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Archive for the ‘1. Nomadas ilustres’ Category

Andrea lo dijo con tanta seguridad que me asustó. Cuando Sábato aceptó visitar a Videla se vendió al proceso, traicionó a sus amigos (sobre todo a los que sufrieron el exilio, la tortura y la desaparición) y de paso a la patria, y por eso merecía el destierro de nuestro imaginario cultural.

Miré desconcertado a Ramón, buscando alguna reacción en su rostro que me sacara del asombro, pero él estaba tan sorprendido como yo. Así que sólo atiné a recordarle a Andrea que Sábato había presidido la comisión de notables del Nunca más.

– Si, pero eso no fue sino otra expresión de su oportunismo, me refutó ella

– A lo mejor en su momento -insistí-  Sábato, como muchos, no podía dimensionar la hecatomebe que se venía encima, ¿no crees? Lo digo porque aquí en Colombia muchos han sido los encantados con las promesas del tirano

– La guerra sucia no comenzó en el 76, Jaime -se apresuró Andrea a contestar- y Sábato lo sabía perfectamente, sabía lo que significaba el golpe, él no era ingenuo, era tal vez cobarde, eso sí.

– ¿Y el Informe de ciegos y Sobre héroes y tumbas y su obra ensayísitica, no pesan más que ese error claramente enmendando?

– ¿Error? ¿Obra literaria? ¿De qué hablas? Sábato fue un invento de SUR. Sin el apoyo de Victoria Ocampo y del diario El Clarín, don Ernesto no hubiera sido nadie. Si te fijas -prosiguió Andrea con un discurso cada vez más evidente-, sus libros están llenos de ambientes falsamente siniestros y de personajes pequeños-burgueses. Con personajes para torturar adolescentes torturados alimenta la visión de un mundo “sin salida”. Ese mundo no es otro que el del egoísmo a ultranza, ¿o nos los vemos en sus departamentitos de dos ambientes. “incomprendidos”, sopotando la angustia, consumidores de alta cultura que pasan el tiempo tan bien como pueden, esperando la “gran revelación”?, una revelación que en nuestro país se ha presentado políticamente con el regreso de Perón, el golpe militar del 76, Alfonsín, Menem, la “Alianza”, Kirchner… La  “angustia” de sus personajes, no es sino la necesidad que tienen de contar con la seguridad que brinda el establecimiento.

– La verdad Andrea -le solté totalmente aterrado-, nunca me atreví a ver las cosas así, es toda una bomba para mí. Siempre vi en Sábato un hombre progresista, ético; de hecho fue anarquista y comunista, ¿no?

-Si, pero esa “experiencia” no le permitió saber de antemano que cualquier dictadura militar (o civil, o gobierno democrático disfuncional, es decir, todos) tortura. Sábato pasó tan fácilmente de la izquierda a la derecha, de la física a la metafísica…  La izquierda estalinista lo supo desde siempre y por eso desconfió de él, los trotskistas igual: un camaleón oportunista, insisto

Miré de nuevo a Ramón, quien torció un poco sus manos en un gesto de impotencia. Se hizo entonces un silencio bastante incómodo que afortunadamente fue cortado por la entrada del pizzero que había llegado por fin con la cena.

Comimos despacio, sin  mirarnos, como avergonzados. Aproveché que Ramón se levantó al baño para salir del campo de visión de Andrea y detuve a mi amigo:

– ¿Tú que opinas? -le pregunté

– Que es una mamerta de mierda -me respondió-. No le hagas caso

Se vino a mi mente cada uno de los libros del viejo invidente que apilo en un estante especial de mi bilbliteca, desde El Túnel hasta su testamento espiritual. Recordé casi palabra a palabra su conmovedora letanía por Jorge Federico, me llené de congoja con la imagen, que vi en algún reportaje, del trato tierno que el viejo recibe de los hijos que le sobreviven. Y luego, allí, frente a la puerta de la librería, me quedé pasmado ante la súbita conciencia de que yo también había cambiado la ingeniería por la literatura y de que mi rojo hacía rato había perdido la intensidad del fuego para caer en la blandura de un aguatinta rebajado.

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(El presentimiento)

Por Alicia Contursi

 

Sabes padre mío, lo supe al atardecer de ayer  -¿puedo decir ayer o fijar el tiempo es tan sólo una  ilusión más de la existencia, ya que el tiempo es un fluir, un devenir sin más?- lo supe, lo presentí. El momento ha llegado. Estoy dispuesta. Estoy fuera del tiempo y puedo convocarlo, conformarlo y plasmarlo.

Pero déjame decirte, déjame relatarte cómo fueron esas horas graves. Necesito desprenderme de esas sensaciones, permitir que esos vahos se alejen de mí.

Hécate presente, noche sin Luna, convocando al final  y a la ultimidad fecunda. La Diosa se hacía sentir, ominosa. Su presencia estaba por doquier. En el Sol que se ocultaba, largando rayos rojizos, ensangrentando las nubes. En mi garganta, en los ojos, en las manos tensadas. Como si  fuese a hundirme en un abismo. Subí a mi carro y conduje azuzando a las nobles bestias. El viento arremolinaba el polvo de las calles y seguí, haciéndolas ir más rápido todavía. Quería sentir el aire salado golpeándome el rostro para limpiarme de impurezas. Para borrar lo vivido. Para afirmarme en mi voluntad e independencia. Para alejar de mí la repugnante experiencia de ese hombre de instintos reprimidos y sucios, que se había atrevido a poner sus manos en mis pechos sin mi consentimiento. Intentaba someter mi cuerpo y también someter mi entendimiento. Quería que abjurara de mis creencias, de mi razón, de mi sagrado intelecto. Qué negara a Isis, a Atenea, a Sophia. Pretende decir que sus enseñanzas son de amor y lo único que hay en él es soberbia, lujuria y violencia.

Tú me formaste en mis ideas, querido padre. ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas cuando caminando nos acercábamos al Mare Nostrum, aspirando su aroma fuerte y vital y con los pies descalzos hundidos en la arena dorada me enseñabas a enfrentar las olas y a permanecer incólume ante los embates, gozando la cercanía de las ninfas y a Eolo susurrante? Llegó una oleada muy fuerte y pude resistirla, entre risas. Al retirarse dejó una conchilla blanca brillando entre la arena y la tomé entre mis manos. Sin querer me corté con ella. Aún puedo ver las carnes abiertas por el filoso borde. Lloré y me enjugaste las lágrimas y besaste mis manitas. Seguimos jugando y pude volver a tomarla. Era sólo una niña, pero me grababas en el alma las virtudes y despertabas en mí la fuerza de Artemisa.

Añoro esos días de calor, de dicha cuando estabas cerca de mí y te preguntaba por el mundo y me respondías, dulce y tierno pero también con el rigor de la Lógica y la Episteme. Espirales dibujadas en la arena, mensajes descifrados, triángulos y círculos, vuelo de pájaros en el horizonte, sabor a miel en los labios y tu figura señera, con el resplandor del Sol volviéndote fulgurante.

Mi pensamiento se desarrollaba, razonaba, discurría. Nos adentramos en las enseñanzas pitagóricas. Dibujaste un triángulo rectángulo y me enseñaste cuál era la hipotenusa. Proyectamos su cuadrado. No sé si te entendía con la mente o sólo con el corazón. Un día me hablaste del Topos Uranus. Mi intelecto infantil imaginaba un gran lugar, una inmensa casa y dentro nubes redondas o alargadas recortando las letras de los nombres de las Ideas. Llegué a verlas vívidamente. Te pregunté qué era Arqué. Te sorprendiste. “¿De dónde has sacado ese nombre, niña? Arqué es el principio de las cosas, aquello de dónde surge todo” “Vi ese nombre, padre, lo vi dibujado en el aire. Dime, ¿también las olas tienen su arqué?. Sí, también las olas, mi pequeña” “¿Y hay una Idea que reina sobre las otras?” “Sí, pequeña, flotando por encima de todas las Ideas está la del Bien.”

A veces cuando entro en la Biblioteca o en el Museo me siento en el Topos Uranus. Simplemente camino en ese templo que guarda los tesoros de los maestros y a veces acaricio los rollos. Prefiero los antiguos de papiro. Su olor me acerca más al agua. Los pergaminos me resultan más ásperos al tacto y pienso en los corderos. Un día te pregunté cuál era el arqué de los pergaminos. Cuando me lo explicaste lloré mucho. 

Me hacías sentir segura, certera. Nunca me abandonó ese sentimiento. Me diste una niñez feliz, aun sin mi madre, que se nos fue hace tanto. ¿Está contigo? Casi no la recuerdo. Tengo de ella tan solo un aroma fresco y unos pechos cálidos en donde me hundía confiada y arrobada. Su voz suena muy lejos y se va, perdiéndose cada vez más. Nunca te lo había dicho. Juntos la dejamos en el silencio de lo que no se habla. Cerramos un cofre y tiramos la llave en la inmensidad de la noche. Nunca tampoco te pregunté por que tuvimos que velarla cubierta de pétalos de rosas y largarla a las aguas, entregándola a Poseidón. Has venido quizás a contestarme esa pregunta… Creo que sí, pero aguarda. Todavía no. Deja que te relate esas horas.

Los caballos corrían casi desbocados -como Cirilo al acecharme-  y tuve que tomar con mucha firmeza las riendas para hacerles sosegar el paso al acercarnos a mi casa. Se lastimaron mis manos al tirar de los tientos. Por un momento creí que iba a soltar esos lazos que me unían al dominio de mi carro e iba a salir disparada. Sostuve la respiración. Aminoraron la marcha, y se detuvieron, sudorosos y extenuados. Bajé a acariciarlos y quitarles el peso del arreo.

El Sol se había terminado de ocultar y un resplandor grisáceo coloreaba uniformemente la incipiente noche. Brillaban estrellas y a su luz las formas se desdibujaban en un juego de sombras que  volvía inciertas las figuras. La servidumbre dormía y no quise despertarlos.

Guiaba a las bestias hacia el cobertizo sin saber que un augurio terrible me esperaba. Mi corazón casi se paralizó al entrever lo que luego comprobé: una paloma yacía ante mi puerta. No veía bien o quizás no quería ver. Tuve que acercarme y  tomar entre mis manos el cuerpo. Sí: una pequeña paloma blanca con algunas plumas grises estaba fría, yerta. Todavía me ardían las manos por el esfuerzo realizado durante la carrera y el plumaje duro me estaba lastimando aun más. Las alas inútilmente desplegadas marcaban su postrer vuelo, interrumpido. Su cuerpo enjuto y frío y el pico clavado hacia abajo en el aire como intentando horadar su propio corazón. Gotas rojas aparecían  cerca de su garganta, como dejando escapar un último zureo. Estaba congelada en el tiempo. Pensé que unas horas antes se movía, volaba, comía. La vida estaba en ella y desplegaba por tierra y aire toda su belleza, sus arrullos, su canto interior y su sino. Ahora en quietud, era solo una sombra de lo que había sido, clavada en un momento puntual sin más devenir que la podredumbre. Imaginé el ruido de sus alas batiendo en el final, desplegándose por última vez, inútilmente.

No pude dejar de sentirme identificada con el ave de Afrodita. En el Museo había visto especimenes semejantes pero ésta tenía algo distinto. ¿Qué estaban tratando de decirme los Hados? Que mi voz no iba a resonar más ante la plaza llena de estudiantes… que nunca más iba a proferir arrullos de amor… que todo lo que amaba iba a silenciarse… Pájaros agoreros. Quietud y silencio en las venas. ¿Era quizás yo esa paloma?

¿Hay entonces una Idea de la Muerte que se vuelve realidad existente o la muerte es tan sólo un momento más en el panta rei, como enseñaba el viejo Heráclito…?

Los caballos relinchaban, nerviosos. Les di agua y los guardé. Luego, casi trémula, enterré la paloma. No quise embalsamarla. Busqué un lugar mirando al Este, por donde al día siguiente aparecería el Sol. Quería que los primeros rayos la entibiaran. Cavé y ahondé con mis propias manos que empezaron a sangrar y así la entregué a Gea.

Entré a mi cuarto y ante la figura de la Madre Isis, iluminada por una lámpara de aceite, vi mis manos y mi túnica, sucias de tierra y sangre y lloré. Busqué una jofaina llena de agua y me lavé, ritualmente. Ya en mi aposento, sintiéndome en los brazos alados de la Diosa me quedé entre desvanecida y dormida por unos breves instantes. Ahí apareciste por primera vez, padre mío. Me turbé ante tu figura vívida. Te vi blanco y efímero. Encendí una candela y desapareciste. La noche estaba en todo su negro esplendor. La llama formaba halos que me hacían ver en la penumbra formas extrañas, sugerentes, atemorizantes.

El ruido de los golpes en la puerta me trajeron secamente al mundo físico y terminaron de despabilarme. Fui hasta la entrada de la casa. Uno de los servidores se levantó para ver quién llegaba a esas altas horas. Le dije que yo me ocuparía. Abrí una mirilla y reconocí a uno de los enviados de Orestes.

-¿Qué quiere el Gobernador de mí, a estas horas, buen hombre? le pregunté.

-Te envía este pergamino, noble señora. Dice que espere hasta tener una respuesta tuya.

Abrí la puerta no sin cierto temor. Podía ser una emboscada. Pero sólo estaba el soldado. La noche brillaba de estrellas. El aire era penetrante y traía efluvios marinos, insondables. Tomé el pergamino. El tacto me hizo recordar a los corderos y tu explicación cuando era pequeña.

Leí el mensaje que me enviaba mi amigo y protector. Las palabras de Orestes eran directas, entre oficiales y privadas. “Amada Hypatia: (nunca me había llamado amada por escrito) te ordeno como tu Gobernador y te suplico como tu amante que partas mañana apenas salga el Sol con mi fiel soldado Lucio rumbo a Constantinopla. Allá tengo amigos influyentes que te protegerán. Te daré un rollo para que les entregues y que sólo ellos deben abrir. Tu vida corre serio peligro. No puedo detener las artimañas del Obispo. Oscurece tu piel y cubre tu exquisita belleza y tus cabellos tras túnicas y mantos que te hagan parecer como una peregrina etíope o una judía conversa. En corto tiempo me comunicaré contigo. Buen viaje. Que tus dioses te sean propicios. Orestes”

Le respondí sin dilatar, llevada por el estado de angustia en el que había caído.

-Fiel Lucio, te espero mañana antes de la salida del Sol. Estaré preparada para partir. Díselo a Orestes.

 

Quedé una vez más sola ante la imagen de la Madre Isis. Algo no estaba bien.

 

¿Debía escapar, como una liebre asustada ante un lobo hambriento… ? En esto terminaría mi misión como directora de la biblioteca; ¿qué haría con mi corona de laureles, podría seguir llevándola? Mis estudiantes pensarían que todo lo que les había enseñado eran mentiras.

El instinto de conservación del que hablaba el Estagirita se manifestaba en mí con mucha intensidad.

Cirilo me aterrorizaba. El y sus sucias manos. El y sus imposiciones dogmáticas. Me quería destruir no sólo a mí, sino a todo lo que yo encarnaba. Ya había destruido templos, estatuas, prohibido ritos, declarado heréticos y matado a buenos hombres sólo porque no pensaban como él.. Utilizaba el poder a su favor y ventaja. 

Qué terrible sería el orbe en manos de esa gente.

Entre medio de esos pensamientos me quedé dormida.

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Sé que estás ahí, Susana, te he oído, he escuchado el inconfundible sonido que hacen tus pies cuando caminas sobre las hojas secas. Has venido a cuidarme a pesar de mis estrictas instrucciones  No lo puedes negar. He visto tus ojos azules en mis sueños iluminando los senderos oscuros por los que suelo perderme en las horribles pesadillas que ahora me atormentan cada noche. He visto tu rostro asomarse por la ventana de esta habitación apestosa donde recuesto mis dolores. He oído tu risa de niña ingenua retumbando en las paredes como un eco desquiciado que perfora mi cabeza. He gritado que pares que no rías más y tú, como siempre, obediente hasta la sandez, dejas de hacerlo, pero cuando ya no te oigo, me hundo en la tristeza más grande y entonces te llamo, te llamo a voces y tú no llegas, no te acercas, no me acaricias, me abandonas y te reprocho ahora que no estés junto a mí, cuidando estos achaques de viejo, pero ya no me oyes, ya no me oyes,  no me oyes, Susana y entonces parece que enloquezco, veo a mi madre aquí, entrando por la desvencijada puerta que aísla esta habitación, la veo acercarse y es como si la viera aquella tarde nefasta, recién salida de su celda de tortura con esa cara demacrada que le acentuaba su facha de  bruja, con esos ojos desorbitados y ojerosos, la pobre, con esa boca reseca  y hundida en medio de una quijada tan grande que parecía otra cara, pero al aproximarse  no es ella, se transfigura en Bárbara, es Bárbara la que se  allega mirándome con sus ojos de loca de arriba hasta abajo, como reprochándome no se qué cosa, la misma cosa que siempre me reprochó en silencio y que nunca supe qué era exactamente. Me mira, se ríe, sale, vuelve a entrar, me atormenta.  No sé qué es lo que no le gusta de mi, nunca me lo dice, poco me habla a pesar de lo dicharachera que es, no me habla, solo me mira, me examina, me dice con su ojos que soy culpable de algo, de sus tristezas, tal vez, de sus desencantos, de su vida malograda, quizás. Ella nunca me comprendió como tú, Susana,  mi  pequeña, mi refugio… y pensar que estuve a punto de elegir a otras…

Deben ser ya las cinco, atardece aquí en Regesnburg, ciudad mezquina  e impasible a pesar de su gran alcurnia; llueve y las temperaturas han descendido más de lo acostumbrado para estas fechas, el desastre flota en el aire, lo huelo, lo percibo en cada bocanada; sobre la piedra de las calles veo el agua que se encharca y se pudre casi inmediatamente, veo la gente corriendo para guarecerse y es como si sólo actuara para alguna mala comedia, el cielo está oscuro y no hay que ser astrólogo para saber que las cosas no van a cambiar por muchos días y que cuando lo hagan va a ser para empeorar, nieve, frío atroz, tal vez muerte, nos espera un duro invierno, ¿nos espera? ¿Por que hablo es plural? Estoy solo, nadie aquí se ha percatado de mi presencia, nadie sabe quién soy yo, la miserable residencia donde me albergo, donde he tenido que parar más días de los necesarios a causa de este malestar inesperado, está llena de gentuza que sólo está de paso, con sus afanes, con su arrogancia, como si su vida fuera la más importante de todas, como si sus asuntos fueran a transformar el mundo, nadie sabe quién soy yo, el servidor de Dios, el agrimensor de sus cielos, su intérprete, su mejor mediador; son días de locura, son días de guerra, son días sin Dios.

kepler-viejo3Estoy viejo, no sólo son estos dolores insoportables en el pecho que confirman que mi cuerpo se deteriora a grandes pasos, es la miopía que avanza sin piedad y me sumerge en un mundo de sombras impredecibles, es mi rostro que ha perdido la firmeza de otros días, son mis manos que ya no asen las cosas sin temblor, es, sobre todo, mi alma que ya no encuentra paz, ni siquiera con las oraciones. Algo se avecina, pero no sé qué es, quizá una crisis médica, o tal vez la locura, esa locura de familia que no ha perdonado a ninguno de sus miembros, tal vez es ella que llega con el rostro de la enfermedad, la muy ladina, eso es, quiere atacarme, traicionera, como lo hizo con el pobre Heinrich, muchacho precoz, inteligente y vivaz, cuya vida debió ser la mía, a él debieron becar, al pequeño de la familia, y no a mí, a él debieron apoyar, por su capacidad, por su inteligencia por su fervor religioso, pero no, la locura llegó a su voluntad siendo un niño y sólo lo abandonó a su muerte. Heinrich, mi querido hermano, sé que de alguna manera la vida me entregó tu posta y por eso prometí llegar hasta el final, hasta ese final al que tú habrías llegado tan fácil, tan rápido, si no te hubieran cegado las luces del terror, si no te hubieran enloquecido las voces de tu talento. Por eso y porque Dios me confirmaba con sus infinitas señales bondadosas la tarea que debía emprender para remediar lo que la vida malogró, hice lo que hice, me jugué lo que me jugué, y ahora que me encuentro en este trance puedo ofrecerles a ambos, a mi Dios geómetra y a mi hermano querido, el balance  de mi obra; solo espero poder llegar al final de este día, recuperar por fin mis fuerzas y arribar a Estrasburgo, donde la suerte tiene que cambiar.

Si al menos estuvieras tú a mi lado pequeño Johanes, querido hijo, ¿por qué tuviste que partir tan pronto? Han pasado casi veinte años desde tu muerte en ese fatídico año del 1611, ha corrido tanta agua y sin embargo cada día de mi vida te recuerdo, y la memoria de tu corta vida es como una bola de fuego que nace en mi cabeza y pasa hasta mi pecho y se queda allí dando vueltas, rebotando, causando dolor, un dolor que no curan  las hierbas, ni la magia, ni siquiera el paso del tiempo, porque es el dolor de la ausencia que no tiene remedio, Eras tan parecido a mí, eras la miniatura de mi ser, su espejo inocente, eras la oportunidad de ser más que lo que pude llegar a ser, por tus capacidades, por tu obediencia, por tu genio, porque estabas a mi lado, porque me entendías y me mirabas trabajar con esos ojos llenos de alegría y de entusiasmo. Cómo jugábamos, cómo bromeábamos, como si fuéramos realmente amigos y qué raro era todo eso, incluso para tu madre Bárbara que no entendía por qué su Johanes tenía que parecerse a su padre, por qué tenía que ser otro bicho como su padre, pero ella no podía comprenderlo, yo te quería formar, te quería alistar en el ejército de los intérpretes del mundo, y tú y yo sí lo sabíamos, tú y yo, sin muchas palabras de por medio, éramos cómplices de un secreto que nadie más compartía. Hasta que enfermaste, extrañamente, enfermaste y en pocos días se fue apagando tu alma, y tu cuerpo quedó reducido a huesos y no pudimos hacer nada y no pudimos salvarte y te fuiste en una tarde como ésta, fría, lluviosa terriblemente triste. Si al menos estuvieras aquí a mi lado, hijo mío.

regensburg4Si pudiera alcanzar la ventana, podría ver los dos grandes símbolos de esta ciudad vanidosa, sede del imperio y por eso demasiado pretensiosa, podría ver la  Catedral de San Pedro y el puente de piedra que cruza el Danubio, Tal vez, con un poco más de suerte y algo de sol podría ver también los bellos vestigios de la Porta Praetoria que da entrada a la ciudad desde el flanco norte. Pero no, no tengo fuerzas, no recupero la energía que necesito para seguir adelante, Bernegger me espera y yo te he prometido, mi bella Susana, que después del fracaso de Sagan acabaría con este nomadismo infecundo que me pone a dar vueltas como un caballo ciego; Estrasburgo es la meta, unos días más y echo raíces definitivamente, es lo que mereces, es lo que merecen nuestros hijos, es lo que necesito, no más incertidumbres, no más errajes,  no más errores, por eso debes ayudarme, como has prometido, debes traerme unas pócimas para aliviar estos dolores y luego, tal vez mañana temprano o el siguiente día, continuaremos el viaje, falta poco, realmente falta poco y yo ya no estoy para andariego, mis hemorroides son una tortura cada vez que monto, no sirvo más, pero debo hacer este último esfuerzo, debo llegar como has dicho hace poco… pero ¿dónde estás Susana?, no estoy para juegos, no estoy para chiquilladas, ven de nuevo como hace un momento a mi cama, ven que te necesito, ven y ayúdame a recuperar el ímpetus, ven que quiero alcanzar la puerta de una vez, ven Susana, ven…

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