que ella no tendrá que pasar por flagelos económicos y su vejez podrá ser así más llevadera.
Quieres levantarte de la cama, pero el aroma se hace más intenso, te petrifica. Los efluvios del sueño, justificas.
Y comienzan a desfilar imágenes juguetonas parecidas a los recuerdos. Una de ellas muestra a Claudia, desnuda sobre una playa extraña. Fresca y bella como en sus mejores años, te tiende los brazos, invitándote a sus misterios, como sólo ella sabía hacerlo. Sonríe y desaparece sin darte tiempo para indagar por la tristeza que había en sus ojos. Desde un rincón de la alcoba, surge ahora Francisco. Al comienzo sólo escuchas sus carcajadas, pero después lo ves cerca de la cama y puedes apreciar su rostro, joven y enérgico todavía. Cuenta chistes y anécdotas de nuevo repertorio y se despide con un nos vemos chico que rebota en las paredes como un eco enloquecido. En seguida entra Marta y te atiende con un vaso de agua. Se sienta al borde de la cama y susurra palabras cariñosas. Luego te besa con ternura, con esa ternura que siempre brotó de su mirada. Cuando ella se levanta y se dirige a la puerta, quieres alcanzarla, pero entonces emergen Miguel y Clara tomados de la mano. Han regresado hace poco, según dicen, de modo que hablan largo rato de su vida de tantos años en Europa. Tras su despedida, el cuarto queda sumido en la oscuridad y en el silencio y sólo puedes percibir el aroma empotrado, obstinado, en alguna parte.
Abres los ojos, la noche termina de instalarse. Miras la hora y comprendes: hace rato tu reloj se ha detenido.

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Tenía seis años cuando me enteré: David, de siete, entonces mi primo mayor, había muerto tras un feroz ataque de leucemia, un tipo de cáncer que cuando se ensaña con las criaturas es fulminante. La verdad es que no recuerdo si fui a su entierro, si pasé por todo el ritual de su muerte; los eventos que transcurrieron entonces se fueron enredando en mi mente hasta quedar convertidos en una especie de sueño o fantasía cuyo estatus de realidad nunca me atreví a verificar. Recuerdo vagamente los comentarios de mis padres y de mis tíos, las habladurías de la gente, pero el asunto se fue quedando relegado al espacio misterioso y secreto de los temas familiares dolorosos.

No sé dónde se encuentra la tumba de David, supongo que fue enterrado en el cementerio central y que sus cenizas están guardadas en la galería de alguna iglesia o simplemente fueron ya esparcidas. No hay fotos en casa de sus padres, y sus hermanos, mis otros primos, jamás hablaron del tema conmigo: David se esfumó sin dejar ni siquiera el rastro de su recuerdo.

Qué actitud tan distinta ésa frente a la que tienen los mexicanos con sus muertos. Tuve la suerte en el 2004 de estar en el DF, justo para las fechas tradicionales en que ellos celebran el día de muertos (31 de octubre a 2 de noviembre), expresión de verdadero fervor por lo mágico, lo histórico, lo maravilloso que viene de tiempos ancestrales. Se trata de varios días consagrados  a la memoria de los queridos muertos, a quienes se les considera huéspedes ilustres a los que hay que agasajar y atender con la mayor generosidad.

Las llamadas ofrendas o altares que se instalan para homenajear a los difuntos incluyen desde platos de comida típica tan comunes como el mole, el chocolate, los tamales, el pan de muerto y las calaveras de azúcar, que se juntan a las imágenes religiosas, a las fotografías del difunto y a las flores de cempasúchil , así como a los cirios y a las lámparas de aceite. Verdaderas obras de arte popular con una diversidad realmente impresionante.

El altar se divide en dos niveles marcados por una mesa y el suelo que según la tradición popular representan el cielo y la tierra respectivamente. En la mesa se colocan por eso las imágenes de los muertos y los símbolos de fe, así como los elementos del agua (pulque, agua) y del fuego (las velas, las lámparas de aceite), mientras que en el suelo se colocan los elementos que simbolizan el aire y la tierra: incienso, sahumerios, frutas y semillas.

Creo que fue el 31 de octubre que estuve en el Museo Dolores Olmedo Patiño y fui testigo de una maravilla: el gigantesco altar dedicado a la memoria de la prestigiosa dama que da nombre al lugar. Un recinto de 6000 m2 ubicado en la llamada Finca La Noria (Xochimilco), que cuenta con 12 salas dedicadas a distintas colecciones de arte  y que se ha hecho célebre por los famosos perros xoloitzcuintles que pasean por sus prados.

El 31 de octubre al medio día se suelen colocar sobre una mesa aquellos objetos destinados al culto de lo niños difuntos o Angelitos como los llaman los mexicanos. Por la tarde se ofrece una merienda a los niños y al día siguiente por la mañana se les sirve el desayuno, antes de que sus almas regresen al lugar al que pertenecen. Al medio día, la mesa se adorna con flores amarillas con las que se indica la llegada de los difuntos adultos. El 2 de noviembre al medio día las almas de los difuntos adultos se depiden con una comida en donde se puede encontrar una gran variedad de recetas, entre las que se destacan el arroz, el mole, los frijoles, las tortillas, lo tejocotes, junto a aperitivos como la cerveza, el pulque o el tequila.

***

Pero David se ha borrado con su muerte. No es un angelito, ni siquiera es un muertito.

Haciendo eco de las palabras de William Ospina en su famoso ensayo Colombia en el planeta, tal vez lo que ha ocasionado que en nuestro país la venganza recurra al crimen para dirimir los conflictos es esa idea de que los seres humanos se borran con la muerte. Tal vez, como dice Ospina, ha llegado la hora de despertar a los muertos: “pedirles que sigan vivos en el corazón de quienes los amaron, que nos acompañen en una larga fiesta por la vida. Cuando hayamos cumplido esa labor poética y mítica de despertar a los muertos, de convertirlos en aliados de la vida, cuando hayamos demostrado que no es tan fácil matar del todo a un ser humano, la venganza tendrá que inventarse otras formas de dirimir sus conflictos, y no podrá creer que se elimina una contradicción eliminando a los contradictores”.

Hoy siento que David, mi primito, no mereció nunca ni su suerte terrena, pero mucho menos nuestro olvido.

Otras referencias:

Libros

imágenes

imágenes Oaxaca

información tuíisitca

Monografía

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Desde la ventana del segundo piso del edificio “A” que da al patio interior, veo la escuadra de esmads que, habiendo ingresado por la entrada lateral de la Once, empieza a tomar posición enfrente a la puerta principal. No veo a los muchachos que se han apostado allí, porque están justo debajo del pasillo desde donde observo la acción, pero escucho sus arengas. Piden que el Rector salga de su oficina y dé la cara. Están cansados de las malas condiciones con las que la universidad funciona últimamente y tienen razones para creer que todo se debe al desmedro administrativo que se origina desde las más altas esferas. Exigen explicaciones de primera mano.

Los policías se forman en tres hileras. los muchachos los abuchean, les gritan que se vayan, que la protesta es pacífica y que se han asegurado de que no haya capuchos entre ellos. Esta vez es distinto.

La tensión se toma el ambiente incluso en el segundo piso a donde llegan algunos estudiantes. Hay una especie de calor inverosímil que empieza a impregnar hasta las ropas. Yo y otros docentes tratamos de dialogar con los alumnos, pero ellos están furiosos ante el inesperado giro de los hechos. Unos momentos antes, el delegado del Rector les había pedido esperar unos minutos para preparar las condiciones de la rueda de  explicaciones que los directivos ofrecerían a los estudiantes. Pero Ahora corre el rumor de que el Rector ha escapado de su oficina por un túnel que lleva a otro edificio y que ha autorizado la entrada de la policía antidisturbios al campus, en un acto francamente cobarde e irresponsable. Ahora ellos  han quedado sin protección y al capricho de los esmads.

Veo a los muchachos desesperados llevando pupitres al primer piso para bloquear la entrada. Se sienten traicionados y vulnerables.  Los esmads empiezan a golpear sus cachiporras contra los escudos. Se oye de pronto un grito que no se sabe bien de dónde sale: ¡¡TERRORISTAS!! La confusión es total y comienzo a ponerme nervioso.

Cuando los smads empiezan a avanzar hacia la entrada principal sin dejar de golpear sus bolillos, me asusto de veras y me retiro de la ventana; pero entonces veo que una chica vestida de negro camina sola hacia el escuadrón de policías. Algo dice ella que no se alcanza a escuchar por el barullo de arengas y gritos. Ella sigue adelante, caminado muy despacio y golpeando con su mano el bolso que lleva colgado de su lado derecho. Los policías no se detienen, ella tampoco. Entonces los estudiantes callan y así puedo escuchar lo que la chica dice: NO-SOY-TERRORISTA NO-SOY-TERRORISTA NO-SOY-TERRORISTA.

 


 

La chica camina, los esmads no se detienen, la distancia entre ellos se acorta, temo que le hagan algo, pero no puedo hacer nada más que observar. Recuerdo a Alcira, mi personaje. casi la veo como la imaginé en mi novela. Ella sigue con su canto, con sus golpes mudos. Se ve tan pequeña junto a los fornidos policías. David contra Goliat.

Están a unos pasos, se encuentran, ella pasa por entre las filas, los esmads no la tocan, los estudiantes lanzan un grito, como de victoria y entonces sucede la magia.

Las filas del escuadrón se distorsionan, se desbaratan, los muchachos salen de su trinchera y rodean a los policías que ahora se ven diminutos, miserables. Pero no hay gresca, no hay insultos, no hay violencia. Por uno de los flancos de la masa de estudiantes, veo que se forma una fila negra que ahora avanza hacia la entrada lateral de la Once. Son los esmads que se retiran. En medio de la masa que queda, alcanzo a ver a la chica de negro. Como un imán todos la siguen ahora hacia la entrada del edificio de enfrente.

Los pierdo de vista, ya no están, ya no estoy…

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– Alguien cercano va a morir hoy- dijo, señalando la gran mariposa negra que se había posado sobre una de las esquinas del estar; luego tomó el tejido y encendió la radio.

Acabábamos de almorzar y el ritual vespertino empezaba un nuevo ciclo. La chiquita dormía en su cuna, mientras mi hermano y yo jugábamos con las sobras de la comida. Con un movimiento de sus ojos azules, madre apaciguó nuestro ímpetu;  fuimos a sentarnos a su lado, dóciles, como respondiendo a un código secreto, y nos instalamos a su lado a escuchar con ella un programa que para nosotros no decía nada en aquélla época: Así resolvemos su caso. Cada vez que cuchicheábamos, cada vez que nos mirábamos, cada vez que afloraba la risita impertinente, madre, sin apartar la vista de su crochet, con un carraspeo de su garganta -siempre el mismo- restituía el orden.

Era una mujer muy bella, de una inteligencia y de un personalidad avasalladoras, pero de alguna manera, que sólo empiezo a comprender ahora, su obligada condición de ama de casa y la dificil historia de su infancia la habían ido convirtiendo en una mujer frustrada, irritable, caprichosa, amargada.  Me gustaba ver sus manos produciendo esas figuras y esos colores como si hiciera magia. Recuerdo que tejía casi toda la tarde, mientras escuchaba sus radionovelas y las noticias. Cómo olvidar aquéllos nombres evocadores de grandes tragedias: El derecho de nacer; La ley contra el hampa; Lágrimas de una madre; La rebelión de los hijos; Tú eres mi hijo; María Magdalena; TempestadSu amor era prohibido; La víboraEl calvario de una madreSombras del pasado; Los intocables… Radionovelas llenas  de personajes, historias, comportamientos, actitudes que poblaron no sólo la imaginación de Rosa, sino que cobraron vida en su realidad, pues ella, de alguna manera que sólo ahora empiezo a comprender, juzgaba a la gente de acuerdo con los arquetipos que le ofrecían las novelas y programas de la radio, hasta el punto de que siempre había un consejo o un reproche o un castigo que sólo se justificaba porque había ocurrido antes en la radio

Recuerdo que nosotros dormíamos por ratos, a su pies, recuerdo que después salíamos a jugar al patio y que volvíamos cuando nos llamaba. Pero aprendimos también a espiarla. Oscar fue quien advirtió las cosas raras que madre hacía cuando se quedaba sola: hablaba en voz alta, suspendía el tejido y manoteaba como peleando con alguien invisible, luego hasta lloraba, gimiendo quedito, muy quedito. La radio era como una especie de mundo paralelo, de realidad aumentada para mi madre. Allí tenían lugar los caminos vedados, los amores frustrados, las posibilidades no ofrecidas, en fin, la otra vida.

Nosotros no aprendimos a vivir la radio de esa forma y a pesar de que algunos chicos contemporáneos se hicieron fanáticos de Kaliman, el hombre increíble, ni para  Oscar, ni para mí, ni mucho menos para la chiquita,  fue el medio de referencia. Fuimos atrapados por otra caja mágica: la televisión

Pero quizás hay algo más profundo que explica ese alejamiento.

Aquélla tarde del 8 de octubre de 1962, en que Rosa descubrió la mariposa negra y nosotros dormíamos bajo su pies, justo antes de salir a jugar al patio como de costumbre, la radio nos llenó de tragedia la casa. Estábamos escuchando la respuesta de alguna de las consultas de Así resolvemos su caso, cuando Todelar interrumpió su emisión para ofrecer una noticia de última hora. En algún lugar de la selva tolimense, esa mañana, habían sido dados de baja por bandoleros el Teniente del Ejército Nacional Luis Jaime Rodríguez Rozo y al Capitán Guillermo Abril Abril. La noticia fue escueta, apenas se mencionó la fuente, no hubo comentarios y en seguida continuó el programa, pero la reacción de madre fue terrible. Al principio Oscar pensó que era una de sus rarezas, pero entonces vimos que su llanto era desconsolado y escuchamos sus gritos atroces:

– ¡¡Mataron a su tío, mataron a Luis Jaime, lo sabía, lo sabía!!

Madre corrió desesperada hacia la puerta y salió de casa, así como estaba, dejando el tejido y las bolas de lanas de colores regadas en el piso. No volvimos a verla sino hasta unas horas más tarde, cuando llegó con padre. Nosotros, entretanto, nos quedamos allí, estupefactos, asustados, y no paramos de llorar hasta su regreso.

Pero Oscar tomó una iniciativa, cuyo alcance sólo comprendo hoy: apagar la radio, como si hubiera que matar al mensajero después de haber traído malas noticias.

El periódico del día siguiente confirmó, en una extensa nota, lo sucedido. Pero los y ambiguos detalles que dio el Comandante de la Brigada militar que enfrentó a la guerrilla, no tranquilizaron  a nadie. Todo lo contrario, la familia siempre dudó de la lealtad del Comandante y, a manera de necio paliativo, circuló la versión de que el alto oficial había expuesto a su subalternos como carne de cañón.

 

Claro que volvimos a oír radio, claro que madre siguió tejiendo en las tardes, pero desde entonces ya no fue lo mismo. Se instaló una especie de rencor y miedo irracionales que nos impidió apegarnos a la radio como antes. Aquél suceso, aquella mala noticia emitida, marcó el tránsito definitivo: un medio, la tv, ganaba esa otra guerra, la de los medios por los usuarios

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Muchos cuestionamientos, muchas expresiones inesperadas, muchos resentimientos flotando, muchas verdades no dichas ha dejado está inédita protesta que completa ya  casi una semana en Bogotá.

Fuertes intereses en conflicto (el más obvio de ellos, el que surge del choque entre una administración que quiere modernizar la ciudad y un grupo que se resiste). Y como siempre, en  medio, los ciudadanos, los usuarios a quienes no sólo no se les consulta, sino que se convierten en el parapeto contra el que llegan todos los palos de ciego, como en una piñata cuyo inexorable destino será siempre su despedazamiento. ¿Y quién va a recoger los pedazos? ¿Y quién va  saturar las fracturas?

El rostro de ese hombre que fugazmente aparece en algún noticiero ha puesto a prueba mi aguante. Debe tener unos sesenta años y según sus palabras lleva cuarenta conduciendo buses porque nunca tuvo la oportunidad de aprender otro oficio, tampoco de comprar su propio vehículo o de independizarse, y ahora su patrón, un dizque pequeño propietario, simplemente no lo emplea. Lleva por eso cuatro días sin llevar nada a su casa, porque el patrón nunca ha tenido la conciencia de adscribirlo a la seguridad social. Qué se pongan la mano en el corazón, suplica el hombre ante una cámara televisiva esquiva, interesada más en mostrar la refriega entre jóvenes y policías que en la dolorosa historia de este hombre.

No sé si el último vistazo del ojo electrónico dejó ver sus lágrimas, pero yo estoy seguro que él las ha derramado, y esa sola posibilidad, la de ver a un hombre maduro llorando, víctima de la prepotencia de dos poderosos pelando y de la indiferencia de los demás, ha hecho que yo también me sume al paro.

Pero mi paro, mi protesta es por el silencio de los siempre vencidos, de los siempre lastimados que hoy tampoco tienen su cuarto de hora para anunciar al mundo la verdadera injusticia, la de unos explotadores a los que no les importa la suerte de sus empleados y la de unos funcionarios a los que sólo les interesa cumplir las metas de gobierno

De paro está mi aguante…

Postdata del 5 de marzo: El paro ha sido levantado, mi personaje quizás ya esté más tranquilo, pero mi corazón sigue en paro

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