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Archive for the ‘7. Desastres’ Category

Con 20 años sin cumplir y tres días de haberse instalado en Bogotá, proveniente del campo, mi padre se enfrentó sólo y sin ninguna preparación posible a los terribles acontecimientos del Bogotazo

Su reiterado testimonio cuajó en una de las escenas de mi novela Debido Proceso y que volví a publicar en la versión e-book de mis Crónicas mundanas:

Ignacio

Acaban de llevárselo. Lo más seguro es que no lo vuelva a ver. No debería importarme, pero la verdad es que he quedado muy inquieto. Ahora que mis vínculos con el exterior se han deteriorado, ahora que me estoy quedando sólo, que ya no poseo la fuerza suficiente para salir de aquí, justo ahora, no podré hacer nada por Ignacio. Acaban de llevárselo. No han sido sino unos minutos de compañía y sin embargo padezco ya una congoja enorme por su ausencia, como si algún lazo imperceptible, lazo sanguinolento, se hubiera roto de golpe separándome de mi propia historia. Es como si Ignacio hubiera llegado desde otro tiempo, como si su recorrido por las calles de la ciudad hasta mi departamento hubiera tardado años y no horas. Tengo la sensación de que el chico me habló de otra guerra, de otra ciudad, de otro tiempo.

Ahora estoy seguro de mi intuición inicial: llegó huyendo del horror, de un horror de siglos, de un horror milenario. No estanto la guerra, o el disparo en la pierna o su juventud desecha en unas horas lo que me duele, sino su dolor inmemorial, eterno, que me conecta con su tragedia y con la que todos, de alguna manera, tendremos que sufrir ahora. Eso es lo que ha quedado rebotando en mi alma tras sus palabras, tras sus gestos, tras esos ojos tiernos que no sabían cómo llorar más: la seguridad de que Ignacio, siendo apenas un niño, ha sufrido ya lo que todos los hombres. Serían tal vez las cuatro de la mañana. Yo aún trabajaba en la corrección de unos de los fragmentos, cuando, después de algunos disparos, escuché sus gritos. Nada fuera de lo normal sise tiene en cuenta que este edificio se ha convertido en los últimos días en una especie de manicomio, con la gente abandonando los departamentos y volviendo luego por sus cosas.

Pero los golpes no cesaban y el eco de la puerta retumbaba tan fuerte, que resolví asomarme. Ahora sé que me llamaba a mí. Que necesitaba hablarme a mí, pero también que yo necesitaba escucharlo. Nadie salió a la calle, nadie lo amparó, tal vez por miedo, tal vez porque todos se han ido ya (es lo que presiento, es lo que tal vez ha sucedido sin que yo me percatara del todo). Entonces me paré del escritorio y me dirigí a la ventana y lo vi allí, arrastrándose, tratando de alcanzar de nuevo la puerta, y fue cuando alzó sus ojos. Una especie de fuego atravesó mi cuerpo. Bajé de inmediato y lo encontré tiritando sobre el frío cemento de los andenes, casi inconsciente.

Me costó mucho trabajo subirlo a cuestas los cinco pisos. Mis fuerzas ya casi no sirven para nada. Hasta teclear me causa esfuerzo. Lo acomodé como pude en el sofá, le llevé un café caliente, lo arropé, e improvisé un torniquete sobre la pierna herida. Entonces el chico reaccionó. —Es el horror, es el horror —me dijo, todavía en medio de su delirio. Lloraba y se sacudía algún peso imaginario de la cabeza. —Cálmate hijo, cálmate —le dije, tratando de sosegarlo. De pronto entró en shock y sufrió un impresionante ataque de convulsiones. Yo me asusté. Pero enseguida se hundió en una especie de sueño del que nunca estuve seguro que saliera. Así, dormido, empezó a hablarme de su tragedia. Apenas abrió los ojos un par de veces, para mirarme con la mayor naturalidad del mundo. No sé si en su excitación me confundió con alguien conocido, no sé si se hallaba en un estado de sonambulismo, no sé si me hablaba a mí en ese momento, no sé si existió, si en realidad estuvo conmigo, si Enrique era Enrique o era Raúl; no sé tampoco si todo ha sido un sueño. Lo único que sé es que en mi corazón ha quedado este vacío intenso que me ha obligado a encender de nuevo el computador para escribir la crónica de esa presencia intempestiva.

Me habló de una cita con su padre, de la tranquilidad de su vida en el campo —de donde vino, a mala hora, en busca de trabajo a esta ciudad imposible—, del ataque de nervios que sufrió cuando fue a la morgue a ver si encontraba a sus hermanos o a su padre que no se comunicaban con él desde el día que atacaron el barrio donde se había instalado, del amigo que mataron cuando el ejercito lo encontró saqueando una tienda de paños, del miedo de salir, de las horribles visiones que sufría todas las noches y del hambre que tuvo que soportar durante días. —Sólo teníamos arroz y panela y algo de chocolate que trajo Fernando antes de que lo matara el ejército. Estábamos sitiados. No podíamos salir más allá del barrio porque habíamos quedado entre los dos fuegos y la lucha por el espacio se hizo intensa.

Las pocas cosas de las que se enteraba sólo alimentaban una visión apocalíptica. El acoso del hambre y del miedo debió trastornarlo. Sólo así me explico que ese muchacho campesino, lleno de horror y sin la más mínima idea de la geografía de la ciudad, haya decidido salir de su barrio, cruzar la línea de fuego con una pierna herida y alejarse de su casa (que si bien debió parecérsele al infierno, era un lugar mucho más seguro que la calle). Pero lo hizo. Debió arrastrase kilómetros antes de detenerse.

—¿A quién buscabas, por Dios?
—A mi padre —me contestó con una sonrisa en sus labios. Fue una sonrisa angelical, llena de una dulzura urgente, como si estuviera seguro de haber llegado al lugar que buscaba.
—¿Y lo encontraste?
—Si, lo encontré. Estaba con mis hermanos y me esperaba.
—¿Y qué pasó con ellos? —Se fueron. Se fueron muy lejos de aquí, a nuestra casa, en el campo, y allá me esperan, me están esperando, quieren que vuelva, porque ya no desean vivir más acá. Ellos me van a enseñar todas las cosas que aprendieron y me van a querer y me van a llevar a pasear en sus autos…Ya deliraba.

Lo vi tan pálido que me asusté de nuevo, y Enrique sin llegar. Pero Ignacio sólo se quedó dormido, allí, sobre el sofá. Su rostro se tornó candoroso. Tras sus ojos cerrados seadivinaba una paz, la paz que había estado buscando. Estaba en el limbo y yo lo dejé dormir. Su pierna se amorataba. Quise aflojar el torniquete y enseguida brotó el chorro de sangre. Era como si tuviese dos Ignacios a la vez. Uno indiferente a la angustia de la muerte y el otro desangrándose. Y yo paseaba mi mirada de su rostro a su pierna, como si cruzara la frontera de dos países distintos. Luego, Ignacio empezó a murmurar.

—Ven aquí, ven aquí.

Al principio sin angustia, como llamando a alguien que estuviera su lado. Pero después empezó a sobresaltarse y luego comenzó a gritar y entonces se levantó bruscamente. Me miró con rabia: una mirada que sostuvo por un par de segundos —que a mí me parecieron un par de siglos— y sentí como si hubiera abierto mi alma de un tajo. Volvió a recostarse en el sofá, y allí, en posición fetal, se quedó hasta que al fin llegó Enrique y pudo llevárselo en su auto al hospital. Enrique ha prometido informarme de su salud, pero yo sé que ya no volveré a verlo. Iba en muy mal estado. Incluso creo que yano estaba vivo. Y la idea de que Ignacio se haya muerto en mi casa me ha dejado en este estado de máximo nerviosismo. Tal vez porque, de ser cierto, habría sido el primer muerto de esta guerra que me ha tocado. Siento, por eso, su ausencia, siento como si un hueco negro se hubiera instalado en medio de esta sala, en medio de esta escritura que ya no me consuela.

Tomado de la Novela Debido proceso (2000)

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La membrana se hizo pedazos, ella emergió de entre los añicos y extendió sus brazos. Voló, voló como sólo en sueños recordaba haberlo hecho, sintió punzadas maravillosas de lluvia sobre su cara, se elevó más allá de los techos más altos, planeó como un pájaro sin peso, como un animal sin arraigos. Fue mariposa, fue abeja, fue colibrí, fue halcón, fue águila, fue cóndor y luego, extrañamente se transformó en una torpe gallina que ya no pudo controlar su vuelo

Sólo entonces miró hacia abajo, hacia su destino inevitable, y vio el auto volcado boca arriba al lado del puente y el vidrio panorámico hecho añicos y a su alma enredada todavía entre las telarañas del pánico. A punto de caer, recordó lo que Ángel, su novio, le dijera unos minutos antes de abordar el auto, “no olvides ponerte el cinturón de seguridad”.

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Gabriella Infinita responde

Recuerdo esa noche. Estaba tan triste como ahora y tú llegaste. Recuerdo tu camisa blanca, tus labios ansiosos y tus manos inquietas. Recuerdo que en la mesa aguardaban la cena y dos velas azules, también las bandejas limpias y los cubiertos de plata; y en la sala se juntaban los ecos de una música perfecta. Recuerdo tu cuerpo sudoroso y el sabor de tus dedos y hasta el olor de tus heridas. Afuera, la noche furiosa golpeaba la puerta, como si quisiera advertirnos de alguna desgracia; pero nosotros resolvimos ignorarla. Adentro, como si el tiempo se hubiera detenido, tú, guardián soberano, me abrazabas con fuerza para contener el desborde de mis ansias. Recuerdo nuestro amor y nuestro deseo, recuerdo tus besos de esa noche, pero también la luz desconocida de tus ojos que, implacable, anunciaba tu próxima partida.

No mencionamos el asunto. Quizá tú estabas demasiado asustado, y yo no pensaba sino en la irremediable tortura de tu ausencia. Tal vez por eso —aquélla noche que tanto se parece a ésta de hoy— el amor fluyó tan limpio; sin la premura de otros tiempos, sin el miedo de otras noches. Aún tiemblo al recordar las osadas maniobras con que nuestras manos ardorosas exploraban las galerías ignoradas de nuestros cuerpos; como si supiéramos que ya no tendríamos una nueva oportunidad. Entrabas y salías como si te hubiera entregado todas las llaves de la casa. Yo, mientras tanto, regaba tu piel con mis besos. Quería —sí— impregnarte con mi savia, quería embadurnarte con mi alma diluida, quería envolverte en mi telaraña. Aunque ya supiera que no podía retenerte, aunque ya supiera que no volverías, aunque afuera la noche siguiera rugiendo furiosa por nuestra desvergüenza.

En la alcoba todo ahora es desorden. Una cama angosta, endeble y vieja, que apenas si puede tenerse en pie. Un anaquel destartalado que alberga unos cuantos libros. Tu ropa sucia, regada por toda la habitación. Sobre la pequeña mesa del comedor, varios pocillos manchados por dentro con un chocolate remoto, trozos de pan duro y algo enmohecido, y un mantel marchito. En el baño, un ducha que aún gotea, y tus utensilios ya gastados. Y papeles, muchos papeles por todos lados. ¿Cómo pudiste vivir en esta pocilga?

Hace frío. Afuera, varios vagabundos se reúnen alrededor de una fogata que han instalado en mitad de la calle. Al fondo, como sobre un telón oscuro, se traslucen por momentos los fogonazos de la artillería; pero aquí, adentro, no se escucha nada. No escucho nada, como si estuviera protegida por una suerte de burbuja. Es como si, de golpe, todo se hubiera silenciado. Como si las luces y las voces del escenario hubieran sido apagadas, como si los actores se hubieran replegado ya a sus camerinos y el público se hubiera retirado, y yo, alma privilegiada, transitara sola por las despojos apenas abandonados de la función.

Pensar que hace apenas un momento tuve que esquivar las bombas y los disparos; pensar que, en medio del pánico que aún producen los esporádicos enfrentamientos fui arrastrada por una multitud que, como turba de locos, corriendo de un lado para otro, trataba de refugiarse. Pensar que hace apenas unas horas la vida y la muerte jugaban en la calle, como hermanas envidiosas, a ganarse el amor de su común enamorado. Y Pensar que yo, ahora, sin la premura de otros tiempos, sin el miedo de otras noches, sin saber cómo he llegado de nuevo hasta aquí, me dejo llenar de recuerdos y de imágenes que luchan por conseguir un sitio en mi memoria.

Quizás la casera todavía se pregunta qué hago yo aquí. Quizás todavía mira desde la recepción con esos ojos paralizados con que me vio llegar, o tal vez ya se ha ido como los demás y entonces me encuentro sola en este edificio medio arruinado, a dónde llegaste, Jaime, hace unos meses, huyendo de esa vida tuya que había agotado todos sus sentidos. ¿Cómo pudiste vivir en este tugurio? ¿Qué te llevó a refugiarte aquí? ¿Acaso sabías en qué iba a terminar todo? ¿Conocías este final absurdo?

Hace apenas unos momentos, corría yo como loca por entre autos amontonados y gente consternada. Hace apenas unas horas, caminaba yo por entre las calles rotas de una ciudad que ya no parecía la mía; ciudad herida y mal oliente que exhala su angustia por las alcantarillas atoradas, que llora como si no pudiera soportar más la incertidumbre. Ciudad de dolores paralelos que no sabe tampoco qué es lo que ha pasado en estos meses. Ciudad que dejó —desdichada—, igual que yo, que otros moldearan su destino. Ciudad consentida y medrosa que ahora se revuelve en sus temores; ¡ahora, cuando ya no hay nada qué hacer!

¿Si sabes que, desde la última vez que nos vimos, un pequeño gato entra a media noche por la ventana del baño, corre hasta mi cuarto y se acurruca al lado de mi cama? La verdad es yo no lo he visto nunca, porque antes de que pueda percatarme de su presencia penetra en mis sueños y allí me adormece con sus apacibles maullidos. Pero cuando despierto, mi cama está llena de pelusas blancas y grises. Entonces las recojo y las guardo en el armario. Hace unos días quise arreglar la casa, pero las motas de pelo de mi gato flotaban por toda la estancia y no me dejaron hacer nada. Me puse inquieta, pues no sabía qué decirle a mamá que había prometido visitarme. Por suerte no llegó. Claro que quizás ella no se habría dado cuenta de nada o tal vez se habría puesto a barrer las pelusas.

Los objetos también hoy me miran, pero han dejado de incriminarme con sus mensajes inauditos. En las playas abunda el amor y las palabras han dejado de esparcir su estela de resentimiento. Frente a mí veo tus ojos, pero no alcanzo a reconstruir tu rostro. Es por eso que la tina se desborda y en la puerta alguien sigue golpeando sin fe. Es por eso también que la casa cruje sin razón y el perro le ladra otra vez a la luna nueva.

Estábamos allí, en el parque, posando para la fotografía de los viernes. Don Manuel sonreía como en los viejos tiempos y, como en los viejos tiempos, tú lucías un sombrero inmenso. Atrás, los arboles se habían acomodado y los edificios esperaban ansiosos el momento. Los alrededores estaban tan nutridos de gente como en otras ocasiones. Yo me había puesto el maquillaje que hacía de mi boca una caja de sonrisas. Tú permanecías taciturno y esquivo. Don Manuel se cansó de hacer bromas y apresuró las cosas. Así quedó registrado, sobre la banca del parque, el momento preciso en que una pareja deja de amarse. La foto muestra ya, inobjetable, el dolor que habitaba en tus ojos.

Eran como las ocho, cuando alguien golpeó a la puerta. Sabía que no podías ser tú, pero mi corazón saltó como en los viejos tiempos. Mi perro ladró furioso y yo me puse el abrigo de pieles. Por el ojo mágico vi un hombre desconocido. Volvió a golpear dos veces más y hasta acercó el oído a la puerta. Mi perro no paraba de ladrar. El hombre desistió al fin, pero al otro día regresó a la misma hora. Después de un mes de idéntica rutina, mi perro ya le bate la cola y yo no pongo la mesa para la cena si él no llega. Hasta he calculado el número de sus pasos y el momento justo en que se retira. Ahora no podría vivir sin él.

No sé cuánto tiempo más podré soportar esta ausencia. Afuera la gente corre como loca. En el barrio ya no hay nadie que recuerde los viejos tiempos. Mi madre se ha vuelto paranoica. Tú ya no respiras como antes, al lado de mi oído, y la cocina está invadida de cucarachas roñosas. En los estantes del armario guardo todavía tus medias y tus camisas y la calma de los cuartos. Las noches están frías, las cortinas se han llenado de polvo, mis ojos se niegan a llorar. Es hora de pensar en la mudanza.

Eras tan sensible a las injusticias que muchas veces el empuje de tu corazón le ganaba en el forcejeo a la intrepidez de tu mente. Pero yo nunca reproché nada, porque en el devenir posterior de las cosas se hacían presentes las recompensas. Y al final resultaba todo tan maravilloso que las piedras del estanque enmohecían más rápidamente y en tus ojos volvía a brillar esa luz impetuosa de tus certezas. Así eras, aún en tus más insolentes declaraciones.
Los caminos secretos de tu cuerpo resultaban tan aparatosos que a veces teníamos que detenernos para no caer en los abismos. Entonces me besabas largamente y yo me quedaba dormida sobre tu ombligo. Pero al rato volvíamos a emprender el viaje, hasta que por fin alcanzábamos la dicha. Tú metías la cabeza entre mis senos y llorabas sin contenciones. Y yo me refugiaba bajo la sombra de tus dedos. Hasta que el amanecer abría de nuevo las puertas y también las dudas.

Nunca quisiste contarme nada de tu pasado. Según tu extraña lógica, nada podía haber en él que mejorara o empeorara lo nuestro. Hoy, cuando veo tu rostro salpicado por la viruela de la amargura, me pregunto si ya es demasiado tarde para soportar tus enigmas. En nuestra casa, las ventanas siempre han estado cerradas, excepto aquella tarde en que llegaste tan contento porque te habían ofrecido no sé qué cargo en tu trabajo. Estabas tan entusiasmado que propusiste una cena especial y las abriste de par en par. Al otro día, sin embargo, la dicha se había esfumado. Yo pensé que si en la noche no hubiéramos dejado abiertas las ventanas, tal vez algo de aquella efímera felicidad se habría podido mantener un tiempo más dando vueltas en la casa. ¿Qué más da, pues, tenerlas hoy cerradas?

Los niños juegan afuera con el balón que les regalaste. Todavía creen en tu heroísmo, en la piadosa mentira que les conferimos. Era fácil y también conveniente. Pero a veces creo que no seré capaz de sostener para siempre el engaño, a veces siento que desde tu tumba se levanta una energía que exige la verdad, y entonces me revuelco en la cama toda la noche, y en la mañana, soy incapaz de sostenerles la mirada. Tal vez el infierno tenga fin o tu regreses para decirles toda la verdad.

Me consuela saber que soy, de alguna manera, la viuda de un guerrero. Es cierto, no es ninguna locura decirlo. Así ha sobrevivido mi alma durante estos seis largos meses que han seguido a tu muerte, jugando con la loca idea de que soy la viuda de un guerrero, de que no podía exigir otro destino en esta ciudad ingrata. De esa manera me he incorporado a la mayoría, de esa manera, enarbolando la loca idea de que soy la viuda de un guerrero, he logrado pertenecer a una comunidad: la de las madres viudas de guerreros de esta ciudad. De esa manera, también mis hijos han soportado con orgullo tu ausencia. Pero yo sé la verdad, y la verdad es que soy, simple y terriblemente, la mísera mujer de un traidor.

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Sale del centro comercial pensando en lo mal que todo le ha salido durante su viaje a España. Desde la misma salida del aeropuerto en Bogotá, plagada de inconvenientes, tensiones y sospechas, hasta el maltrato del que fue objeto en varias de las ciudades por las que deambuló en busca de esas oportunidades que finalmente nunca encontró. Si, era casi vergonzoso un regreso tan prematuro, pero no había opción, los pocos pesos que trajo, hacía rato que se habían esfumado y los amigos que lo habían apoyado  no podían sostenerlo ya por más tiempo, de manera que la botella de Rioja iba a ser el último lujo, casi el único en esos dos meses de fracasos.

Atraviesa la avenida y se dispone a subir las escaleras hacia la calle que lo conducirá a su casa, cuando siente que atrás alguien lo hala con fuerza. Sudaca de mierda, escucha y él sólo atina a usar la botella en defensa propia. oye con horror cuando el frasco se revienta en la cabeza del agresor y ve asustado cómo el contenido del tinto se confunde con el color de la sangre, la suya y la del otro. Por su cabeza corren desquiciadas las ideas y las imágenes de las consecuencias del acto que acaba de cometer, pero más rápido corren sus piernas, escalera arriba hasta su casa, donde se refugia a la espera de lo peor.

Tras una noche horrenda, decide ir muy temprano al aeropuerto, donde todo fluye inesperadamente bien. Revisa los diarios y no encuentra noticia del suceso. Pasan los días, pasan los años, el asunto se va quedando atrás en el fondo de los recuerdos, hasta el día, maldito día, en que por pura casualidad escucha contar a  una vecina suya cómo perdió  en forma absurda a su hombre, allá en Santiago de Compostela, cuando desesperado por el fracaso de su viaje a España, cansado de deambular por ciudades que nunca le brindaron las oportunidades que soñó, decidió asaltar al primer transeúnte que vio aparentemente indefenso, con tan mala suerte que el otro le lanzó a la cabeza algo, una botella parece, que lo dejó en un coma de varias semanas del que apenas salió una vez para  narrar lo acontecido y morir.

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Está allí, en la oficina de su superior, convencido de que su discurso va a caer en el terreno infértil de la prepotencia.  Se le ve tranquilo, casi indiferente. Espera que el jefe cuelgue el teléfono y suelta su petición. La ha preparado durante los últimos días con la paciencia del artesano que sabe que su pieza saldrá perfecta. Mira directo a los ojos de su interlocutor y adivina sus respuestas. Comprueba que el otro no ha escuchado nada, que simplemente habla con las fórmulas del caso. Piensa en su niña recién fallecida, en la amenaza de abandono que al fin su mujer ha cumplido, en el oscuro futuro que le espera, pero no se siente desesperado, todo lo contrario, una especie de sosiego lo invade, envolviéndolo en un sopor dichoso del que no quiere salir.

Entonces, no es posible jefe, ¿no?, esté bien no esperaba otra cosa, pero quiero que sea entonces usted el testigo privilegiado de mi decisión. No,  no es la renuncia, tranquilo, o si, pero no al trabajo sino a esta puerca vida de la que usted hace parte. 

El disparo fue certero, atravesó la garganta y salió por el occipital, manchando de sangre y de sesos el bello retrato de familia que el jefe disponía en la repisa de su biblioteca. También esto lo había calculado Rafael

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Augusto

Augusto tiembla frente al televisor. No lo puede creer: él debería estar ahí, dentro de las torres, a lo mejor padeciendo una asfixia terrible, como las peores imágenes de sus pesadillas, o corriendo como loco por los laberínticos pasillos y las interminables escalinatas sin encontrar salida. Podría ser unos de esos pobres desesperados que se han votado por las ventanas, y cuya imagen repiten una y otra vez con regodeo morboso los noticieros.

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Nos hemos acostumbrado tanto a eso de los atentados terroristas que incluso algunos pasan desapercibidos y ya no son noticia. Ese es el caso de la explosión de una bomba de mediano poder ocurrida a finales del año 2003 en la carrera séptima de Bogotá, a la altura de la calle 40, como a la diez de la noche de un jueves tranquilo.

Hacia las nueve y media de la noche de aquél día, al otro lado de la calle, al frente del edificio de Educación Continua de la Universidad Javeriana, un hombre caminaba con evidente ansiedad de un lado hacia otro, cruzando primero la calle 40 hacia el sur hasta llegar al viejo edificio de la embajada francesa, devolviéndose luego hasta la entrada del túnel peatonal, y repitiendo el trayecto una y otra vez. Nunca se le vio atravesar la avenida ni bajar por la calle 40. Durante casi una hora recorrió la acera occidental de la carrera séptima sin modificar la ruta.

Al interior del Edificio de Educación Continua, todo era casi silencio a esa hora. En el único salón ocupado por estudiantes, se desarrollaba una actividad de evaluación individual, de modo que a excepción del ruido del sanitario que se descargaba una y otra vez debido a un escape y del rasguño simultáneo de los esferos sobre los papeles que contenían la prueba, nada más se escuchaba.

A las nueve y cuarenta y cinco, se dio por terminada la evaluación y diez minutos después sólo permanecían dentro del edificio Pacho Cisneros, el celador, y Yadira Martínez, la conserje, quien gastó diez minutos más recogiendo algún posillo y cerrando los salones. Ya en la calle miró su reloj y comprobó que eran las diez y diez, hizo cuentas sobre el tiempo que tendría en la mañana para hacer algunas diligencias personales y se dirigió hacia el sur, en dirección a la calle 39, por la acera oriental. Antes de cruzar la esquina, el hombre del frente hizo una pausa en su monótono vaivén y sólo entonces se notó que cargaba una tula, se agachó, la abrió como buscando algo adentro, la cerró, volvió a incorporarse y reinició el recorrido

La doctora Ana María León, directora del Centro de Educación Continua de la Universidad, apagó el televisor al finalizar la emisión del noticiero, a las diez y diez de la noche, se dirigió a la alcoba de Laurita, su hija menor, y comprobó que seguía dormida, fue al baño, se lavó los dientes, y volvió a la cama, donde Eduardo, su marido, dormía desde hacía media hora. Verificó el mecanismo despertador, apagó la luz de la lámpara y puso su cabeza sobre la almohada, pero un segundo después la levantó intempestivamente, como reacción al timbre del teléfono, eran las diez y veinte minutos de la noche.

Pacho percibió de reojo una especie de fogonazo seguido de un ruido ensordecedor, llevó instintivamente sus dos manos a los oídos y tardó un minuto más para reaccionar, alguna esquirla de los vidrios destrozados del edificio rozó su cabeza y él se tiró al suelo, donde permaneció unos segundos, hasta cuando creyó que todo había pasado. Yadira sintió un empujón en su espalda después del estruendo y corrió, no hacia a la calle 39 como tenía previsto, sino hacia el interior del parqueadero del Edificio de Derecho. Percibió un olor a quemado y vio trozos como de árbol que caían sobre un automóvil, disparando las alarmas. Se sintió sola y la invadió un sentimiento de tristeza como pocas veces había experimentado, al poco rato lloraba desconsolada, pensando en sus dos hijos.

El hombre del frente hizo una pausa en su monótono recorrido, se agachó, puso la tula sobre el piso, miró su reloj y se dio cuenta de que eran las diez y doce de la noche, levantó la tula y al ponerla sobre su hombro izquierdo recibió una ráfaga de imágenes en su cerebro. Recordó, como en una película acelerada, su reciente vida en la zona rural de Pereira, el asesinato de sus dos hermanos y de su padre, los gestos de horror de su madre y el peso de la tula, esa otra tula, en la que empacó de afán lo necesario antes de huir a Bogotá, para ponerse a salvo de los asesinos que no descansarían hasta acabar con todos los varones de la familia.

Ana María, lanzó un grito de asombro con el que despertó a Eduardo, no podía ser, un atentado en la Javeriana, tenía que salir para allá. Los niños también se despertaron. Eduardo llamó a un hermano suyo, quien aceptó ir lo más rápido posible al apartamento para cuidar a los niños, mientras los padres atendían la emergencia. Yadira decidió volver al edificio tomando todas las precauciones, las sirenas de las ambulancias y de los autos policiales sonaban enrareciendo el sosiego de la noche, mientras Pacho terminaba de hacer las llamadas de rigor. El hombre de enfrente había desparecido de la escena. Eran las diez y media en punto.

El paisaje que apreció Ana María a su llegada fue desolador. La portada y el segundo piso del edificio situado en al acera occidental de la carrera séptima, donde funcionaba un salón de belleza, estaban destrozados, las ventanas de los edificios adyacentes y cercanos habían desaparecido, la fachada del edificio de Educación Continua había sufrido graves daños y adentro varios salones estaban despedazados. Aquél donde se había realizado la evaluación pocos minutos antes, había recibido el impacto de la onda explosiva. En el interior, una buena cantidad de mesas había quedado aplastada por efecto del derrumbe de parte del techo. En la otra parte, se veía un gran agujero.

Ana María, acompañada de paramédicos y policías de la estación vecina, inspeccionó en detalle los estragos del salón. No tardó en encontrar la causa del gran agujero: una cabeza, la cabeza del terrorista, había caído dentro. Todavía goteaba su sangre. En pocos minutos, un grupo especializado del escuadrón antiexplosivos de la policía dio con los restos esparcidos del hombre de la bomba. Los brazos habían caído en el parqueadero de Derecho, a unos cien metros del salón. Eso que Yadira creyó que era una rama de árbol era uno de las extremidades del hombre.

La noche terminó para Yadira, Pacho y Ana María a las dos de la mañana, después de que surtieron todas las indagatorias de rutina, después de evaluar la manera de enfrentar la situación al día siguiente, después de sosegar su ánimo, después de verificar que lo ocurrido había sido real, tristemente real, y no el brazo de alguna pesadilla colectiva.

Se indagaron varias hipótesis sobre el atentado: podría estar dirigido a la estación de policía, situada a escasas dos cuadras abajo, por la calle 40, pero también podría estar dirigido al salón de belleza, que fue el establecimiento que más sufrió daños, o podría estar dirigido contra la Universidad Javeriana. Aún hoy no se tienen certezas ni del objetivo ni tampoco de los autores intelectuales. Lo único que se ha comprobado es la identidad del hombre de la bomba, un desplazado más de la violencia que resultó involucrado, no se sabe muy bien cómo, con maleantes muy peligrosos, tan peligrosos que contaban con insumos de guerra. Alguno de los actores del conflicto: narcotraficantes, mafiosos, paracos o guerrilleros. Para el caso da lo mismo.

No hay certezas, sólo víctimas, y esa imagen tan macabra de una cabeza cayendo dentro de un salón de clases de la que difícilmente nos podremos sustraer.

Bogotá, 2003
Bogotá, 2004 – 2005

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