Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Mujeres’ Category

Azules eran los ojos de mi benefactor, azul, profundamente azul, el cielo de Sevilla en aquella primavera, de azul se había teñido el Guadalquivir, azules eran los ojos de América y azul es el color de Venus, el planeta ligado a la feminidad y de donde ella aseguraba que provenía.

Todo, como en una confabulación, se había juntado para conducir a nuestro encuentro: las dificultades superadas, casi en forma mágica, para mi viaje a España, el encuentro forzado de Paquita, mi anfitriona en Sevilla, la estancia prolongada de América en la capital andaluza.

En efecto, el viaje que por motivos académicos hice a España en la primavera de 1997 estuvo precedido de dificultades poco menos que absurdas que de pronto se resolvieron de una manera igualmente extravagante. Recibí la noticia de que la universidad me había negado el apoyo económico diez días antes de la fecha que tenía prevista para viajar a Madrid a cumplir con la obligación de sustentar los trabajos de seminario de mi doctorado. Y a pesar de mi ira infinita y de mi impotencia, a los pocos días me había resignado no sólo a perder el viaje mismo, sino a lo que eso implicaba: malograr el curso y así la oportunidad de mi formación a alto nivel.

Esa resignación, que seguramente se manifestaba en mi rostro con una máscara de tristeza, fue percibida en el aula de clase por uno de mis alumnos, el aventajado Roberto Gil. Le conté a Roberto lo que me pasaba y él, como si no hubiera nada de drama en todo aquello, simplemente me dijo:

– No te preocupes, yo te regalo el pasaje, no puedes perder ese viaje

La verdad no supe al comienzo si era una broma de mi alumno. Una persona que apenas conocía, que no tenía ningún compromiso conmigo, que, al contrario, podría estar resentida como producto de la natural tensión que se desarrolla entre profesor y alumno, me lanzaba aquel salvavidas sin más ni más, sin demandas o contraprestaciones. Extraordinario, sencillamente extraordinario.

– Mira –me explicó Roberto–, por mi oficio yo viajo mucho y tengo pasajes que puedo utilizar cuando quiera en la forma que quiera, para quien quiera, sin que eso signifique costos adicionales o dificultades para mí. Sólo quiero ayudarte, nada más.

Y efectivamente, dos días después tenía en mis manos un tiquete Bogotá-Madrid-Bogotá a mi nombre sin haber girado un solo peso. En ese momento sólo pensaba en la oportunidad que me daba la vida, en ese regalo que por ser inesperado y no contener empeños resultaba valioso, muy valioso para mí. Así que, cómo dudar, cómo pensar en algo distinto que ir a España, cumplir mis responsabilidades, hacer turismo y disfrutar de mi primer viaje a Europa.

Un último obstáculo se atravesó, tal vez como una señal que no quise advertir. Debía estar en el aeropuerto a las cinco de la tarde y por eso había decidido ir en la mañana a la Universidad. Hacia las tres de la tarde fui por mi automóvil al parqueadero, con el tiempo justo para llegar a mi casa, recoger el equipaje y dirigirme a El Dorado. En ese momento, me di cuenta que había dejado las llaves olvidadas dentro del carro. Intenté de todo: probar otras llaves, romper un vidrio, introducir una ganzúa, pero nada, a las tres y media y ya desesperado llamé a mi mujer con la esperanza de que ella cargara un duplicado, pero tampoco. Lo peor es que el bendito pasaje estaba en la guantera y ya no sabía qué hacer. Estaba en estas, cuando un colega llegó al parqueadero y después de enterarse de mi percance sacó, como por arte de magia, un gancho de ropa de su propio automóvil, y en menos de un minuto abrió la puerta de mi carro. Así logré llegar a tiempo y ya no pensé más en dificultades u obstáculos, sino en la aventura académica y turística de mi viaje.

Al final de mi primera semana y después de haber cumplido mis asuntos en la Universidad, decidí llamar a mi amiga Francisca Noguerol, profesora de literatura latinoamericana en la Universidad de Sevilla, a quien había conocido en algún congreso, pero a quien no había logrado contactar desde Bogotá. Pronto supe por qué: estaba preparándose para presentar oposiciones al cargo de profesora titular en Salamanca. Es más, cuando llamé desde Madrid, la encontré por puro azar, pues estaba en su departamento de paso, recogiendo unos enseres para trasladarse a casa de sus padres, donde se iba a enclaustrar durante las dos semanas que todavía tenía para preparar sus exámenes. No obstante y ante la imposibilidad de atenderme personalmente, Paquita me hizo una propuesta irresistible: que fuera a quedarme en su departamento en Sevilla y que disfrutara de la ciudad que estaba bellísima, según sus tentadoras palabras. No me aseguraba su compañía, pero sí la de algunos de sus alumnos, incluida una chica colombiana, que seguramente me podrían servir de guías en mi visita. Yo acepté sin pensarlo dos veces.

El apartamento de Paquita, apartamento de soltera, era perfecto: pequeño, pero bien dotado, situado en el centro de la ciudad y en todo sentido espléndido. Me había dejado las llaves con el portero del edificio y yo me instalé enseguida. Aprovechando el magnífico clima salí inmediatamente a reconocer los alrededores, que no podían estar mejor. Apenas a unas horas de mi arribo a Sevilla, después de haber disfrutado de la magnífica experiencia de haber viajado en el AVE, la dicha me embargaba por completo.

Según lo convenido, nos vimos al otro día en la universidad, donde me presentó a dos de sus alumnas; una chica colombiana, cuyo nombre he olvidado y a otra mexicana de nombre América quien me miró con sus ojos azules y su bella sonrisa como si ya nos hubiéramos conocido. Esa tarde anduvimos los tres por varios de los sitios conocidos de Sevilla, como la Plaza España, la misma Universidad y algunas otras zonas históricas. Como la compatriota tenía que asistir a clases, América se ofreció a acompañarme a conocer al otro día lo mejor y más reconocido de Sevilla y para ello nos citamos en algún lugar del centro.

Al parecer, América era una mujer de mucho recorrido, pues conocía varias ciudades europeas, incluida Paris, de la que hablaba como si fuera su segunda tierra natal. Llevaba como tres meses en Sevilla y esperaba viajar todo ese año por España, financiada por un padre generoso que desde Veracruz, al otro lado del océano, no hacía sino complacer a su hija consentida. Después de planear el recorrido del otro día, que tenía que ser intenso, pues al siguiente debía regresar en la tarde a Madrid, nos despedimos, no sin volver a recibir el efecto de su mirada azul, entre seductora y cómplice.

El día siguiente comenzamos muy temprano el recorrido, primero por el barrio San Antonio, que tanto se parece a nuestra Candelaria o a nuestro Corralito de piedra; fuimos después a la Giralda y a la torre del reloj y nos dejamos leer la suerte de una gitana que a la salida de alguna iglesia nos predijo larga amistad. Nos trasladamos en seguida al centro para irnos de tapas y dejamos para la tarde la visita a los Alcázares, a la iglesia de la Macarena, a los restos de la muralla y el paseo por el Guadalquivir. Hacia las seis de la tarde, cuando ya varias personas nos habían confundido como pareja, desembarcamos en el muelle e hicimos un largo y romántico recorrido a lo largo del río, buscando un restaurante para cenar. Ya estaba planeado el recorrido del otro día: visita al recinto de la Feria Mundial y a las ruinas romanas, con lo que completaría así el objetivo de conocer lo mejor de Sevilla. Sólo faltaba una cosa: acudir a la cita con Paquita, quien nos había invitado hacia las nueve de la noche a tomar una copa de vino en alguno de los bares cercanos a la universidad.

A esta altura, América había pasado de ser una simple alumna de Paquita a la más perfecta y bella guía turística del mundo, primero y, después, a una virtual pareja mía, para terminar convertida en la mujer que quería amar para toda la vida. Durante la velada con Paquita, América no hacía más que confirmar con su mirada y con su sonrisa aquella secuencia y fue así como terminamos los dos durmiendo en el apartamento de mi amiga, donde hicimos el amor como si lleváramos años de habernos conocido. Nada más hermoso que despertar y encontrarme con sus bellos ojos azules totalmente abiertos, mirándome, como primera imagen del día. Me había enamorado, perdidamente.

América, desnuda, preparó café, mientras yo desde la cama espiaba sus movimientos, fascinado. Llevó las dos tasas a la cama y mientras tomábamos la mágica infusión me confesó:

– Jaime, ¿sabes por que las cosas han salido tan perfectas?
– ¿A qué te refieres América?
– Si, la superación de las dificultades de tu viaje, el encuentro suertudo de Paquita, nuestro maravilloso tour, la rapidez con la que nos conectamos, la bella noche que acabamos de pasar, el futuro que podríamos construir…
– Espera un momento, ¿cómo sabes lo de mi viaje?
– Tú me lo contaste tontito –me tranquilizó América, sólo para soltarme enseguida–: aunque no lo habría necesitado.
– ¿Qué? –le pregunté un poco extrañado
– Si –me contestó ella–. Yo sabía todo esto, sabía como iba a culminar, incluso puedo vislumbrar qué puede ser de los dos si seguimos juntos
– Estás bromeando, ¿cierto?
– No. Es el poder de los que venimos de Venus a ayudar a la gente aquí en la tierra.

Por supuesto, me quedé pasmado, pero para no parecer un tonto le pregunté si lo que quería decirme era que ella era extraterrestre

– Si, Jaime, lo soy, y aunque todavía no se me ha revelado mi verdadera misión en la tierra sé que tú tienes que ver algo con ella

No recuerdo bien cómo reaccioné o cómo se desarrolló después la conversación, pero ella me propuso que la llamara dos horas después, tiempo durante el cual debía decidir si yo quería seguir viéndola después de su revelación. Tiempo que ella aprovecharía para darse un baño, cambiarse de ropa y preparar el resto de recorrido por Sevilla que habíamos planeado. Fueron dos horas terribles, no sabía qué pensar, ¿me decía la verdad? ¿Era una broma? ¿Estaba loca esa mujer? Lo cierto es que también tomé un baño y decidí, más como un reto que por otra cosa, llamar a América para completar el recorrido.

Fuimos a los sitios previstos, nos comportamos como novios y no hablamos de Venus, ni de nada de lo dicho en la mañana, pero mi ansiedad crecía, así que finalmente le dije

– Te creo América, creo lo que me haz dicho y quiero hacer parte de tu plan o de tu misión
– ¿Incluso estarías dispuesto a ir conmigo a Venus?

Dudé un momento, pero al fin confirmé que sí, que iría con ella a donde fuera

– ¿Y tu mujer y tus hijos?
– Tendrán que entender –respondí completamente enajenado
– Bueno, lo siguiente es vernos en Madrid

Lo que vino después fue la locura total: nuestra despedida en la estación del AVE, los días en Madrid esperando que llegara América, su visita, el amor, mil veces el amor, la nueva y desgarradora despedida por mi regreso a Bogotá, las promesas, los planes para vivir juntos, las insoportables doce horas del regreso, las cartas, los emails, las llamadas a escondidas, el desespero, el infierno de la post infidelidad y finalmente la conciencia de que todo había sido una insensatez, el doloroso reparo familiar, la resignación que no el olvido, la decisión de no volverme a comunicar y finalmente la vuelta de las aguas a su curso.

Hoy todavía no sé qué sucedió exactamente en aquellos días en Sevilla, no se sí América estaba loca o si era realmente una extraterrestre, no volví a saber de ella. Al recordar, el asunto parece más un sueño que una experiencia real. De lo que sí estoy seguro es que habría sido imposible evitar nuestro encuentro y que sólo yo estaba predestinado para ser el beneficiario de aquel extraño pero maravilloso suceso, que no sé cuántos puedan preciarse de contar.

Jaime Alejandro Rodríguez
Madrid, Sevilla, 1997
Bogotá, 2004 – 2005

Anuncios

Read Full Post »

Sucedió así:
Acababa de pasar por una crisis emocional muy fuerte cuando, por asuntos de trabajo, tuve que viajar por aire. Ya acomodado en el interior del avión, ajusté mi cinturón de seguridad, saqué el libro que había comprado hacía unos días y me hundí en su lectura. Nada más coincidente con mi estado de ánimo de entonces que esa novela: El pabellón de oro, de Mishima que, en un tono depresivo, narra la historia personal de Mizogguchi, un muchacho torpe y tartamudo —a causa de un traumatismo psicológico—, afligido por un complejo de inferioridad tan parecido al que yo sufría que en mi alma empezó a resonar esa imagen del joven japonés arrodillado en el monaste¬rio de Rokuonji como si hubiese sido extraída de mi propia memoria.

Tal vez por eso, ni siquiera me percaté del momento en que, ya completo el cupo, el avión decoló y mucho menos del tipo de personas que lo habían abordado. Afuera, la noche parecía haberse adelantado, el tiempo estaba terrible, los avisos de advertencia no se apagaban y el avión se vio sacudido varias veces por los embates de un viento tormentoso que amenazaba constantemente la estabilidad de la aeronave. En el salón, sin embargo, no se escuchaba ni un suspiro. Inmerso en la lectura, yo ni siquiera me inmutaba, y los demás pasajeros, adiestrados en el arte de la inamovilidad, no emitieron ni un sonido, ni una señal de pánico por lo que, en cualquier otra circunstancia, se habría asumido como una situación de real emergencia.

Cuando los truenos se hicieron más frecuentes y la lluvia empezó a rasguñar con furia el fuselaje del avión, yo estaba en medio del Monasterio, acompañando a Tsurukawa y a Mizogguchi en alguna sesión de enseñanza. A esa altura me encontraba absolutamente identificado con el terrible dolor del muchacho, quien ya no podía amar y se sentía molesto por la perversa ironía de su amigo Kashiwagi. Había comenzado ya a manifestar esa paranoia enfermiza que lo llevaría a destruir su ídolo, en una desesperada tentativa por zafarse de su paralizadora influencia, que le impedía ser libre de verdad.

Así, en ese estado, imposible atender el llamado del piloto a permanecer alerta (que tampoco los demás pasajeros parecían considerar). Cualquiera que observase la escena habría creído que en el avión no había pasajeros, sino muñecos, quizás maniquíes, dispuestos para algún simulacro.

Cuando el primer motor se incendió, yo estaba en realidad abismado en medio del templo que ahora había empezado a arder por obra de Mizogguchi, de modo que confundí las llamas que lamían la ventanilla con las danzantes lenguas de fuego que empezaban a consumir el santuario, y el calor y el estremecimiento que empezaron a apoderarse de la nave con el que sintió Mizogguchi tratando de huir, y hasta tosí como el muchacho que ahora se lanzaba en una desatinada carrera…

Sólo entonces, alcé la vista, y vi a mi lado, casi sin sorpresa, a Tsurukawa; miré hacia atrás y reconocí a Kashiwagi y más allá a Mariko y a Yokobutu y al Prior: ¡todos estaban allí! En ese mo-mento me asusté de veras, alcancé a pensar que la lectura me había transportado hasta el lugar de los hechos, y entonces intenté pararme, pero el cinturón me haló de nuevo al asiento. Recobré así la conciencia, aunque sólo por un instante, porque enseguida me desmayé y no pude por eso ser testigo del forzoso aterrizaje que, gracias a la pericia del piloto, se llevó a cabo, allí, en medio de una trocha, cerca de la montaña, a pocos kilómetros del aeropuerto; ni del rescate que se efectuó a los pocos minutos, con el cual pudo ponerse a salvo la misión japonesa que visitaba la zona, y que había abordado, por pura coincidencia, el mismo avión que yo.

Desperté en el hospital, acompañado por mis hijos y por mi mujer, quienes me contaron lo sucedido y también que el único enser que pudieron recuperar de mi equipaje fue el libro de Mishima, del que, aún en mi inconsciencia, no quise desprenderme.

Barrancabermeja, 1995
Bogotá 2000

Read Full Post »

No lo supe a ciencia cierta, sino hasta que vi la película. Angela había sido para mí, lo que las geishas japonesas para los varones ricos japoneses: un remanso de placer y de armonía. La posibilidad de conversar con ella de asuntos que la mayoría de las mujeres desprecian o no comprenden, como la sensibilidad del escritor, sus proyectos, sus vicisitudes, sus pactos a veces degradantes; la ocasión para jugar al amor, a ese amor sin reclamos ni demandas que la vida me regalaba; el goce de extraer del sexo, de nuestros ejercicios sexuales, sus más recónditos y asombrosos frutos; y también la complicidad en la trasgresión, la burla de las rigideces institucionales y la saña contra los personajes que nos acosaban; todo eso nos henchía de libertad.


Nuestras citas clandestinas nos excitaban, nos llenaban de energía, nos recargaban de amor y de fuerza para seguir jugando después nuestros ridículos y absurdos roles oficiales. No necesitábamos ponernos de acuerdo, no había agendas, ni tampoco horarios, simplemente bastaba una llamada mía y ella me esperaba en su apartamento, al que yo llegaba empapado en ansiedad. Algún detalle inesperado siempre me esperaba: la chimenea ardiendo, una botella de vino adecuadamente aireada, la lectura de algún poema nuevo, su cuerpo totalmente desnudo bajo las cobijas, la noticia que nos hacía reír o la ropa mojada sobre su piel que marcaba sus curvas de esa forma tan infame, y que yo me obstinaba en lamer hasta el dolor.

A medida que fuimos aprendiendo, el preámbulo se hacía más corto y más largo el epílogo. Pero el acto central de nuestros encuentros era el sexo. Mi llegada convertía su alcoba en un recinto de fuego que sólo se apagaba cuando terminábamos de hacer el amor. Sus ropas eran siempre más fáciles que las mías, pero yo logré habilidades muy grandes para el desviste rápido, de modo que la pasión no tuviera tropiezos. Y una vez desnudos, me lanzaba a beber de su sexo fresco, limpio y siempre jugoso. A veces bastaban dos o tres sorbidas de su néctar para que ella estallara en placer, un placer que me excitaba aún más, que me volvía loco de deseo, que me convertía en un acróbata del delirio y la fruición. Pero ella, sabia, me detenía, todavía no, quiero compensarte, tomaba mi pene enardecido, lo besaba con una suavidad que subía como legión de hormigas hasta mi garganta, lo aplacaba por instantes y luego lo atacaba con sus labios, hasta justo el momento anterior a su inminente rendición, y entonces, con una delicadeza que no hacía sino sacar lágrimas de mis ojos, lo introducía con suavidad, con amor, en su estrecha gruta, y allí el encuentro se consumaba, una, dos, tres veces, envueltos ambos en una magia que nos daba poder y felicidad.

Después venía el sosiego, un sosiego que se parecía a la felicidad. Venían las palabras, las de cariño, primero, las de complicidad después. Lo que me había pasado en esos días en que no la había visto, lo que ella me traía de su propia cosecha. Sus poemas, sus pensamientos siempre tan lúcidos, sus comentarios, sus trabajos y los míos; alguna copa, música, velas, el canturreo de la madera a lo lejos, y su cuerpo, su cuerpo volviendo a llenarse de deseo y el mío, el mío, atravesado por los locos anhelos de amarla de nuevo.

Hoy, los recuerdos más vivos, las imágenes más potentes de mi mente, provienen de esa hermosa época en que nos amamos tanto. La del agua que corría sobre nuestros cuerpos en la ducha, destinada dizque a borrar huellas, y que no hacía sino ensuciarnos de más amor, porque inevitablemente nos excitaba y terminábamos por eso allí enjabonándonos con el aceite de la lujuria. La de las acrobacias eróticas que hacían del kama sutra un manual para dummies y de las que quedó una larga secuencia sin ejecutar, lista que el éxito de nuestros encuentros hacía crecer y que incluía el amor en los ascensores, en las grutas, en las oficinas, sobre las mesas, sobre los asientos y butacas; en las poses más incómodas, por delante, sentados, por detrás, en cuclillas, de lado. La de sus senos, pequeños, firmes y temblorosos, respondiendo a mis caricias, mientras mi boca exploraba sus laberintos en busca de ese gesto que confirmaba la llegada explosiva del placer. La de su vientre templado y firme, vientre de mujer que nuca parirá. La de su cuerpo desnudo, de espaldas, cuando se levantaba de la cama y danzaba como una bella prostituta para excitarme malévolamente. La de sus piernas abrazando con fuerza mi cintura cuando hacíamos el amor con apremio contra las paredes

Pero lo que más recuerdo y anhelo es su amor, que era el amor en su mejor expresión: tan lleno de alegría y complicidad, tan falto de reclamos, de proyectos y de compromisos.

El corazón muere en una muerte lenta
Cada esperanza se derrama como las hojas
Hasta que un día no hay nada
Ninguna esperanza
Nada permanece

A principios del siglo diecisiete, el Japón feudal de los shogunes cerró sus puertas al mundo. Sin embargo, no se pudo evitar el crecimiento de pueblos y ciudades y la actividad mercantil.

Los grandes señores despreciaban a los comerciantes, aunque debían recurrir a ellos como prestamistas. Si bien éstos se enriquecían cada vez más, chocaban con una sociedad de reglas muy estrictas: ni siquiera podían usar ropas lujosas para que nadie los confundiera con un señor feudal.


Las únicas libertades que podían tomarse eran las propias de los distritos de cortesanas. Y es lo que hicieron: con las geishas pudieron encauzar la vida social.
En esos barrios florecieron las ochayas, casas de fiestas en las que los comerciantes discutían sus negocios, eran atendidos como señores y se dedicaban a pasarla bien. Los hombres limitaban sus hogares a la vida familiar. Para la esfera laboral y social -y no sólo para el placer- las ochayas eran el verdadero hogar.

¿Qué papel jugaban las geishas? Su nombre deriva de dos ideogramas chinos que significan “arte” y “persona”: algo así como “la persona que domina todas las artes”. La belleza era secundaria: lo que importaba era la agudeza y fluidez de su conversación. Su preparación demoraba años y no se limitaba a la complicada ceremonia del té: cuando pocos sabían leer y escribir, ellas dominaban Historia, Arte y Matemática, además de canto, baile y guitarra japonesa. Eran también expertas en política y relaciones públicas, pues muchos negocios dependían de su diplomacia y capacidad para resolver situaciones difíciles.

Sin embargo no pasaban de ser esclavas de lujo, compradas y vendidas como un mueble valioso, y eran despreciadas públicamente. Ni siquiera podían poner sus nombres en las tumbas. La vida útil de las geishas era corta, pues rápidamente quedaban calvas por el ungüento con que se peinaban, y el plomo que servía como base para su maquillaje blanco las marcaba para siempre. Su destino por lo general era el asilo o el suicidio: nunca llegaban a independizarse de la okiya, y tampoco les hubiera servido demasiado lograrlo, pues la piel manchada las estigmatizaba para siempre.

Debían dedicar varias horas a vestirse. El maquillaje tenía que cubrir rostro y cuello (también se pintaban la nuca, que era considerada la parte más seductora). Después de colocarse la pasta blanca, pasaban un trozo de madera quemada para ennegrecer las cejas y delineaban los ojos con pintura roja para resaltar los ojos oscuros. De rojo también pintaban las mejillas (con polvo de flores) y los labios.
Untaban el cabello con un ungüento grasoso que le daba brillo y lo mantenía tirante y bien peinado durante una semana. Luego se ponían una serie de kimonos a modo de enaguas y sobre ellos el de geisha. Finalmente, un anciano -el hakoya- les envolvía fuertemente la cintura con una faja -que podía llegar a medir cuatro metros de largo- y daba los últimos toques al atuendo.

Todo realzaba la apariencia de marioneta que mostraban también con sus modales y su manera delicada de hablar. Sus rasgos de esfinge eran producto de un largo aprendizaje: se consideraba de mal gusto la expresión de cualquier sentimiento, tanto de tristeza o nostalgia como de alegría excesiva.


Tenía sus llaves, las de su apartamento y las de su corazón. A veces iba hasta su alcoba sin avisarle. Si estaba allí, esa imprudencia nos enloquecía hasta el paroxismo. Éramos capaces de retar lo más peligroso: ponerme en evidencia. Si ella no estaba, yo me llenaba de una ansiedad insoportable que sólo resolvía escribiendo una carta repleta de improperios y frases tiernas, llena de quejas y de lisonjas, embadurnada de impertinencias y de halagos; una carta que dejaba sobre su cama. Al final, esas esquelas, que ella fue coleccionando junto con los condones que usábamos, se convirtieron en el mejor testimonio de nuestro amor. Algunas veces la encontraba con alguien o estaba a punto de salir y aunque el acuerdo tácito era respetar esos momentos, la verdad es que mi corazón sentía con dolor la imposibilidad de tenerla en ese momento, pero no era su dueño. Y no era cuestión tampoco de celos, nunca existió algo parecido entre nosotros, sino más bien un sentimiento cercano a la tristeza, la desolación de no estar juntos, condición que, por lo demás, era la que sufríamos los dos como resultado de esa situación en la que yo no podía arriesgar nada de la vida que había construido o que me habían construido antes: ni el importante cargo que desempeñaba, ni mi familia; nada de eso era negociable y ella lo sabía, lo aceptaba, lo resignaba. Por eso, los momentos en que nos veíamos eran tan intensos, porque sustituían eso que no podíamos tener: la noche entera para nosotros, la exposición pública.

Un cronista japonés recogió la historia de una geisha que conoció en un asilo de ancianos a fines del siglo pasado. Umechiyo venía de una familia de buen pasar, pero arruinada por la muerte del padre. Sus tíos la vendieron a una okiya cuando tenía ocho años. Allí convivió con la administradora (una ex geisha), ocho geishas, dos sirvientas y un hakoya. Ella y otras seis niñas eran las oshakus (doncellas). La administradora llevaba un cuaderno en el que anotaba los gastos por comida y educación de cada discípula.

Además de estudiar todo el día desde las cinco de la mañana, el método para estimular el aprendizaje de las niñas consistía en tener un trato diferencial entre geishas y oshakus: éstas debían bañarse con agua fría y no estaban tan bien alimentadas como las otras, que no debían demostrar hambre ante un cliente.

Una mañana, cuando cumplió dieciocho años, Umechiyo fue de sorpresa en sorpresa: se bañó con agua caliente y le sirvieron una comida abundante y deliciosa. A la hora de vestirse, la administradora le dio un kimono espléndido y el hakoya le puso una faja bordada con hilos de oro.

Era su debut, aunque todavía no era una verdadera geisha. Fue con sus compañeras a un gran salón de fiestas, donde tuvo mucho éxito. Esa noche un comerciante sesentón decidió comprarla por unos cincuenta mil dólares de hoy (además de los gastos anotados en el cuaderno durante los diez años de estudios).

Aunque ella siguió viviendo en la okiya, tuvo una especie de boda: recibió de su dueño un anillo de brillantes, se organizó una fiesta a la que asistieron los personajes y las cortesanas más importantes del lugar y cambió su nombre por el de Umeya cuando se inscribió en el registro de geishas.

Para el hombre, ser dueño de una joven bella y talentosa como ella era una muestra de poder. Él y Umeya eran invitados a todas las fiestas importantes y los conocimientos políticos de la joven atraían el interés de personajes influyentes, lo que se traducía en prestigio para el patrón.

Un par de años después el comerciante volvió a pagar por ella para sacarla definitivamente de la okiya y hacerla su concubina. Pero no era una cuestión de amor: no se podía tener dos geishas a la vez y las complicadas convenciones exigían que el comerciante adquiriera otra para demostrar que era cada vez más poderoso, pero no podía correr el riesgo de desprestigiarse si la okiya vendía a Umeya a alguien de menor condición social.

Instalada en una linda casa, con dos mujeres que hacían de sirvientas y vigilantes, Umeya perdió contacto con el mundo exterior. Como concubina, una vez al año debía someterse a la humillación de presentar sus respetos a la esposa de su patrón (aunque no podía hablar, pues su voz habría ofendido la casa), quien le regalaba un kimono usado y agradecía los servicios prestados. Umeya sabía que más tarde la señora haría limpiar con sal los sitios donde había estado parada la concubina.
Cuando su dueño murió ella no se enteró: sólo lo supo cuando envió a una sirvienta a preguntar por su ausencia. Pero el dinero que la viuda le envió no alcanzaba para la supervivencia de ella y del hijo que había tenido.

Así las cosas, comenzó su decadencia: volvió a la okiya, donde sirvió a distintos patrones, y cuando se sintió vieja comenzó a dar clases, pero finalmente fue a parar al asilo. Su hijo se mandó a mudar en cuanto pudo, pues su origen era vergonzante.

Pero ni en el asilo tuvo tranquilidad. Sus modales, la calvicie y las manchas en la cara la delataban; sus propios compañeros la despreciaban y la obligaban a servirlos. Sólo una vez al año, para una fiesta que se celebraba allí, volvía a vestirse como siempre, cantaba y bailaba como sabía hacerlo: ante ese auditorio de indigentes, Umeya sentía que recuperaba su antiguo brillo.

Éramos dos seres distintos, tan distintos: yo organizado, racional, enredado; ella: intuitiva, soltera, descomplicada. Pero mis agendas, mis razones, mis enredos se quedaban inexorablemente fuera de la habitación; en primer lugar, porque el comienzo de cada encuentro era mudo: las palabras no tenían cabida en medio de esa amalgama de besos, de abrazos y de humedades; y en segundo lugar, porque cuando llegaban las palabras, ella sabía conducirlas hacia lo que me sosegaba y me tranquilizaba. Quizás por eso, cuando regresaba a ese mundo otro, el mundo oficial, el de las razones, las agendas y los enredos, estos y aquellas se volvían insulsos y manejables. Ese era quizás el valor más importante que tenía para mí la relación con Angela, pero también ése era el combustible para mi amor por ella, para mi dependencia de ella.

Ella pinta su cara para esconderla
Sus ojos son agua profunda
No es para la geisha querer
No es para la geisha sentir
La geisha es artista del mundo flotante
Ella baila
Ella canta
Ella entretiene
Cualquier cosa que usted quiera
El resto es sombras
El resto es secreto

Ya hacía bastante tiempo que no nos veíamos, hacía años que el remanso había cobrado su fin, cuando vi la película de Rob Marshall. Ambientada en un mundo lleno de misterio y exotismo que aún hoy sigue hechizándonos a todos, la historia tiene lugar en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, cuando una niña japonesa es separada de su humilde familia para trabajar como sirvienta en una casa de geishas. A pesar de que se cruza en su camino una rival traicionera, que casi consigue quebrar su entereza, la niña se convierte en la legendaria geisha Sayuri. Hermosa y dotada de un gran talento, Sayuri cautiva a los hombres más poderosos, pero sobre ella se cierne la sombra de un amor secreto, un hombre al que ella no puede aspirar.


Entonces, no sólo por los ojos de agua de Sayury, sino por la historia misma de la niña que termina de Geisha y por el ambiente del film, pensé en Angela. Supe que su complicidad, su cultura, su resignación, eran las de una Geisha. Supe también por qué había terminado nuestro affaire: habíamos vivido un anacronismo, una historia que no tenía cabida en nuestros tiempos y por esos estaba condenada a un final. La verdad es que hoy no sé qué es de ella, a lo mejor le sirve a otro señor, o ha hecho su vida y ahora tiene razones que dar, reglas que cumplir y enredos que solucionar. Tal vez se mudó de la ciudad o murió, no sé. Lo único cierto es que Angela, su amor, su recuerdo, es hoy una imagen que venero, y que mantengo en mi corazón

En la actualidad no son esclavas, sino que eligen libremente la profesión. Cuando no trabajan visten a la occidental; los cosméticos modernos y las pelucas les evitan los estragos de antes. A pesar de la prohibición, existen algunas okiyas adonde pueden ir a formarse, pero casi no quedan salones de fiestas, y los que hay son muy caros.

Su trabajo se parece más al de una anfitriona. Por lo general son contratadas por industriales o comerciantes que agasajan a sus socios o invitados con un espectáculo exótico o que mantienen el hábito de separar la vida familiar de los negocios y la política.

Algunas aparecen en la televisión o en el teatro u organizan shows para turistas. Ahora muchas hablan varios idiomas, saben jugar al golf o al tenis, pero todas mantienen la rica formación que las hizo célebres, aunque ya no tengan mucha ocasión de desplegar sus habilidades: trabajar en un club nocturno o en un restaurante de lujo es tanto o más rentable y no obliga a ningún tipo de educación especial. Sin embargo se muestran orgullosas de su profesión y una vez al año, hacia la primavera, realizan en las calles el “desfile de las geishas”: allí, vestidas con sus ricos quimonos, regalan a la gente la fascinación milenaria de su arte

Bogotá, 2000 – 2003
Bogotá, 2006

Read Full Post »

Siempre nos causaron sorpresa y admiración. Orlando y Catalina son seres especiales, conectados con otras maneras de ver el mundo que para nosotros, los simples mortales, resultan francamente incomprensibles.

Su presencia despierta ese sentimiento ambiguo que oscila entre el prodigio y la incomodidad, pasando no pocas veces por el estupor. Son algo así como nuestra mala conciencia. Cuando aparecen (porque ellos no se presentan, uno no se encuentra con ellos, simplemente aparecen), empezamos a sentirnos mal, como si hubiéramos estado haciendo las cosas de una manera inadecuada

De modo que tampoco es que los busquemos mucho, no porque no los apreciemos, no, sino porque nos inquietan, nos sacan de la comodidad rutinaria de nuestras mediocres vidas.

Sus pensamientos, sus conocimientos y sus acciones resultan siempre, sino extravagantes, por lo menos incomprensibles, como si vivieran en otra esfera, en otro nivel (de conciencia, dirían ellos).

Pero nos hacen falta, porque de alguna manera también nos indican caminos alternativos, otras formas de ver, pensar y actuar en el mundo, que alguno llaman Nueva era, de modo que aquélla vez que dejamos de verlos ya no por semanas o por meses, sino por un año y medio, nos preocupamos. Al principio hubo bromas. Que ya se habían evaporado de tanta espiritualidad que habían alcanzado, que se habían ido para el Tibet con hijos y todo, que habían hecho un contacto del tercer o cuarto tipo, o simplemente que se habían ido al extranjero sin avisar.

Pero no. Orlando y Catalina, ese par de bellas personas, esa pareja armoniosa y segura de sí, andaban emproblemados como cualquier mortal y de qué manera.

El hijo menor era adoptado, todos lo sabíamos. Lo que no sabíamos era el drama que había detrás. Ignacio en realidad era el hijo de Hernán, el hermano menor de Catalina, insurgente de la guerrilla de las Farc, que había hecho pareja con Sandra, una mujer guerrillera, proveniente a su vez de un movimiento indígena insurgente que se había integrado a las Farc desde hacía ya varios años. Como es sabido, las mujeres guerrilleras tienen prohibido el embarazo y cuando sucede, son obligadas a abortar. Pues bien, Sandra quedó embarazada de Hernán. Apenas supieron, se sintieron asustados, pues sólo les quedaban dos opciones: o avisar a sus jefes, lo que implicaba el aborto, o encubrir el hecho, con todo lo que significaba. Optaron por lo último. Sandra empezó a usar fajas para disimular el cada vez más grande vientre, tuvo que seguir actuando como si no llevara su hijo adentro, esto es, caminar, abrir trochas, cargar el pesado armamento, cocinar y atender los campamentos en extenuantes jornadas, simular alegría en las festividades y no dejar ver en su rostro la amargura de su mentira.

Fueron meses muy duros. Hacia el séptimo mes de embarazo, Sandra sufrió un problema de salud grave. Hernán entró en pánico, pues una atención por parte de los médicos de la guerrilla, habría significado el descubrimiento de la patraña. Así que se ingenió una licencia para él y para su compañera y viajó de clandestino a Bogotá, donde su hermana. Ese mes de “permiso” en el que Hernán y Sandra tuvieron que reportarse diariamente, decidió el destino de la criatura. Fue un tiempo de esos en que los galácticos desparecieron para nosotros, tiempo secreto, necesario para fraguar lo que se requería para seguir adelante con los planes de Hernán y Sandra.

Sandra anticipó su parto, mediante una intervención por cesárea, estuvo con su hijo unos días y lo entregó en custodia a Orlando y Catalina, quienes lo criaron. Nosotros recibimos con beneplácito, aunque un poco extrañados, la noticia de la adopción, pues no conocíamos detalles. Lo asumimos como una de esas decisiones que los galácticos tomaban siguiendo caminos totalmente vedados para nosotros. Vimos crecer a Ignacio, aprendimos a quererlo y nos acostumbramos a considerarlo el hermanito de Santiago.

Pero las cosas no eran tan fáciles. La adopción, por supuesto no era legal. El compromiso adquirido por Orlando y Catalina era criar y mantener a Ignacio, mientras Hernán y Sandra arreglaban sus cosas en la guerrilla. Pero un poco porque algo así es casi imposible, un poco porque los padres se acostumbraron con el tiempo a la ausencia de Ignacio y a la cotidianidad de su vida guerrillera, tal vez por el ascenso de Herrnán en las filas insurgentes y su consecuente ganancia de privilegios y de nuevas responsabilidades, un poco por miedo, quizás por vergüenza, la promesa y los acuerdos se fueron relegando hasta quedar sin solución.

Ignacio fue creciendo, la familia de los galácticos se fue consolidando y todo pareció estabilizarse. Hasta esa otra vez en que nuestros queridos galácticos desparecieron de nuevo, esta vez por meses. Aquella vez que su ausencia nos llevó a pensar que se habían evaporado de tanta espiritualidad, que se habían ido al Tibet con hijos y todo, que habían hecho contactos de tercer o cuarto tipo. Tiempo secreto, del que no supimos nada, sino hasta mucho después, cuando alguien se enteró de la deserción de Hernán de las filas de la guerrilla. Deserción que se dio por la pérdida de Sandra, quien murió en combate. Hernán no soportó aquello y de nuevo se vio ante dos opciones: o suicidarse o escapar. Optó por esto último, y de nuevo Orlando y Catalina tuvieron que recibirlo, arreglar cosas para asegurar su destierro en algún plan de exilio y salvar así al hermano.

Tal vez, la única ganancia que quedó de todo aquello es la legalización de la situación de Ignacio, quien sabe hoy la verdad, pero no la añora, pues está completamente integrado al ambiente familiar donde creció.

Siento, como conocedor privilegiado de esta historia, que esas aventuras espirituales, de las que Orlando y Catalina son un paradigma, en un país como el nuestro, tan atravesado por conflictos, es una opción de muy difícil sostenimiento y sin embargo creo también que sin esos horizontes sería impensable un futuro para Colombia.

Salud, Orlando y Catalina; saludo queridos galácticos

Bogotá, 1994-2004
Bogotá, 2006

Read Full Post »

Mujeres

La mujer es la madre de la fantasía —ha recordado en algún lugar Carlos Fuentes, citando a Jules Michelet—: posee la segunda visión, las alas que le permiten volar al infinito del deseo. Mientras el hombre lucha y caza, la mujer intriga y sueña. ¿Será por eso que me resulta tan difícil comprender una mujer? En todo caso he aprendido que siempre es mejor estar alerta ante sus reacciones imprevisibles, ante la errancia de sus trayectos: si ayer te declaró el amor más devoto, hoy puede que ya no esté tan segura. Muy posiblemente, entre un momento y otro, ha ocurrido algo que la ha obligado a incluir un nuevo dato en su caprichoso esquema de pensamiento (algún detalle frívolo, ahora mejor sopesado, como un gesto sospechoso en nuestra sonrisa o la última palabra que, aunque dicha con la más tierna inocencia, a lo mejor sonó para ella con cierto tono); de modo que ya su opinión no puede ser la misma. Claro que si lo que quiere es obtener alguna prebenda, saca a flote toda su maquinaria seductora, que puede abarcar desde el simple coqueteo hasta la más terrible confabulación, pasando por estrategias menos contundentes, como la niñería o la docilidad servil. Su pensar-vivir es mucho más práctico de lo que parece, sobre todo porque siempre está atenta a los pormenores. En ella no es posible que algo se pase por alto (como sí nos sucede a los hombres, más preocupados por mecanizar actos y abstraer operaciones y conceptos que por observar lo cotidiano y concreto).

Pero cuánta falta nos hace su presencia, su visión, su sensibilidad; sin ellas no podríamos vivir, seríamos seres reducidos, recortados y fríos, quizás porque nosotros mismos hemos acrecentado esa necesidad. Existen muchas explicaciones para comprender esa extraña dependencia que nos hace tan frágiles ante la presencia de lo femenino, pero la que siempre me ha fascinado es la que propone Freud.

Según el viejo Freud, la tradicional alineación, según la cual lo racional, serio y reflexivo corresponde a la naturaleza masculina, mientras lo emotivo, frívolo y espontáneo más a la femenina, es consecuencia de una particular dinámica de esa gran operación cultural que habría de conducir al modo de pensar-vivir de la modernidad, con su exagerada valoración de la razón, en detrimento de la sensibilidad.

Freud relaciona tres de estos procesos culturales con el resultado mencionado: la prohibición de Moisés de hacer imágenes perceptibles de Dios (o sea la obligación de adorar un Dios no visible), el desarrollo del discurso (que necesita del apoyo de operaciones “intelectuales” como la conceptualización, la memoria y las inferencias, frente a la desconfianza por un conocimiento a través de lo sensorial) y, finalmente, el cambio de un orden social matriarcal por uno patriarcal, es decir, la imposición de la paternidad como un valor más importante que la maternidad, en la medida en que ésta queda probada por la “simple” evidencia de los sentidos, mientras que aquélla necesita de una inferencia y una premisa. Los tres procesos estarían confirmando la promoción de lo inteligible sobre lo sensible, del significado sobre la forma, de lo invisible sobre lo visible, de lo abstracto sobre lo concreto.

Es desde ahí, desde esa elevación del principio de paternidad, desde donde podemos comprender numerosas consecuencias sobre lo cotidiano: la angustiosa urgencia de los padres, por ejemplo, de asentar la relación con sus hijos, de controlar la vida sexual de sus mujeres. Pero más complejas aún son las consecuencias a otros niveles: el poderoso impulso de los hombres de afirmar y asegurar mediante invenciones culturales (el nombre, la herencia, etc.) su pérdida insatisfactoria del contacto mamario con los niños, les habría llevado, en general, a dar un alto valor a las invenciones culturales de naturaleza simbólica. Puede incluso inferirse una inclinación a valorar lo que generalmente se llaman las relaciones metafóricas (semejanzas entre ítems, abstracciones, ideas), más allá de las relaciones metonímicas maternales, basadas en la contigüidad. Y esa exageración nos habría escindido y —de alguna manera, en lo cotidiano— nos habría reducido, generando un nuevo tipo de yugo, una singular dependencia de lo femenino. Así que este proceso de desnaturalización no es gratuito: ¡y a qué costo lo pagamos los hombres!

Por eso he decidido escribir mi crónica personal desde la perspectiva de una presencia de las mujeres en mi vida: porque necesito restablecer el contacto, especialmente con aquellas que más han influido en eso que podría llamar mi educación sentimental… Al fin y al cabo, los hombres, como los Dioses, nacen y mueren sobre el pecho de una mujer…

Bogotá 1889
Bogotá, 1989 – 2005

Read Full Post »

Matilde Arrepentida

Ciertos actos de nuestra vida suelen encarnar sólo en lo imprevisible, en lo inesperado. Muchas veces nos preparamos para afrontar sus consecuencias, pero éstas no acaecen o simplemente dejamos de percibirlas y seguimos esperando que ocurran, hasta que ya no hay nada que podamos hacer para evitarlas o para atenuar su avance; a veces, incluso, es posible que jamás sepamos que ya se han incorporado al flujo de nuestra vida. Esto lo intuí una tarde en que mamá contó una historia que jamás le había escuchado. Por su tono —confidencial— y por la manera —incontenible— como fluyó de su alma, comprendí que, después de mucho, se liberaba de una carga terrible. En realidad sentí compasión por ella: cuánto tiempo soportó esa culpa sin saber que ya, con su propio fracaso (y con el estigma que dejó sobre nosotros) había pagado con creces la deuda.

***

Elvira conoció a Matilde en la iglesia de su pueblo, en una de las misas de seis de la mañana, a las que acostumbraba a ir todos los días. Le llamó la atención aquel rostro que nunca había visto, tan blanco y terso que parecía angelical. La vio arrodillada frente al altar, rezando muy concentrada, pero no la encontró en la fila de la comunión.

Varias veces la volvió a ver aquel día: en la fuente, en las tiendas, en el mercado; y, cada vez que la encontraba, Elvira sentía que todo adquiría un nuevo color, una nueva energía. Supo entonces que era de la capital. Cuando la vio en el río, con su ropa alegre, riendo a carcajadas, exhibiendo su cuerpo perfecto, sintió una descarga que le erizó la piel.

En la noche —lo supo— la cantina se incendió de lujuria con la presencia de Matilde: fue el escándalo y Elvira, como todas las mujeres del pueblo, sintió vergüenza de haberse sentido atraída; pero, en secreto, esa noche soñó ser Matilde. Fingió pudor a su marido, olvidó el alimento para su pequeño hijo y anduvo todo el otro día caminando como entre brumas.

Elvira se enteró de que Matilde sólo iba a estar tres días. La otra muchacha que había visto con ella y el conductor de la camioneta que las acompañaba hacían parte del equipo de ventas de alguna compañía que, de gira, había parado en el lugar, como si algún designio rencoroso los hubiese traído hasta allí.

La tarde sólo le alcanzó a Elvira para imaginar la estra­te­gia del encuentro. El sueño, que la noche anterior no la dejó dormir, ahora le cortaba el sosiego. Estaba segura de una cosa: quería ser como Matilde, o mejor aún: ser Matilde.

En la noche, el esposo se quejó de nuevo de su desamor. Elvira había perdido el ritmo de sus cosas, estaba como obnubilada, sin poder prestar atención.

Al otro día, temprano, Elvira se acercó a Matilde y rezó junto a ella:
—Me llamo Elvira y te he visto en la fuente, luego en el río, también en la cantina, sé que vienes de la capital y que mañana partirás a otro lugar. He soñado que sería como tú y desde entonces ya no puedo vivir. Quiero que me lleves. Puedo dejar hijo y marido, deseo ser como tú: ir a la ciudad.
—Elvira, estás loca, mujer. Cómo vas a dejar a tu familia. Estás loca. No soy tan libre como tú quieres creer; pero si tu decisión es firme, madruga mañana: te espero a las cuatro en la plaza, puntual.

La tercera noche, Elvira amó a su marido con furor. Esta vez él protestó por su ímpetu vulgar y la golpeó. Ella amenazó con irse. Sentía en su interior que estaba haciendo lo correcto y con ese ánimo partió en la camioneta rumbo a lo que imaginó sería su libertad.

Durante días recorrieron caminos, visitaron pueblos, cono­cie­ron gente, se dedicaron a vivir. Justo al mes, una fuerza misteriosa, una irrupción desco­no­cida, atacó su ser. Llegó contundente, imprevisto, sin alternativa, ese poder. Matilde la vio llorar. Una semana completa luchó Elvira contra aquel enigma que al fin la derrotó.

—Debo volver, Matilde. No aguanto más. Siento que debo estar al lado de mi hijo y de mi marido, no sé explicarme este dolor.
—Ese es el precio, Elvira, un precio que no todos pueden pagar. Lo vi en tus ojos el día que me hablaste en el sagrario, pero también supe que nada podía hacer. Has sido fuerte, mujer, lo has sido, pero ha llegado el momento de la paz.
—Si Matilde, tienes razón, soy débil, sé lo que me quieres decir, ésa es la verdad. Pero ahora cada día que pasa me duele y ansío con toda mi alma volver. No hallo el momento de amar de nuevo a mi marido, de alimentar a mi hijo otra vez, de volver a ser como era antes de conocerte.
—No te reprocho nada, Elvira. Ese es tu deber. Ve a ellos, ésa es tu libertad.

***

No había rastro de hombres jóvenes. Elvira entró a un pueblo, su pueblo, convertido en ruinas. Algún ataque del ejército o de la chusma, quien sabe, había arrasado el lugar. La casa estaba destruida, el hijo y el marido moraban ahora en el cemente­rio. Sobre su cabeza una llovizna de escupitajos le recor­dó su error. Lloró en la noche más allá de toda razón. Ambuló durante el día más allá de todo límite.

En el camino a pie hacia la capital, el hombre de un camión se detuvo y ofreció llevarla. Elvira ni siquiera se resistió cuando el camionero la forzó como pago a su favor: no tenía nada ya por qué luchar. Tampoco reaccionó cuando, en la ciudad, después de dos días de errancia, la ficharon y luego la encerraron en la comisaría.

Cuando Matilde, una semana después, pasó por Elvira, supo lo que había ocurrido y comprendió que la muchacha lo había perdido todo, incluso la razón…

Poco días después, Elvira murió en casa de Matilde y ella juró guardarse esta experiencia, sin saber que la amargura con que vivió por esa culpa secreta se filiaría genéticamente hasta marcar muchos de los comportamientos en nosotros, sus hijos; hijos también de la violencia.

Llanos Orientales – Bogotá 1951
Bogotá, 1989 – 2005

Read Full Post »

No podría describir ahora su rostro ni mucho menos su cuerpo, porque hoy la sigo recordando como la chica que se le pasaba allá en la ventana del segundo piso de la casa de enfrente. Además, con el tiempo, la distancia real que separaba mi vista de su imagen se ha hecho enorme, de modo que ni siquiera puedo recordar si era rubia o morena. Sólo me ha quedado esa vaga sensación de que siempre estuvo allí, quizás porque esa es la única impresión que aun pervive en la estrecha parcela que mi memoria ha dispuesto para los recuerdos, cada vez más borrosos, de esa época en que por última vez fui feliz e inocente.

Sabía su nombre, porque entonces mamá lo repetía con frecuencia, casi con desesperación. Por mucho tiempo, su tragedia fue el tema de plática de las señoras que la visitaban. Nunca comprendí muy bien su historia. Sólo recuerdo que mamá me decía que había muerto, que había fallecido (una palabra que me sonaba misteriosa y compleja), que se había ido para el cielo y todas esas cosas que se dicen a un niño de seis años para no afectar su sensibilidad. Pero yo seguía viendo allí, en la ventana del segundo piso de la casa de enfrente, ese rostro bello y esas dos prominencias de su pecho que para mí, niño que no conocía el pecado, constituían el secreto. Seguía viéndola incluso muchos meses después de que no se habló más de ella en la casa; mucho después de su entierro, de las misas conmemorativas, mucho después del último recuerdo que circuló en el barrio. Lo extraño es que fue precisamente después de su desapa­ri­ción que ella se fijó en mí: me hacía señas, me llamaba con sus dedos blancos, me lanzaba besos con sus manos, me invitaba a su compañía. Mi madre estuvo a punto de hacerle caso a una vecina suya en la idea de visitar un especialista (así llamaban al loquero), para que me observara, porque todos estaban convencidos de que por alguna diabólica razón la muerte de Lucerito me había trastor­nado. Pero era verdad, ella seguía en la ventana; claro que ya mucho más tranquila que en los días en que todo había sido comadreo y chisme en el barrio por lo de su boda con el viejo del supermercado; por entonces yo la notaba muy angustiada: se recostaba contra el vidrio y se ponía muy fea, con esa nariz como de marrano que se le deformaba cuando pegaba demasiado su cara y la boca llena de babas y las mejillas mojadas por sus lágrimas y esas manos crispadas que no parecían suyas, manos de loca, blancas, demasiado blancas, como vacías de sangre. Gritaba con un alarido mudo que me asustaba y torcía la boca como un demonio de esos que entonces aparecían en las revistas de superhéroes. Fueron varios días así. Después no volvió a salir por un tiempo, hasta una mañana en que —ya sin esperarla— volví a verla en la ventana. Entonces no me quedó duda de que todo había sido puro cuento, una mentira que habían inventado en la casa, en la cuadra, en el barrio, quién sabe por qué razón. Apenas alcé la persiana la vi, como si ella hubiera estado espe­rando ese momento: empezó a moverse graciosamente para llamar mi atención, girando sus brazos, sonriendo y gesti­culando algo que yo entendí como su mensaje de supervivencia, y sentí un estremecimiento en el pecho y en las manos. No me asusté, recuerdo que no me asusté; ni siquiera me sorprendí, simplemente le seguí el juego y más tarde le relaté a mamá el prodigio, pero fue cuando ella me explicó eso de fallecer (que no era padecer ni humedecer, sino fallecer). Al principio no supe qué pensar. Recuerdo que le conté a mi hermano Ricardo que ella se asomaba todavía en la ventana y él me contestó algo que me gustó mucho: «debe ser que la pobre se quedó atrapada en el cristal». Pero, en realidad tampoco me creyó; lo dijo como para salir del paso ante mí insistencia y ya no volvió a hacerme caso.

Tiempo después, ella fue desapareciendo también para mí. Sin embargo, a veces, cuando estoy angustia­do y triste, vuelvo hasta la vieja casa, miro la ventana del segundo piso de enfrente y aunque —por supuesto— ya no logro verla, su simple recuerdo me sosiega. Si me preguntaran por qué dejé de verla, no sabría qué contestar. De lo único que estoy seguro es que su ausencia definitiva en mi vida tiene algo que ver con el gran abatimiento que sentí cuando por primera vez le pegué a un perro manso, en alguna de mis aventuras infantiles.

Jaime Alejandro Rodríguez
Bogotá 1970
Bogotá, octubre de 1989 – 2005

Read Full Post »

Older Posts »