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Archive for the ‘Otros ámbitos’ Category

A propósito de la confirmación de mi viaje a Buenos Aires para finales de julio próximo, he redactado, en clave de conversación apócrifa, estas anécdotas del maravilloso viaje por La argentina en 1896., sacadas con urgencia del arsenal de mi memoria. En la imagen de la izquierda, un retrato mío de la época, a modo de comprobación de que el paso de 25 años explica perfectamente el deterioro. Son recuerdos pasados por el tamiz de la ficción que no corresponden entonces estrictamente a lo sucedido (por lo demás ya tan lejano que no es posible presentificarlo), sino más bien al tono que fue adquiriendo la supuesta conversación con mi imaginario interlocutor.

Malargüe insólito

En Malargüe, un pueblito en el sur de la provincia de Mendoza, sucedieron cosas muy curiosas. Llegué allí en plenas vacaciones de invierno, de modo que el campamento estaba prácticamente vacío y el ingeniero que me recibió y sirvió de tutor de mi pasantía hizo todo a regañadientes, como si yo hubiera llegado a incomodarlo. Nunca confié en él a pesar de que no hizo nada que pudiera calificarse de agresivo. Era más bien su modo de mirar y de hablarme lo que me llenaba de prevenciones. Me instalé en un pabellón que normalmente alberga a cuatro personas pero que debido a las circunstancias tuve para mí solo, lo que amplificaba la sensación de soledad. En los extremos de la construcción quedaban las habitaciones y en el centro los servicios comunales: baños, cocina y estar, pero permanecer allí sin compañía me hacía sentir muy extraño. Salíamos hacia las siete de la mañana a la planta de producción donde debía desarrollar el entrenamiento al que había sido asignado, y que quedaba a unos dos kilómetros del campamento; regresábamos al medio día, cada uno a su habitación a preparar el almuerzo y hacia las dos volvíamos al trabajo, para retornar a eso de la seis de la tarde. Así por largos veinte días. El silencio y la clausura eran tan abrumadores en las frías noches del campamento que en varios momentos tuve la impresión de que me estaba volviendo loco. El único consuelo era la radio que no sintonizaba sino una emisora local y de la cual se adueñaba el cura todo el día para convertirla en una extensión de su púlpito.

Así que no fue de mi tutor de quien pude ser amigo, sino de un muchacho de la administración, un poco más joven que yo, quien desde el comienzo fue muy amable, llevado tal vez por la compasión de verme tan íngrimo. Gracias a él pude salir de la sensación de haber llegado a un pueblo fantasma. Si bien Malargüe es muy pequeño, tiene una vida llevable, con todos los servicios, incluida una discoteca donde tenía lugar la fiesta de los jóvenes de cada fin de semana y a la que fui un par de veces con mi amigo Daniel. También de su mano conocí las impresionantes montañas de los alrededores y el famoso centro internacional de esquí de Las Leñas, que por aquella época estaba en su esplendor, así como la Laguna de Llancanelo y hasta el observatorio de rayos cósmicos, dos de sus atracciones más famosas. A la larga entonces no la pasé tan mal en aquél lugar argentino y eso me animó a pasar sin aviso por la cabaña del ingeniero, justo una par de horas antes de partir para el aeropuerto. 

Cuando llegué, no vi a nadie por allí, así que dudé entre regresar a mi cabaña o entrar. Pero como la puerta estaba abierta, me decidí por esto último y fui hasta el final del corredor hacia la sala donde tampoco encontré a nadie por lo que, atrevido, impertinente, entrometido, indiscreto, bruto, abrí la puerta de la habitación, sólo para ver al ingeniero de rodillas chupando la verga de un muchacho que reconocí enseguida como uno de los operarios de la planta. Petrificado, los vi desde la puerta; ellos también me vieron, pero apenas si se inmutaron. Alcancé a ver el rostro aindiado del ingeniero que salió de la habitación cuando partí presto y completamente impresionado hacia mi cabaña y, claro, no fue él quien me condujo al aeropuerto sino algún otro empleado de la planta que disculpó al ingeniero por haber tenido que atender una urgencia.

Todavía tengo pesadillas con aquella imagen inesperada. Se presenta en medio de mis sueños tranquilos con variantes y eso me atormenta. A veces el ingeniero arremete contra mí, a veces soy yo quien vulnera al joven operario, a veces estamos los tres y nos turnamos, es horrible. La cara de indio del ingeniero siempre está presente con sus ojos de hielo y su sonrisa sardónica y en ocasiones se vuelve gigantesca hasta copar toda la habitación, es insoportable. Después de viejo y todavía con estos temores adolescentes que quien sabe cómo interpretaría un loquero. A lo mejor es alguna mariconada mía por allá profunda, por eso mejor me la guardo, ¿no crees?

Con esos amigos para qué enemigos

Hablando de mariconadas, te quiero contar, a riesgo de que me creas poco varón, con la que me salió Oscar, el compatriota que me llevó a pasear por la avenida Santafé el día de mi llegada a Buenos Aires. Habían pasado ya un par de meses y yo la verdad es que todavía no tenía afinada la capacidad para reconocer maricones que hoy, a punta de fiascos ya tengo, o si no me hubiera dado cuenta de la gran loca que era el colombiano, una loca escondida detrás de su apariencia de ejecutivo, detrás de su barba cerrada, detrás de una voz de locutor. Si lo de la percepción homofóbica hubiera estado perfeccionada no hubiera aceptado la oferta de compartir su apartamento, por más colgado de plata que hubiera estado, por más aburrido de las rigideces de doña Raquel, por más cansado que hubiera estado de las prepotencias de mis compañeros argentinos de habitación. Pero no, me hubieras visto allí de lo más fresco, pasándome al apartamento y hasta aceptando, ingenuo, bruto, pendejo, dormir en la misma cama doble con el Oscar, por aquello de no pasar la noche en el incómodo sofá de la sala, mientras llegaba la cama que había adquirido, cosa que tardó más de lo debido. Mucho idiota. La primera noche, normal. Pero ya en la segunda, sentí que el compañero se acercaba demasiado, cosa a la que le di alguna explicación ligera, pero en la tercera (y la bendita cama nada que llegaba) ya se atrevió a tocarme el pirulí. Y ahí si se me salió todo la homofobia de la que era capaz y armé el escándalo allí mismo; escándalo del que tuve al final un beneficio inesperado y fue que me quedé yo solo con el apartamento, gracias también a la terrible amenaza que le lancé a la mañana siguiente del incidente y que de verdad estaba dispuesto a cumplir, lo que obligó al pobre Oscar a pernoctar en un hotel la cuarta noche y otras más, y a mudarse a otro apartamento bien lejos del que me albergó en Palermo Viejo por varios meses. Fin de la luna de miel.

Amores y plutonio


Pero no todos los chascos fueron de este tipo. Hay un par muy más graciosos y menos dramáticos. Sucedieron ambos en Córdoba. A mí llegada a esa bella y hospitalaria ciudad, tuve que escoger un hotel para los quince días de mi estadía y después de varias vueltas y de sopesar las posibilidades económicas, me instalé en un hotel del centro, de fachada republicana muy bonita y en apariencia bueno y limpio, pero la verdad es que resultó de lo más incómodo y asqueroso. Todo era viejo, no sólo la fachada sino incluso las cobijas, raídas y olorosas a moho. Así que al otro día inicié un nuevo tour en busca de un mejor hotel y esta vez mi criterio de selección fue una fachada moderna. Pasé toda la mañana en esas y ya un poco cansado me decidí por uno al que había entrado una hora antes. Me registré y recibí de la administradora dos preguntas. Una, si iba estar acompañado y la otra, cuánto tiempo me iba a quedar. Me parecieron normales y contesté que sólo y por dos semanas. Sin embargo, las respuestas debieron parecerle extrañas a mi interlocutora porque volvió a hacerlas y ante mi reiteración sólo miró a su asistente, quien levantando sus hombros dio a entender que nada se podía hacer. Quedé algo inquieto, pero pronto mis aprehensiones pasaron a un segundo plano, pues subí a la habitación y me encontré con un cuarto amplio, luminoso, limpio, de buen olor y con un balcón que me ofrecía una bonita vista. Como había perdido tiempo, dejé mi equipaje y salí presto para el laboratorio donde me esperaba un arduo trabajo. Esa noche, después de recibir a modo de saludo un gesto algo extraño del encargado nocturno del hotel, subí a la habitación y caí como una piedra. Me despertó un grito de mujer que parecía obedecer a una visión terrorífica. Se sucedieron los gritos un par de veces más, cada uno más intenso que el anterior y después vinieron unos jadeos, pero esta vez de un hombre que parecía estar ahogándose. Hubo un silencio y entonces escuché más jadeos, sólo que a una distancia mayor, como si provinieran de otra habitación. Pasé la noche en vela acosado por estos sonidos extraños y continuos y a la mañana comenté a la administradora lo sucedido. Vi el intento en su rostro de contener la risa, hasta que no pudo más y entonces me preguntó si en verdad no me había dado cuenta de que me había instalado en un hotel de paso, cuyos clientes habituales eran parejas urgidas de amor. No puede ser, le dije alarmado y avergonzado, pero ante la perspectiva de iniciar un nuevo recorrido de búsqueda le pregunté si resultaría muy extraño o incómodo que a pesar de eso me pudiera quedar y  ella dijo que ningún problema, que era mi decisión, que nada me lo impedía, y nos echamos a reír un buen rato. La verdad es que nos hicimos amigos y ella y su asistente, una chica joven muy guapa, se convirtieron en mi compañía, en mis confidentes y en mi guía por la hermosa ciudad argentina.

El otro asunto tiene que ver con el trabajo que yo desempeñaba. Como parte de mi entrenamiento, debía visitar la central atómica de Atucha. Junto con otros dos colegas, fuimos el día señalado hasta las impresionantes instalaciones nucleares, donde conocimos en detalle toda la parafernalia tecnológica de la que estaban tan orgullosos los militares. Pasamos por oficinas, gigantes consolas de control y laboratorios, y finalmente nos llevaron, con todas la medidas de seguridad del caso, incluida la aparatosa indumentaria antirradiación, a la sala del reactor nuclear. Pero justo antes de ingresar al corazón mismo de los reactores, el joven ingeniero guía nos entregó un breve folleto con lo que, sugería, eran las indicaciones en caso de accidente nuclear. Una primera rareza es que en la contraportada del folletito aparecía, completa, la oración del Padre Nuestro; la otra era que en el pie de la portada, en letra minúscula, se leía la siguiente exhortación: “Ábralo sólo en caso de incidente nuclear”. Mi curiosidad sin embargo fue mayor que esta advertencia y lo que encontré en la primera página fue el siguiente título: “Hijo de puta, le dije que sólo en caso de incidente nuclear”. Avergonzado, cerré el folleto y miré de reojo a uno de mis colegas que también había hecho lo mismo. Entonces los tres pasantes miramos al ingeniero, quien estalló en risa y luego nos explicó que era la manera que ellos habían encontrado para bajar la tensión natural que producían siempre estas visitas. Un poco drástica la estrategia pero realmente efectiva.

Sí, ese viaje a la argentina estuvo lleno de historias, todas de tipo formativo, fue mi verdadero ingreso a la madurez del mundo adulto y en ese sentido contribuyó a la pérdida definitiva de mi inocencia

Papa criolla, curuba y cocacola

Papa criolla, curuba y cocacola, sería un buen título para lo que te voy a contar ahora, si algún día te animas a publicarlo. Es parte también de los aprendizajes que me ofreció ese viaje por argentina. Hacia la segunda semana, después de haber conocido las delicias de la, para mí, desconocida pero a la larga escasa gastronomía argentina, de haber probado el bife chorizo, la milanesa, las empanadas, las picadas y los asados, pero también los alfajores y las pastas, hubo un día, en que sentí que algo en mi organismo se quebraba, como si nada pudiera satisfacer mis necesidades, como si los alimentos que ingería pasaran derecho sin entregarle a mi cuerpo sus nutrientes. Todo comenzó a hacerme daño y a los pocos días entré en colapso, tuve por varios días escalofríos, fiebres, diarreas y vómitos, dificultades para respirar, y por eso me llevaron al médico, quien al revisarme llegó a la conclusión de que había hecho un cuadro de abstinencia, pero como no tenía antecedentes de abuso de drogas o de alcohol, el asunto quedó en pura observación y la verdad es que a los pocos días todo volvió a la normalidad.

La explicación de ese curioso episodio llegó por vías inesperadas, a través de los sueños, que en las circunstancias de mi experiencia eran el único y más expedito camino hacia la verdad. Un día desperté ansioso en medio de un sueño en el que compartía un verdadero banquete de comida local con mis seres más queridos. Y de ese banquete, los alimentos que más se desacataban, los que yo comía desaforadamente, eran la papa criolla, el jugo de curuba y, entrometida, metiche, foránea, la bendita cocacola.

La papa criolla es un pequeño tubérculo redondo de color amarillo y sabor arenoso que se puede preparar cocida o frita y la curuba es una fruta indescriptible en palabras, de un sabor ácido y algo amargoso que generalmente se mezcla con leche. La cocacola, es todo lo contrario, no necesita ser presentada, como diría un mal animador de programas de televisión. Pues bien, la falta de esos tres alimentos, los dos primeros por física inexistencia en argentina y el último por lo elevado de su costo, había hecho que mi organismo reaccionara de esa forma tan radical. No tuve necesidad de que lo ratificara el médico, simplemente mi conciencia y sobro todo mi cuerpo lo supieron y ese fue el mejor tratamiento. Mi organismo soportó la prueba, salí airoso, pero tuve que resignarme a suplir con otros menos exóticos, menos placenteros, lo que no me daban, lo que me habían proporcionado por más de veinticinco años, mis  alimentos criollos.

La ganancia de todo esto estuvo en el hecho de haber encontrado en el maravilloso y barato vino argentino el mejor sustituto de la bendita pero foránea, metiche, cocacola.

El vinoducto

A propósito de vino, ¿sabías que en la ciudad de Mendoza, por la época en que viajé existía un vinoducto? Si, un vinoducto, es decir, una tubería que conectaba entre sí varias bodegas vinícolas y por las que circulaba lo que para mí era la auténtica sangre de la ciudad: el vino.

Mendoza es una ciudad tranquila, de gente tranquila, famosa por ser el centro vinícola del país.  Fue el destino elegido por los inmigrantes europeos que querían conservar una de sus tradiciones familiares más arraigadas: la elaboración de vino. Gracias a los privilegios naturales de suelo y el clima, Mendoza pasó a ser el territorio donde esa tradición se mantuvo y, como sabes tal vez, ha logrado el reconocimiento internacional por la excelencia de sus vinos Cuando arribé, después de haber estado por varias semanas en Buenos Aires, fue como haber llegado a casa. Sentí enseguida la diferencia en el trato, mucho más cercano y definitivamente menos prevenido que el de los porteños, asunto que los mismos mendocinos promocionan como una de sus idiosincrasias y como estrategia para atraer turistas. Excelente combinación: el mejor vino y la  cordialidad a flor de piel, más allá de la particular belleza de sus mujeres y la hermosura de sus paisajes.

Obviamente una de las cosas que hice a poco de llegar allí, fue pagar por un tour que prometía de todo: en un día, conocer la mejores bodegas, visitar algunos viñedos cercanos y probar lo mejores vinos. Pasamos por bodegas tan famosas como Valentín Bianchi, San Telmo, Trapiche, Norton, Giol, Lagarde, Goyenechea y Chandon. Todas de una gran calidad, inmensas, y en cada una nos dieron a probar lo mejor, pudimos aprender un poco del arte de la enología y hasta nos animamos a hacer amigos. La verdad es que como  a la quinta bodega y por efectos del famoso efecto in vino veritas ya éramos familia.

La curiosidad de la bodega Giol, que fue durante mucho tiempo la más grande de las bodegas en cantidad de litros elaborados, fue la del vinoducto, un mecanismo utilizado para garantizar eficiencia en el fraccionamiento y distribución de sus vinos. Tenía una longitud cercana a un kilómetro con un diámetro aproximado de cuatro pulgadas y conectaba tres bodegas. Sus planos se remontan, según nos dijeron  a 1952 y tenía tramos tanto subterráneos como aéreos. Estos eran los que causaban expectación, pues al estar desplegados públicamente la sensación era que podían ser vulnerados con facilidad. Y no faltaron las anécdotas de nuestro guía sobre borrachitos y también delincuentes que se aprovechaban de esa circunstancia. También nos mostraron cómo funcionaba el tal vinoducto. Se conectaba una manguera desde un primer tanque de almacenamiento hasta la boca de la tubería y luego, mediante una bomba, el vino era conducido hasta una pileta de varios miles de litros, subterránea, que estaba allí mismo en la vinería, y desde allí era conducido a otras piletas en otras bodegas y, finalmente, envasado.

Más de una fantasía se podía derivar de esa maravilla. La que hacía más rápidamente consenso entre los conocedores del secreto era la de conectar cañerías individuales a cada casa para garantizar, al modo como se hace con las cañerías de agua, con algún sistema de conteo bien diseñado, con tarifas claramente establecidas y con buen apoyo técnico, el consumo diario de vino en cada casa; asunto que bien visto se podría tratar como un servicio público más y que quedó ahí flotando en la mente de todos los que habíamos el hecho el tour, ya afectados por la cantidad de licor ingerido, como una posibilidad que nada parecía tener de descabellada, y que a lo mejor alguno podría concretar.

Un bello fantasma en Montevideo

Para terminar, déjame contar el viaje a Montevideo, si, fue chistoso y a la vez impresionante. Yaneth, mi mujer, acababa de llegar a Buenos Aires, después de varios meses sin vernos, así que había que aprovechar aquellas tres cortas semanas que iba a estar conmigo antes de volver a Bogotá. Estancia que a la larga fue la verdadera luna de miel, pues mi partida intempestiva a la Argentina, a poco de habernos casado, nos impidió vivir normalmente los primeros meses de reciéncasados.  Podrás imaginar la ansiedad y la emoción de nuestro encuentro. Como tenía huéspedes en mi apartamento de Palermo, si, el mismo que me dejó Oscar después de nuestro “affaire”, renté una habitación en un hotel de Chacarita para pasar nuestra primera noche juntos en Buenos Aires. Vino, cena especial en la suite, música, lágrimas de felicidad y amor mucho amor durante una noche que nos pareció cortísima. Al día siguiente nos trasladamos al apartamento y después de caminar por los alrededores, de mostrarle todo lo que podía mostrarle de la bella Buenos Aires, la invité a comer asado en un restaurante que tenía visto desde hacía días y luego fuimos al centro, a la plaza Sanmartín, lugar literario, cuya importancia para mí conocía muy bien Yaneth y nos conmovimos con el recorrido por el puerto de la boca, por caminito, por plaza de mayo y luego por la casa rosada. Su emoción y su curiosidad confirmaron que no estaba equivocado con la visión de  la ciudad que le había adelantado en las mil cartas de amor que le había enviado desde cuando nos separamos: Buenos Aires era una ciudad maravillosa, mágica, encantadora.

Mis dos huéspedes, compañeros de trabajo que conocían a la negrita (como le decíamos cariñosamente a Yaneth) fueron a la vez mis cómplices en esas tres semanas que se fueron convirtiendo casi sin querer en las vacaciones que no había tenido en mitad de mi pasantía. Fuimos los cuatro a Mar del Plata, paseamos los cuatro todo lo que había que pasear por Buenos Aires y finalmente hicimos lo que ninguno de nosotros había hecho todavía: pasar a la banda oriental del Rio de la Plata, visitar el maravilloso país del Uruguay, admirar sus campiñas, pasear por su capital y atrevernos a tocar el frio mar del famosísimo puerto de Punta del Este. Pero fue en Montevideo donde nos sucedió lo maravilloso.

Después de atravesar el Rio en el famoso Ferry que lleva pasajeros de una orilla a otra, de un país a otro, de  Buenos Aires en Argentina a Colonia en Uruguay, tomamos un autobús que nos llevó a Montevideo y le pedimos al taxista que nos condujo al centro que nos recomendara un hotel barato, pero decente para pasar allí las dos noches que teníamos planeadas dedicarle a Montevideo. Fuimos a parar a un hotel en pleno corazón de la capital, pero no muy lejos de las playas, un hotel de fachada antigua al estilo inglés, pero muy limpio y muy bien atendido y al parecer inmenso en su interior. 

Debido a que, según el administrador, el hotel estaba casi lleno no nos pudieron dar habitaciones contiguas, tal y como lo habíamos solicitado, de modo que nos citábamos a la hora de las comidas y de las salidas en el lobby del hotel. Y fue la primera noche, cuando Yaneth y yo avanzábamos por el corredor desde nuestra habitación a las escaleras con destino a la primera cita con nuestros amigos, cuando comenzaron a suceder cosas raras. Lo primero que advertimos fue que los huéspedes con los que nos cruzábamos en los corredores y con los que nos encontrábamos en la cafetería y en los restaurantes eran todos hombres y mujeres mayores. Algún plan especial para gente de tercera edad, nos dijimos como respuesta de consolación, pero entonces caímos en la cuenta de que todo, decorados, cuadros, estilo de las puertas, picaportes, todo, parecía llevarnos al pasado, a un  pasado por lo menos decimonónico. Y sin embargo todo era limpio, fresco, recién pintado. También nuestros amigos habían tenido la misma impresión y entonces uno de ellos se atrevió a contarnos algo extraño que le había sucedido.

Justo a unas dos puertas de la habitación que tenía asignada, había visto salir a una mujer vestida con ropas anacrónicas. Ella, en lugar de ir hacia la zona de los ascensores fue directamente hacia él y al cruzarse pudo percatarse de que se trataba de una mujer joven, rubia, de ojos verdes rasgados, felinos (el adjetivo es suyo), espléndidamente maquillados, que se fijaron enseguida en él al mismo tiempo que su boca grande y carnal le sonreía sin censura ninguna, la típica sonrisa de la mujer porteña. El saludo que emitió le comprobó que era porteña por el acento, su voz un poco ronca, pero espléndida (los términos, insisto, son suyos), era envolvente y el perfume discretamente dulzón, completaba la seducción con la que la escena se hizo fantástica. No se atrevió a voltear la mirada, sino unos segundos después del cruce de miradas y ya no la vio a pesar de que el corredor hacia el fondo era largo. Debió entrar a alguna habitación intermedia, dedujimos, pero quedamos todos maravillados con la imagen, que a todos nos enamoró, de esa mujer fantasmal.

Después de cenar fuera, volvimos los cuatro al hotel y subimos a la primera planta a beber unos tragos antes de dormir. En las mesas del bar había sólo ancianos, pero que se comportaban como jóvenes, reían y hacían ademanes un poco estrafalarios y lo más raro era que no parecía que se percataran de nuestra presencia, sólo los meseros nos atendían, pero fuimos incapaces de preguntarles nada.

Al otro día, para el desayuno se repitió la escena: el comedor estaba lleno de ancianos joviales que no nos miraban a pesar de que fuimos un poco más atrevidos esta vez, saludándolos. Nuestro amigo, el del encuentro fantasmal, aseguraba que durante la noche había oído música antigua y sintió ruidos como de baile justo abajo de su habitación, pero divertidos, echamos la culpa a un pequeño exceso suyo en la bebida. La verdad es que todos habíamos escuchado durante la noche ruidos como de risas y algunas veces gritos efusivos como de exaltación, que sin embargo no nos habían impedido tener un plácido y reparador sueño que nos diera la energía necesaria para realizar todas las caminatas que habíamos planeado hacer en nuestro último día en Montevideo

Durante el desayuno del otro día notamos que nuestro amigo no pronunciaba palabra y entonces lo interrogamos. Nos contó entonces que había descubierto lo que sucedía. Según él, la mujer de traje anacrónico con la que se había vuelto a cruzar la última noche le contó que estábamos en medio de una ceremonia especial de fantasmas que se daba allí en el hotel, razón por la cual  nos había sucedido todo aquello. Una especie de convención de gente antigua pero ya muerta que se reunía cada año a celebrar el aniversario de la fundación de ese hotel que en su época albergó las más famosas fiestas de la ciudad. No sabíamos si el hombre se nos había vuelto loco o nos estaba jugando alguna broma porque lo que dijo, lo dijo con toda la seriedad del caso. Lo cierto es que nos quedamos boquiabiertos y no le preguntamos por detalles a pesar de la gravedad del asunto. Más bien callamos y no volvimos a hablar de ello. Con el paso de los días, la anécdota se fue convirtiendo en un recuerdo privado de cada uno y no volvió a salir a flote. Se mezcló, se diluyó hasta trocarse en un bello secreto, que ahora, te revelo como un regalo especial, en medio de los acontecimientos banales de nuestro maravilloso viaje por la república oriental del Uruguay.

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Tenía seis años cuando me enteré: David, de siete, entonces mi primo mayor, había muerto tras un feroz ataque de leucemia, un tipo de cáncer que cuando se ensaña con las criaturas es fulminante. La verdad es que no recuerdo si fui a su entierro, si pasé por todo el ritual de su muerte; los eventos que transcurrieron entonces se fueron enredando en mi mente hasta quedar convertidos en una especie de sueño o fantasía cuyo estatus de realidad nunca me atreví a verificar. Recuerdo vagamente los comentarios de mis padres y de mis tíos, las habladurías de la gente, pero el asunto se fue quedando relegado al espacio misterioso y secreto de los temas familiares dolorosos.

No sé dónde se encuentra la tumba de David, supongo que fue enterrado en el cementerio central y que sus cenizas están guardadas en la galería de alguna iglesia o simplemente fueron ya esparcidas. No hay fotos en casa de sus padres, y sus hermanos, mis otros primos, jamás hablaron del tema conmigo: David se esfumó sin dejar ni siquiera el rastro de su recuerdo.

Qué actitud tan distinta ésa frente a la que tienen los mexicanos con sus muertos. Tuve la suerte en el 2004 de estar en el DF, justo para las fechas tradicionales en que ellos celebran el día de muertos (31 de octubre a 2 de noviembre), expresión de verdadero fervor por lo mágico, lo histórico, lo maravilloso que viene de tiempos ancestrales. Se trata de varios días consagrados  a la memoria de los queridos muertos, a quienes se les considera huéspedes ilustres a los que hay que agasajar y atender con la mayor generosidad.

Las llamadas ofrendas o altares que se instalan para homenajear a los difuntos incluyen desde platos de comida típica tan comunes como el mole, el chocolate, los tamales, el pan de muerto y las calaveras de azúcar, que se juntan a las imágenes religiosas, a las fotografías del difunto y a las flores de cempasúchil , así como a los cirios y a las lámparas de aceite. Verdaderas obras de arte popular con una diversidad realmente impresionante.

El altar se divide en dos niveles marcados por una mesa y el suelo que según la tradición popular representan el cielo y la tierra respectivamente. En la mesa se colocan por eso las imágenes de los muertos y los símbolos de fe, así como los elementos del agua (pulque, agua) y del fuego (las velas, las lámparas de aceite), mientras que en el suelo se colocan los elementos que simbolizan el aire y la tierra: incienso, sahumerios, frutas y semillas.

Creo que fue el 31 de octubre que estuve en el Museo Dolores Olmedo Patiño y fui testigo de una maravilla: el gigantesco altar dedicado a la memoria de la prestigiosa dama que da nombre al lugar. Un recinto de 6000 m2 ubicado en la llamada Finca La Noria (Xochimilco), que cuenta con 12 salas dedicadas a distintas colecciones de arte  y que se ha hecho célebre por los famosos perros xoloitzcuintles que pasean por sus prados.

El 31 de octubre al medio día se suelen colocar sobre una mesa aquellos objetos destinados al culto de lo niños difuntos o Angelitos como los llaman los mexicanos. Por la tarde se ofrece una merienda a los niños y al día siguiente por la mañana se les sirve el desayuno, antes de que sus almas regresen al lugar al que pertenecen. Al medio día, la mesa se adorna con flores amarillas con las que se indica la llegada de los difuntos adultos. El 2 de noviembre al medio día las almas de los difuntos adultos se depiden con una comida en donde se puede encontrar una gran variedad de recetas, entre las que se destacan el arroz, el mole, los frijoles, las tortillas, lo tejocotes, junto a aperitivos como la cerveza, el pulque o el tequila.

***

Pero David se ha borrado con su muerte. No es un angelito, ni siquiera es un muertito.

Haciendo eco de las palabras de William Ospina en su famoso ensayo Colombia en el planeta, tal vez lo que ha ocasionado que en nuestro país la venganza recurra al crimen para dirimir los conflictos es esa idea de que los seres humanos se borran con la muerte. Tal vez, como dice Ospina, ha llegado la hora de despertar a los muertos: “pedirles que sigan vivos en el corazón de quienes los amaron, que nos acompañen en una larga fiesta por la vida. Cuando hayamos cumplido esa labor poética y mítica de despertar a los muertos, de convertirlos en aliados de la vida, cuando hayamos demostrado que no es tan fácil matar del todo a un ser humano, la venganza tendrá que inventarse otras formas de dirimir sus conflictos, y no podrá creer que se elimina una contradicción eliminando a los contradictores”.

Hoy siento que David, mi primito, no mereció nunca ni su suerte terrena, pero mucho menos nuestro olvido.

Otras referencias:

Libros

imágenes

imágenes Oaxaca

información tuíisitca

Monografía

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Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y de los amigos. Se está en continuo desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, los sueños, el mar, el cielo y todo tiende hacia lo eterno o a lo que imaginamos de la eternidad.

Cesar Pavese

Hijo de desplazados sale desarraigado

Creía que todo había comenzado en el año 1986 con mi primer viaje fuera del país, pero no. Ese deseo casi desesperado por conocer otros ámbitos, por escuchar otras voces que llevo muy adentro desde niño tiene en mi caso un origen profundo y complejo que se conecta paradójicamente con el dolor de tanta gente desplazada de su hogar a lo largo de la historia de tanta violencia en mi país.

De niño escuché muchas veces el relato del nomadismo forzado que tuvo que sufrir mi madre cuando era apenas niña; una experiencia dolorosa que ella siempre describía con algo de nostalgia y mucho de fantasía, fantasía que la chiquita de entonces usaba a modo de defensa mental y que la adulta seguía insuflando para hacer significativo lo vivido. Pero la verdad es que no hay nada más absurdo que huir todo el tiempo de enemigos mortales e invisibles, nada tiene menos sentido que convertir la vida entera en una eterna zozobra. Sin embargo ella insistía en la imagen de un padre aventurero que por puro capricho emprendía correrías por los pueblitos más perdidos de los llanos orientales.

En mi mente infantil, se fueron formando estampas maravillosas de esas correrías, y también admiración por ese abuelo nómada que murió en forma insensata aunque en su propia ley. Imaginaba una niña delgada, tímida, pero valiente que seguía a pie el camino que su padre y su abuela realizaban a caballo o en mulas desde Cumaral hasta Aguazul y desde allí hasta Barranca de Upìa para seguir hasta Yopal y luego de vuelta a Cumaral o a Restrepo o a Medina, en una travesía que duraba meses y que podía convertirse en una auténtica pesadilla por efecto de la persecución de esos personajes malvados, llamados en el relato maravilloso de mi madre, los chulavitas.

El abuelo era un liberal extremista que en noches de tragos podía hacerse matar en defensa de unos ideales prestados que apenas podía comprender, pero cuya bravura le dio ese prestigio de hombre duro y medio loco que lo señaló hasta el día su muerte, una muerte estúpida ocasionada por la fanfarronería del viejo, quien ese día, empecinado en demostrar que solo un liberal verraco como él podía atravesar a puro nado ni más ni menos que un embravecido Humea, no contó con el efecto acumulado de un almuerzo opíparo y unos malos tragos de chirrinche que lo traicionaron a mitad de camino y le causaron ese ahogo inesperado, ese calambre maldito que lo condujo a la fatalidad.

Mi madre jamás se lo perdonó: en menos de nada se había quedado huérfana por culpa del padre loco. Seis meses antes, en medio de otra borrachera, el abuelo había pateado a la abuela que esperaba entonces un niño, el noveno de la prole, y esos golpes de borracho le causaron la muerte. Ahora, a orillas del Humea, ella apenas si podía tener conciencia de lo que significaba ser una huérfana, pero empezó a sentir una desolación y una vergüenza y una rabia que ya nunca la abandonaron. La imagen del abuelo se hizo oscura en su memoria, pero yo me quedé con la figura del loco aventurero que levantaba carpas y hacia viajes largos huyendo de unos enemigos mortales e invisibles, ganados por alguna imprudencia majadera.

De niño, mi padre me regaló algunas de las imágenes más terribles de Bogotá. Ese otro nómada forzado, fue testigo y sobreviviente de El Bogotazo. La historia del Ignacio de mi novela, la he escuchado muchas veces, y es la de mi propio padre. Llevaba apenas unos días viviendo en Bogotá, proveniente del campo. Su padre, quien trabajaba como secretario de un juzgado, le había prometido la gestión de alguna oportunidad de trabajo en la ciudad, una de las cuales era la posibilidad de vincularse a la policía o al ejército. Dos días después, en pleno nueve de abril, perdió el contacto con su familia y vivió las terribles experiencias transferidas en la novela a probables imágenes de la guerra de hoy. Poco tiempo después, fue reclutado inexcusablemente para la guerra civil que se extendió por todo el país y que hoy no acabamos de clausurar. Fue allí en esa Bogotá convulsionada que conoció a quien, años después, sería mi madre.

Así que soy hijo de desplazados, y lo que se vive todo el tiempo al lado de los desplazados es una terrible melancolía por el lugar de origen. Mis padres vivieron siempre con esa nostalgia que se expresaba menos como tristeza que como infelicidad, una infelicidad que se convertía en deseo de cambiar de lugar, en incomodidad por todo, en constante frustración. Fue algo extraño, pues por un lado, a causa de toda una propaganda ideológica que hacía del campesino un ser inferior, se había instalado una especie de vergüenza por el origen y por el otro lado vivíamos la tragedia de tener que habitar un lugar que nadie les había preguntado si querían habitar.

Y en mi conciencia infantil se fue configurando el pensamiento de que había que cambiar, había que huir, aunque no se supiera bien de qué, tal vez del vecino que se había convertido en enemigo o del amigo que de pronto nos había traicionado o de la ciudad que se había hecho insoportable, huir, cambiar de lugar, viajar, conocer otros lugares, con la promesa nunca cumplida de encontrar algo parecido a ese rincón del que fuimos desterrados.

Te busco de Celia cruz:

De viaje por otros mundos

Pero el desarraigo tiene sus ventajas, siempre y cuando se viva sin el dolor y el resentimiento inevitables del desplazado. Una de ellas es la capacidad de adaptación, la flexibilidad con la que se vive no sólo respecto a la tierra, sino con respecto a todo lo que ata: el trabajo, las relaciones, los conocimientos. Y de esa flexibilidad he tenido que hacer gala desde 1986, año durante el cual hice mi primer viaje fuera del país, es decir, desde el momento en que por fin me asomo a la respuesta de una pregunta fundamental: ¿hay en realidad otros mundos? ¿Se puede vivir de otra manera? ¿Cómo son esos otros mundos?

En junio de 1986, viajo a Buenos Aires y vivo lo que sería una correría de más de seis meses por La Argentina, que me llevaría a lugares como Córdoba, Mendoza, San Rafael, Malargüe, Bariloche, Mar del Plata, Montevideo y Punta del Este: todo un banquete de viajes, lugares y gentes que marcarían definitivamente mi vida. Una correría que, bien miradas las cosas hoy en retrospectiva, no termina, pues después de ese primer viaje maravilloso, he tenido (y digámoslo ya: he buscado) la oportunidad de visitar más lugares, de reconocer otros mundos, de relacionarme con otras gentes, con su singularidad, con su propia cultura: y ello ha permitido comprender mejor qué soy como individuo y como integrante de esa comunidad que ha predeterminado mis horizontes: la comunidad de colombianos, porque los otros mundos nos son sino eso: espejos en los que vemos reflejados lo que somos.

La llegada a Ezeiza, el 29 de junio (día de la final del campeonato mundial de fútbol) no pudo ser más curiosa: el aeropuerto estaba prácticamente vacío y cuando pasé por la aduana, el funcionario de turno me hizo seguir adelante sin siquiera sellar mi pasaporte (asunto que después me complicó un poco la vida), pero con una sonrisa abierta que contradijo la imagen que me habían anticipado colegas que antes habían hecho el viaje: la de unos porteños antipáticos y desconfiados especialmente con los cabecitas negras, es decir, con los turistas suramericanos. Yo, un poco desconcertado, recogí el equipaje y me dirigí en taxi a Núñez, donde me esperaba la dueña de un apartamento en el que se alojaban varios estudiantes. A poco de haberme instalado, recibí la llamada inesperada de un compatriota que se había enterado de mi llegada y que me invitó a pasear por las calles cercanas del barrio. Frente a una Quilmes negra, me enteré que la selección de fútbol había ganado el campeonato mundial y por eso la ciudad era una fiesta total. Eso explicaba la extraña atmósfera en Ezeiza y justificaba el carnaval (un poco peligroso para mi gusto) que habían armado ya las patotas de hinchas que celebraban la segunda copa y que se prolongaría por varios días.

Muchas cosas sucedieron en ese viaje y que vale la pena relatar en extensión (cosa que hago en otro espacio), pero me interesa sobre todo recordar el ambiente festivo y abierto que impregnaba al país y sus gentes. No era para menos: se vivía la esperanza que el retorno de la democracia había instalado después de la terrible noche de los gobiernos de facto que se sucedieron desde 1976 hasta 1983. Escuchaba por doquier historias que daban cuenta de la guerra sucia desatada. No había nadie que no hubiera sido tocado de alguna forma por el proceso: algún amigo o pariente desaparecido o muerto, algún otro exiliado, otro obligado al silencio o a la colaboración. Pero todo parecía ahora distinto y especialmente se notaba en el ámbito cultural. Florecían de nuevo el teatro, el rock en español, el cine, la canción popular y la literatura. Retornaban algunos de los más famosos exiliados y Sábato había asegurado el Nunca más en ese bello país que otrora fuera la quinta potencia del mundo.

Me impresionaba la cantidad de revistas que podía conseguir, la gran actividad cultural no sólo en Buenos Aires, sino en Córdoba y en Mendoza. Recuerdo todavía con emoción la llegada de Vuelta argentina, la revista que había fundado Octavio Paz y la lectura de los cuentos de Daniel Moyano, especialmente uno (“El relato del halcón verde y la flauta maravillosa“) que narraba en forma metafórica el terror que representaban los Ford Falcon, autos en los que se movilizaban los oscuros agentes de la policía que secuestraban y desparecían “subversivos” (un término que se aplicaba inicialmente a los guerrilleros y que se fue ampliando hasta abarcar a cualquiera que no coincidiera con la idea arbitraria de lo que esperaba la junta militar que fuera el ciudadano argentino). No olvido mis compañeros de estudio y de trabajo, ni las correrías por el sur, ni al caleño, ni las extrañas vivencias en Montevideo, ni el apartamento en Palermo Viejo. No olvido la fiebre del futbol, ni el sorprendente sabor del vino argentino, ni la llegada de Yaneth y nuestra primera noche juntos, después de varios meses de separación, en un hotel de Chacharita; no olvido el tango, no olvido la Boca, ni el Caminito, ni el Rio, nada de ello se olvida, aunque la vida no me haya dado la oportunidad de volver.

Volví a Bogotá y me enteré enseguida de dos cosas: que el Banco de la República había emitido una nueva denominación (el billete de veinte mil pesos) y que Guillermo Cano el director del periódico de oposición acababa de ser asesinado por la mafia, dándose inicio a uno más de los oscuros ciclos de violencia del país.

Sólo diez años después volví a salir del país, de modo que por mucho tiempo, el viaje a la Argentina fue la única referencia de esos otros mundos que tanto me fascinaban. Pero desde 1997 y hasta la fecha he visitado muchos lugares en viajes con motivos académicos, patrocinados casi todos por la Universidad Javeriana y algunos de los cuales han sido asunto de registro en este blog (y corresponden a la sección: Otros ámbitos). He aprendido que no hay que cruzar fronteras para instalarse en otros mundos: “por acá no más”, en nuestro propio país, incluso en nuestra propia ciudad hay mundos diversos, desfases temporales, subculturas a veces incomprensibles. He aprendido que viajar no sólo es desplazarse geográficamente, hay “otros viajes” que generan los mismos efectos del contacto directo con otras gentes: aprendizajes y experiencias inéditas. He aprendido que nuestra vida, especialmente nuestra faceta sentimental, es un eterno viaje, una eterna formación, una constante mudanza.

Llanos orientales, 1936 – Buenos Aires, 1986

Bogotá, 2009

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Amarga Lisboa

Hacia el final del año, viajé a Europa a desarrollar actividades académicas dentro del programa Master Erasmus Mundos que se ofrece en siete universidades de un consorcio llamado el Cross Away European Humanities, y al que fui invitado por dos meses con la certeza de un estipendio que me permitiría vivir cómodamente en el ”venenoso” ambiente económico europeo. Pero ni comodidad, ni dinero y al poco tiempo de llegar las cosas empezaron a tornarse dramáticas.

Unas cuentas rápidas: el costo de alquiler de una habitación de hotel tres estrellas está en promedio en 70 euros y en unas residencias universitarias 35 euros, lo que quiere decir que el mes puede llegar a costar, sólo en hospedaje, más de 2000 euros, que es lo que yo gano como salario en Colombia. Pero allí tenía que comer y que comprar ropa para la estación y moverme, lo que hace que realmente, si uno no tiene plata suficiente, no pueda sobrevivir, al menos decentemente.

El asunto de la plata se enredó por procesos burocráticos y la prometida beca de sostenimiento no sólo no se hizo efectiva con la prontitud esperada, sino que el giro sólo llegó el último día de mi estancia, lo que me obligó (una vez agotados los escasos mil euros que llevé para sobrevivir unos días y que pasaron a la historia en menos de dos semanas) a acudir a un dinero que tomé prestado a las “malas” de un giro que yo llevaba para alguien en España, a  los euros que un amigo colombiano me prestó aquí y a una platica que me giraron mis papás (recurrir a los papás a los 50 años no deja de ser vergonzoso). Pero nada de eso vale para los burócratas; según ellos no se trataba de pulsar un botón y girar el dinero, no, había que cumplir con todos los trámites, que la carta del banco donde se me iban consignar, que la certificación escrita de mis actividades firmada por cuatro certificadores en cuatros países distintos, en fin…

La verdad es que estaba preparado para seminarios, tertulias, conversaciones académicas, clases, debates y me encuentro (¿debería sorprenderme?) con que la realidad está gobernada por un discurso y una lógica burocráticos tanto o más duros que en mi propio país al que consideraba como uno de los más oficinescos del mundo. Y todo fue para peleas, malos entendidos, incomunicación. Si: el discurso burocrático no está hecho para el diálogo sino para el sometimiento, para el sometimiento de quienes lo diseñan, atrapados en sus términos, para su voceros y custodios que se aferran a él con una energía perversa y, obviamente, para quienes lo sufrimos.

Todos los días miraba el correo electrónico, con dos sensaciones, una de temor, pues mis reclamos sólo produjeron la reacción desproporcionada de uno de los voceros de la burocracia europea, quien intentó por todos los medios hacerme sentir culpable, no sé si de un error lógico o de un error moral, y entonces sólo esperaba y recibía regaños de él; y otra sensación de impotencia y abandono, resultado de la estrategia final de la burocracia: el silencio. Ya ni siquiera fueron regaños, ya no llegaban mensajes, manifestación exquisita de la prepotencia.

En semejante ambiente de incertidumbre y angustia económica, el tan deseado paso por la mágica y amistosa Lisboa se convirtió en una experiencia cercana a la amargura. Había soñado tanto con pasear una y muchas veces por el centro histórico de la capital lusitana, subir las colinas que llevan a la vista del rio y del mar desde las alturas y fatigar las callejuelas estrechas del laberinto de Alfarma; había querido tanto disfrutar de las pintorescas escenas de sus casas viejas con ropas colgando de las ventanas y niños jugando en las callecitas, había deseado con tanta expectación beber cerveza helada en alguna terraza, que cuando al fin me atreví a ir, todo se redujo a un paseo de lo más simple, sin la emoción del que se sorprende de lo nuevo y bello de los otros mundos. No había cabeza, no había ánimo para pasear una ciudad tan bella como en realidad es Lisboa.

Si no hubiera sido por Flor Alba, la secretaria de la embajada de Colombia en Lisboa, a quien acudí casi con desespero para que me enseñara algo de la Lisboa que ella conoce desde hace 24 años cuando vino a Portugal a ensayar vida y se quedó, sino hubiera sido por ella, me habría quedado con esa visión un poco agridulce de un transeúnte amargado que ni siquiera alcanza la condición de turista. Nos citamos el domingo, víspera de mi viaje a Santiago en Corcobeles, el pueblito donde ella vive, a unos cuarenta minutos de Lisboa, con el objetivo de recorrer un poco ese camino costero que atraviesa las ciudades “dormitorio” y conduce a Cascais, un pueblito muy cercano a otro quizá más famoso, por aquello de su casino, de su autódromo y por haber sido escenario de películas conocidas: Estoril. Al pie de la bella bahía de Cascais probé las castañas, un fruto que se come en invierno, más exactamente a partir del 10 de noviembre, día de San Martín. Sentir allí el ambiente marinero en un tarde con clima agradable y vistas hermosas realmente me reconcilió con Portugal. Caminé un buen rato por las playas, por las callecitas y por las explanadas que cubren ese muito bonito lugar turístico.

Ya de vuelta, paramos en la playa de San Pedro, al frente de Estoril, donde al sabor de uma boa cerveja conversamos sobre nuestras vidas hasta ahora desconocidas para cada uno, pero llenas de esos trayectos maravillosos e insospechados que se cruzan sin saberlo y nos convierten en amigos para siempre. De ese modo, algo de lo que había querido hacer en Lisboa se pudo cumplir y me llevé unos pocos pero bellos recuerdos de Lisboa

El Coronel no tiene quien le escriba

La apremiante espera del giro de mi beca, me hizo recordar la situación que vivió García Márquez en París cuando quedó, según sus palabras “varado”, sin dinero y a la espera de un cheque que nunca llegaba, pero que esperaba ver todos los días en el buzón de la entrada del edificio donde vivía con su esposa. Es entonces que escribe esa gran metáfora del Coronel al que nadie le escribe, del héroe militar al que le han  prometido una pensión que nunca llega y que se encuentra en una situación tan dramática que termina centrando toda su confianza en el gallo de pelea (”heredado”) de su hijo, sobre cuya competencia cifra sus esperanzas, muy a pesar del escepticismo de su esposa.

keplerPues bien, guardadas las proporciones, una consecuencia de mi “varada” absurda en Europa, fue la reclusión casi permanente en mí cuarto, no sólo porque no tenía manera de hacer turismo por la falta de recursos, sino porque perdí el deseo de hacerlo. Así que al poco tiempo estaba metido en la escritura, no de una novela, sino del plan de una novela. Retomé ese proyecto narrativo que llevo ya varios meses trabajando y que comenzó como un intento por dar cuenta de la semblanza de tres de mis personajes más queridos: Hypatia de Alejandría, Johannes Kepler (de quien hice ya una biografía) y Ernesto Sábato (ese Sábato de “Antes del fin”), quienes representan para mí algo así como encarnaciones de tres momentos claves de la historia humana: el paso de la época clásica al medioevo, el paso del medioevo a la modernidad y el paso de la modernidad a la posmodernidad.

levyEncontré una buena alternativa de desarrollo cuando, tras releer la obra de Pierre Lévy (uno de los autores que esperaba exponer en el seminario que coordinaría en Santiago), me llegó la idea de construir una especie de metáfora “literal” de las relaciones que el filósofo argelino establece entre esos cuatro modos de vivir el mundo que él ha denominado, los espacios antropológicos de la tierra, el territorio, la mercancía y el conocimiento y que yo asocié en seguida con cuatro conceptos correspondientes: mito, modernidad, posmodernidad, cibercultura.

He querido leer como “sugerencias” al novelista o al narrador cinco asuntos que Lévy destaca en uno de los últimos capítulos de su famoso texto: Inteligencia colectiva, en relación con las complejas interrelaciones entre los espacios antropológicos. Son ellas:

1)  Ya que los contactos entre unos espacios y otros pueden ser de tipo armónico (gobernados por el deseo y el derrame) o cacofónico (gobernados por la violencia y el poder), ¿por qué no novelar entonces esos contactos? Ya que todos nos movemos en cada uno de los espacios (pues los espacios, aunque surgen uno tras otro y se instalan irreversiblemente, no se eliminan sino que coexisten); ya que cada uno de nosotros asume, con frecuencias y velocidades diferenciales, el movimiento y paso por los cuatro espacios (“Los humanos están inmersos a la vez en todos los espacios. Las situaciones y los seres humanos están sumidos en varias frecuencias a la vez, ningún ser real subsiste en un solo éter”). Ya que cada uno de los espacios está siempre activo (siempre en relación efectiva, percibida en la cotidianidad como separación y diferencia, o como deseo o como temor) en espera de una reactivación (“los ambientes afectivos, las configuraciones existenciales son puestas en reserva, en memoria… están disponibles para todos los retornos”); ya que esos contactos son invisibles, ¿por qué no presentarlos, creando personajes situados en esas relaciones complejas? ¿Por qué no tomar por ejemplo el caso de “las células durmientes” de Al Qaeda en USA y otros lugares del mundo (seres humanos que viven como si estuvieran muy bien integrados al tercer espacio, pero en realidad están arraigados en el primero y lo quieren de vuelta), como pretexto a desarrollar en el marco de una novela?

2) Narrar la metáfora de los cuatro puntos cardinales que Lévy ha propuesto para dar cuenta de la relación cacofónica entre los espacios:

El sur: voluntad de la tierra de dirigir los otros espacios. Novelar al jefe de clan que se convierte en jefe de gobierno, ocasionando guerras civiles, dictaduras, hambrunas. Novelar al jefe de clan que se convierte en jefe de comercio, actuando por depredación en vez de intercambio y desatando el bandolerismo y la mafia. Novelar al profeta new age que confunde conocimiento con fundamentalismos (ecológico, religioso, político).

El este: voluntad del territorio de dirigir la mercancía y el conocimiento. Novelar los desastres de una economía dirigida, de una pobreza planificada, del totalitarismo, de poner el espectáculo al servicio del territorio. Novelar el fracaso inevitable de quienes intentan mostrar en esos ambientes las posibilidades del espacio del conocimiento. Novelar los extremismos de las burocracias, de las rutinas administrativas, del mando autoritario

El norte: La mercancía pretende dirigir el espacio del conocimiento. Narrar la superficialidad de la sociedad del espectáculo, el pensamiento ahogado en los medios, en la publicidad, en la tecnociencia; narrar las consecuencias de una desterritorialización sin freno, la locura de las multitudes y de la velocidad, sin recuperación subjetiva; la expansión por todas parte del norte: solo se sabe abandonar el norte para ir al este, se oscila entre el estado y el capital o se vira hacia el sur, al deseo de dominio total de la tierra

El oeste: convocatoria para la partida, silencioso llamado para la apertura de un  nuevo espacio. Narrar ese espacio hoy desierto o abandonado pero requerido.

3) Usar la idea de la necesidad de un “pasador” entre los espacios

¿Cómo pasar de un espacio a otro? En lugar de aduaneros, pasadores, no sólo entre las fortalezas del territorio, sino para salir del laberinto territorial, para saltar de un espacio a otro. El pasador, dice Lévy,  es el pensamiento en el mismo seno del individuo, el intelecto colectivo entre los hombres divididos. ¿Cómo mostrar esto en una novela?

4) Ahora, si se tratara de novela, tendría estas opciones:

Recuperar la idea de los atrapados en Gabriella Infinita (mi primera novela) y hacer surgir de allí, esta vez, las armonías y cacofonías.

Ubicar el tiempo de la novela en un tiempo pasado, lleno de ilusiones y de ráfagas de imágenes sobre un futuro que no llega, pero se imagina. Rapto de imágenes anticipatorias de la cibercultura, por ejemplo: mostrar la ingenuidad de la búsqueda y la banalidad del encuentro, tipo Nowhere (el cuento de Carlos Fuentes)

O, al contrario, la llegada de un hombre del futuro para dar un empujoncito a la cibercultura

Otra: imaginar ese “país” del conocimiento, donde todo fluye armónicamente (como el país de los cronopios)

O, imaginar una posada, administrada por una anfitriona mezquina y chantajista,  a la que llegan personajes de los distintos destinos (sur, este, norte, oeste), que ella no reconoce pero nos presenta.

O quizás todo junto

5) Pero, si no fuera escritura individual, sino colectiva, imaginar una plataforma digital a la que le quepa cosmopédicamente todo y hacer la gestión para una “escritura” en red.

O tal vez algo más loco aún: desarrollar una metáfora literal y desarrollar una narrativa en tiempo real de los 4 espacios, imaginándolos, convocando desde la plataforma a una conquista de  ese espacio por llenar, de esa frontera que es el oeste

Con estas ideas en mente, la diversión fue grande, tanto como para sustituir la del turista que no pude ser.

Tres ángeles

Sin ángeles a mi lado no habría sobrevivido en una situación tan dramática como la que me tocó vivir en esta última travesía. El primero que apareció fue Guillermo, un antiguo compañero de colegio, médico radicado hoy en las islas canarias y con quien me he encontrado en España cada vez que hemos podido. Por gracia del internet Guillermo estuvo siempre enterado de mi situación y me tendió la mano enviándome varios giros de dinero cuando tuve necesidad de ello; fue él quien me animó en todo momento, quien estuvo pendiente de la evolución del drama, quien me aconsejó en forma permanente y aunque sólo nos pudimos ver al final, cuando fui a Madrid, sentí siempre el alivio de su solidaridad y de su fraternidad.

En Madrid, me acompañó otro ángel: Winston, un periodista colombiano que ya me había recibido en su apartamento en otras ocasiones. La verdad es que hasta última hora no estaba en mis planes ir a su casa, pues lo previsto es que él no estuviera por las épocas (épocas navideñas) en que tuve que viajar a Madrid, pero por alguna de esas razones inesperadas, resultó aplazando su viaje a Suiza para después de noche vieja y así pudimos vernos y yo pude pasar esos días acompañado por alguien que no sólo estuvo atento a ofrecerme lo mejor en mi estadía, sino que hizo que mi permanencia fuera lo más agradable y provechosa. Mi querido amigo vive desde hace varios años en el barrio de Lavapiés, muy cerca a la plaza Tirso de Molina, de modo que más comodidad no podía pedir: tenía a la mano el centro histórico, la plaza del sol, el corte inglés, las ventas de baratillos, varios restaurantes, los museos y hasta una sala de cine a donde asistí a los estrenos de diciembre. No tuve además necesidad de comprar muchas cosas, pues Wisnton me ofreció con una generosidad absurda desde su magnífica biblioteca (de la que devoré un par de libros), hasta los víveres con los cuales preparar las comidas. Si quería más que me picaran caña.

El otro ángel fue mi querido amigo portugués Rui Torres. Rui es poeta y profesor de la Universidad Fernando Pessoa de Oporto. Lo conocí en el año 2006 y desde entonces somos cómplices incondicionales de ese proyecto que consiste en conseguirle un sitio legítimo a la literatura digital. Nos encontramos por casualidad en Lisboa y allí planeamos nuestro encuentro en Porto. Eso que había esperado en las otras dos universidades a las que se me había invitado oficialmente y que no encontré, se dio de una manera sencilla, intensa y fluida. En efecto, viajé un viernes desde Santiago de Compostela hasta Porto y allí Rui me tenía preparado todo: desde un cómodo y amable alojamiento en las residencias para profesores (una bella casona recién restaurada en el foz frente al mar, ubicada en una calle, cuyo nombre presagiaba todo: Monte da Luz), hasta una conferencia a la que asistieron más de cincuenta personas entre estudiantes y profesores que fue grabada y registrada para su posterior difusión en el periódico cultural de la ciudad. Me reuní un par de veces con el equipo de investigación que dirige Rui, conocí sus innumerables y novedosos proyectos, fui testigo de excepción de la obra preparada allí, en ese escenario creativo del futuro, y que pocas semanas después sería premiada en Barcelona con una distinción internacional para poesía digital; acordamos también varias estrategias de colaboración, en fin, la más productiva de mis vistas académicas. Pero todavía más: en la noche fui invitado a cenar con todo el equipo y probé más de una delicia lugareña acompañada de su correspondiente ilustración: el sábado, para terminar, Rui me sirvió de guía erudito en el paseo por el puerto y por el centro de la ciudad. Es decir, en un par de días hice lo que habría esperado hacer, lo que le habría dado sentido a dos meses de alejamiento de la casa, y fui tratado más que como todo un profesor invitado, casi como una estrella, en una universidad que no estaba prevista en mi trayecto y que no tenía ningún compromiso previo conmigo, lo que de alguna manera fue un desagravio a tanta decepción Pero quizá lo más interesante de todo, el verdadero plus de mi paso por Porto fue conocer a Pedro Barbosa.

El plan extraterrestre

Pedro Barbosa es uno de los pioneros de la literatura cibernética. Ya en 1978, mucho antes que cualquier otro, publicó un libro que exploraba las tremendas posibilidades que había abierto la convergencia entre literatura e informática. Hace parte del equipo de Rui Torres y su famosa ópera cuántica es uno de los primeros artefactos que aprovecha el nuevo medio para hacer narrativa y poesía. Fue uno de los convidados a la cena en Oporto y estaba muy interesado en conocer los detalles de ese cambio que suena tan radical en mi vida (mi conversión a literato y escritor después de haber estudiado y ejercido la ingeniería química). Cuando le dije que de alguna manera había vuelto, con mi último proyecto digital, a la ingeniería (a la ingeniería de mundos virtuales), quedó todavía más impresionado. Pero lo que lo abrió definitivamente a exponerme su actual visión de mundo fue mi insistencia en crear una red virtual de personas y proyectos dedicados a la literatura digital y mi propia confesión de la carga que significaba para mi dirigir y hasta defender un programa de literatura tan poco proclive a las nuevas posibilidades. Entonces me comentó su experiencia con comunidades telepáticas, auténtica red que las comunidades virtuales apenas anuncian, y sentí que algo en mi discurso y en mi vida le había dado la seguridad de confiarme sus secretos, y sus secretos tenían que ver con su participación en lo que quiero llamar el plan extraterrestre.

En efecto, Pedro es un contactado, un ser (entre muchos privilegiados) que los extraterrestres responsables de la supervivencia de ese proyecto cósmico llamado planeta tierra han elegido en el intento de enderezar el dramático estado de deterioro de dicho proyecto. Su contacto, un ser multiforme que se le ha presentado en cuatro ocasiones, durante los últimos veinte años, siempre en lugares distintos y con apariencias distintas, lo ha mantenido informado de las señales del deterioro, pero también de las posibilidades de salvación (una de las cuales es lo que algunos, incluido él, llamamos la cibercultura, esa convergencia entre cultura y tecnología que constituye hoy el estrato cognitivo y afectivo más avanzado de la humanidad), así como de las acciones que debe emprender (acciones que me han recordado las de los misioneros religiosos). Pero aún más: desde hace quince años, Pedro vive con un elemento extraño en su cuerpo (bajo la piel del talón de su pie izquierdo). Ya se ha descartado que sea un cáncer y sus médicos le han sugerido no extraerlo, pues se encuentra demasiado ligado la capa nervosa y dado que no molesta ni duele ni cambia, se puede considerar benigno. Pero Pedro ha investigado y sabe hoy que el corpúsculo no es un tumor, si no un implante, un artefacto que los extraterrestres han introducido en un lugar que tampoco es arbitrario. A diferencia de lo que se cree en algunos ámbitos, el implante no es un ship electrónico, sino un nódulo casi orgánico que estimula centros neuronales específicos, en este caso las zonas del cerebro responsables de la creatividad, lo que explica esa capacidad que ha hecho de Pedro un artista sobresaliente. Pedro sabe sin embargo que debe enfocar su capacidad creativa menos a insuflar su ego y más a mostrar los caminos que la humanidad debe seguir si quiere realmente sobrevivir como especie.

Como el final de la cena interrumpió nuestra conversación, Pedro me visitó el sábado en las residencias y estuvimos conversando por más de seis horas, tiempo durante el cual me presentó pruebas de sus planteamientos, me ofreció detalles del plan extraterrestre, me listó varias de las señales del deterioro que han llevado a la intervención de los responsables del proyecto tierra, me expuso los fuertes argumentos que dan consistencia a sus ideas y me entregó su mensaje final. Fue una muy interesante plática al término de la cual, si bien pude debatir y hasta rechazar algunas de sus afirmaciones, llegamos a ese punto de toda discusión bizantina en la cual o se aceptan los axiomas de uno o del otro o se sufre el disenso. Al final creo que ambos flexibilizamos nuestras posiciones o, al menos, yo traté de incorporar algunas de las sugerentes visiones de Pedro a mi propio sistema de creencias. El imperativo, por ejemplo, de ampliar y desarrollar responsabilidad social consecuente con los niveles de conciencia y con las capacidades de las que hemos sido dotados, o la conveniencia de abrir cierta dimensión espiritual a proyectos aparentemente tan inmanentes como el de la cibercultura, fueron dos consensos interesantes.

Tras la consabida promesa de seguir en contacto, Pedro me entregó su propio imperativo: prepararnos, cada uno a nuestra manera, para lo que es el inminente golpe de timón que se dará en el año 2012 al proyecto tierra. De mi parte, en un ataque de honestidad, le advertí que la manera de agradecer su franca y honrosa confianza, así como el conocimiento nuevo que me había regalado, sería aprovechando la maravillosa experiencia de haberlo conocido en algún proyecto creativo.

Navidad virtual: bendito Internet

Tramité las reservas del transporte aéreo con suficiente anticipación, pero cuando tuve que hacerlas efectivas ocurrió un incidente de lo más desagradable: me habían saqueado la cuenta de ahorros y la consecuente demora de los pagos ocasionó la pérdida de las reservas. Al tratar de renovarlas me vi forzado a aceptar el regreso para el 27 de diciembre (estaba inicialmente previsto para el 21), lo que me obligaba a pasar la navidad en Europa. Intenté cambiar las fechas de regreso pero la verdad es que media España viaja en diciembre a Colombia y fue imposible. Amén de lo que significaban esos días extras en términos económicos, la perspectiva de pasar navidad tan lejos de casa terminó de amargarme el viaje.

Durante mi estadía en Santiago de Compostela, recluido en un pequeño cuarto de las residencias estudiantiles, sin televisión, redescubrí las posibilidades comunicativas de Internet. No sólo fue la posibilidad de consultar el correo electrónico o de escribir con disciplina entradas a mis blogs o de consultar información constantemente (estado del tiempo. Itinerarios de viaje, cartelera de cines, visitas virtuales a museos y a sitios turísticos), sino de conectarme vía web a las emisoras de radio que normalmente escucho en Colombia, prepararme un menú diario de televisión a la carta, descargar aplicaciones del más variado tipo y sobre todo, sobre todo, contactarme en forma directa y en tiempo real, con mi gente en casa, viendo sus imágenes, escuchando sus voces, percibiendo sus emociones.

Bendito Internet: sin esa herramienta, mi vida en esos días habría sido realmente desconsolada. Claro: nada reemplaza el turismo real, la televisión en directo o la comunicación cara a cara, pero ante la imposibilidad de esas interacciones, un sucedáneo maravilloso lo ofrece la comunicación virtual. Y después de dos meses ya habíamos sincronizado, a un lado y otro del océano atlántico, esas comunicaciones que casi nunca fallaron y produjeron el efecto mágico de fortalecer la relación. De modo que cuando se acercó la fecha, preparamos una navidad virtual.

Al comienzo, Winston, mi ángel en Madrid, se sorprendió cuando rechacé su generosa invitación a pasar la noche buena en compañía suya y de unos amigos (¡¿prefieres estar frente a un aparato que disfrutar una magnífica cena madrileña y una cava delicioso?!), pero después no sólo lo entendió sino que se hizo cómplice del plan: me ofreció su bodega, me dejó lista la cena, el queso, los encurtidos, el jamón y hasta un bello regalo de navidad. Con la gente de mi casa (Yaneth, mis hijos y el novio de Juliana) concretamos la cita, de modo que nos conectamos a las 11 de la noche, hora madrileña, 5 de la tarde, hora bogotana. Ellos tenían preparado el vino, los quesos, las carnes frías y los regalos. Yo estaba viendo por la televisión española el especial de los 50 años de vida artística de Raphael y a través de la webcam hice una transmisión directa de momentos del especial. Nos turnamos la transmisión de canciones desde nuestras memorias digitales y conversamos al ritmo moroso y tranquilo del consumo de una buena botella de vino por más de tres horas, tiempo durante el cual la tecnología no nos falló para nada, horas que nos conectaron más allá de lo físico, que nos permitió expresarnos con franqueza y emoción; una navidad, la más especial que hayamos vivido, que nos unió como nunca. ¡Bendito Internet!

Human de The Killeres

Lisboa, Oporto, Santiago de Compsotela, Madrid – 2008

Bogotá – 2009

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Fue uno de esos encuentros ambiguos, destinado en principio a la reunión en grado de igualdad (¡submit!), de representantes de universidades gringas y de universidades latinoamericanas. Pero el encuentro se convirtió rápidamente en un acto de pleitesía latinoamericana para con los visitantes del norte. Primero, porque a pesar de la muy eficiente traducción simultánea con la que contó el evento, el idioma cotidiano fue el inglés. ¿Por qué los visitantes, por pura cortesía, no se prepararon para hablar en español? ¿Por qué asumimos tan naturalmente que debíamos hablar, incluso entre nosotros, en el idioma del imperio? ¿Por qué en un país como Nicaragua, con una historia tan tormentosa, generada precisamente por la sistemática intromisión yanqui, se dispuso todo para hacer sentir bien a los prepotentes huéspedes?

La segunda señal ocurrió muy pronto. Después de un breve saludo de bienvenida, la actividad primera fue un tour por la ciudad de Managua. Eso, definitivamente, le dio el tono a la reunión: turismo para los gringos, quienes, de otro lado, llegaron acompañados de sus mujeres y vestidos con el atuendo típico de quien cree que Latinoamérica es un infierno a donde sólo se puede ir de pantalones cortos, pantuflas y camisa de colores.


Pues bien, salimos del hotel Hilton donde estábamos hospedados, ubicado en la pomposa aunque pequeña zona rosa de Managua, hacia el centro histórico, pasando por la catedral nueva, el mirador Tocapa, el malecón


y llegando finalmente a la zona donde tres edificios se destacan: la catedral vieja, el palacio presidencial y el palacio de cultura, antigua sede del parlamento, famosa, porque ahí tuvo lugar el incidente del comandante cero, Edén Pastora en 1978;


y terminamos el paseo en el mirador del Lago de Managua, a la sombra del monumento a Sandino.

Los dos días siguientes fueron de alguna manera más “académicos”, sin embargo, siempre hubo lugar para la fiesta, como la cena en la feria de Masaya, un pueblito a una hora escasa de Managua y donde tuvimos, comida típica, artesanías y espectáculo folklórico, muy bello y todo, pero muy para ellos y muy poco para nosotros.


El segundo día estuvo marcado por dos acontecimientos que convirtieron mi malestar creciente en el retorno a una vieja conciencia, a un viejo sabor: el de la solidaridad latinoamericana, cúmulo de sensaciones que no había vuelto a experimentar desde mis épocas de universitario. El primero de esos acontecimientos ocurrió en el seno mismo del congreso, cuando uno de los actos marginales: la presentación de un grupo de trabajo comunitario, se transformó en una auténtica conmoción.


En efecto, un grupo de jóvenes campesinos, curiosamente liderados por un viejo jesuita gringo que tenía más pinta de hippie que de cura, expuso su trabajo. Los tres miembros del grupo, Solidaridad de Arenal, al principio tímidamente y luego, alentados por la cara de sorpresa del auditorio, con mayor seguridad, nos mostraron su hermosa labor, orientada a recuperar la memoria colectiva, a atender a sus mujeres y jóvenes, a procurar la salud de sus gentes, a respetar el medio ambiente, a fomentar expresiones tradicionales como la cuentería y donde los universitarios que se han formado en la capital o en el exterior, regresan a ayudar a su comunidad y donde el cooperativismo es una verdadera estrategia de apoyo mutuo.

A medida que veíamos las imágenes que daban testimonio de su organización, de la determinante participación de las mujeres, del acompañamiento a los jóvenes, de la forma en que rescatan sus raíces culturales; a medida que nos adentrábamos en ese mundo con sus ferias campesinas, con sus actos culturales, con su bella solidaridad, con su apuesta por la historia propia; a medida que el discurso de las muchachas y muchachos que teníamos al frente con su semblante indígena, con su acento indígena, con su visión indígena, iba subiendo de tono, a medida que comprendíamos el valor de los héroes, de Sandino, claro, pero también de Carlos Fonseca, del Padre Romero, de Bolívar, nosotros y digo nosotros, los latinoamericanos y también los gringos, sentíamos todos que sí hay alternativas, que sí hay esperanza, que sí hay posibilidades.


Y entonces sucedió algo insólito, los gringuitos empezaron a expresar un sentimiento ya no de sorpresa, como de culpa, de contrición. Curioso, pero del todo inocuo, pues la gente de Arenal no cuenta ni con ese sentimiento, ni con ayudas más concretas; han aprendido muy bien la lección histórica, lección que, en contraste, no percibí para nada asumida entre los anfitriones: profesores, directivos y estudiantes de la clase alta nicaragüense.

El segundo acontecimiento ocurrió en la noche de ese mismo segundo día. Fernando Escobar, Méxicano, representante del Iteso, con quien había trabado ya amistad a pesar de nunca habernos cruzado en el camino, me invitó a una presentación suya en la casa de los Mejía Godoy. Fernando, tal y como reza en su semblanza, es un cantautor tapatío que ha incursionado por diversos géneros “en busca del disfrute, el aprendizaje y un poco de comunicación”. Sus primeros años artísticos los dedicó a la interpretación de la trova clásica, explorando la poesía y la composición, luego experimentó con el Rock (con el grupo Prólogo), con algo de música para teatro, con la coral clásica (Coro Providencia), y con el progresivo, en donde probó esa sabrosa mezcla con la trova que supuso la experiencia con el grupo Cristal Líquido.

En su trabajo como solista retoma algunos de esos temas y propuestas, pero exhibe con claridad un proyecto propio, muy personal, como son las canciones que presenta en su producción “En este viaje” (2004) que tuve el honor de recibir de sus propias manos

Ha compartido escenario y grabaciones con artistas como: Pancho Madrigal, Paco Padilla, José Fors, Fernando Delgadillo, Alejandro Fillo, Amaury Pérez, Yahir Durán, Jaramar, David Fillo, Andrés Huerta, Eduardo Ulloa, Gonzalo Ceja, Alberto Escobar, Mauricio Díaz “El Hueso”, y Gabino Palomares, quien en su producción “Historia Cotidiana” (2000), le grabó el tema “Cantamos”.


Y allí, de pronto estábamos en la Casa de los hermanos Mejía Godoy, un lugar mágico, donde se respira un ambiente festivo y de libertad realmente especial. Carlos, el mayor de los hermanos (famoso por su Son tus Perjumenes Mujer, María de los Guardias y Nicaragua, Nicaraguita entre otras muchas canciones que ya antes había escuchado, pero sin mucha conciencia), fue hasta nuestra mesa, saludó efusivamente a Fernando y nos lo robó por media hora, media hora en la que el mexicano nos asombró con su poesía.

Fernando es un magnífico representante de los cantautores latinoamericanos, que son seres que le apuestan a la revolución cultural y mental antes que a la social socialista. Precisamente un poema suyo, presente en “Este viaje”, es como su manifiesto:

Ya sé que pasan los años

Ya sé que pasan los años
Y aunque resulte extraño
Voy tras los mismos sueños
Muero en el mismo empeño
De hacer las cosas a mi manera.

Y no es que tenga madera de profeta,
Ni es por llegar a la meta
Primero que los demás
Tal vez no supe, ni sé
Como hacer trampa al destino

Este timón es un sino,
Roto como mis manos
Roto, y no sé por qué

Ya sé que pasan los años
Y te resultan extraños
Mis jeans y mi pelo largo
Y sin embargo, no es nada
Cuando de ideas se trata,
“eso está bueno”, me dices,
“cuando teníamos veinte
¡Mira tus cicatrices!
No es para gente decente

Cantautor que conserva la esperanza y la irradia con esa fuerza arrolladora que sentimos sus invitados esa noche, cuando tomó su guitarra y nos recordó por qué canta, por qué sigue cantando:

Cantamos

Preguntas los motivos de este canto
Que se alza entre lamentos, entre llanto.
Son muchas las mentiras que has bebido
Son tantas las esperas sin sentido

El viento ya no sabe a hierba fresca
Chapala ya no tiene buena pesca,
En las calles se ha enseñado la tristeza
Andando entre la prisa y la violencia

Preguntas, y no te faltan razones
Si al cabo de los años nada cambia
Y sigue, sin haber explicaciones, reinando el odio sobre las razones
Y entonces… ¿Por qué cantamos?

Cantamos porque huele a primavera
Si bien no es que se anuncie nueva era
Nos trae algunas flores de esperanza
Y tiene otro color, otra fragancia

Cantamos porque el canto es esperanza
Y envuelto en la canción mi pueblo avanza
Quien canta por la vida y por la muerte
No aprenderá a callar ante amenazas

Cantamos porque el niño pese a todo
Sabe mirar al centro de la tierra
No ignoro los cañones de la guerra
Mas no hemos de vencerla a su manera.

Hombre romántico que le canta al amor, al desamor, a la muerte y a la vida, sobre todo a la vida:

Es tan difícil

Es tan difícil no estar junto a ti
Más si te acercas no sé qué decir,
En tu mirada viaja un no sé qué de abril
Tantos recuerdos, tanto porvenir

Como quisiera darte una canción
Que te dijera más que una razón
Viento en las alas, ojos en el corazón
Mirada firme, sin miedo a la ilusión

Sé que te han dicho que el amor termina mal,
-siempre al final-
Y el beso pierde su caudal
Que nada valen tantos años de intentar
“una vez más”
que al fin de cuentas es “normal”
que lo que empieza debe terminar

Pero sobre todo, poeta, Fernando es un poeta y de largo vuelo, o si no, este botón:

De viaje

Junto al ocaso de tus ojos
hace frío
-nada lo quita-

en el viaje de tu risa
sólo el silencio

frío y silencio
(hay un invierno creciendo)

Hombre de viajes, de convicciones, de fuerza y de ternura grande, de una ternura que seduce y que confronta a la vez:

Yo no nací en el mar

Yo no nací en el mar
Pero conozco su abrazo poderoso
Su soledad impostergable
Su vida y su muerte, mi muerte
En el vaivén interminable de sus olas
En su inquietante arrullo de sol… y caracolas
Yo no nací acaso junto al mar
Pero en mis playas anidó también una gaviota
Junto a mis remos juguetean sus peces
Bajo mi cuerpo el agua, bajo mi noche un verso,
Que se repite como tu, con la nostalgia
De soles bebidos por tu boca
De ojos extasiados de horizontes
De soledades y abrazos de risas y llantos
Versos y cantos, de lunas de besos de esperanzas

Ya no sé si fue por efecto del delicioso Flor de caña – once años, que nos bebimos aquella noche o por la energía maravillosa que circulaba en ese lugar, lo cierto es que estábamos embriagados, pero no de licor, sino de amor, de amistad y de solidaridad. En la mesa estábamos un colombiano, varios mexicanos, un venezolano, una salvadoreña, un guatemalteco, varios nicaragüenses y… una gringa que se tiró todo, porque nos tocaba hablarle en inglés, porque se desinhibió vulgarmente y porque terminó mostrando el cobre al invitar a Fernando, no a dar una conferencia, sino a cantar en su universidad gringa; claro los que hablan son ellos, los bufones somos nosotros.


Y luego, la apoteosis: el canto de Carlos Mejía Godoy. Nada mejor para una justa semblanza del cantautor que estas palabras tomadas de su biografía en Internet:

Uno de los compositores e intérpretes más importantes del canto nicaragüense. En los años 60 irrumpió con su “Alforja Campesina”, interpretada por Los Madrigales, en toda esa década escribe numerosas canciones que aún no decide interpretar públicamente. Su inserción en el movimiento estudiantil de la Universidad, marca una etapa decisiva, como cronista – cantor de la dramática vida de nuestro pueblo. Así lo vemos aparecer sólo con su acordeón, cantando las primeras tonadas musicales sociales: “desde Siuna con Amor”, “Muchacha del F.S.L.N.”, “La Tumba del Guerrillero”. En esta época es importante destacar su acercamiento a “Los Bisturices Armónicos” con quienes recopila y divulga viejas canciones campesinas.

“Yo no sé cuánto debe la Revolución – reconocía Sergio Ramírez en 1982- a las canciones de Carlos Mejía Godoy, que lograron organizar un sentimiento colectivo del pueblo, extrayendo sus temas y sus acordes de lo más hondo de nuestras raíces y preparando ese sentimiento para la lucha”.

Y, realmente, Mejía Godoy – como trovador moderno – contribuyó en forma decisiva gestar esa lucha y su victoria el 19 de julio de 1979”. En los 70, su canto fue arrollador, identificándose con las esperanzas e ilusiones de las mayorías, creando o retratando personajes populares (“Terencio Acahualinca”, “Panchito Escombros”, “Clodomiro el ñajo”, “María de los guardias”, siendo esta pieza acaso la de mayor dimensión nacional porque era compartida y disfrutada también).

…Pero también sonaron allí, La Tula Cuecho, Clodomiro el Ñajo, El Almendro deonde la Tere, Quincho Barrilete, Flor de Pino, Palomita Guasiruca, Hacienda de don Merlo, Comadre tengame al niño y El Pocoyito, o al menos eso creo, eso deseo, que haya pasado…

El último día del congreso fue muy pesado: conclusiones, discursos y sobre todo: guayabo, no por el licor, sino por la certeza de que habíamos sido poseídos por unos instantes nada más, de que la magia se había acabado, de que volver a vivir lo de aquélla noche sería ya un imposible.

Pero quedo agradecido. Con Fernando en primer lugar, por su amistad, su apertura y su canto; con Carlos Mejía Godoy en segundo, por la potencia de su voz, por el poder de su energía vital, por la capacidad de llevarnos a nuestra raíces; y, finalmente, con los amigos que estuvieron allí, compartiendo ese pedacito de felicidad

Managua
Marzo de 2006
Bogotá. 2006

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La primera vez que tuve la convicción de que moriría una tarde, solitario y lejos de casa fue en México. Había ido a un congreso en el deefe por una semana y el día posterior al de mi ponencia decidí ir de tour a las pirámides de Teotihuacan.

Estuve todo el día fuera, bajo un sol despiadado, recorriendo con desconocidos el camino prefabricado para los turistas. Ya en las ruinas de la ciudad azteca, me sorprendió gratamente el poder de mis pulmones y de mi sangre todavía joven cuando superé, camino a la cima de la pirámide del sol, a un grupo de adolescentes con descarada y fastidiosa pinta de gringos bien que debieron hacer un par de largas estaciones antes de coronar. La vida en Bogotá, una ciudad ubicada a 2600 metros de altura, según me lo han repetido desde chiquito, me había dado esa virtud de la que sólo ahora me hacía consciente. En la cúspide, cumplí cuidadosamente el ritual de recarga energética que me había recomendado un colega antropólogo y disfruté por varios minutos de la espectacular vista que me sugería, con una atracción increíble y misteriosa, todo el poder de la historia albergada en esa calle ahora deshecha: la calle de los muertos.

Regresé al atardecer y ya en el metro tuve un aviso de lo que vendría: un ataque inaudito de claustrofobia que me obligó a bajar varias estaciones antes de mi parada y a caminar por unas calles deterioradas y apestosas a maíz cocido.


Apenas si comí algo y me acosté temprano sin esperar al dueño del apartamento donde me hospedaba, el amigo de un amigo que me había recibido en su casa y que de ese modo me había permitido un ahorro oportuno. Al día siguiente, volví a la sede del congreso, pero el dolor de cabeza que se me había instalado subrepticiamente durante la noche, y que me había estropeado el desayuno, no me dejó ya en ningún momento. Tras el almuerzo, la situación empeoró, así que resolví ir a casa.

Por supuesto no había nadie cuando llegué. Me recosté y me quedé dormido unos minutos. Me desperté con una nostalgia tan profunda que me estremeció hasta las lágrimas. Jamás me había sucedido, ni tras la muerte de mi hermano, ni durante las vivencias de largos años en el extranjero, cuando estuve más expuesto a la separación. Fue como si una potencia extraña se hubiera tomado mis afectos durante el breve sueño y me hubiera sorbido hasta la última gota de esperanza, de esa esperanza que había construido y reconstruido con temple y no sin afugias por años. Una sensación insoportable que me hizo levantarme todavía un poco mareado y decaído. Miré por la ventana del cuarto hacia la calle y entonces sobrevino: una especie de indolencia del mundo que me excluía de su lógica y de sus movimientos.

Afuera, un gato maullaba con la extraña sonoridad del llanto de un niño y los niños llegaban de la escuela, vistosos y tranquilos, y las nanas empezaban a prepararse para salir. Afuera, un sol todavía radiante teñía de miel las fachadas de los edificios, los autos seguían recorridos misteriosos y la gente parecía hacer su oficio con entusiasmo. Desde afuera, el rumor de alguna radio llegaba con la insistencia de una alegría ajena y yo contemplaba todo eso como desde un mirador situado a muchos metros de altura, sin que nadie se diera cuenta, sin que a nadie le importara, como si todo estuviera cumplido y ya no fuera una pieza necesaria del engranaje.

Me alejé de un salto de la ventana y salí del apartamento como si alguna presencia espantosa me hubiera expulsado. Vagué durante horas por las calles de un México que ahora parecía extraño, misterioso y acosador.

Me interné en uno de los túneles del metro y sin pensarlo me subí con una premura inexplicable al tren que estacionaba en ese momento y del que desconocía su origen y su destino.


Sentado en uno de los asientos vacíos, vi entonces el reflejo de mi rostro en el vidrio de una de las puertas de salida que estaba enfrente. La depresión galopaba en mi pecho y pronto se convirtió en necesidad de acabar, de suicidarme, de no darle más oportunidad a la vida, de morir. Llevé mis manos al rostro intentando contener el ansia y lo mantuve encajonado por varios minutos. Sólo escuchaba el ruido del tren sobre los rieles, ni una voz, ni una presencia que viniera en mi ayuda.

Cuando solté las manos, miré de nuevo el vidrio de la puerta de enfrente, pero ya no vi mi reflejo en ella. Horrorizado, sentí como si un pedazo de tiempo se hubiera refundido, como si algo realmente valioso hubiera sucedido mientras tuve agarrada mi cabeza entre mis manos, algo que ya no conocería en mi vida.


Después de varias horas, sin saber muy bien cómo, llegué al apartamento y me envolví en las cobijas a la espera de un amanecer que, como nunca, deseé con todas mis fuerzas que llegara. Pero así como un músculo o un hueso se lesiona de por vida tras algún accidente, así mi ánimo quedó lisiado: basta que me encuentre sólo, recostado en la cama a eso de las dos o tres de la tarde para que toda es barahúnda de sentimientos que alguna vez me perturbó de manera tan inaudita me atropelle con la fuerza de un sunami.

Tal vez fue sólo el efecto de una insolación leve, tal vez cometí alguna imprudencia ante los dioses aztecas, tal vez estaba enfermo, no sé cómo explicar lo que me sucedió, lo único cierto es que fui premiado (¿o castigado?) con la oportunidad de anticipar el tipo de sentimientos que llegarán alguna vez a mi lecho de muerte.

México 1997
Bogotá 2004 – 2006

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Algunos de mis sueños más recurrentes tienen que ver con sobrevuelos por regiones desconocidas que sin embargo me resultan familiares. Caseríos medievales, poblados de gente sencilla y trabajadora, volcados sobre ensenadas de mares traidores o a la ribera de vigorosos ríos, como desperdigados por alguna mano poderosa y arbitraria. Si no fuera porque mis creencias me lo impiden, habría aceptado ya que en alguna vida anterior viví en esos lugares.

Mis indagaciones me han llevado a confirmar que las imágenes que sueño corresponden a esa región noroeste del litoral gallego llamada a costa da morte, nombre que produce escalofríos, pero que en realidad proviene de la antigua creencia de que ese lugar era el finis terrae, el fin del mundo, la puerta del más allá, lugar del ocaso, donde el sol se hunde inexorablemente en el mar. Pero también se dice que el nombre atañe al hecho de que a lo largo de la costa se exhiben cruces que recuerdan las víctimas de los múltiples y frecuentes naufragios que se producen en esa ribera desmedidamente recortada, albergue de tormentas y tempestades invernales que las leyendas y mitos han inmortalizado.

El primer “contacto real” con la imágenes de esos sueños lo tuve cuando por pura casualidad vi en la televisión por cable un programa sobre Galicia, realizado precisamente en el formato de sobrevuelo. No pude evitar entonces un profundo sentimiento de arraigo cuando las imágenes mostraron a los oleiros de Buño en plena acción creando sus bellas piezas de alfarería. ¡Quizá yo mismo fui uno de ellos!, pensé en ese momento.

Cómo no respirar el aire salino de Malpica de Bergantiños, cómo no estremecerse con el humor agrio que exudan sus marineros agolpados en el puerto, cómo no errar por entre las callejuelas que cuelgan sobre las rocas, cómo no disfrutar de las vistas del mar desde la parte alta de la zona vieja. ¿Acaso no viví por esos lares? Cómo no admirar el santuario de San Adrián do Mar, si las imágenes de sus romerías se llenaban de un significado secreto, cómo no sentirlo mío si la mirada larga que llega desde sus ventanas hasta las Islas Sisargas se me quedaba extasiada para darle paso a los pulsos de mi corazón. Cómo no confirmar con la sola mención que Beo, Cores y Nemeño son lugares conocidos y transitados. Tal vez viví allí, tal vez me hice matar por una mujer en alguno de ellos, tal vez fue en uno de esos puertos que embarqué para siempre en algún buque fantasma, quién sabe. Cómo no detenerse a orar en la iglesia románica de Mens, donde quizá fui monje superior en tiempos medievales. Cómo no atreverse a subir de nuevo al Monte Branco y disfrutar desde la cima el espléndido encuentro del río Anllóns con el mar que resuena como un bello apareamiento erótico. Cómo no impresionarse con los acantilados de O Roncudo que esconden entre sus quiebres a tanto muerto y a tanto náufrago que todavía cree estar vivo. Cómo no sentir en toda su dimensión ancestral la excitación del origen que causa la vista del Dolmen de Dombate. Cómo no caer en la tentación de pasar unas horas en las bellas y tranquilas playas de Cabana, si sus arenas parecen infinitas.

A medida que avanzaba el documental, me internaba en sus imágenes y me conmovía con la afinidad y la añoranza que me causaba su repaso. Aparecían sobre la pantalla, pero era como si lo hicieran en mi habitación, las dunas de la laguna de Traba que recuerdan que el agua no muere sino que viene y va, va y viene como van y vienen los hilares que mueven las mágicas manos de las palilleiras de Carmiña, cuyos encajes seducen a los hombres. Cómo no adentrarse en el Castillo de Vimianzo, recorrer sus laberintos y enfrentar alguna aventura romántica. Cómo no detenerse en Corcubión a probar los mariscos y el magnífico pescado. Tal vez esas grandes manos mías, y que no sirven para nada en una universidad, hayan sido hechas a golpe de herencias genéticas para la pesca fuerte, para el trabajo duro. Cómo no visitar el Castelo do Cardeal y admirar el Pazo de los Condes de Altamira. Cómo no, finalmente, llegar para quedarse en Fisterra, cómo no volver a sorprenderse con la imagen del sol poniéndose sobre las aguas del Atlántico, cómo no volver a fascinarse con los rocosos acantilados que allí, como en ningún otro sitio, luchan impetuosamente con las aguas del océano. Cómo no ir al castillo de San Carlos y luego parar, para morir, en las playas de Mar de Fora, Langosteira o Estorde,

Y entonces vino la ocasión de un segundo contacto, este más real: la posibilidad de visitar la costa de la muerte, aprovechando un viaje que por motivos de trabajo debía hacer a Madrid.

Dicho y hecho: lo soñado entre tinieblas, lo visto en una mala televisión, se desplegaba ahora ante mis ojos, a medida que avanzaba por las carreteras, caminos y playas que, tras haberme unido a una excursión turística, podía ahora apreciar en su esplendor, y bajo un sol que sus habitantes calificaban de extraño para la época, pero que para mi era como un regalo maravilloso, pues los velos que mis sueños tendían y los efectos del tubo catódico sobre la visión del documental se habían desecho gracias a la luz extraordinaria de ese sol impertinente.


Mi viaje culminó con la visita a Santiago de Compostella, ciudad bella, llena de callecitas laberínticas que conducen irremediablemente a la catedral. Cumplía así y talvez en el orden histórico correcto, con el ritual católico, tras haber hecho el ritual pagano.

La visita a Santiago me dio la certeza de que la región de Galicia había sido una especie de zona de experimentación católica en la que se ensayaron (y se ensañaron) las estrategias medievales de cristianización de lo pagano. Menciono aquí al menos tres ejemplos. El primero tiene que ver con lo que hoy todavía se llama la peregrinación religiosa y la peregrinación profana.

Hay mucha gente de la que hace el Camino de Santiago que después de llegar a la Catedral y de saludar al Santo sigue hasta Finisterra, el sitio que antes del cristianismo era el que merecía la peregrinación de los europeos. Hasta allí llegaba la gente porque se creía que era el fin de la tierra, y esa sensación se percibe hoy todavía. Al menos a mí me causó mayor emoción llegar al fin del mundo que conocer la supuesta tumba de un santo que uno no sabe si en realidad murió por esos lares. Está claro que la intención lograda fue la de darle un sentido cristiano a esas adoraciones paganas, asunto que en su momento tuvo toda la legitimidad, fue en realidad una manera de ordenar los sentimientos, de configurar una especie de identidad, la identidad europea.

Aunque hoy, cuando hasta la misma noción de identidad está en crisis, cuando las grandes ideologías se derrumban, me pregunto ¿para qué sostener la caña? En todo caso me resultó totalmente anacrónico.

Un segundo ejemplo de eso que he llamado la sagacidad católica es el siguiente: en Galicia ha existido siempre mucha espiritualidad cuya fuente es esa cercanía con el fin del mundo que comenté antes. Una de las cosas que los Gallegos desarrollaron dentro de su folklore fue la imagen de la ánimas en pena, o almas que no van directamente al cielo o al infierno, sino que se quedan vagando en la tierra. Era la manera de soportar la desaparición de los cuerpos que se tragaba el mar, debido a los naufragios, a las salidas fallidas a alta mar y todo eso. Hay pues una tercera posibilidad que la iglesia acoge y cristianiza, reconvierte esa idea típica en la idea del purgatorio, lugar de transición entre el cielo y el infierno.

Y fueron, ni más ni menos, los doctores de la iglesia cristiana medieval, los encargados de desarrollar la estrategia discursiva del número tres. Ya no sólo era cielo e infierno, sino también un tercero: el purgatorio. Ya no sólo era el primer advenimiento de Cristo, humilde y difícil, frente al segundo: glorioso y apoteósico, sino un tercero: el advenimiento personal, la apertura de cada quien a la presencia “cotidiana” de Cristo. Esa necesidad tan típicamente cristiana de reconvertir todo lo pagano, de cambiarle el sentido, llevó al descubrimiento de una estrategia discursiva y retórica que definitivamente disparó el pensamiento occidental. Después ya todo es extensión de de esa lógica, no dos, sino tres, no sólo padre e hijo, sino espíritu santo, etc.

El otro caso gallego es el del botafumeiro, esa bella palabra que usan los gallegos para indicar el dispensador de incienso en las iglesias: el aparato que bota fumo, humo, el botador de humo, botafumeiro. Una de las cosas que quería ver en la Catedral era el botafumeiro porque supe de él en uno de los primeros artículos que hablaban de la ciencia del caos o de las catástrofes. Resulta que el botafumeiro es como un gran péndulo cuyo movimiento debe regirse entonces por la ley de oscilación de Foucault, pero han ocurrido accidentes en la Catedral de Santiago de Compostela documentados que indican que no siempre se cumplió la ley de oscilación pendular. Eso llevó a varios científicos a examinar las catástrofes del botafumeiro y a constituir toda una física particular llamada la física del botafumeiro.


Y tuve la fortuna de verlo en funcionamiento, pues no en todas las misas lo ponen a marchar. No puedo negar que es toda una maravilla ver ese gran péndulo oscilando y botando humo, la gente se emociona, y cuando termina su oscilación, cuando ha dejado de moverse sobre nuestras cabezas, se habla de lo que significa ese humo invadiendo el gran recinto de la catedral y subiendo hacia la cúpula, se habla del humo como símbolo de nuestro agradecimiento a Dios y se lo designa como imagen de nuestra comunicación con Él y todo eso. Pues bien, resulta que el botafumeiro se lo inventaron los curas de Santiago para mitigar los olores nauseabundos de los miles de peregrinos que llegaban después de semanas de caminata sin baño y atestaban la Catedral. El botafumeiro es un gran dispensador de humos aromáticos, humos que también son de desprecio y de repugnancia. Y una manera de hacer que esa estrategia tan mundana, incluso tan vergonzosa, tan pagana, tuviera aceptación era llenándola de ese significado espiritual que hoy todavía se expresa en las misas de la Catedral. Una viveza, una más de las vivezas cristianas.

Pero Galicia, estoy seguro, sigue siendo sobre todo tierra de paganos, gente con una espiritualidad que va más allá de los ritos católicos, que conserva y explora sus mitos, sus leyendas, sus alternativas culturales; tierra indómita, pero tranquila…

Santiago de Compostela, Costa da Morte, 2004
Bogotá, 2006

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