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Archive for the ‘Otros viajes’ Category

Degradee

Miras la hora. La esperabas mucho más tarde, pero te apresuras de todos modos a leerle el documento, invadido por una conjunción, no sólo rara sino imposible, de felicidad y lucidez. Cuando terminas, ella quiere abrazarte, pero de inmediato echa su cuerpo hacia atrás y te mira como quien ve a un loco. ¿Cómo pedirle que sienta lo mismo? Tu felicidad en realidad le es ajena y la lucidez es su estado menos habitual, dada su tendencia más al caos que al orden, más al desenfreno que a la discreción.
– Este viejo se enloqueció del todo, dice, saliendo del asombro, mientras seca las lágrimas con el envés de sus manos-. ¿Cómo ha sido capaz de planificar todos esos detalles? Yo estaría hundida, yo le habría delegado eso a otro, pero no, usted tiene que hacerlo todo, controlarlo todo. ¿Quién lo entiende? Ahora si se chifló. Me largo antes de que me pesquen.
Margot tiene razón, lo que pasa es que desde que decidiste dejar los asuntos en orden encontraste en esa actividad, pragmática y sombría a la vez, una especie de oportunidad para evadir el futuro que te acecha, y por eso te has obsesionado hasta el punto de parecer feliz.
Haz cerrado el plan con tanta precisión que al exponérselo a Margot lo has hecho como si le relataras a tu editor el final perfecto de una de tus novelas. Ella ha querido ser solidaria, lo sabes, sin embargo no ha tardado en sentir fastidio de tu actitud y por eso ha salido así de la habitación, jurando que es la última vez que la verás y que no irá al funeral ni reclamará nada de lo que le has asegurado en la última versión del testamento que acabas de leerle. No le haces ningún reproche. Es sólo uno de sus arranques. Lo más seguro es que vuelva la próxima semana, como lo ha hecho sagradamente durante los últimos seis meses desde que contrataste sus servicios.
Dejó la puerta abierta, pero no tienes ánimos para ir a cerrarla, un poco por el desconcierto que te ha causado su ímpetu y sobre todo porque un aroma de lo más agradable que viene de afuera, mezcla de floral y campiña, ha empezado a colarse en la habitación, llenándola de sosiego. Permaneces un rato más contemplando el escenario del desastre.
Poco a poco el departamento alquilado se pobló con esos fetiches que fueron acumulando. Todo comenzó con el delicado estuche que ella misma trajo para depositar los preservativos que te obligaba a usar sin falta, después vinieron las velas aromáticas que prendían justo después del amor en un ritual de purificación que se hizo fácilmente imprescindible. Trajiste, lo recuerdas, una diminuta cava para guardar las botellas de vino que degustaban siguiendo sus indicaciones y ella adornó la chimenea con utensilios y pequeños cachivaches. Cuando te diste cuenta, habías convertido el austero y frio ambiente de los primeros encuentros en todo un hábitat personalizado del que dependías cada vez más para alcanzar el placer. Hablaban incluso de la posibilidad de vivir juntos, de casarse, de ser felices de verdad. Pero la sombra del inevitable y próximo final se erigía como un muro contra el que se estrellaban todas las quimeras y entonces las palabras se tornaban hirientes, directas y tú tomabas a la fuerza a Margot, quien sólo entonces te sabía complacer.
Hace frío, te sientes cansado. La tarde es joven. Aún así, te guardas entre las cobijas y dejas que el sueño te lleve por sus laberintos.
Según los médicos, tienes todavía unas semanas antes de que el cáncer acabe de estallar, una expectativa de vida que podrías ampliar si resolvieras por fin entrar en tratamiento. Pero no: has decidido no hacerlo y pese a todo, al deterioro creciente, a los fuertes dolores que cada vez se hacen menos tolerables, te has mantenido, viejo chiflado, en tu determinación. Consideras una fortuna no haber tenido hijos y aunque te duele la suerte de Sara, te consuela el hecho de que ella no tendrá que pasar por flagelos económicos y su vejez podrá ser así más llevadera.
Quieres levantarte de la cama, pero el aroma se hace más intenso, te petrifica. Los efluvios del sueño, justificas.
Y comienzan a desfilar imágenes juguetonas parecidas a los recuerdos. Una de ellas muestra a Claudia, desnuda sobre una playa extraña. Fresca y bella como en sus mejores años, te tiende los brazos, invitándote a sus misterios, como sólo ella sabía hacerlo. Sonríe y desaparece sin darte tiempo para indagar por la tristeza que había en sus ojos. Desde un rincón de la alcoba, surge ahora Francisco. Al comienzo sólo escuchas sus carcajadas, pero después lo ves cerca de la cama y puedes apreciar su rostro, joven y enérgico todavía. Cuenta chistes y anécdotas de nuevo repertorio y se despide con un nos vemos chico que rebota en las paredes como un eco enloquecido. En seguida entra Marta y te atiende con un vaso de agua. Se sienta al borde de la cama y susurra palabras cariñosas. Luego te besa con ternura, con esa ternura que siempre brotó de su mirada. Cuando ella se levanta y se dirige a la puerta, quieres alcanzarla, pero entonces emergen Miguel y Clara tomados de la mano. Han regresado hace poco, según dicen, de modo que hablan largo rato de su vida de tantos años en Europa. Tras su despedida, el cuarto queda sumido en la oscuridad y en el silencio y sólo puedes percibir el aroma empotrado, obstinado, en alguna parte.
Abres los ojos, la noche termina de instalarse. Miras la hora y comprendes: hace rato tu reloj se ha detenido.

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Como toda obra literaria que se respete (y la mía ha alcanzado, poco a poco, cierta consideración), Gabriella Infinita no es sino la versión metafòrica de un gran amor que fracasó. Escribí Gabriella para desahogar el sentimiento de desilusión que me estaba llevando al desespero. Fue una ordalía dolorosa, de más de cinco años, en la que no poca ficción reclamó su lugar. Pero resulta evidente que a la historia narrada le subyace una clara experiencia vivida. Los años setenta en la nacional, las figuras del profesor y de la estudiante, el ambiente sombrío en que se desenvuelve el relato que no es más que la exteriorización de mi propio desamparo, la huida de Federico a ese otro mundo que no es otro que el mundo evasivo de la poesía y del arte.

Años después cuando la obra había cobrado su primera metamorfosis y era ya un hipertexto, la otra Gabriella, la mujer que inspiró la novela, llegó un día a mi oficina. Sobra decir que no la esperaba, sobra decir que ya ni siquiera pensaba que un reencuentro fuera posible, sobra decir que ya había emprendido otra vida y que el punto final que había colocado a la novela años antes había sido también el punto final de mi historia con la otra Gabriella.

Pero ella había encontrado en mi página web el vínculo al hipertexto y se lo había leído de un sólo tirón. Se había reconocido como la protagonista, había sentido compasión por Federico  y había soñado esa misma noche con los dos amantes. Se levantó muy temprano como movida por una rara inspiración  y ya no descansó hasta que, una semana después, completó una serie de pequeñas pinturas que ilustraban la historia de Gabriella y Federico.

Pasó un mes pensando cómo llevármelas. Estuvo a punto de tirarlas a la basura, hasta que por fin se decidió. Buscó mis datos en el directorio de la universidad y llegó a mi oficina un jueves, a eso de la diez de la mañana para mi total sorpresa. Lo más curioso es que para esa época ya estaba metido de cabeza en la segunda metamorfosis de Gabriella, la que la convertiría en el hipermedia que hoy tanta gente conoce. Lo curioso es que como director del proyecto había rechazado más de una propuesta de ilustración. De modo que cuando tuve frente a mí esos doce grabados hechos por una pintora, y no cualquier pintora, ni más ni menos que la mujer que había iluminado la novela y que de pronto, milagrosamente, aparecía allí de la forma más extraña, supe que la vida es lo más extraordinario de la vida.

Sobra decir que más allá de las preguntas de rigor, de la mutua sorpresa, de unas pocas palabras de nostalgia, de un incómodo cruce de miradas y de largos silencios, el encuentro terminó allí mismo y ya nunca más la volví a  ver.

Así que tras ese frio dato que aparece bajo el título “Fuentes”  en la descripción del proyecto de Gabriella Infinita hay en realidad una historia tan humana y asombrosa como la que  acabo de narrar: otra prueba de que la realidad siempre va más allá de la ficción

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Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y de los amigos. Se está en continuo desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, los sueños, el mar, el cielo y todo tiende hacia lo eterno o a lo que imaginamos de la eternidad.

Cesar Pavese

Hijo de desplazados sale desarraigado

Creía que todo había comenzado en el año 1986 con mi primer viaje fuera del país, pero no. Ese deseo casi desesperado por conocer otros ámbitos, por escuchar otras voces que llevo muy adentro desde niño tiene en mi caso un origen profundo y complejo que se conecta paradójicamente con el dolor de tanta gente desplazada de su hogar a lo largo de la historia de tanta violencia en mi país.

De niño escuché muchas veces el relato del nomadismo forzado que tuvo que sufrir mi madre cuando era apenas niña; una experiencia dolorosa que ella siempre describía con algo de nostalgia y mucho de fantasía, fantasía que la chiquita de entonces usaba a modo de defensa mental y que la adulta seguía insuflando para hacer significativo lo vivido. Pero la verdad es que no hay nada más absurdo que huir todo el tiempo de enemigos mortales e invisibles, nada tiene menos sentido que convertir la vida entera en una eterna zozobra. Sin embargo ella insistía en la imagen de un padre aventurero que por puro capricho emprendía correrías por los pueblitos más perdidos de los llanos orientales.

En mi mente infantil, se fueron formando estampas maravillosas de esas correrías, y también admiración por ese abuelo nómada que murió en forma insensata aunque en su propia ley. Imaginaba una niña delgada, tímida, pero valiente que seguía a pie el camino que su padre y su abuela realizaban a caballo o en mulas desde Cumaral hasta Aguazul y desde allí hasta Barranca de Upìa para seguir hasta Yopal y luego de vuelta a Cumaral o a Restrepo o a Medina, en una travesía que duraba meses y que podía convertirse en una auténtica pesadilla por efecto de la persecución de esos personajes malvados, llamados en el relato maravilloso de mi madre, los chulavitas.

El abuelo era un liberal extremista que en noches de tragos podía hacerse matar en defensa de unos ideales prestados que apenas podía comprender, pero cuya bravura le dio ese prestigio de hombre duro y medio loco que lo señaló hasta el día su muerte, una muerte estúpida ocasionada por la fanfarronería del viejo, quien ese día, empecinado en demostrar que solo un liberal verraco como él podía atravesar a puro nado ni más ni menos que un embravecido Humea, no contó con el efecto acumulado de un almuerzo opíparo y unos malos tragos de chirrinche que lo traicionaron a mitad de camino y le causaron ese ahogo inesperado, ese calambre maldito que lo condujo a la fatalidad.

Mi madre jamás se lo perdonó: en menos de nada se había quedado huérfana por culpa del padre loco. Seis meses antes, en medio de otra borrachera, el abuelo había pateado a la abuela que esperaba entonces un niño, el noveno de la prole, y esos golpes de borracho le causaron la muerte. Ahora, a orillas del Humea, ella apenas si podía tener conciencia de lo que significaba ser una huérfana, pero empezó a sentir una desolación y una vergüenza y una rabia que ya nunca la abandonaron. La imagen del abuelo se hizo oscura en su memoria, pero yo me quedé con la figura del loco aventurero que levantaba carpas y hacia viajes largos huyendo de unos enemigos mortales e invisibles, ganados por alguna imprudencia majadera.

De niño, mi padre me regaló algunas de las imágenes más terribles de Bogotá. Ese otro nómada forzado, fue testigo y sobreviviente de El Bogotazo. La historia del Ignacio de mi novela, la he escuchado muchas veces, y es la de mi propio padre. Llevaba apenas unos días viviendo en Bogotá, proveniente del campo. Su padre, quien trabajaba como secretario de un juzgado, le había prometido la gestión de alguna oportunidad de trabajo en la ciudad, una de las cuales era la posibilidad de vincularse a la policía o al ejército. Dos días después, en pleno nueve de abril, perdió el contacto con su familia y vivió las terribles experiencias transferidas en la novela a probables imágenes de la guerra de hoy. Poco tiempo después, fue reclutado inexcusablemente para la guerra civil que se extendió por todo el país y que hoy no acabamos de clausurar. Fue allí en esa Bogotá convulsionada que conoció a quien, años después, sería mi madre.

Así que soy hijo de desplazados, y lo que se vive todo el tiempo al lado de los desplazados es una terrible melancolía por el lugar de origen. Mis padres vivieron siempre con esa nostalgia que se expresaba menos como tristeza que como infelicidad, una infelicidad que se convertía en deseo de cambiar de lugar, en incomodidad por todo, en constante frustración. Fue algo extraño, pues por un lado, a causa de toda una propaganda ideológica que hacía del campesino un ser inferior, se había instalado una especie de vergüenza por el origen y por el otro lado vivíamos la tragedia de tener que habitar un lugar que nadie les había preguntado si querían habitar.

Y en mi conciencia infantil se fue configurando el pensamiento de que había que cambiar, había que huir, aunque no se supiera bien de qué, tal vez del vecino que se había convertido en enemigo o del amigo que de pronto nos había traicionado o de la ciudad que se había hecho insoportable, huir, cambiar de lugar, viajar, conocer otros lugares, con la promesa nunca cumplida de encontrar algo parecido a ese rincón del que fuimos desterrados.

Te busco de Celia cruz:

De viaje por otros mundos

Pero el desarraigo tiene sus ventajas, siempre y cuando se viva sin el dolor y el resentimiento inevitables del desplazado. Una de ellas es la capacidad de adaptación, la flexibilidad con la que se vive no sólo respecto a la tierra, sino con respecto a todo lo que ata: el trabajo, las relaciones, los conocimientos. Y de esa flexibilidad he tenido que hacer gala desde 1986, año durante el cual hice mi primer viaje fuera del país, es decir, desde el momento en que por fin me asomo a la respuesta de una pregunta fundamental: ¿hay en realidad otros mundos? ¿Se puede vivir de otra manera? ¿Cómo son esos otros mundos?

En junio de 1986, viajo a Buenos Aires y vivo lo que sería una correría de más de seis meses por La Argentina, que me llevaría a lugares como Córdoba, Mendoza, San Rafael, Malargüe, Bariloche, Mar del Plata, Montevideo y Punta del Este: todo un banquete de viajes, lugares y gentes que marcarían definitivamente mi vida. Una correría que, bien miradas las cosas hoy en retrospectiva, no termina, pues después de ese primer viaje maravilloso, he tenido (y digámoslo ya: he buscado) la oportunidad de visitar más lugares, de reconocer otros mundos, de relacionarme con otras gentes, con su singularidad, con su propia cultura: y ello ha permitido comprender mejor qué soy como individuo y como integrante de esa comunidad que ha predeterminado mis horizontes: la comunidad de colombianos, porque los otros mundos nos son sino eso: espejos en los que vemos reflejados lo que somos.

La llegada a Ezeiza, el 29 de junio (día de la final del campeonato mundial de fútbol) no pudo ser más curiosa: el aeropuerto estaba prácticamente vacío y cuando pasé por la aduana, el funcionario de turno me hizo seguir adelante sin siquiera sellar mi pasaporte (asunto que después me complicó un poco la vida), pero con una sonrisa abierta que contradijo la imagen que me habían anticipado colegas que antes habían hecho el viaje: la de unos porteños antipáticos y desconfiados especialmente con los cabecitas negras, es decir, con los turistas suramericanos. Yo, un poco desconcertado, recogí el equipaje y me dirigí en taxi a Núñez, donde me esperaba la dueña de un apartamento en el que se alojaban varios estudiantes. A poco de haberme instalado, recibí la llamada inesperada de un compatriota que se había enterado de mi llegada y que me invitó a pasear por las calles cercanas del barrio. Frente a una Quilmes negra, me enteré que la selección de fútbol había ganado el campeonato mundial y por eso la ciudad era una fiesta total. Eso explicaba la extraña atmósfera en Ezeiza y justificaba el carnaval (un poco peligroso para mi gusto) que habían armado ya las patotas de hinchas que celebraban la segunda copa y que se prolongaría por varios días.

Muchas cosas sucedieron en ese viaje y que vale la pena relatar en extensión (cosa que hago en otro espacio), pero me interesa sobre todo recordar el ambiente festivo y abierto que impregnaba al país y sus gentes. No era para menos: se vivía la esperanza que el retorno de la democracia había instalado después de la terrible noche de los gobiernos de facto que se sucedieron desde 1976 hasta 1983. Escuchaba por doquier historias que daban cuenta de la guerra sucia desatada. No había nadie que no hubiera sido tocado de alguna forma por el proceso: algún amigo o pariente desaparecido o muerto, algún otro exiliado, otro obligado al silencio o a la colaboración. Pero todo parecía ahora distinto y especialmente se notaba en el ámbito cultural. Florecían de nuevo el teatro, el rock en español, el cine, la canción popular y la literatura. Retornaban algunos de los más famosos exiliados y Sábato había asegurado el Nunca más en ese bello país que otrora fuera la quinta potencia del mundo.

Me impresionaba la cantidad de revistas que podía conseguir, la gran actividad cultural no sólo en Buenos Aires, sino en Córdoba y en Mendoza. Recuerdo todavía con emoción la llegada de Vuelta argentina, la revista que había fundado Octavio Paz y la lectura de los cuentos de Daniel Moyano, especialmente uno (“El relato del halcón verde y la flauta maravillosa“) que narraba en forma metafórica el terror que representaban los Ford Falcon, autos en los que se movilizaban los oscuros agentes de la policía que secuestraban y desparecían “subversivos” (un término que se aplicaba inicialmente a los guerrilleros y que se fue ampliando hasta abarcar a cualquiera que no coincidiera con la idea arbitraria de lo que esperaba la junta militar que fuera el ciudadano argentino). No olvido mis compañeros de estudio y de trabajo, ni las correrías por el sur, ni al caleño, ni las extrañas vivencias en Montevideo, ni el apartamento en Palermo Viejo. No olvido la fiebre del futbol, ni el sorprendente sabor del vino argentino, ni la llegada de Yaneth y nuestra primera noche juntos, después de varios meses de separación, en un hotel de Chacharita; no olvido el tango, no olvido la Boca, ni el Caminito, ni el Rio, nada de ello se olvida, aunque la vida no me haya dado la oportunidad de volver.

Volví a Bogotá y me enteré enseguida de dos cosas: que el Banco de la República había emitido una nueva denominación (el billete de veinte mil pesos) y que Guillermo Cano el director del periódico de oposición acababa de ser asesinado por la mafia, dándose inicio a uno más de los oscuros ciclos de violencia del país.

Sólo diez años después volví a salir del país, de modo que por mucho tiempo, el viaje a la Argentina fue la única referencia de esos otros mundos que tanto me fascinaban. Pero desde 1997 y hasta la fecha he visitado muchos lugares en viajes con motivos académicos, patrocinados casi todos por la Universidad Javeriana y algunos de los cuales han sido asunto de registro en este blog (y corresponden a la sección: Otros ámbitos). He aprendido que no hay que cruzar fronteras para instalarse en otros mundos: “por acá no más”, en nuestro propio país, incluso en nuestra propia ciudad hay mundos diversos, desfases temporales, subculturas a veces incomprensibles. He aprendido que viajar no sólo es desplazarse geográficamente, hay “otros viajes” que generan los mismos efectos del contacto directo con otras gentes: aprendizajes y experiencias inéditas. He aprendido que nuestra vida, especialmente nuestra faceta sentimental, es un eterno viaje, una eterna formación, una constante mudanza.

Llanos orientales, 1936 – Buenos Aires, 1986

Bogotá, 2009

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Fue un viaje de trabajo, pero no por eso exento de descubrimientos singulares, de esa clase de descubrimientos que surgen si uno realmente está abierto a las personas con las que nos relacionamos así sea de esa manera tan forzada que es el vínculo laboral. Recuerdo este viaje a la ciudad de Garzón, en el Huila, especialmente por varias razones: la primera es que fue el día (9 de junio) en que cumplí veinte años de mi graduación como ingeniero químico; la segunda es que me encontraba en un estado de aprensión creciente debido a la obligación que tenía de viajar por tierra desde Neiva hasta Garzón a sabiendas de que no muchos meses atrás esa vía había sido objeto de varios ataques por parte de las FARC, dos asuntos que le comenté a Gloria, la persona que me recibió en el aeropuerto, y con quien trabajaría aquel día.

Gloria me escuchó entre atenta y entretenida, especialmente cuando le comenté mi temor por las noticias que tenía de la peligrosidad de la vía que transitábamos, pero me tranquilizó enumerándome varias razones para estar seguros de que no íbamos a sufrir ningún percance. La verdad es que no recuerdo esas razones y creo que tampoco las entendí muy bien en su momento: respondían a una especie de código local que acepté a regañadientes y por el que no quise indagar, decidido a no convertir aquél encuentro en un episodio paranoico.

Después de dos horas de viaje durante las cuales alcanzamos a contarnos la esencia de nuestras historias personales, llegamos a Garzón convertidos en dos viejos amigos, gracias a la espontaneidad y confianza de Gloria que hicieron mucho más fácil el trabajo con ella. Estuvimos toda la mañana adelantando los informes y evaluaciones que me habían llevado hasta allí. Pocos minutos después del medio día, escuchamos llegar a la oficina a varias personas. Se trataba del esposo de Gloria y de sus dos hijos, un niño de unos nueve años y una niña de once. Fue el chico quien se acercó primero a mí y se presentó con su nombre propio completo y me ofreció la mano como si de unadulto se tratara. La niña fue más tímida y sólo al final se presentó el esposo de Gloria.

Se lo comenté a Gloria durante el almuerzo: el chico me dejó muy impresionado, no sólo por la belleza física que poseía, sino por la tremenda energía que irradiaba, efecto, propuse yo, de la conciencia (si se puede hablar de conciencia a esa edad) de su gran belleza. Gloria estuvo de acuerdo, habló de su hijo como de un ser especial que a dónde llegaba o se presentaba causaba ese mismo impacto. Pero eso que podría ser como una bendición para la familia, me confesó Gloria, había traído no pocos problemas, comenzando por el de la envidia y pasando por complicaciones en la personalidad del niño, quien empezaba a sufrir una especie de conflicto de identidad sexual y una madurez anticipada en ese sentido. No pocas veces, además, hubo dificultades por acercamientos incómodos y acosos sexuales por parte tanto de niños como de niñas.

Terminado el almuerzo y un poco avergonzada de sus confesiones, Gloria se dedicó exclusivamente a terminar el trabajo que nos faltaba y ya no hablamos más de su familia. La verdad es que yo tampoco insistí más, consciente de que habíamos traspasado ciertos límites de la intimidad. El regreso a Neiva lo hice solo y sin ninguna clase de contratiempos, de modo que alcancé a tener suficientes minutos como para echar a mi maleta una buena cantidad de las famosas achiras huilenses y otros manjares y descansar en el aeropuerto antes de abordar el avión que me llevaría de regreso a Bogotá.

No volví a pensar en aquél chico de belleza extraordinaria, energía potente y problemas de acoso hasta casi dos años después, cuando vi en la televisión por cable una impactante pero estupenda película: “No night is too long” (2002) en la que se relata la historia de amor de un trío muy particular y en la que el protagonista sufre esas mismas condiciones del chico de mi pueblito perdido en Colombia: un ángel al que todos desean y manosean.

Basada en la novela de Ruth Rendell y dirigida por Tom Shankland, “Ninguna noche es suficientemente larga” (su traducción al español), narra la historia de Tim Cornish (interpretado por Lee Williams), un estudiante universitario que lleva una vida aparentemente normal, pero que de pronto y sin mucha explicación se siente atraídopor Ivo Steadman (interpretado por Mark Warren), un profesor universitario, doctor en paleontología.

Esta atracción aunque inicialmente obsesiva, se revela con el tiempo superficial, al menos para Tim, quien confiesa a Ivo que el encanto ha desaparecido así de inexplicablemente como apareció. Esto lleva a Tim a los brazos de una mujer llamada Isabel (interpretada por Mikela J. Mikael) y a la decisión de que debe salir de su relación con Ivo de cualquier manera como pueda, incluso si eso significa darle muerte.

A través de flash-escenas, descubrimos que Tim fue víctima de abuso sexual de niño. Aunque consciente de este hecho, Tim no puede hacer nada para cambiar esta tristeza que lleva dentro de sí mismo desde entonces. Por su parte Ivo, quien al comienzo parece un ser egoísta abusivo y hasta brutal, termina convertido en la parte vulnerable de la relación. Pero la cosa no es tan sencilla, pues sibien Tim tiene claro que Ivo ya no le gusta, depende todavía de él, y ahí es donde la película adquiere el tono de thriller.

 

El ritmo de la película cambia y, durante los últimos treinta minutos,se produce un interesante tour de force emocional. El amor de Tim que parecía tan claro y decidido aparece de pronto mucho menos apasionado que el de Ivo. Tim se desespera, quiere zafarse, incluso se sugiere todo el tiempo el asesinato como salida y el rol de Isabel adquiere gran importancia como motivo y ayuda en los propósitos de Tim. Entonces nos enteramos de que Isabel es la hermana de Ivo y que quiere ayudar a su hermano pero ha sido incapaz de resistirse a los encantos de Tim.

Se trata, en fin, de una muy buena película sobre las relaciones humanas y sus inesperados matices (donde el amor gay es sólo una excusa para la exploración profunda de los sentimientos y de sus metamorfosis), con personajes complejos y contradictorios.Tim Cornish es una víctima perfecta de su vida, de su belleza y de su éxito. Ivo pasa de dominador a víctima; pasa de ser la persona fascinante a chivo expiatorio de la profunda culpa de Tim. Isabela, por su parte Isabela aparece como tabla de salvación para Tim y como señuelo al mismo tiempo, pero se convierte, al fin y al cabo, en el mejor instrumento para comprender el sentido de su existencia.

 

 

 

 

De contenido dinámico, con fuertes y violentas escenas homoeróticas, espectacular fotografía y actuaciones naturales, sumado a esos personajes complejísimos e indescifrables, “No night is too long” es un thriller que funciona en todos los niveles: trama de giros inesperados y cinematografía del más alto nivel.

Pues bien, no pude pensar más que en el hijo de Gloria durante toda la película, pues veía en Tim su mejor representación y (ojala no) su anticipación. El ángel deseado por todos, por quien todos creen tener derecho a disfrutar o maltratar, encerrado en un cuerpo magnífico que lo pone en una relación especial y dramática (casi diría, ojala no, trágica) con el mundo. Ese es el Tim que veía yo también en el chico de Garzón, por quien no he dejado de preguntar cada vez que puedo y por el que ruego que pueda encontrar caminos menos tormentosos

Pero el ángel tiene su contraparte arquetípica en la mariposa, vistos ambos como modelos de amantes; y sólo comprendiéndolos en su dialéctica es posible entender mejor a cada uno.

Lo digo porque cuando vi el videoclip con el que el grupo mexicano de rock Maná, promociona su canción, Mariposa traicionera, volví a pensar en Tim y en el hijo de Gloria. La mariposa en este contexto, es una persona (por lo general una mujer) tan atractiva y sensual como el ángel, pero a diferencia de éste, toma la iniciativa y goza sexualmente sin escrúpulos y sin pensar en el daño consecuente. La mariposa hace, literalmente, lo que se le da la gana, amparada en su gran atractivo sexual. El ángel en cambio es la víctima, son los otros los que hacen con él lo que se les da la gana.

El paradigma de la mariposa se ve muy bien reflejado tanto en la letra de la canción de maná como en el video que la acompaña. La letra (compuesta por Fher Olvera) lo dice todo por sí misma:

Eres como una mariposa

vuelas y te posas vas de boca en boca

fácil y ligera de quien te provoca

Yo soy ratón de tu ratonera

trampa que no mata pero no libera

vivo muriendo prisionero

Mariposa traicionera

todo se lo lleva el viento

Mariposa no regreso

Ay, mariposa de amor, mi mariposa de amor

Ya no regreso contigo

Ay, mariposa de amor, mi mariposa de amor

Nunca jamas junto a ti

vuela amor, vuela dolor

y no regreses a un lado

ya vete de flor en flor

seduciendo a los pistilos

y vuela cerca del sol

pa’que sientas lo que es dolor

Ay, mujer cómo haces daño

pasan los minutos cual si fueran años

mira estos celos me están matando

Ay, mujer que fácil eres

abres tus alitas, muslos de colores

donde se posan tus amores

Mariposa traicionera

todo se lo lleva el viento

mariposa no regreso

Ay, mariposa de amor, mi mariposa de amor

Ya no regreso contigo

Ay, mariposa de amor, mi mariposa de amor

Nunca jamas junto a ti

vuela amor, vuela dolor

que tengas suerte en tu vida

ay, ay, ay, ay, ay dolor

yo te llore todo un río

ay, ay, ay, ay, ay amor

tu te me vas a volar

 

 

El video por su parte es más sutil:

Se abre y se cierra con la misma escena: un hombre joven sentado a la barra de un bar, abatido, bebiendo, maltrecho. Entre el comienzo y el cierre transcurren cuatro minutos (los mismos de duración de la canción): entre las 5 y 33 y las 5 y 37 de la mañana. Entretanto se narran los hechos. El primero es el de la preparación del atuendo de la mariposa, en su casa a las 10 y 41 pm: una mujer muy atractiva escoge gozosa sus ropas que son sus herramientas de seducción. A las 12 y 55, la mariposa hace su entrada triunfal al bar, de la mano de su hombre. Bebe y empieza a besarlo apasionadamente, pero le “echa el ojo” a otro hombre. Entre la 1 y 47 y la 1 y 54 (¡siete minutos!), la mariposa “vuela” de la mesa donde se encuentra, pasa al lado del hombre que ha avistado poco antes y lo atrae hasta el baño, no sin ambigüedad, donde hace escandalosamente el amor. Vuelve a la mesa como si nada, pero pronto vuelve a sus andadas, esta vez con una mujer en la barra, con quien protagoniza una escena lésbica sin reparos en lo público de la misma. Entretanto, alguna mujer se acerca donde el hombre joven y le cuenta lo que está sucediendo. Son las 4 y 40 de la mañana, cuando el hombre decide buscar a su mariposa ante su ya insoportable y larga ausencia. La encuentra afuera, en actos amorosos con otro hombre, en plena lluvia. Se da una escena de golpes, de la que sale mal librado nuestro pobre protagonista, quien al parecer se resigna y vuelve, golpeado y maltrecho al bar, donde se dedica a beber. Fin del vídeo.

 

Obviamente, las características de la mariposa se ven en esta historia magnificadas, por la posición del hombre que la ama, quien, según la letra de la canción, espera fidelidad y amor. Debe ser un hombre afectuoso y romántico o tal vez idealista e intelectual o quizá tradicional y entregado. No parece en todo caso el prototipo del gran fascinador o del dominante y receloso, mucho menos del fuerte y obsesivo o del emancipado; tal vez podría caber en el arquetipo del discreto e imaginativo, pero no está en todo caso en posición de hacer reclamos o de luchar por el amor de su mariposa y por eso canta. no le queda otra opción. Se encuentra muy lejos de poder salvaguardarse del poder destructivo de la mariposa, quien debe verlo como uno más de sus objetos de placer.

Mariposa y ángel, dos arquetipos del amor, extremos y potentes. Mariposa y ángel viven, son, se multiplican, tal vez no se contactan nunca, existen para su propia felicidad o desgracia y para las de los demás.

Bogotá, 2002; Garzón, 2003

Bogotá, 2004 – 2008

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Llegamos a nuestro sitio de retiro a eso de las siete de la noche, un miércoles. El compromiso era permanecer allí hasta el sábado en la tarde, totalmente desconectados de nuestros vínculos familiares, sociales y laborales, pero sé que no todos cumplimos el pacto al cien por cien. Yo por ejemplo llevé un celular para comunicarme con mi familia y un libro: Ojos azules de Toni Morrison para leer en tiempos de tedio.

Éramos un grupo de seis personas, incluido el director espiritual, otros dos hombres y tres mujeres. Nos reunimos en el comedor, donde conversamos un poco y pusimos sobre la mesa las razones y expectativas de cada uno frente a los ejercicios espirituales ignacianos que realizaríamos durante tres días, pero inmediatamente después de la cena entramos en el silencio total. La idea era, según las palabras de nuestro director de conciencia, alistarse para un tiempo fuerte de la acción de Dios y cooperar con esa acción.

La habitación asignada era pequeña, tipo celda, con su baño individual, una cama exigua, una estrecha cómoda, una mesa de noche, una lámpara, una Biblia y una guía de los ejercicios. En seguida recordé mi experiencia de soledad acaecida trece años antes. Entonces era estudiante de Ingeniería Nuclear en Argentina y tuve que permanecer solo en varios de los sititos a donde tuve que ir para mi entrenamiento. Recuerdo especialmente el final de mi primera semana en Buenos Aires cuando, después de cinco días de deslumbramientos y exploraciones, sobrevino una intempestiva e irracional fuerza que se manifestó al principio con la cara de la nostalgia, pero que después me mostró la de la culpa y la del dolor, un dolor no sólo emocional, sino incluso físico, que ya no me dejó durante aquellos meses y que irrumpía sin aviso ni compasión. Aquél tiempo tuvo, sin embargo, una compensación: el afianzamiento de mi amor por Yaneth y la decisión de convertirme en escritor. Pensé también en los tiempos de soledad de mis viajes al extranjero, en los tiempos de soledad que exigía mi escritura, en los tiempos de soledad del desamor; todos tiempos de vacío, de carencia, de ausencia que sólo podían ser llenados con amor, con el amor que a veces no tenía a la mano. Tal vez ahora (trece años después, el ciclo de tiempo de los mayas) podría sobrevenir algo similar, pero ya me sentía curtido. Y con ese pensamiento de alivio me dormí aquella primera noche de mis retiros espirituales, en medio de una soledad inédita. Al otro día, muy temprano, se iniciaron los ejercicios.

Yo estaba a la expectativa, pues ni siquiera como estudiante de los jesuitas en la época de mi bachillerato, había tenido esta experiencia. Descubrí pronto la estructura. Cada ejercicio demandaba tres momentos: la preparación, definida como un dejar hacer a Dios, un recibir activo; el cómo hacer, que incluía varias posibilidades: escuchar, orar, examinar, meditar, contemplar, leer, respirar, concentrase; y finalmente desarrollar una actualización de los contenidos bíblicos propuestos. El objetivo: ejercicios de fe, salir de algunas certezas y seguridades y dejarse capturar por el misterio, discernir, ordenar nuestra tendencialidad, llenar nuestros vacíos, confirmar lo que se tiene, buscar lo que no se tiene en términos espirituales.

A pesar de mi natural escepticismo, que se mantuvo presente (no sin ambigüedades) durante todo el tiempo del retiro, la verdad es que esta experiencia terminó confrontándome con varias realidades personales que sólo e indudablemente por efecto de la estrategia de concientización desarrollada, adquirieron allí visibilidad, como si de un auténtico sicoanálisis se tratara. Descubrimientos que fui anotando en mi cuaderno bajo el título de “observaciones” y que ahora trascribo y gloso.

Primera observación: todo se conecta

Ante el propósito, que se ha planteado de entrada, de reforzar la fe, no puedo menos que pensar en la novela que acabo de terminar cuyo tema es ni más ni menos la pérdida de la fe. Una novela sobre los tiempos terribles que me ha llevado a admitir mi incapacidad para ofrecer una ilustración narrativa de, siguiendo a Laplantine, los tiempos de la resistencia y menos aún de los de la acción. Perdida de la fe, incapacidad para la esperanza, ¡qué misterio! Mi novela habla de imaginar el mal para generar temor: imágenes apocalípticas como estrategia para anticipar los tiempos terribles, deterioro para desear el orden, orden del hombre versus orden de Dios, según nuestro guía, lo que me lleva a la temática de mi primera novela: caos que exige orden, secuencia interminable. Todo se conecta

Segunda observación: efectos del silencio

Empiezo a sufrir los efectos de la disciplina. Una especie de sensación de libertad, de tranquilidad y sobre todo ganas de permanecer así, como si fuera el estado ideal de la vida. Por eso siento tan extraños a los compañeros de trabajo que han llegado con motivo de alguna reunión, me parece que parlotean y revolotean arrastrados por la lava del volcán de las tareas cotidianas. No puedo menos que recordar mi cuento “un instante de su piel” y esa anticipación de este momento allí lograda: “Quisiera quedarme en esta paz, en esta paz”, quisiera extender la magia de este instante. Otros efectos: respiro mejor y mi cavidad torácica se llena de presencia, de mundo. Así mismo experimento una sobre-sensibilización creciente: la vista de los jardines se me hace magnífica, el gusto en la comida se acrecienta, el olfato percibe con nitidez y a veces con extrañeza los más sutiles aromas, con el tacto recibo señales fuertes, sobre todo de los elementos naturales, como las hojas de las plantas. Me demoro, me demoro en cada sensación

Tercera observación: humildad, humildad, humildad

Qué fácil, qué natural resulta ahora aceptar los contenidos propuestos por el director (¿esa, la estrategia?): nuestra sensación de tranquilidad y paz, según él, responde al hecho de que estamos aceptando que hay un orden más allá del humano cotidiano con sus artificios y conflictos: el orden de Dios. Conclusión: el hombre debe servir a ese orden y no al otro, debe por tanto desprenderse, desapegarse de las obras creadas por el hombre y cooperar con el orden divino que da sentido a todos los significados. Claro: debe ser una decisión mediada por la libertad, máximo don del hombre (también ofrecido por Dios). Libertad y humildad, parece ser el lema, un lema que he leído antes, en mi habitación, en un texto que hay en alguno de los cajones de la mesa de noche:

Concédeme una inteligencia que te reconozca

Una generosidad que te busque

Una sabiduría que te encuentre

Una vida santa que te agrade

Pregunta: ¿Qué me “impide” encontrar a Dios? ¿Acaso mi demasiada racionalidad, mi poca generosidad? ¿A qué estoy apegado?

La diferencia entre el comienzo y el final del ciclo (de los trece años) está en que ante la primera experiencia, me resistí y eso causó dolor; en cambio ahora hay decisión y voluntad y por tanto gratificación

Cuarta Observación: Ojos azules

Leer, escribir, ¿no son otras maneras de dialogar con Dios?, ¿acaso mis maneras? Es cierto, mi trampa en estos ejercicios espirituales ha sido leer, pero hasta la lectura ha tenido para mí un valor diferente, un valor agregado, un valor espiritual y hasta terapéutico, las consecuencias terapéuticas de un libro genial como éste de la premio nobel afroamericana Toni Morrison, Ojos azules que narra la triste historia de Pecola, una pequeña negra que todas la noches reza para poder tener ojos azules. A su corta edad nunca nadie se ha fijado en ella, pero piensa que si tuviera ojos azules, todo sería diferente. Sería tan linda que sus padres dejarían de pelearse, su padre dejaría la bebida y su hermano ya no volvería a escaparse de casa. Todo lo que desea es ser bonita.

Ojos azules es la primera novela escrita por Toni Morrison (premio nobel de literatura 1993). Narra, a través de los ojos de Pecola, la historia de una familia negra que se muda a Ohio para escapar de la pobreza y la discriminación del sur, con todas las connotaciones racistas y condiciones de vida miserables que ello conlleva. Pero lo interesante de este relato es que nos permite conocer cómo percibe esa realidad una niña de once años a la que nunca le han prestado atención ni brindado el cuidado ni el amor que necesita. Para ella todo sería diferente si en vez de ser negra, y por lo tanto fea, pudiese tener ojos azules como las bonitas muñecas que ve en los escaparates, como esas dos niñas que representan los cánones de belleza perfecta: Shirley Temple y Mary Jane.

Es una historia fuerte pero muy bien narrada y llena de esos detalles que conducen a la inmersión total en el mundo propuesto y que, mezclada con la reflexión que hemos hecho este día, en uno de los ejercicios, ha hecho estallar una terrible verdad de mi corazón. En efecto, hemos leído los pasajes correspondientes a las dos imágenes bíblicas de la mujer: de un lado Eva, la pecadora, la inductora, el origen del caos, pero también la mujer de las iniciativas, la mujer fuerte y autónoma; y, de otro, María, la redentora, la restablecedora del orden divino, pero también la mujer sumisa, heterónoma. Y me he dado cuenta de una cosa: dentro, muy dentro de mí, la mujer pecadora, la de las iniciativas, la enviada del demonio, corresponde a (se me ha presentado siempre como) la figura de una mujer rubia y de ojos claros (¡ojos azules!): la imagen de mi propia madre. Ha sido por eso que las mujeres en mi vida con esa figura me atraen tanto, pero también son las que me han hecho más daño, son (¿quiero que sean?) las mujeres malvadas, las que introducen el desorden. Pero más aún, Yaneth, mi esposa es morena y de ojos oscuros, es la “María” de mis mujeres, la que otorga la paz, la seguridad y la armonía a mi vida. Dos caras de la feminidad, dos rostros distintos.

Resulta por eso tan impactante descubrir así lo que he llevado por dentro “programado” para mi vida sentimental todo este tiempo: de un lado, la irresistible atracción por figuras parecidas a mi madre, pero, al tiempo, temor a ser tratado por ellas como ha sido tratado mi padre, con la superioridad prepotente que les dan sus ojos azules. Y de otro, la sensación de inocencia (¿de sumisión?) que me ofrecen los rostros morenos, las mujeres trigueñas.

Quinta observación: fin de los efectos, vuelvo a la resistencia

Del estado de paz y sosiego del comienzo, y que me había hecho hasta ahora tan buen receptor a las lecciones de estos ejercicios, no queda hoy nada. Estoy ofuscado tras la sesión en la que se reflexionó sobre el pecado, una sesión que no deja más cabida que admitir ser pecadores; pero eso no es lo que me molesta, sino la línea que conduce desde esa admisión hasta su solución: la humillación de tener que confesar los presuntos pecados ante un mediador como condición para su purificación. Tan molesto estoy que quise hablar con el director de conciencia sobre mi estado emocional. Creo que he hecho bien al no haber conversado con él finalmente.

 

La idea esencial es la siguiente: el pecado es la pérdida de la referencia al orden de Dios y se presenta continuamente en la vida, por lo que se hace necesario cultivar una actitud, es decir, una práctica estable que lo neutralice: el discernimiento continuo. El director ha mencionado una imagen terrible: el enemigo y sus mil caras. Según él, el enemigo está presente todo el tiempo y nos tienta, nos ofrece cosas que parecen buenas (placeres aparentes, justificaciones del pecado), pero que en realidad ofenden el orden divino. Ahí la cosa se complica, porque la solución sería adquirir una especie de sensor personal especial (lo que no parece fácil, pues ni San Pablo lo tenía, según se deduce de su famosa frase: “no hago el bien que quiero sino que obro el mal que no quiero”) o acudir a una ayuda externa: el buen espíritu, el cual actúa en dos situaciones: cuando hay pecado y el pecador no es consciente de ello (porque el enemigo lo ha engañado) punza y revuelve para que el pecador se sienta mal y se cuestione y actúe; cuando el hombre está en estado de santidad, es el enemigo o mal espíritu el crea desolación y el buen espíritu actúa para restablecer la paz, la gratificación.

La práctica que lleva a la adquisición del “sensor” es el examen de conciencia que consiste en poner en cuestión cada acto de la vida y buscar, punzar, revolver hasta que no quede ninguna duda de que esos actos no están manchados por el pecado. Pero si hay alguna duda, por pequeña que sea, hay que asumir que el acto es pecaminoso. Una vez llegado a este punto, entra una nueva dimensión: la dimensión social. El pecado no es sólo personal, es siempre social, afecta siempre y en algún grado el entorno del pecador y por eso se hace necesaria la enmienda social a través de la figura del confesor, quien recibe nuestra “declaración” de pecados y la lleva a Dios y trae de él la penitencia y el perdón.

 

El asunto del pecado, de la reflexión sobre mi desorden y sobre la manera como ha afectado a los demás, ha hecho que el ritmo que llevaba y la experiencia misma hayan cambiado. Se ha hecho menos grata, tal vez por mis resistencias más íntimas a los preceptos y sacramentos católicos, cómo este de la confesión como requisito para no ser excluido (de la comunión, de la cena), como efectivamente ha sucedido, pues después de todo esto, mis compañerors de ejercicio se han confesado ante el director de conciencia, todos menos yo han comulgado. ¿Debo revisar mi vida, debo aceptar los preceptos, debo practicar los sacramentos? Me resisto a ello, he pensado en abandonar

 

Sexta observación: el padre elegido

 

Quizá uno de los factores que ha influido más en mi estado de ofuscación ha sido el hecho de que la confesión (de haber decidido confesarme) debía hacerla ante el director de conciencia, el padre Gaitán, quien es ahora mi colega, pero ha sido antes mi profesor y también mi consejero y con quien no pocas veces he discutido y he disgustado. Por eso ha surgido esta nueva conciencia: El padre Gaitán es en realidad un padre encontrado, un padre deseado. No es tan descabellado el asunto: varios signos pueden confirmarlo. El primero es su edad: la edad de Gaitán es prácticamente la de mi padre biológico; el otro es el paralelismo (o mejor diría la discordancia) de sus vidas: el uno (Gaitán) de buena familia y que vivió por eso un país y una historia tan distintos al del otro (mi padre), proveniente de una familia campesina. El uno educado e instruido, el otro con un nivel muy escaso de educación y por eso inseguro y pusilánime. El uno lleno de experiencia, el otro agotado anímicamente por la explotación laboral. Gaitán se ha convertido en un padre encontrado y deseado, y yo, inconscientemente lo he adoptado como tal. Eso explica mi admiración, mis conflictos, mis dependencias, mi estrecho vínculo emocional con Gaitán y también mis bloqueos, mis resistencias. ¿Ha sido una mala idea venir?

 

Séptima observación: órdenes complejos

 

Orden humano, orden divino; orden secular, ¿orden complejo? La teoría del caos afirma que no existe el desorden, que todo desorden es la apariencia de un orden complejo, un orden que no se explica por paradigmas tradicionales como el de causa efecto (cuya mejor imagen es el famoso efecto mariposa: “El aleteo de una mariposa que vuela en la China puede producir un mes después un huracán en Texas”) o el de modelo, contramodelo (cuya mejor ilustración es la contraposición orden divino versus orden humano). También afirma que los sistemas dinámicos son explicables, basta una buena serie matemática y un buen aparato de cálculo para hacer que eso que parece misterioso o aleatorio se vuelva sistémico, regular. Finalmente, eso que llamamos desorden o calor o entropía adquiere una nueva manera de apreciarse en la teoría del caos que considera estos fenómenos como estructuras disipativas, es decir órdenes en potencia.
Cuando no teníamos la herramienta de la teoría del caos y de la complejidad debimos acudir a otras para explicar el misterio: el símbolo, la religión, la poesía. Pero parece que la ciencia, la del tipo caótico o complejo, hace una segunda arremetida y coloniza ahora los espacios que la ciencia determinística dejo abandonados y a merced de hermeneutas, sacerdotes y poetas. ¿No es acaso la literatura una forma secular de la trascendencia? ¿No es la trascendencia una forma compleja de la literatura?

 

Octava observación: no más mediaciones

 

Qué extraño. He dicho atrás hermeneutas, sacerdotes y poetas, ¿no debo agregar escritores? Es decir, la supuesta mediación que cada una de estas figuras ejerce se justifica porque supuestamente existe el misterio y es necesario acercar a los demás, a los que no tienen manera de vivirlo adecuadamente, a una vivencia pertinente del misterio. Lo que creo es que esas mediaciones pueden ir desapareciendo en función de lo que nos enseñen las nuevas herramientas de acceso al misterio: la teoría del caos, el pensamiento complejo y las nuevas tecnologías. Lo que creo que debemos asumir es un dialogo universal (en un sentido técnico pero también humano) que nos permita el discernimiento colectivo del desorden, o lo que sería mejor: la comprensión de los órdenes complejos, incluidos los de tipo espiritual y religioso. Acudiendo a lo que conozco del hipertexto y su potencial comunicativo, la tarea que debería salir de todo esto es la de contribuir a una pedagogía y a una ingeniería del caos y del pensamiento complejo

 

Novena Observación: desapegos y limitaciones

 

Se nos ha pedido constantemente desapegarnos, desapegarnos de todo aquello que ofenda el orden divino. En la práctica, esos desapegos (al dinero, a la familia, al hedonismo, al trabajo, a la vida, por citar algunos) podrían tener efectos “positivos” (en cuanto actitud) sobre peligros tan constantes en nuestro país como son el despido, la guerra, el secuestro, la muerte. Esto suena bien y hasta lo creo viable, pero ¿en realidad seré capaz, al salir de aquí, de ponerlas en práctica? Espero poder lograr un cierto nivel de desapego, pero quizá mi tarea sea la de mostrar literariamente estas tensiones, construir relatos y novelas que muestren esas tensiones en el caldo de cultivo de nuestra sociedad.

 

De salida

 

Sábado. Hemos terninado de almorzar y el voto de silencio ha quedado abolido. Hablo con Yaneth y con mis hijos por el celular y escribo las últimas líneas. Siento que la experiencia me ha servido, salgo con un par de claridades y varios propósitos. Tal vez la forma como expreso esos logros no coincida con la forma como se han expresado aquí los objetivos del retiro. Tal vez hay necesidad de construir una especie de diccionario que traduzca lo que San Ignacio y sus seguidores han propuesto desde que crearon esta experiencia al lenguaje de hoy y sobre todo al lenguaje de mi propia visión de mundo.

 

En ese dentido, quiero expresar una última observación general: ha sido para mí más facil encontrar coincidencias entre mis creencias personales y la idea de Dios y de su acción fuerte, puestas aquí en escena (por ejemplo con la idea de la complejidad). En cambio me sigue costando aceptar la propuesta de considerar la vida de cristo como modelo universal e imperecedero. Y lo que si queda defintivamente por fuera de mi alcance es la aceptación del sentido de los ritos y de los sacramentos derivados por la iglesia católica: me resultan no sólo arbitrarios sino odiosos. Creer en Dios tal vez sea eso que la gente de la nueva era ha propuesto: volver a una espiritualidad más original, más molecular y menos afectada por las grandes narrativas y sus instituciones

 

Décima Observación (extemporánea): sobre los (perversos) alcances de la inmersión

 

Segundo semestre de 2006. Siete años después. Por recomendación de mi amigo Alejandro Pisccitelli he leído el libro de Marie Laure Ryan: La narración como realidad virtual y para mi sorpresa, uno de sus interludios está dedicado a los ejercicios espirituales inventados por San Ignacio de Loyola. Para esta estudiosa suiza, dichos ejercicios constituyen el mejor modelo de lo que ella llama la inmersión narrativa:

 

A san Ignacio de Loyola le corresponde buena parte del mérito de haber desarrollado la técnica para convertir la simulación aristoteliana en una disciplina de la lectura. En los Ejercicios Espirituales, el fundador de los jesuitas realizó una descripción meticulosa de las operaciones mentales que conducen a la inmersión en un mundo textual, que constituye un documento fascinante sobre el sueño utópico de la simulación total y una prefiguración de muchos de los temas que se discuten en el foro de la tecnología de la Realidad Virtual

Los Ejercicios son un programa para el desarrollo y fortalecimiento de la fe que recuerdan curiosamente a un programa para el desarrollo y fortalecimiento de los músculos. (Se cuenta que Ignacio era un entusiasta de la práctica de las artes militares de su tiempo, hasta que la conversión religiosa originada por una herida física le hizo reorientar sus energías hacia la salvación del alma).

 

El practicante debe recorrer un elaborado protocolo que describe con minucioso detalle una secuencia de ejercicios que deben ser completados en un período de cuatro semanas con la guía de un «director de conciencia». Las instrucciones especifican cuántas repeticiones de cada ejercicio hay que realizar, qué tipo de variaciones hay que introducir en cada repetición, cómo mantener el interés del practicante (manteniendo, el suspense narrativo acerca de la siguiente rutina), y cómo equilibrar el entrenamiento espiritual con la vida diaria y las demandas del cuerpo Los ejercicios espirituales propiamente dichos consisten en meditaciones y contemplaciones de las narraciones bíblicas y están dirigidos a producir una participación vivida del yo en los acontecimientos fundacionales de la fe cristiana.

De acuerdo con la doctrina cristina para Ignacio el alma está «encarcelada en este cuerpo corruptible».

 

El alma es el principal objetivo de este programa de entrenamiento porque, si acepta la redención, tiene el poder de sobrevivir a su prisión y recibir un cuerpo nuevo e incorruptible. El truco consiste en poner la parte corpórea del yo al servicio del alma. San Ignacio no propone un modo de escapar a la prisión del cuerpo (eso es algo que sólo los muertos pueden conseguir y los Ejercicios están claramente dirigidos a los miembros vivos y activos de la sociedad) pero sí que explotemos las facultades que poseen, estos «muros inteligentes». La originalidad del método que propone San Ignacio reside en la idea de que los sentidos del cuerpo (vista, oído, olfato, gusto y tacto) pueden utilizarse como peldaños para activar los dos sentidos del alma, la voluntad y el intelecto. Cuando pide al ejercitante, por ejemplo, que contemple el infierno, Ignacio dirige su atención de un sentido al otro, en una sucesión que implica una proximidad creciente del cuerpo al objeto de contemplación. La pintura mental de las torturas del infierno no es un fin en sí misma, sino el primer paso de un ejercicio que consta de tres partes y que conduce de lo sensorial a lo espiritual: 1) comprender la gravedad del pecado y sus consecuencias; 2) utilizar el intelecto para razonar contra él; y 3) utilizar la voluntad para decidir evitarlo.

 

Tal y como ocurre en el caso de la tecnología de la Realidad Virtual, para que tenga lugar la inmersión en estos episodios sagrado es imprescindible una transparencia relativa del medio. Barthesha recalcado lo «plano del estilo» del texto de los Ejercicios: «Purificando de cualquier contacto con las ilusiones y la seducción de la forma, se ha dicho que el texto de Ignacio apenas puede considerarselenguaje. El camino seguro y neutro que garantiza la transmisión de una experiencia mental». El lenguaje, para Ignacio, no es un objeto de contemplación, sino un conjunto de instrucciones para la imaginación que pueden ser parafraseadas libremente.

 

Esta filosofía no sólo conforma su propia escritura práctica sino que también afecta a su manejo del propio texto bíblico. Durante la cuarta y última semana del programa, mientras se muestra al ejercitante cómo rememorar y revivir todo el relato de la Pasión, Ignacio no duda en sustituir el original por su propia narración; el texto que ofrece como guía para la imaginación es un resumen sintético de los cuatro Evangelios. Todas las historias pueden ser contadas un número infinito de veces, y en lo que concierne a los hechos, la versión de san Ignacio es tan buena como cualquier otra. Mientras recorre el itinerario del programa laboriosamente diseñado de los Ejercicios, el ejercitante de la disciplina ignaciana conoce tres maneras de inmersión en el texto bíblico; la representación imaginada del cuerpo en el espacio representado, la participación en las emociones de los personajes y la reconstrucción momento por momento del relato de la Pasión. Cada uno de estos tipos de experiencias está asociado a uno de los constituyentes básicos de la gramática narrativa: escenario, personaje y argumento.

Ahora, siete años después de la experiencia de mis retiros espirituales, puedo afirmar que la descripción que hace Ryan de los ejercicios es perfecta, al menos en lo que tiene que ver con la inmersión en los contenidos bíblicos, pero también en relación con el uso del cuerpo (y de los sentidos) que se hace para disponer el alma. Tal vez, si hubiera podido conocer este texto antes, habría podido vivir otra experiencia muy distinta a la descrita en esta crónica. Tal vez incluso habría decidido no ir. O tal vez no.

Bogotá 1999

Bogotá 2006-2008

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¡Le lavaron el cerebro!

Nunca se casó y ahora todos la tratan como la loquita del paseo. Puede sonar duro, pero es cierto, hoy Patricia, a sus cincuenta y cinco años, no es más que una piltrafa mental, una mujer asustadiza, a veces incluso agresiva y siempre imprevisible. En un buen día puedes conversar con ella y no le notas nada, tal vez un tic suave en sus labios, un leve descordine en alguna frase trivial, la mirada esporádicamente esquiva, el acento fuerte en ciertas palabras, nada de qué preocuparse; pero si te toca el final de una tarde agotadora o el comienzo paranoico de un día, puedes llegar a convertirte en el desafortunado chivo expiatorio de todos sus males, en el culpable de sus desgracias y, lo peor, en el destinatario de sus alucinaciones.

Esa es ahora Patricia, que pena, una mujer que a los veinticinco años era una profesional brillante, llena de futuro y de proyectos, culta, cultísima como ninguna, nada fea y con una personalidad a toda prueba. Proveniente de una familia con recursos, tradición y no exenta de alcurnia, pero sencilla, Patricia era lo que uno podía llamar una mujer interesante, abierta a las ideas progresistas, sensible a la endémica injusticia social de nuestro país pero no por ello afiliable a la izquierda política, pues despreció siempre el falso compromiso burocrático de los partidos y nunca creyó en la vía violenta como salida.

Nadie podía imaginar que eso que comenzó como uno de los numerosos y arbitrarios allanamientos derivados de la reciente aprobación y aplicación del tristemente célebre “Estatuto de Seguridad” (estrategia de terror antisubversivo del gobierno de Turbay Ayala), y que constituyó un pequeño escándalo, si, y hasta se convirtió en el tema de comentarios para los habitantes del edificio de apartamentos de estrato cinco donde vivían Patricia y su familia; nadie podía imaginar que todo ello terminaría en semejante tragedia.

Es más, después de los casi dos meses de reclusión que sufrió Patricia en las fatídicas caballerizas del ejército en Usaquén, todo pareció regresar a la normalidad. Ella regresó a sus clases en la universidad nacional, su familia sorteó con dignidad la morbosa curiosidad de sus vecinos y de sus amigos y hasta el temido estatuto fue declarado inexequible por la Corte Constitucional, de modo que el asunto habría podido archivarse en el mismo lugar a donde van a parar las anécdotas o los gajes del oficio o las cosas de la vida. Pero no, no porque la procesión venía por dentro…

Casi un mes después, Patricia sufrió su primera recaída. Al principio malos sueños, pesadillas que la llevaban a la sala de torturas o a su celda, donde el rostro del verdugo aparecía burlándose cruelmente de su condición. Después, ataques incontrolables de paranoia que podían suceder lo mismo en su oficina que en medio de una clase y que con el tiempo se hicieron intolerables para sus colegas y sobre todo para los muchachos que sólo pedían tener al frente a una persona normal dispuesta a ofrecerles sus conocimientos.

Su situación se complicó tanto que tuvo que ser ingresada a un centro de atención mental, donde permaneció un mes y donde se le diagnosticó una grave psicopatía. Después de eso ya las cosas no fueron lo mismo. Tuvo que renunciar a la universidad y sus relaciones personales se deterioraron hasta el punto que su propia familia se declaró impotente para sobrellevar el problema. Pero lo más sorprendente vino poco después.

Tras un largo tratamiento, se supo que Patricia se había enamorado perdidamente de su verdugo. Nada más irónico; el mismo hombre que noche tras noche la visitaba allá en la celda a las horas más inesperadas para preguntarle con voz suave y gentiles modales si necesitaba algo, pero que en realidad sólo esperaba minar su voluntad impidiéndole dormir adecuadamente, el mismo hombre que no tuvo reparo en coordinar el trabajo más sucio (incluidas torturas físicas) para sacarle la verdad, el mismo hombre que le llevaba las mentiras más atroces acerca de sus parientes y de sus amigos para quebrar su entereza, ese mismo hombre, un sobresaliente carnicero, graduado con honores en el arte de la tortura resultaba ahora ser su amor, la necesidad más grande en su vida.

Nada más irónico.

No había modo de entenderlo, por más explicaciones reforzadas que ofreciera el sicólogo, que una manifestación singular del complejo de Electra, que una rara manera de soportar el terrible recuerdo que sus mecanismos síquicos de defensa habían inventado, que la evidencia de una negación sicótica, nada podía explicar semejante exabrupto. Pero Patricia se empeñaba en defenderlo, en justificar sus acciones como producto de una manipulación de la que él era una víctima, y si no, ¿cómo explicar que la siguiera llamando, que la siguiera viendo, que la tratara con tanto cariño, cuidado y arrepentimiento? Y no había manera de hacerla entrar en razón, no hubo manera de hacerle saber del peligro que había en ver al verdugo, que el hombre seguramente la engañaba para mantenerla a la vista, bajo vigilancia.

Pero no, nada que hacer, los sueños de Patricia se convertían en una cada vez más insoportable mezcla de fantasías eróticas y terribles espejismos de sus torturas, y en la vigilia no había más espacio que para la obsesión de su “gran amor”. Un gran amor que resultó ser otra farsa de su mente, quizá la más elaborada, la más terrible, pues se supo que, en medio de su paranoia creciente, ella había inventado otro mundo, mundo perfecto donde Diego, el verdugo, era el ser más agraciado, inteligente y bondadoso, y su relación con él la más armoniosa que nadie podía demandar. Fantasía que la condujo a la esquizofrenia, para la cual no hubo más remedio que el tratamiento siquiátrico, con sus drogas y sus tratamientos, pero sin una cura real.

Pasaron los años, con épocas de recuperación, con momentos brillantes y productivos, pero con recaídas terribles, y no hubo más remedio que convivir con aquél mal, con la triste historia de horror de Patricia, una más de las víctimas de aquella época oscura que vivió el país y que comenzó el 6 de septiembre de 1978, cuando, recién posesionado, el Presidente Julio César Turbay Ayala, expidió el decreto 1923, conocido como Estatuto de Seguridad.

Este decreto fue la respuesta del gobierno a un llamado hecho un año antes por los altos mandos militares al gobierno de López Michelsen, quienes, inspirados en la experiencia argentina y apoyados por la “inteligencia norteamericana” esperaban que el gobierno tomara nuevas medidas para salvaguardar la soberanía nacional interna y externa, pero sobretodo para evitar la repetición de hechos como los acaecidos un año antes, durante la llamada huelga general del 14 de septiembre y que significó la comprobación de una madurez política popular que resultaba intolerable no sólo para los militares, sino para lo que ellos llamaban en su carta las fuerzas vivas del país.

Amparados en el Estatuto de Seguridad, las Fuerzas Militares detuvieron y torturaron a varios miles de personas. La inmensa mayoría de éstas fueron procesadas por tribunales militares, acusadas de actividades subversivas. Se desencadenó una oleada de allanamientos, se llenaron de presos políticos las cárceles y las torturas y violaciones de derechos humanos se convirtieron en el pan de cada día.

Entre los casos más sonados se recuerdan el del poeta Luis Vidales quien, con ochenta años de edad, fue conducido a las caballerizas de Usaquén, lugar de las torturas y de los ajusticiamientos; el del escritor Gabriel García Márquez, quien tuvo que salir del país, bajo protección mexicana, cuando se descubrió que estaba en una lista de personas a detener; la detención arbitraria y las torturas causadas a Olga López de Roldán que dieron lugar a un fallo de condena a la nación por el Consejo de Estado; las torturas infligidas por personal militar contra dieciocho estudiantes detenidos en Bogotá en 1979 y que le Instituto de Medicina Legal documentó en un dictamen pericial concluyente como “lesiones externas visibles de violencia”; y la muerte de Jorge Marcos Zambrano en febrero de 1980, debido a torturas ocasionadas por personal de Inteligencia Militar en las instalaciones del batallón Pichincha de Palmira, famoso porque después de dos consejos verbales de guerra, los militares involucrados fueron declarados inocentes a pesar de toda la evidencia en su contra.

Qué curioso, se pregunta uno ahora, cuántas Patricias, cuántas Olgas, cuantos estudiantes, cuántos Jorge Marcos ya no están con nosotros o, peor, andan por ahí medio chiflados, muertos en vida, con existencias destrozadas, víctimas de ese vaivén (entre la legitimidad y la violencia como diría el historiador Marcos Palacios) que nuestro país ha convertido en su modo de ser desde que inició su historia.

Qué curioso, a una acción de protesta legítima como la del 14 de septiembre del 77, siguió la aplicación del estatuto, a su declaración de ilegalidad, siguió la conformación de las tenebrosas fuerzas paramiltares que acabaron no sólo exterminando un partido político completo (es decir, convertidos en los sucedáneos de la tarea que ya el ejército y la policía no podían hacer abiertamente), sino que construyeron, con el apoyo de cierta fracción de la clase política del país, todo un proyecto de reconstrucción de “la Patria”, hoy legitimado bajo la llamada política de seguridad democrática del gobierno de Uribe.

Qué curioso, me pregunto hoy si ese “lavado de cerebro” que le infringieron a Patricia allá en las caballerizas de Usaquén y que la hizo amante de su verdugo no es el mismo en esencia que hoy a nivel colectivo explica por qué adoramos al autoproclamado mesías que hoy tenemos por presidente, el mejor títere de Washington (y de su doctrina de dominación) que jamás hayamos tenido.

¡Nos lavaron el cerebro!

Con cuánta gente nos tropezamos diariamente sin percatarnos de nada, hombres y mujeres asustadizos, a veces incluso agresivos, pero siempre imprevisibles con quienes en un buen día se puede conversar sin notar nada, tal vez un tic suave en sus labios, un leve decordine en alguna frase trivial, la mirada esporádicamente esquiva, el acento fuerte en ciertas palabras, nada de qué preocuparse; la misma gente que, sin embargo, tras una tarde agotadora o el difícil comienzo de un día, puede llegar a convertirnos en el desafortunado chivo expiatorio de todos sus males, en los culpables de sus desgracias o, lo peor, en los destinatarios de sus alucinaciones… Con cuánta gente no tropezamos diariamente sin percatarnos de nada…

¡Nos lavaron el cerebro!

Bogotá 1979

Bogotá 2008

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Gabriel Ángel

Apenas si pude reconocerlo. La imagen de ese cuerpo inerte que mostraban los noticieros no coincidía para nada con la facha del tipo vivaz, aunque inesperadamente flemático, que tuve frente a mí, la última vez que nos vimos, unos doce años atrás. Y sin embargo tuve la inmediata certeza de que era él: Miguel Gómez, o Gabriel Ángel, comandante-del-bloque-Caribe–de-las-FARC, como majaderamente anunciaba la presentadora. Los gestos juveniles de su rostro que -persistentes- aún guardaba en mi memoria como la referencia más clara de su asombrosa presencia, habían desaparecido. El bigote espeso y descuidado que llenaba el primer plano de las imágenes restaba protagonismo a sus ojos grandes, vivarachos y brillantes, sin duda el rasgo más seductor que poseía Miguel. ¿A dónde había ido a parar ese encanto que enamorara perdidamente a Carolina hace veinte años, cuando todo esto comenzó?

— Hermano, pero si esa vieja es de lo más feo que ha pasado por el bufete. ¿Acaso no sabes cómo la llaman aquí? “caremuerto”. Claro que ella ni se da cuenta. Imagínate que se queda lo más de tranquila. cuando se la encuentran de frente y la llaman “Care”.
— No sé por qué te preocupas tanto, Jaime. Carolina es una mujer maravillosa, llena de virtudes, virtudes que los que andan como tú, ansiosos de piernas torneadas y caras perfectas, no pueden apreciar. Desde ayer es mi novia y así quiero que la traten aquí, como a mi mujer, es decir, con el mayor respeto.

Y entrábamos en discusiones sobre si el respeto no debía más bien ella merecerlo por sí sola, y entonces él contra-argumentaba diciendo que se refería a un respeto adicional, derivado de la relación con él, y que por eso había utilizado el adjetivo “mayor”, y no dudaba en sacar a relucir sus mejores armas retóricas del arsenal que los jesuitas le habían proporcionado durante su formación básica y que él se había encargado de pulir mientras culminaba una brillante carrera de abogacía en la Nacional. Así era él: categórico, brillante y sobre todo terco como una mula. Por eso me parecía tan raro que Miguel se hubiera enamorado de Carolina, una abogada sin mayor talento, ni belleza, con unos ojos verdes demasiado grandes que no le hacían gracia, pero que a él, a Miguel, le parecían los ojos más hermosos del mundo. Razones tendría ese hombre joven, bien parecido, culto, de palabra fascinadora e insidiosa, graduado con honores, sensible a la injusticia social, generoso, y terco como una mula; razones que nunca quise indagar.

Los noticieros estaban todos en la misma cosa: anunciando el “golpe contundente” que acababa de dar el ejército a las FARC con la muerte de Gabriel Ángel. Y, como siempre, ahora resultaba que este comandante guerrillero era el autor de no sé cuántos asesinatos, masacres, secuestros, dueño de todo un prontuario que de pronto salía a la luz pública como por arte de magia. No sé si alguien se ha puesto en la tarea de averiguar por qué es que cada vez que capturan o matan a un guerrillero resulta ser el más temido, causante de todo lo que se ha cometido en las últimas semanas. El resultado sería evidente: se trata de la convergencia, siempre oportuna, siempre dispuesta, de la maniobra del chivo expiatorio del establecimiento, el sensacionalismo mercantil de los noticieros y la mala memoria de los colombianos. Una fórmula perfecta que por eso nunca falla.

Aunque jamás me lo dijo -ni siquiera cuando nos vimos hace doce años y se lo pregunté de frente- yo sé de donde sacó Miguel su alias. Gabriel por nuestro Nóbel y Ángel, por Miguel Ángel Asturias, por el Cara de Ángel de El señor Presidente. ¡Alumbra lumbre de alumbre, luzbel de podredumbre! ¡Alumbra lumbre de alumbre, sobre la podredumbre, luzbel de podredumbre! El efecto de ese apodo es a la vez poético y extraño. Miguel era –había sido toda la vida– efectivamente, un ángel, un tipo medio ingenuo y sobre todo quijotesco; lleno de sensibilidad y de arrogancia, pero siempre dispuesto a ayudar al necesitado con una generosidad que alcanzaba a veces los límites de lo irracional. ¿Por qué entonces llegó a ser lo que fue? ¿Se convirtió en un ángel exterminador o, mejor aún, en un ángel caído, bello y malo como Satán, o simplemente –como percibí en nuestro encuentro– se había encerrado en un mundo hermético y austero, como debe ser el de los ángeles? No creo que fuera sólo su gusto literario lo que estuviera en juego en su alias, sino algo mucho más profundo y del todo misterioso.

Entró a mi oficina perfectamente vestido. Se le notaba que estaba estrenando su modesto pero elegante traje de calle, se le notaba también que hacía mucho tiempo, desde la época del bufete, que no usaba corbata. Estuvo incómodo desde el primer momento. El frío ademán de saludo con el que respondió a ese abrazo lleno de calor que le brindé y que cayó en el vacío de una espalda tensa, erguida, marcó la pauta de la corta conversación que sostuvimos.

–Tiempo sin verte Miguel. ¿Dónde estuviste todos estos años? Estabas perdido. Pero siéntate ¿En qué te puedo servir?
–Bonita Oficina señor Defensor. Hecha a la medida de lo que mereces –me dijo con un tono ambiguo en su voz, que me desconcertó. Supe que no estaba ante el amigo que diez años antes me había pedido sinceramente consejo y ayuda.

Llamó a mi casa muy tarde. Recuerdo que acababa de dejar las copias de algún sumario que estaba leyendo, y que me había sumergido ya en el primer sueño, cuando el timbre del teléfono me sacudió. Recuerdo que renegué por haber olvidado desconectar el aparato, pero al fin contesté. La angustia de Miguel era tan intensa que se hundió en mi cama y acabó de despertarme. Me hablaba de un problema familiar que había tenido Carolina y del viaje intempestivo que ella había tenido que hacer a su pueblo. Estaba realmente acongojado por no haber podido acompañarla y me suplicaba que le ayudara a conseguir el dinero para trasladarse a la costa y estar lo más pronto con su amada. Le prometí que hablaría con mi padre para ver si él podía adelantarle algo de salario, y así pude deshacerme de sus súplicas emotivas e insistentes. Recuerdo que volví a renegar por mi descuido y que ya no pude conciliar el sueño. Recuerdo que volví a tomar el fajo de papeles y que el frío comenzó a helar mis manos.

–Pero cuéntame de tu vida, hombre. Lo último que supe fue que te quedaste a vivir en el pueblo de Carolina después de su muerte.
–La verdad, Jaime, no vine a hablar de eso contigo –me cortó sin piedad-. Mi vida ahora no me pertenece, está empeñada al proyecto de liberación nacional. Mi pasado ya no importa, es del presente y del futuro de lo que quisiera hablar contigo.
–Estás muy misterioso, Miguel –le dije confundido–. La verdad no comprendo de lo que me hablas.
–Misterioso no. Clandestino que es otra cosa.

La expresión heló mis gestos. Comprobé así, de esa manera terminante e inesperada, lo que había sido hasta ahora un rumor que me negaba a admitir: que Miguel se había unido a las filas de la Subversión. Entonces no había muerto, como algunos llegaron a afirmar, sino que se había hecho “clandestino”.

En la televisión, el periodista seguía con sus disparates. Hablaba de no se qué antecedentes y de no sé que vida anterior del comandante muerto, se magnificaban sus acciones como estudiante de la Nacional y hasta forzaban una imposible relación de la orden jesuita con su vinculación a la guerrilla. Una sarta de mentiras que ahora se tragaría entera el honorable público. Ganas daban de intervenir, de aclarar, pero ¿para qué? ¿Qué sentido tendría que un magistrado ofreciera su testimonio de relación personal? ¿Qué podría ganar Miguel, qué podría ganar yo, que podría ganar el país, confundido como está?

Miguel llegó temprano a la oficina y esperó la cita con papá, a quien yo había enterado de lo sucedido. Pero no obtuvo el apoyo esperado ¿Se había vuelto loco Miguel? ¿Qué era esa carajada de correr tras el culo de Carolina? Ni más faltaba, que espere un poco, al fin y al cabo, el viejo no había muerto, sólo estaba enfermo. Miguel renunció ese mismo día al bufete, ante el asombro de papá, quien confiaba ciegamente es su genio, pero no contó con su emotividad. Y como loco viajó esa noche en autobús hasta la costa, sometiéndose a un duro viaje de más de treinta horas. Tres días después del viaje de Carolina, Miguel llegó al pueblo de donde ella era oriunda y se encontró no con uno, sino con dos ataúdes. Suegro y novia muertos fue lo que tuvo que presenciar Miguel a su llegada a Valledupar.

–Si hombre, no te asustes. Ando en la clandestinidad desde hace ocho años. No tuve otra opción.
–Pero, ¿como fue? ¿Qué pasó? ¿Tuvo algo que ver la inesperada muerte de Carolina?

Ufano, el comandante del ejército ratificaba las especulaciones periodísticas. Se mostraban fotos de Miguel de diversas épocas. Fotos tan diferentes unas de otras que parecía que estuviéramos viendo personas distintas. Se hablaba de la función ideológica del comandante muerto, del papel estratégico que jugó durante las llamadas audiencias públicas del Caguán. Incluso mostraron un par de videos en los que aparecía uniformado y armado, detrás de los jefes del Secretariado. No faltó su vinculación al asesinato de la Cacica. Todo tan bien documentado que resultaba evidente la alianza entre periodistas e inteligencia militar.

Según me contó Miguel en nuestro encuentro de hace doce años, después de la muerte de Carolina las cosas se fueron desenvolviendo de una manera tan frenética y precisa que parecían obedecer a una especie de libreto predestinado. Primero el deber moral de acompañar a la viuda y a los hermanos menores. Después sus buenos oficios como abogado para sacar adelante lo de la sucesión. Más tarde el favor a un primo en aprietos y la asesoría al negocio de algún familiar. La cola de “clientes” se hizo interminable y él se sentía obligado a atender a tantos “necesitados de justicia”, así lo dijo: necesitados de justicia, como si no fueran más que simples litigios. El éxito de sus gestiones lo llevó al sindicato y desde allí al liderazgo comunitario y finalmente a la tentación política. Todo esto en menos de un año, cosa que no me sorprendió, pues correspondía en una medida apenas justa, al reconocimiento de su genialidad. Pero tras la luna de miel, los problemas. Al comienzo con otros abogados, después con los políticos de la región y al final con la policía. No tardó en llegar el acoso de otras fuerzas menos claras. Pero la gota que desbordó el vaso fue su ingreso a la UP.

–O renunciaba a mis ideales, desafiliándome, o moría en alguna de esas operaciones de limpieza que empezaron a darse en toda la región.
–Pero hubieras podido regresar a Bogotá, donde tenías amigos y familia.
–No creas, Jaime. El efecto del estatuto de seguridad se había consolidado en una red tenebrosa que te impedía moverte sin riesgo en ninguna parte. El gobierno prácticamente había expedido licencias para matar a todo activista o simpatizante de la izquierda. Además Bogotá, conociendo a tu papá y tras la escena de mi renuncia, estaba vedada para mí, así que no tuve opción.

Al otro día ya no se habló más en los medios de Gabriel Ángel. Algún peculado, alguna toma guerrillera, tal vez un huracán o el resultado de un partido de fútbol llenaron el espacio noticioso. Llamé a la familia de Miguel y les ofrecí mi sincero pésame, así como disculpas por no poder asistir a su funeral. Noté en sus reacciones el mismo tono de reproche que de alguna manera advertí en las palabras de Miguel, durante nuestro encuentro de hace doce años.

–Hermano, este país se jodió hace rato y no hay manera de arreglarlo a las buenas, como tu intentas hacerlo desde la comodidad de tus cargos y de la herencia política de tu papá –me dijo Miguel ya roto el hielo.
–¿No crees que es injusto lo que dices? Yo en cambio creo que es desde la apuesta a una institucionalidad fuerte que podemos hacer algo. No creo que la toma violenta del poder pueda ser la respuesta. Llevamos no sé, cien años o más en lo mismo y sólo hemos dejado resentimiento
–No, viejo, el resentimiento viene de la injusticia social y del sistemático ataque a los derechos civiles que la gente como tú, apoltronada en el poder, han causado.
–La nueva constitución intenta remediar muchas de las cosas que hemos hecho mal por años –intenté repostar.
–Nosotros apreciamos el esfuerzo –dijo Miguel como si me estuviera entregando un mensaje del Secretariado–, pero tenemos serias dudas de que la cosa funcione. Lo más seguro es que todo quede en el papel o que la reacción reforme el texto a su favor. Estas cosas, Jaime, tienen el peligro de demorarse o desviar el objetivo.

En sus palabras notaba una especie de discurso viejo, proveniente de los setentas, ninguna evolución, ninguna nueva propuesta. Se lo dije y fue como si hubiera echado hielo a la entrevista. Tomó su cabeza con ambas manos y sé que hizo un esfuerzo muy grande para no lanzar improperios. Entonces dio por terminada la reunión

–Sólo quería que supieras que estoy vivo, que el país no es lo que tú piensas que es, que estamos ahora en dos extremos irreconciliables y que ya no creo en la salida pacífica
–Pero Miguel, deberías pensarlo. Mira que los del eme han cambiado su apuesta, yo podría ayudarte, hay programas de reinserción…
–Viejo –me interrumpió–, la única ayuda que necesito es para con mi familia. Que no los jodan. Sé que te puedes encargar de eso, que no los jodan.

Lo dijo con lágrimas en sus ojos, se levantó y salió ya sin despedirse. Yo me quedé un rato pensando si habría podido hacer algo por retenerlo, si el riesgo que Miguel había corrido al presentarse en mi oficina no tendría otro objetivo. Llegué a la conclusión de que nos habíamos alejado irremediablemente, de que no había nada que hacer, y que vendrían cosas muy duras para el país.

Gracias a mi cargo obtuve información detallada de las circunstancias de su muerte. Su familia la recibió de mis labios con desconfianza y dolor. Hablé luego con algunos de los compañeros de colegio con quienes organicé un homenaje discreto para Miguel. Nos reunimos en la casa de uno de sus mejores amigos de la época, el quechua Quiroz. Fue una linda oportunidad para recordar sus travesuras en el colegio, su extraordinaria personalidad, su gran sensibilidad poética y literaria, su inmensa capacidad de liderazgo. Pero por más que buscamos, no encontramos por ningún lado la secuencia lógica que explicara finalmente su destino. Quedaron sin resolver muchas preguntas. ¿Tuvo algo que ver la extraña muerte de Carolina? ¿En realidad no había otra opción que la clandestinidad? ¿Qué había hecho Miguel para ser considerado por las fuerzas oscuras como objetivo militar? ¿Habría matado a alguien? ¿Éramos nosotros los que no veíamos claro? Nos sentimos confundidos. Algunos consideraron que Miguel había enloquecido, otros se sintieron defraudados, pero la mayoría manifestó una especie de respeto por su decisión y su valor.

Esos veinte años que van desde el momento en que Miguel como un loco corre tras Carolina y el instante en que los noticieros lo muestran abatido serán para nosotros un completo misterio, pero no podrán dejar ya de afectarnos. De alguna manera, ese tiempo oscuro, ese viaje inesperado, significa la diferencia entre lo que somos y lo que pudimos ser.

Bogotá 1970 – 2003
Bogotá, 2004

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